Tras el derrumbamiento de la Unión Soviética en agosto de 1991, los Estados
unidos se quedaron sin un enemigo identificable. Ya que el adversario de la
Guerra fría había desaparecido, había que reemplazar el temor al comunismo con
otra inquietud movilizadora. El presidente George H.W. Bush y la mayoría de sus
asesores deseaban ver sobrevivir a la URSS de algún modo. “Estamos interesados
en la estabilidad de la Unión Soviética" dijo a Bush Brent Scowcroft, consejero
de Seguridad Nacional del presidente. “Los enemigos históricos se verían menos
constreñidos por el alineamiento bipolar de las superpotencias", declaró en 1991
la Junta de Jefes de Estado Mayor. El comunismo había resultado peligroso pero
previsible, y el peligro estribaba ahora en la "desregulación interna". Lo que
resultaba esencial era una nueva doctrina que substituyera al temor al
comunismo, que mantuviera al Congreso y a la opinión pública norteamericanas
dispuestas a gastar sumas desorbitadas pàra mantener a las fuerzas armadas
norteamericanas como las más robustas del planeta.
Por
Gabriel Kolko(*) - Revista Sin Permiso
La guerra, desde lo que son sus preparativos hasta llegar a sus repercusiones,
ha definido tanto la naturaleza esencial de las principales naciones
capitalistas como su poder relativo al menos desde 1914. La guerra se convirtió
en el catalizador primordial del cambio de los movimientos revolucionarios en
Rusia, China y Vietnam. Si bien las guerras también crearon partidos
reaccionarios y fascistas, sobre todo en el caso de Italia y Alemania, a largo
plazo produjeron cambios sociales internos de gran alcance. La revolución
bolchevique fue el ejemplo preeminente de esta irónica simbiosis de guerra y
revolución. Las guerras no sólo causaron desórdenes sociales en el seno de las
naciones, trayendo revoluciones a diestro y siniestro, también atenuaron la
capacidad de los estados capitalistas de competir económicamente unos con otros.
En grado importante, la supremacía económica de los Estados Unidos hasta la
guerra del Vietnam se basó en las consecuencias económicas de las dos guerras
mundiales para Europa. Europa hacía la guerra mientras Norteamérica producía
para ella bienes de guerra, hasta que se encontró en condiciones de entrar
en guerra según su conveniencia. Con posterioridad a 1964, se invirtió el
modelo, a medida que los Estados Unidos se debilitaban a causa de la guerra
mientras europeos y japoneses fabricaban bienes de consumo y prosperaban.
Las opciones políticas adoptadas por los EE.UU. y la mayoría de las demás
naciones dependían de la salud de la economía, o de la ausencia de la misma. Las
necesidades económicas restringen las opciones que pueden considerar quienes
están a cargo de la política. Lo que puede permitirse una nación resulta crucial
para determinar lo que puede llevar a cabo a largo plazo. La naturaleza de una
estructura de poder -qué individuos y clases poseen mayor influencia- configura
a su vez el abanico de medidas políticas que es probable que escojan quienes han
de tomar las decisiones. El papel político de las corporaciones que más tienen
que ganar dentro de una nación ha sido siempre enormemente desproporcionado en
relación a su número. Han creado mayor consenso entre quienes tienen mayor peso
en política. Han proporcionado, en grado notable, el personal y conocimiento
experimentado necesarios para la valoración y dirección de la política exterior.
Todo esto parece perfectamente evidente de por sí, pero vale la pena que
recordemos que -entre otras cosas, pero a menudo de modo principal- la política
exterior refleja la naturaleza de las partes interesadas, que pueden ser de cuño
empresarial (un conjunto con frecuencia muy dividido) o étnica (otro conjunto no
menos divido según su concepción del mejor modo en que los Estados Unidos
deberían abordar determinadas situaciones), o incluyen otros grupos de interés
de toda especie y condición.
