El régimen que controla Irán y su
líder supremo, el ayatola Jamenei, están convencidos de que la infiltración de los
valores y de las ideas occidentales, su sociedad de consumo, su cultura, su arte
y su música, alejan a los jóvenes de los valores de la República Islámica y los
acercan a las usinas de la conspiración golpista. "Nuestra máxima prioridad
en la actualidad es combatir la guerra blanda del enemigo", señaló Jameini
en uno de sus últimos discursos.
Según lo expresó a finales de agosto el líder espiritual de Irán, las universidades son
"instrumentos coloniales de Occidente para conquistar las mentes musulmanas".
Para los estrategas iraníes, el
sistema educativo y las universidades iraníes se han convertido en caldo de
cultivo de la infiltración de las ideas del enemigo en los jóvenes
y resultan mucho más peligrosas que las armas.
En la visión del poder iraní, la
"guerra blanda" no es una operación militar (como la que tienen agendada
Washington y Tel Aviv contra las usinas iraníes), sino de una operación de
guerra psicológica en el frente social que utiliza a la oposición
"reformista" iraní como un caballo de troya para desgastar el poder de los
ayatolas y deslegitimar el triunfo de Ahmadineyad en las urnas en junio pasado.
En esa línea, señalan, las
revueltas callejeras utilizar
el caos en las calles para quebrarles la gobernabilidad, la estabilidad
económica y la paz social al gobierno de Ahmadineyad y al régimen de los
ayatolas.
Reportes árabes, europeos y
norteamericanos, han señalado una infiltración creciente de la CIA entre los
sectores iraníes "reformistas" con la finalidad de abrir una cuña de
consenso social para una intervención armada norteamericana "liberadora"
contra el gobierno y el régimen de los ayatolas, calificado por EEUU e
Israel como exportador de "violencia y terrorismo".
En este caso -dice Teherán- las
piezas operativas están en Irán, pero la estrategia y el objetivo están en el
extranjero.
Tras las protestas por fraude
electoral en junio pasado, el
régimen islámico nacionalista que controla Irán le puso nombre y apellido al
comando central del golpe: EEUU, Gran Bretaña, Alemania y Francia, en ese
orden.
Curiosamente (y no tanto) fueron esas
cuatro potencias con EEUU a la cabeza las que, a partir del resultado de las
elecciones en Irán, expresaron abiertas críticas al fraude y lideraron la
operación internacional con los pedidos de anulación de los comicios.
Obama, Merkel, Sarkozy y Brown (en
ese orden) lideraron las declaraciones solicitando al régimen de Teherán que
"transparenten" las elecciones y escuchen los reclamos contra el "fraude".
En 2002 Irán fue incluido, junto con
Irak y Corea del Norte, en el "eje del mal" del entonces presidente
estadounidense George W. Bush, y fueron Gran Bretaña, Alemania y Francia los que
impulsaron junto con EEUU en el Consejo de Seguridad de la ONU las sanciones
contra el plan nuclear iraní.
Durante su campaña electoral, el
derrotado candidato a la presidencia,
Mir Husein Musavi,
centró el eje de su campaña electoral en el restablecimiento de las
relaciones con EEUU e Israel (que no cuentan con representación diplomática
en Teherán) en oposición a la política de enfrentamiento sustentada por Mahmud
Ahmadineyad.
En este sentido, también el
desarrollo de los acontecimientos fue claro: Los primeros señalamientos de
"fraude" en los titulares salieron de diarios, cadenas televisivas y agencias
de EEUU, Gran Bretaña, Alemania y Francia.
Y hay un dato central definido por
los protagonistas de las protestas "reformistas" y por los seguidores del
gobierno: Los "sublevados" pro-occidentales quemaron imágenes del ayatola
Jamenei y de Ahmadineyad, mientras que los militantes del gobierno quemaron
banderas de Israel y EEUU.
Para algunos observadores, las
elecciones presidenciales y las revueltas callejeras posteriores demostraron que
no hay un Irán, sino que hay
"dos Irán". Uno es el "Irán de los pobres y de las clases medias
bajas", ese es el Irán nacionalista y antiimperialista de Ahmadineyad que
ganó por el 64% en las urnas. El otro es el "Irán de los ricos y de las
clases medias altas" ideologizadas en pautas de consumo occidental que
quieren al país totalmente integrado al sistema de mercado capitalista
"occidental". Ese es el Irán liberal del opositor Musavi que sacó un 34% en las urnas.
