R. Se trata de una crisis sistemática global, lo que significa que afecta a
todos los sectores de la economía mundial y que pone en cuestión los
fundamentos mismos del modo de producción capitalista. La crisis comenzó como
una crisis financiera, pero, fundamentalmente, remite a la separación
creciente entre la búsqueda de una híper rentabilidad y la satisfacción de las
necesidades sociales.
Las transformaciones del sistema financiero deben ser analizadas en base a
dos tendencias esenciales que ocurren desde principios de los años '80. La
primera, es el alza tendencial de la tasa de explotación: en casi todo el
mundo, la parte de la riqueza producida que corresponde a los asalariados está
en baja, y los países emergentes no son la excepción a esta tendencia. Incluso
el FMI o la Comisión Europea lo constatan. Esta baja de la parte salarial
permitió una recuperación espectacular de la tasa media de ganancia a partir
de mediados de los '80. Sin embargo, la segunda tendencia, muestra que la tasa
de acumulación continuó fluctuando a un nivel inferior al previo a la crisis.
Dicho de otra forma, la punción sobre los salarios no ha sido utilizada para
invertir más. El "teorema de Schmidt" enunciado por el canciller alemán Helmut
Schmidt, a principio de la década de 1980 ("las ganancia de hoy son las
inversiones de mañana y los empleos de pasado mañana"), no funcionó.
Esta masa creciente de plusvalía no acumulada fue distribuida
principalmente bajo la forma de ingresos financieros, siendo la fuente del
proceso de financiarización. La diferencia entre la tasa de ganancia y la tasa
de inversión es de por sí un buen indicador del grado de financiarización.
También podemos verificar que la suba del desempleo y de la precariedad
laboral se encuentra a la par del crecimiento de la esfera financiera. Incluso
aquí, la razón es simple: el sector financiero logró captar la mayor parte de
los aumentos de la productividad en detrimento de los asalariados, reduciendo
los salarios y sin reducir de forma suficiente, incluso aumentando, la
duración de la jornada laboral. La relación entre capital productivo y capital
financiero se modificó profundamente y las exigencias de una híper
rentabilidad pesan, por un efecto feedback, sobre las condiciones de
explotación.
Sin embargo, no podemos aplicar al capitalismo contemporáneo una lectura "financierista"
que consistiría en distinguir una tendencia autónoma hacia la financiarización
que vendría a parasitar el funcionamiento normal del "buen" capitalismo
industrial. Esto vendría a disociar artificialmente el rol de las finanzas y
el de la lucha de clases por el reparto del valor agregado. Se debe articular
correctamente el análisis de los fenómenos. A partir del momento en el cual la
tasa de ganancia aumenta gracias al retroceso salarial, sin producir
oportunidades de acumulación rentable, las finanzas empiezan a jugar un rol
funcional en la reproducción procurando salidas alternativas a la demanda
salarial: el consumo de los rentistas y el sobreendeudamiento de los obreros.
Esta aproximación se refuerza cuando se tiene en cuenta la mundialización.
En la progresiva constitución de un mercado mundial, las finanzas juegan hoy
un papel que consiste en abolir, dentro de sus posibilidades, las
delimitaciones de espacios de valorización. La gran fuerza del capital
financiero es ignorar las fronteras geográficas o sectoriales, porque se da
los medios para pasar de una zona económica a otra muy rápido, y de una rama a
otra: los movimientos de capitales pueden, a partir de ahora, desarrollarse a
una escala considerablemente ampliada. La función de las finanzas es endurecer
las leyes de la competencia al hacer más fluidos los movimientos del capital.
Parafraseando lo que Marx dice del trabajo, podríamos esbozar que las finanzas
mundializadas son el proceso de abstracción concreto que somete a cada capital
individual a una ley del valor, donde el campo de aplicación se extiende sin
cesar. La característica principal del capitalismo contemporáneo no reside
entonces en la oposición entre un capital financiero y un capital productivo,
sino en la híper competencia entre capitales como resultado de la
financiarización.