Históricamente hablando, las principales naciones capitalistas mantuvieron un
consenso en contra de todas las revoluciones sociales en el Tercer Mundo. No
obstante, este consenso se fue erosionando y deshaciendo a medida que los
intereses comerciales nacionales entraron en juego por encima de las rivalidades
por el petróleo y materias primas cruciales, y conforme se hacía más apremiante
el deseo de integrar a las antiguas naciones colonizadas (por artificiales que
muchas fueran) en esferas de influencia. Como resultado de ello, se recrudeció
el conflicto de poder entre Europa Occidental, los EE.UU., Japón y, más
recientemente, China. La guerra de Vietnam hizo posible esta nueva firmeza y
poder real de otras naciones, a medida que la economía norteamericana, agobiada
por la inflación y el déficit vio cómo se debilitaba el dólar y se abandonaba el
patrón oro con Lyndon Johnson.
Fue la incertidumbre misma lo que los EE.UU. dieron por cierto, lo que llevó a
un futuro señalado por frecuentes crisis en el terreno de la política financiera
y exterior, dependiendo de los intereses que entrañaran. Todo esto parece de por
si evidente, pero aparentemente no lo es tanto para quienes gobiernan las
naciones, en buena medida porque los intereses en juego son siempre distintos y
sencillamente son demasiado los matices que hay que dominar.
Los críticos radicales no pueden elaborar un calendario ni predecir la magnitud
exacta de las crisis futuras, porque resultan deficientes sus percepciones
analíticas, al haber perdido su atractivo y sonar a hueco. Pero quienes
gobiernan nuestras instituciones políticas y económicas tienen el problema de
resolver los retos que heredan y su incapacidad en el pasado para hacerlo sin
crear desazón en algún sector de la sociedad norteamericana -por lo general los
pobres y desfavorecidos- deja un sombrío futuro como legado para quienes es
probable que tengan más que perder.
El problema de dirigir una ingente política exterior y militar, no sólo en el
caso de los EE.UU. sino también de otras naciones, es que todas las decisiones
sobre cuestiones vitales se filtran a través del prisma de la ambición. Puesto
que los hombres y mujeres que aspiran a alcanzar influencia y poder muy a menudo
dictan sus consejos con vistas a hacer progresar su carrera, por lo general son
todo menos asesores objetivos de las diversas opciones. La elección rara vez se
adopta con la vista puesta en los hechos. La guerra de Irak constituye un
ejemplo de ello. El informe de la National Defense University de abril de 2008
sobre la guerra de Irak, que venía a denominarla "un desastre de primer orden"
lo redactaron personas que en principio habían dado su apoyo pleno a la guerra
con el fin de hacer progresar su carrera, dándose más tarde cuenta de que era
esencial pronunciarse en contra, puesto que resultaba políticamente
conveniente para garantizar que siguieran circulando los fondos del Congreso. En
resumen, debería llegarse a una decisión sin tomar en cuenta las demandas del
sistema burocrático o los cálculos de los individuos respecto a cómo afectará
una decisión dada a su futuro personal. Pero el actual sistema de toma de
decisiones está contaminado. Pueden cometerse errores de modo inocente, como
sucede con frecuencia, por juzgar mal los hechos o desconocer una información
vital, pero el sistema tiene también el problema de los ambiciosos. Todas las
teorías sobre expectativas racionales, contando entre ellas a las nociones
esquemáticas de Max Weber y cosas parecidas en sociología, cometen errores muy
semejantes.
Todas las medidas políticas principales de Bush, sobre todo sus guerras en
Afganistán e Irak, así como la ostentosa agenda neoconservadora destinada a
convertir a los Estados Unidos en la potencia mundial dominante, fracasaron,
dejando un legado de temor y odio en Oriente Medio y buena parte del resto del
mundo, a la vez que se convertía a Rusia en enemiga y se debilitaban las
tradicionales alianzas norteamericanas. Estas políticas convirtieron a Bush en
el presidente más impopular de la historia norteamericana. En lugar
de justificar el poder del Pentágono y tener éxito al extirpar los males del
terrorismo, las guerras de Afganistán e Irak han demostrado una vez más que los
EE.UU. no pueden imponer su voluntad a naciones determinadas a resistirse a
ello. También han desestabilizado gravemente al mundo musulmán, Pakistán y toda
la región del Sur de Asia, convirtiendo la proliferación nuclear en un problema
mayor que nunca. Como en el caso de su intento de destruir a los comunistas
vietnamitas, el ataque norteamericano al régimen de Sadam Hussein reveló de
nuevo los límites de su poder. Lo que es todavía peor, en Oriente Medio la
guerra de Bush - tal como temía su padre- ha dejado a Irán como potencia
dominante en la región, transformando el equilibrio de poder en favor de una
nación que los EE.UU. habían decidido convertir en enemiga. Las contradicciones
y desastres constituyen el motivo conductor prácticamente de todo lo que llevó a
cabo el segundo George Bush, pero también existe una continuidad crucial entre
su propia administración y la de su padre entre 1989 y 1992.