Señala James Petras: "Los medios
occidentales no prestaban atención a la composición de clase de las diferentes
manifestaciones, sin percatarse de que el candidato presidente recibía el apoyo
de la mucho más numerosa clase trabajadora pobre, los campesinos, los artesanos
y los funcionarios, mientras que el grueso de las manifestaciones de la
oposición estaba formado por estudiantes de clase media y alta y miembros de la
clase profesional y de negocios".
La división social para algunos
observadores es matemática y tajante: Un tercio de la sociedad iraní
(enriquecida y o de buena posición económica) apoya el golpe, y el resto (los
sectores mayoritarios empobrecidos) apoyan el régimen islámico con Ahmadineyad
como presidente.
Para los estrategas oficiales
, Musavi, cumple el mismo rol que
Abbas en Palestina, con la diferencia que Irán no es Palestina sino una
potencia antisionista que juega un papel central en la guerra por el petróleo y
los recursos energéticos del eje Eurasia-Medio Oriente.
En la concepción de las autoridades
iraníes, las revueltas golpistas (por ahora abortadas) forman parte de un
proceso de infiltración social-cultural desarrollado desde que la revolución
iraní de Komeini echó a EEUU de Irán y lo despojó del control de su petróleo
en 1976.
Por lo tanto, señalan, el objetivo
del golpe "reformista" no es otro que el de derrocar a la revolución iraní de
los ayatolas y restaurar el dominio "occidental" sobre la economía y el petróleo
iraní utilizando, a modo de "caballo de troya", no ya a la dictadura de un Cha
de Persia, sino a una tercera parte de la sociedad iraní colonizada
mentalmente con la sociedad de consumo capitalista.
Ese es, en esencia el eje del
conflicto, y define el nuevo frente de guerra ideológica lanzado por el
gobierno y la estructura del poder islámico en Irán, cuya clientela
electoral abreva en el sector mayoritario y empobrecido de la sociedad iraní.
Tras controlar las revueltas
golpistas de los "reformistas" de junio pasado, las autoridades islámicas de
Irán lanzaron una feroz operación de represión y control interno, con pena de
muerte incluida, de la que también forma parte una guerra en el frente
ideológico, que tiene como eje central la "reislamización" del sistema
educativo.
A ese frente de batalla
ideológica-educativa responde el nombramiento de Kamran Daneshju al frente del
Ministerio de Ciencia, Investigación y Tecnología, del que dependen las
universidades, que fueron los centros irradiantes de las revueltas callejeras
lanzadas tras el triunfo electoral de Ahmadineyad el 12 de junio.
Precisamente, el ingeniero Daneshju
fue el responsable del centro electoral del Ministerio del Interior durante las
elecciones presidenciales en las que salió reelegido Ahmadineyad, y es el
centro de los ataques del mundo universitario "reformista" y de sus jefes
políticos.
La prensa sionista internacional,
expulsada de Irán durante las revueltas, denuncia una nueva purga del
profesorado considerado "poco islámico". "Dos centenares de
profesores han sido despedidos o jubilados, sobre todo en el área de
Humanidades", señala el diario El País de España citando a una profesora de la
Universidad de Teherán.
Los universitarios, ejes centrales de
las protestas contra el régimen iraní, se refugian en los campus de Teherán y de
otras ciudades iraníes, donde la ley impide el ingreso de la policía.
No obstante haber sido abortada la rebelión de junio,
las usinas reformistas
difunden en la prensa occidental que los cursos sobre Marxismo han sido
sustituidos por Dios y Filosofía o Islam y Teoría Social.
Revistas y diarios europeos denuncian
una purga cultural similar a la que siguió a la revolución de 1979,
cuando se prohibieron los libros con influencia occidental y miles de
estudiantes y profesores fueron expulsados de la universidad.
La idea de la "purga cultural" implementada por
"régimen
violento" de los ayatolas prende en los sectores "reformistas" conducidos
por Musavi
y por el ex presidente Jatami, que cuenta con respaldo mayoritario entre
las clases medias, la universidad y los medios de comunicación iraníes, no así
entre los sectores de la clase baja mas pobre y desprotegida (la mayoría de la
sociedad iraní) que votaron masivamente por Ahmadineyad.
En resumen, hay un Irán (el que votó
por Ahmadineyad) que está en guerra contra Israel y EEUU, y hay
otro Irán (el que desató las revueltas en las calles) que quiere fusionarse con
la "civilización occidental" y negociar pautas de convivencia con Israel y
EEUU.
Como concepto central hay que
precisar que el "Irán reformista" es tan o más enemigo del "Irán
fundamentalista" como lo son Israel y EEUU.
En ese
concepto central abreva la guerra ideológica lanzada por el régimen islámico que
controla Irán.