En el sistema capitalista
(nivelado como "civilización única") la producción y comercialización de bienes
y servicios (esenciales para la supervivencia humana) se encuentran en
manos de corporaciones empresariales privadas que controlan desde recursos
naturales (entorno medio ambiental) hasta sistemas económicos productivos
(entorno social) por encima de la voluntad de
gobiernos y países.
Esto implica, en primer lugar, que
no son los Estados sino las empresas capitalistas (los dueños privados de los
Estados) quienes deciden cuándo, cómo y en qué lugar (y sin ninguna
consideración estratégica de impacto ambiental global) instalar una fábrica o
una explotación industrial contaminante orientada (antes que nada) a producir
riqueza privada al costo de la destrucción del planeta.
En las "cumbres" como las de
Río, Johannesburgo -por citar algunas de las 14 que ya se han
realizado-, o la actual de Copenhague (COP 15), sólo se habla de "impacto ambiental", de
"emisiones contaminantes" que destruyen el planeta, sin profundizar en las
raíces y causalidades del sistema que las produce.
Esta omisión (cómplice y conciente)
permite hablar de la "víctima" (el planeta y la mayoría de la humanidad) sin
identificar al criminal (los grupos y empresas capitalistas que concentran
activos y fortunas personales depredando y destruyendo irracionalmente el
planeta).
Sus expositores, los científicos
y funcionarios que "alertan" sobre la catástrofe ambiental, no la relacionan
con la propiedad privada
capitalista, con la búsqueda de rentabilidad y concentración de riqueza en pocas
manos, con la sociedad de consumo y con las
trasnacionales y bancos que controlan los recursos naturales y los
sistemas económicos productivos sin planificación, y sólo orientados a la
ganancia privada en todo el planeta.
El sistema capitalista, como
acción
y como resultante es irracional, no planificado y
(salvo la búsqueda de rentabilidad y de concentración de riqueza en pocas manos) carece
de lógica estratégica para
preservar
y proteger racionalmente al planeta de su propia acción depredadora y
destructiva.
Cuando una empresa
(sea local o trasnacional) inicia un emprendimiento industrial no comienza por
un estudio del impacto ambiental que produce, sino por un estudio de
costo-beneficio comercial y una proyección asegurada de rentabilidad para
sus accionistas.
Este accionar irracional
(individualista y no planificado) del sistema dominante es matemático
y tiene un emergente de acción-reacción sobre la economía, el humano y el medio
ambiente que lo circunda.
La irracionalidad (la no
consideración de emergentes o de efectos colaterales nocivos y/o destructivos)
convierte a las empresas capitalistas en depredadoras del medio ambiente (ríos,
fauna, y animales incluidos) por la sencilla razón de que no actúan siguiendo
intereses sociales generales (la preservación del planeta y de las especies), sino en la
búsqueda de intereses particulares (la preservación de la
rentabilidad y la concentración de riqueza privada).
Y el justificativo social (crear
"fuentes de trabajo") que utilizan resulta también irracional, dado que para
"dar trabajo" no solamente generan pobreza masiva por explotación del hombre por
el hombre, sino que además destruyen el entorno y los recursos naturales del
planeta para proveer riqueza y bienestar económico sólo a los pocos que
integran la exclusiva pirámide de los beneficios empresariales en alta escala.
En cuanto a la magnitud
destructiva, por efecto de la irracionalidad, baste citar el
ejemplo de la papelera Botnia, en Uruguay: La trasnacional, aduciendo dar
"fuente de trabajo" a 300 personas, está contaminando durante las 24 horas al
Río Uruguay, que divide a Uruguay de Argentina, y cuyo curso impacta en todo el
sistema acuifero y medio ambiental de la región. En resumen, los capitalistas de
Botnia envenenan toda una región para acrecentar las fortunas y los ingresos
de los accionistas privados de la empresa.
Eso explica claramente porqué en
Copenhague se habla de los efectos (la víctima) pero no de las causas (el
criminal).
En consecuencia, y a partir de esa distorsión inicial,
los que prometen "luchas y planes" para
salvar al mundo de la catástrofe global, son los mismos Estados y
empresas capitalistas que están causando (con su accionar depredador irracional)
lo que ya claramente se proyecta como un Apocalipsis natural a plazo fijo.
¿Puede el sistema
capitalista (el criminal) salvar a su propia víctima (el planeta con nosotros
incluidos) de una catástrofe anunciada?
Podría, pero antes tendría que
renunciar a su propia naturaleza: La producción sólo orientada a
la acumulación de riqueza en pocas manos. O sea, pasar de la economía irracional
(con fines privados) a la economía planificada (con fines sociales) que permita
una prevención y un control planetario del medio ambiente.
No sueñen: Si el sistema
capitalista detiene su dinámica de rentabilidad asegurada (más del 70% de la
producción está orientada sólo al consumo superfluo de los que pueden pagar),
el planeta estallaría socialmente por la desocupación masiva y el caos
alimentario que se generaría.
Y si este sistema no
detiene su dinámica, el planeta (según las proyecciones científicas) va a
estallar naturalmente por la acción del cambio climático.
El sistema capitalista está
fundado sobre las matemáticas (suma y resta) y un axioma original para construir
la plusvalía: Comprar barato y vender caro. Aunque para ello tenga que
condenar al hambre y a la pobreza a una masa mayoritaria (y creciente) de seres
humanos y destruir el planeta que los contiene.
Y los tres Apocalipsis que
signan los emergentes y la decadencia (todavía controlada) del sistema
dominante también llegan por acumulación matemática.
El Apocalipsis social
llega por acumulación matemática
de hambrientos, desocupados y pobres a escala mundial.
El Apocalipsis natural
llega por acumulación matemática de destrucción medio ambiental a escala
planetaria.
El Apocalipsis nuclear
llega por acumulación matemática de conflictos militares (intercapitalistas) por la supervivencia
de las potencias dentro del sistema.
En este escenario, el Apocalipsis no
debe interpretarse como una profecía o una teoría conspirativa, sino como un
desenlace lógico de un proceso de contradicción, acumulación, y salto
cualitativo determinado por las propias leyes que rige el accionar histórico del
sistema capitalista.
Los científicos y funcionarios que
están en la cumbre de Copenhague, solo están para la acumulación
matemática de los discursos (vacios de concreción) que la prensa del
sistema difunde como si fueran parte de una campeonato mundial deportivo.
Y el planeta (con nosotros adentro, y en
manos de la demencia nivelada del sistema capitalista) solo acumula Apocalipsis
matemático implícito en su naturaleza depredadora y criminal.
Se trata de reconvertir los planos
bíblicos de la Profecía: Donde dice "Dios", hay que decir "Sistema", y donde
dice "Diablo", hay que decir "Capitalismo. Por todos los caminos se llega al
Apocalipsis.
Tómelo, si quiere, como un
escepticismo racional, pero el resultante (como el sistema capitalista) es
matemático: Solo queda elegir el viaje que más le convenga.