Tras el derrumbamiento de la Unión Soviética en agosto de 1991, los Estados
unidos se quedaron sin un enemigo identificable. Ya que el adversario de la
Guerra fría había desaparecido, había que reemplazar el temor al comunismo con
otra inquietud movilizadora. El presidente George H.W. Bush y la mayoría de sus
asesores deseaban ver sobrevivir a la URSS de algún modo. “Estamos interesados
en la estabilidad de la Unión Soviética" dijo a Bush Brent Scowcroft, consejero
de Seguridad Nacional del presidente. “Los enemigos históricos se verían menos
constreñidos por el alineamiento bipolar de las superpotencias", declaró en 1991
la Junta de Jefes de Estado Mayor. El comunismo había resultado peligroso pero
previsible, y el peligro estribaba ahora en la "desregulación interna". Lo que
resultaba esencial era una nueva doctrina que substituyera al temor al
comunismo, que mantuviera al Congreso y a la opinión pública norteamericanas
dispuestas a gastar sumas desorbitadas pàra mantener a las fuerzas armadas
norteamericanas como las más robustas del planeta.
El primer presidente Bush asignó este problema de definición a su Secretario de
Defensa, Dick Cheney, que más tarde se convertiría en vicepresidente con su
hijo. Cheney hizo pública una ostentosa visión de un poder militar
norteamericano dominante tan grande y omnipotente -y caro- globalmente que
ninguna nación podría rivalizar con él. La política era vaga respecto a contra
qué nación o enemigo se dirigía, pero incluía el abandono de la doctrina de la
disuasión nuclear y el compromiso de usar armas nucleares contra amenazas
menores: armas de destrucción masiva o amenazas de naturaleza indefinible. Nunca
fue repudiada, pues continuó de hecho con la administración Clinton.
Posteriormente formaría la base de la visión neoconservadora de la segunda
administración Bush. Desde luego, nadie la ha repudiado, ni republicanos ni
demócratas, hasta el día de hoy. Cuando algunas partes de la visión de Cheney se
hicieron públicas en 1993, se consideró una vez más a japoneses y alemanes
llamados a desafiar potencialmente al poder norteamericano. Tras la Guerra del
Golfo de 1990, se consideró enemigo a Irak, pero también un país
estratégicamente importante para los EE.UU. simplemente porque Sadam Hussein
-otrora amigo de los EE.UU. y receptoor de miles de millones de dólares en
concepto de ayudas- contuvo de manera efectiva el poder de Irán. ¿Quién era el
enemigo? Si esto ha seguido estando poco claro, hoy es el día en que la política
norteamericana está preparada para hacer uso de armas nucleares contra amenazas
no nucleares, abandonando la distensión por algo bastante más amorfo en términos
de consecuencias prácticas.
La continuidad entre los reinados de los presidentes Bush queda bastante clara,
como lo es el hecho de que el uso de armas nucleares para responder a amenazas
no nucleares, y el abandono de la disuasión, fue también política de la
administración Clinton. Todas a su vez formaban parte de un enfrentamiento con
el mundo que comenzó con el presidente Harry Truman. Cheney apenas sí fue un
accidente: se convirtió en vicepresidente para cumplir con una doctrina
consumadamente ambiciosa comprometida con los peligros, y aunque Bush el mayor
lamentara luego la forma en que se interpretó dicha política, fue también autor
de lo que ha demostrado ser el más fatuo de todos los esfuerzos: articular una
doctrina movilizadora para substituir el temor al comunismo por un enemigo y
amenazas indefinibles que justificasen el inmenso y creciente presupuesto del
Pentágono.
