Los hechos lo demuestran: El gobierno
de facto de Micheletti (sostenido por el Pentágono y los republicanos) es
impermeable a cualquier bloqueo o amenaza y se mantiene firme en su postura:
Todo se negocia menos el regreso de Zelaya al gobierno.
En consecuencia, y como dice la
prensa internacional, la crisis se estancó (ingresó en un statu quo) con
un detalle: Zelaya sigue encerrado en la ratonera de la embajada brasileña
(donde se metió solo, o lo metieron), y Micheletti (ahora el gato del
culebrón), acecha y planea estrategias para dar el zarpazo final.
A la defensiva (habiendo
perdido la capacidad ofensiva), a Zelaya sólo le queda hacer lo que hace:
Denunciar acoso, encierro, o tortura psicológica, amenazar con la "reacción
popular", o advertir que planean asesinarlo o detenerlo. El presidente
depuesto, cree que todavía Obama y la "comunidad internacional" pueden venir en
su rescate.
¿Puede haber una "reacción popular",
más allá de la presión que los "zelayistas" y su aparato político ejercieron
hasta ahora en las calles?.
Una estimación de varias agencias
(entre ellas Reuters, EFE, DPA y AFP), señala que en las instancias picos de las
manifestaciones contra el gobierno de facto los participantes no superaron los
20.000 personas, y el sábado, los que se movilizaban en Tegucigalpa no superaban
los 2.000.
En cuanto a la "reacción
internacional" ¿Qué puede esperar Zelaya?
En sus reunión de "emergencia",
el viernes, el Consejo de Seguridad de la Organización de Naciones Unidas (ONU)
sólo consiguió "condenar" la presión sobre la embajada de Brasil en
Tegucigalpa y pidió al gobierno interino de Honduras "que detenga el acoso".
Durante las discusiones, Reino Unido,
Francia y Alemania, abogaron por una solución del conflicto "sin Zelaya ni
Micheletti" para facilitar un acuerdo de salida consensuada.
"El Consejo espera que la
mediación regional continúe su trabajo en las cuestiones políticas de
Honduras", señaló Susan Rice, actual presidenta del Consejo de Seguridad,
al final del cónclave.
Por su parte, el canciller de Brasil, Celso Amorim, indicó que su gobierno estaba "gravemente preocupado por la
posibilidad de que los autores del golpe de Estado en Honduras no tengan en
cuenta la inviolabilidad de la embajada y avancen con la intención de detener por la
fuerza al presidente Zelaya".
Con respecto al proceso de
negociación regional, el presidente de Costa Rica, Oscar Arias, quien en los
últimos meses ha actuado como mediador en la crisis hondureña, confirmó en
entrevista con la BBC que "se está pensando si es factible el que una
serie de cancilleres, conjuntamente con el secretario general de la OEA,
pueda visitar Honduras lo más pronto posible".
En otras palabras, la situación -en
otro estadio- vuelve a su ciclo anterior, con un dato: Zelaya permanece
acorralado dentro de la embajada brasileña donde la Cruz Roja internacional
certificó que goza de "buena salud", al menos en el aspecto físico.
Por su parte, en un contraataque, el
gobierno de facto de Roberto Micheletti dio un plazo "no mayor de diez días"
a Brasil para que defina el estatus del depuesto presidente hondureño,
Manuel Zelaya, a partir del cual va a "tomar medidas", aunque no especificó
cuales.
En un comunicado, la cancillería del
gobierno de facto expresa que si la solicitud no es atendida, "nos veremos
obligados a tomar medidas adicionales conforme al derecho internacional", aunque
sin precisar detalles en qué consistirían.
Además, el jefe del gobierno golpista
anunció que no recibirá a los embajadores de España, Argentina, México y
Venezuela, considerados como sostenes del retorno de Zelaya.
"Ningún país puede tolerar que una
embajada extranjera sea utilizada como base de mando para generar violencia y
romper la tranquilidad, como el señor Zelaya lo ha estado haciendo desde su
ingreso al territorio nacional", agrega el texto.
Zelaya, quien fue depuesto el pasado 28 de junio mediante un golpe de Estado,
regresó a su país el pasado lunes 21. Según el gobierno de facto, desde entonces
"ha usado la embajada de Brasil para instigar la violencia e insurrección contra
el pueblo hondureño y su gobierno constitucional".
El comunicado agrega que "los resultados de estos llamados a la violencia han
sido daños materiales a la propiedad pública y privada en nuestra capital y la
generación de inconvenientes a nuestros ciudadanos".
El comunicado del "gobierno interino"
llega tras las declaraciones realizadas el viernes pasado por el presidente de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva, quien aseguró que el depuesto mandatario se quedará
en la embajada "el tiempo que sea necesario para (garantizar) su seguridad".
"Lo que es anormal no es que Zelaya haya vuelto, sino que el tal
Micheletti se haya quedado", dijo Lula, que afronta crecientes presiones del
poder político y económico brasileño por el "uso político" de la embajada y las
posibles responsabilidades de Brasil en lo que pueda ocurrir.
Miembros del Comité Internacional de
la Cruz Roja (CICR) ingresaron al edificio el pasado viernes y constataron que
no había "necesidades humanitarias urgentes", según explicó a la prensa el
vocero del organismo, Marcal Izard.