El problema de los Estados Unidos hoy en día se ve agravado por la creciente
disparidad entre sus doctrinas militares y su realidad, y por mucho más. Cuando
debatimos la política exterior norteamericana debemos diferenciar entre la
ideología y los motivos que la han guiado en el hemisferio occidental, desde
fecha tan temprana como 1823 cuando la doctrina Monroe excluyó a las potencias
coloniales europeas de cualquier ulterior expansión y dejó toda la región a los
EE.UU., que incluso entonces tenían ya la vista puesta en grandes extensiones de
México y del imperio español para su beneficio. (Incluso hoy día, sólo el 82% de
los norteamericanos habla inglés. La mayoría de los demás habla español). Las
intervenciones norteamericanas que se produjeron mucho más tarde fueron
respuestas ad hoc a las crisis entre naciones europeas que tenían como origen la
disolución del colonialismo, o los temores del comunismo, a veces reales pero a
menudo inventados y convenientes. Muchas de estas respuestas resultaban
imprevisibles e implicaban de todo, desde la necesidad de asegurar la
"credibilidad" del poder militar -como en el caso de Vietnam- a la pura fijación
ideológica y la creencia de que la potencia de fuego podía resolver rápidamente
los retos políticos, como en el caso de la actual guerra de Irak. Las crisis del
hemisferio occidental, como las que aparecieron en otros lugares a partir de
1947 puede que entrañaran lo imprevisible, pero el papel norteamericano en
Occidente ha tenido una dimensión geopolítica crucial que rara vez se dio, acaso
nunca, en Asia u Oriente Medio. Económica y estratégicamente hay que observar
las crisis del hemisferio occidental a través de un prisma que es mucho más
antiguo y más vital para los verdaderos intereses de los Estados Unidos. Menos
de una quinta parte de su petróleo procede hoy del conjunto del Golfo Pérsico,
en donde combate en lo que se ha convertido en una guerra de primer orden. Las
guerras en el hemisferio oriental alejan a los EE.UU. de lo que son sus
intereses y su historia.
Pero los EE.UU. buscan y encuentran otros problemas. La primera guerra de Corea
reveló su incapacidad para ajustar la capacidad tecnológica y de combate
dirigida contra objetivos soviéticos y centralizados o urbanos, para los que sus
bombas atómicas y blindados móviles estaban mejor adaptados- y los
descentralizados campos de batalla a los que se enfrentó en Corea y Vietnam, y
después en Irak, por mencionar sólo los más conocidos. La guerra de Vietnam
supuso un esfuerzo inútil, costoso y prolongado por utilizar una
enorme movilidad y poder aéreo -helicópteros y B52- para luchar contra un
ejército guerrillero escondido en la jungla y enormemente descentralizado.
Incluso entonces se produjo una creciente confusión doctrinal, agravada por la
proliferación de armas nucleares, y hoy en día los EE.UU. sufren una crisis
doctrinal todavía más aguda. Sus guerras de Afganistán e Iraq han disparado los
costes más allá de lo que es posible imaginar, durarán hasta mucho después de
que abandonen Washington quienes las iniciaron y sin embargo terminarán siendo
un fracaso. Hay razones para aumentar el gasto de Defensa, dado que éste
sostiene a los fabricantes de armas que disponen de un tremendo poder en
Washington, pero sus promesas de éxito han demostrado ser una quimera.
Ciertamente, los contratistas militares a menudo sólo quieren vender armas, no
que se utilicen. Algunos de ellos, desde luego, puede que estén incluso en
contra de las guerras en las que se emplean sus productos.
La disparidad entre la tecnología militar y la realidad también ha afectado a
aliados de Norteamérica tales como Israel. Hoy en día esa distancia entre lo que
puede hacer su brazo militar y la realidad política plantea un problema aún más
grave para Norteamérica del que supusieron las guerras de Corea y Vietnam. El
ejército norteamericano no puede organizarse suficientemente bien para sus
misiones, porque éstas son prácticamente ilimitadas, abarcando Asia, América del
Sur y Central, Europa del Este y Rusia, y el mundo en su conjunto. No fueron
capaces de luchar con éxito ni en Corea ni en Vietnam, y sus políticas
exteriores y militares constituyen con frecuencia una aventura. Los EE.UU. nunca
lucharon contra una nación comunista en Europa del Este, aunque se preparasen
para ello. Tienen éxito, si acaso, en naciones muy pequeñas en las que sus
apoderados no son venales ni corruptos. ¡Pero la Cuba comunista ha existido
desde 1959!
El problema que tienen los Estados Unidos es que a efectos prácticos el
comunismo ha dejado prácticamente de existir: lo que pasa por comunismo en
China, Vietnam y Corea del Norte no es más que un fraude pretencioso, y cada vez
más. Son de facto naciones capitalistas o tiranías confucianas. Los EE.UU. no
saben quiénes son sus enemigos y disponen de la fuerza y la tecnología militares
diseñada para luchar sólo contra el comunismo. Mientras era éste el enemigo, una
alianza dirigida por los EE.UU podía quedar vinculada por un tema unificador.
Cuando desapareció el temor al comunismo, aparecieron intereses más particulares
y las naciones comenzaron a buscar su propio camino mientras se distanciaban del
liderazgo norteamericano. Desde 1991, la historia norteamericana se ha vuelto
bastante más complicada, un hecho del que los dirigentes de Washington se dieron
cuenta tan pronto como se desmoronó la Unión Soviética. El mundo se ha vuelto
bastante más inestable e imprevisible y la llamada “globalización” de la
economía mundial lo ha convertido en algo más y no menos precario.
Ahora las naciones tienen poder sin ideología en el verdadero sentido de ese
término, dejando a los EE.UU. más confusos que nunca. La era ideológica ha
concluido, lo mismo para los capitalistas que para quienes descienden de la
tradición marxista. “Terrorismo” no resulta menos confuso. ¿Es yijadista
islámico, nacionalista laico o qué? Los esfuerzos norteamericanos contra el
“terrorismo” resultan con frecuencia contraproducentes, como en Afganistán y
Somalia, dejando a sus enemigos más fuertes que nunca. La política exterior
norteamericana está en crisis porque el mundo se encuentra ahora mismo en
transición, y surge de setenta años de bolchevismo con un paisaje político
amorfo en el que ya no puede encontrarse un adversario.
Lo que es peor para los EE.UU., su preocupación con una nación o región
–Vietnam e Irak resultan perfectos ejemplos- significa que carecen de los
recursos para destruir en otros lugares una oposición a menudo bastante más
seria. La aventura norteamericana en Vietnam supuso que la Cuba de Castro
dispusiera de tiempo y espacio para consolidarse. Las guerras da Afganistán e
Irak han dejado prácticamente en libertad de consolidarse de modo semejante a
un montón de regímenes izquierdistas en América Latina, aunque en última
instancia el hemisferio occidental sea bastante más importante para los EE.UU.,
estratégicamente por lo menos, que las guerras que pierde en otros lugares. En
una palabra, los EE.UU. despilfarran sus recursos, inmensos pero en última
instancia limitados, de modo caprichoso. No pueden gestionar su poder de modo
racional.
Por encima de todo, sus aventuras marciales en el exterior le cuestan bastante
más de lo que ahora mismo puede permitirse. Se trata de un momento poco propicio
para ser potencia imperial: los precios de las materias primas que los EE.UU.
importan suben, su déficit por cuenta corriente empeora, cae el valor del dólar
mientras que las guerras de Afganistán e Irak se han convertido en las más caras
de la historia norteamericana. Los EE.UU. comenzaron a luchar en Afganistán en
octubre de 2001, pero han fracasado a la hora de capturar a Osama Bin Laden, que
perpetró la matanza de tres mil norteamericanos en Nueva York. Entretanto, los
talibanes se hacen más fuertes y el conflicto se ha extendido al norte de
Pakistán, desestabilizando la política de dicho país. Puesto que Pakistán posee
armas nucleares, Washington tiene la impresión de que hay grave riesgo de que
los musulmanes lleguen a conseguir ese arma y se encuentren así en condiciones
de destruir una ciudad norteamericana, o Israel en su conjunto.