Sin embargo, Izard evitó pronunciarse sobre los gases tóxicos que –según Zelaya–
habrían sido lanzados contra la embajada.
Quien sí lo hizo fue el médico del mandatario depuesto, Marco Antonio Rosas.
El profesional relató que "en la embajada hay unas 25 o 30 personas con
diferente sintomatología, sangrando por diferentes partes del cuerpo; por la
nariz, con vómitos, con dolor de cabeza fuerte, ardor en los ojos. Esto nos
dice que hay algún grado de intoxicación".
El comisionado policial Oleg Serrato, por su parte, negó cualquier tipo de
ataque contra el edifico y consideró que "sería contraproducente tener un
dispositivo de seguridad tan grande y que por otro lado estuviéramos atentado
contra la seguridad de las personas".
En el plano de las presiones
internacionales por una "solución" del conflicto, la llegada de comisiones
internacionales o los acuerdos para encuentros fuera de Honduras no tienen, de
momento, fecha, hora o lugar.
Son al menos dos los grupos que podrían involucrarse y que se había especulado
que vendrían el fin de semana: el de los cancilleres de la Organización de Estados
Americanos (OEA) y el dúo compuesto por el presidente costarricense Oscar
Arias y el vicepresidente de Panamá, Juan Carlos Varela, auspiciado por el
ex presidente estadounidense Jimmy Carter.
La vicecanciller del "gobierno interino", Martha Lorena Alvarado, señaló a la
prensa que "no será hasta la próxima semana que el presidente (Micheletti)
comience a estudiar posibles fechas" para encuentros.
La funcionaria explicó que su gobierno está "enfrascado en concertar el
diálogo interno", que "es lo natural" y que en todo caso, precederá
a cualquier
negociación externa.
Alvarado resaltó la importancia que tuvo en este sentido la conversación con los
candidatos presidenciales, aunque opinó que "se evidenció que ellos no
tienen voluntad de negociar en función de una agenda pragmática, sino en función
de que se cumpla su capricho de ir a elecciones".
Por su parte, el director de radio
Globo (favorable al gobierno depuesto), David Romero, señaló que el actual
estado de cosas no favorece el diálogo.
Volvamos al ring: Zelaya
contragolpeó, y Micheletti se mantiene en pie y en la ofensiva.
Ahora el culebrón continúa en dos
escenarios: Zelaya, en la ratonera, atajando presiones y rodeado por el
aparato represivo, y Micheletti al acecho y manejando los tiempos.
Hay un solo límite: La muerte en
las calles. Si el aparato de Zelaya consigue que el gobierno golpista se
desborde en la represión con una escalada de muertos y heridos, Zelaya puede
tener otra oportunidad apelando a una intervención internacional para detener la
masacre.
Este domingo Manuel Zelaya, llamó a
sus seguidores a concentrarse en Tegucigalpa para "una ofensiva final"
para restituirlo.
“Hago un llamado patriótico a movilizarse en todo Honduras y que todos los que
puedan vengan a Tegucigalpa para que luchen en una ofensiva final”, dijo Zelaya
a través de un comunicado leído en radio Globo.
El punto está ahora en saber cuanta
presión callejera pueden ejercer los manifestantes "zelayistas" y los grupos de
izquierda que lo acompañan, y en que medida las fuerzas represoras
logran contenerlos al menor costo de heridos o muertos.
Zelaya busca muertos, y Micheletti busca que no los haya, no por santo, sino porque las víctimas fatales
son lo único que podría desestabilizar su posición dominante en Honduras.
Lamentablemente (y como sucede
siempre en la realidad de los hechos), el culebrón bananero de los dos sectores
del poder hondureño por el control del gobierno no es un torneo pacifista de
buenos modales.
Micheletti utiliza el aparato
represivo sin compasión, y Zelaya utiliza a sus seguidores a los que llama sin
piedad a servir de "carne de cañón" para provocar un desborde de la
policía del régimen a sabiendas que ésa es su única carta de triunfo para
retomar la ofensiva.
La política es la continuidad de la
guerra por otras vías, o viceversa, y los políticos (gerentes serviles del
Estado capitalista), como lo están mostrando Zelaya y Micheletti, no vacilan en
utilizar a seres humanos como conejillos de laboratorio para conseguir sus
propósitos.
La cuestión (como siempre) se resume
en una guerra entre dos sectores del poder, mientras la sociedad
hondureña, masivamente pobre y excluida, permanece en sus casas a la espera de
la resolución del conflicto entre la "izquierda" y la "derecha" del mismo
sistema que rige en Honduras.
Si se mantiene el statu quo (sin
muertos en las calles) difícilmente Zelaya y sus aliados (Chávez y los
presidentes izquierdistas) puedan retomar la ofensiva que perdieron, y
difícilmente las potencias lleguen a medidas concretas para restituir a Zelaya
en el gobierno.
Las potencias (con EEUU frenando
cualquier intervención internacional) quieren un "final feliz" sin Zelaya
ni Micheletti, pero, en la ratonera, son demasiadas las tentaciones del gato
por pegar un zarpazo y terminar rápidamente con el ratón.
Si eso sucediera, significaría que
los halcones conservadores y el Pentágono ya decidieron empezar a escribir en
Honduras la caída de Obama.