Todo le va mal a los EE.UU. en términos de posición de poder global. Rusia
–enriquecida con la venta de gas y de petróleo, mientras gasta menos de una
quinta parte que los EE.UU en presupuesto militar, en 2006- sigue siendo todavía
su igual en términos de armamento nuclear y desbanca a los EE.UU. en Asia
Central, Oriente Medio y buena parte del mundo islámico. Vende armamento
sofisticado a muchas naciones, tiene acuerdos económicos con países árabes y
musulmanes, y se ha convertido en un creciente obstáculo para la influencia y el
poder de Norteamérica. Rusia tiene casi tanto peligro para los EE.UU. como
cuando gobernaba Stalin. La proliferación nuclear constituye hoy un grave
problema, con un número imprevisible pero en aumento de naciones equipadas con
bombas nucleares y terroristas cada vez con más posibilidades de hacerse con
ellas. Por lo que toca a las armas químicas y biológicas, los EE.UU. nunca
atraparon al asesino del ántrax poco después de los ataques del 11 de
septiembre. Al mismo tiempo, la estrategia de la administración Bush en Irán se
ve minada por alza de los precios del petróleo y el gas, lo que tiene también
como efecto enriquecer aun más a los sucesores del sistema soviético. Existe una
fatal e imposible contradicción entre los objetivos norteamericanos –eliminar al
actual régimen de Teherán y contener al poder ruso- y el aumento de los precios
del petróleo. La política norteamericana en Rusia es un desastre.
En aspectos cruciales, el enfoque básico y los límites de la política
norteamericana son apenas insólitos. Los EE.UU. sufren el tipo de problemas que
han afectado a muchas naciones en siglos pasados. La única diferencia es que los
EE.UU. disponían, y en buena medida, disponen de poder, aun cuando se encuentre
en curso una transición que les aleja de de la omnipotencia de la que disfrutó
después de 1945. Esa es su única distinción. El sistema existente –sea o no
norteamericano- tiene un problema fundamental, que no se puede dirigir de
acuerdo con criterios racionales, y como el marxismo, carece de “leyes”. En toda
nación, en cada rama de la vida –militar, política y cultural- hay suficiente
número de aventureros, egocéntricos, psicóticos o individuos destructivos que
crean o aceptan el desorden. En el caso de los EE.UU., James V. Forrestal,
primer Secretario de Defensa, saltó por la ventana de un hospital naval -en el
que encontraba recluido por paranoia- en mayo de 1949, presuntamente porque
creía inminente la guerra con la URSS. Otros tipos – puros oportunistas como los
neoconservadores tan cruciales en la administración Bush- sólo desean acumular
poder. Las ideologías no son con frecuencia más que un disfraz de la ambición.
Nuevamente, este límite se encuentra en todas partes, no sólo en los EE. UU., e
independientemente de si el partido en el poder se llama "socialista",
"capitalista" o cualquier otra cosa.
El cinismo es común, y con frecuencia constituye el único motivo del
comportamiento político. Hoy podemos verlo en Rusia y Gran Bretaña. Y así ocurre
no solamente con respecto a la política exterior sino en relación con cualquier
aspecto de la sociedad existente.
Las personas, ya se trate de teóricos, administradores o cualquier otra cosa, no
pueden regular o predecir sistemas dirigidos por individuos ambiciosos, y con
frecuencia tampoco pueden regular sistemas regidos por gente perfectamente
sincera, porque simplemente se trata de algo demasiado difícil. A menudo se da
una inmensa disparidad entre lo que los políticos hacen –como quiera que se
llamen y sin que importe a qué nación pertenecen- y lo que dicen. Lo que hacen,
no lo que dicen, resulta crucial, puesto que en más lugares de los que pueden
contarse han traicionado con frecuencia a sus seguidores.
******
(*)Gabriel Kolko es uno de los más sobresalientes
historiadores de la guerra moderna. Autor del clásico Century of War: Politics,
Conflicts and Society Since 1914, Another Century of War? y de The Age of War:
the US Confronts the World y After Socialism, escribió también la mejor historia
de la guerra de Vietnam Anatomy of a War: Vietnam, the US and the Modern
Historical Experience. Su último libro es World in Crisis, del que proviene este
ensayo. Traducción para www.sinpermiso.info: Lucas Antón