Fundamentalmente, esta crisis es una crisis de la forma capitalista de
satisfacer las necesidades sociales. Existe una brecha creciente entre la
demanda social y lo que el capitalismo puede producir de acuerdo a normas de
rentabilidad más y más exigentes. El ensanchamiento creciente entre la tasa de
ganancia (creciente) y la tasa de acumulación (estable) se explica de esta
forma: las oportunidades de inversión rentables se vuelven más raras en
detrimento de necesidades insatisfechas. Un economista francés llegó a decir
que la verdadera regulación del capitalismo supondría que éste aceptase
funcionar con una menor rentabilidad. Es a la vez cierto, en este sentido, que
la búsqueda de maximizar la ganancia aleja del óptimo social. Pero al mismo
tiempo es ingenuo, porque, retomando una expresión de Marx, esta
reivindicación es completamente ajena al capital.
P. ¿Es comparable con la crisis de 1930? La salida de la crisis mundial
del ‘30 precisó de la segunda guerra mundial para relanzar la acumulación, ¿el
capital puede relanzarse sin destruir el capital sobrante y aumentar la tasa
de explotación como en ese entonces?
R. Este tipo de comparaciones es un poco académica y tiene el riesgo de ser
un obstáculo al análisis concreto. Hay ciertos puntos comunes, pero puede ser
útil insistir sobre las principales diferencias. La primera es que se trata,
hoy en día, de una crisis que golpea a todos los sectores de una economía
mucho más mundializada. La segunda, es que los gobiernos aprendieron y
evitaron los errores de política económica que agravaron los efectos de la
crisis en los años ‘30. Luego, está la historia: el mundo no pudo salir de esa
crisis sino a partir del estruendo y la furia (fascismo y guerra mundial) en
un contexto dominado por el enfrentamiento entre "bloques". Después de la
segunda guerra mundial, se instaló hasta principios de los '80 un capitalismo
más regulado, calificado, para ser simples, de keynesianismo.
Toda la cuestión es saber si existe un escenario similar en la crisis
actual. En términos absolutos, podríamos imaginar que la debacle del
neoliberalismo puede desembocar en un retorno a este tipo de capitalismo
regulado. No obstante, y es sin duda la lección que nos da la gran crisis
precedente, eso no será posible sino por medio de choques económicos, sociales
y políticos de una amplitud comparable. Estamos autorizados a pensar que
incluso podrían implicar una puesta en cuestión de la lógica capitalista. Sin
esta presión social, el escenario más probable es bastante sombrío: una
regresión social gestionada de forma autoritaria por las clases dominantes,
con formas de repliegue nacional o regional, en un clima de guerra económica
generalizada y de dislocación social. Esta visión pesimista corresponde a una
apreciación realista de la profundidad de la crisis y de la violencia que las
clases dominantes están preparadas a ejercer para mantener el orden
establecido y sus privilegios. La dictadura de la economía sobre las
aspiraciones sociales va, por lo tanto, a volverse todavía más brutal.
P. La crisis ha tenido un particular impacto en Europa, con un fuerte
aumento del desempleo y una contracción industrial. ¿Por qué Europa es una de
las más afectadas, si el epicentro es en EE.UU.?
R. La transmisión de la crisis nacida en los EE.UU. al resto del mundo, y
por lo tanto a Europa, se produjo en tres tiempos. En el primer tiempo los
productos financieros tóxicos tenían una vocación de expansión a escala
mundial y lograron colocarse en las carteras de los bancos, incluidos los
europeos. De allí que las quiebras o casi quiebras bancarias y los derrumbes
de los mercados financieros e inmobiliarios golpearon a países como el Reino
Unido o aún más a España, donde el boom inmobiliario se interrumpió
brutalmente. En un segundo tiempo, las restricciones del crédito (credit
crunch) pesaron sobre la actividad de las empresas y el consumo. Para el
tercer tiempo, el descenso de la actividad se convirtió en una bola de nieve a
través del comercio internacional. En Alemania, donde las exportaciones
representan el 45% del PBI, la recesión es particularmente severa.
P. ¿Qué efectividad tendrán los planes anti-crisis de los gobiernos de
EE.UU. y Europa?
R. Los planes de relanzamiento plantean dos tipos de problemas: su tamaño y
sus posibles efectos. Los planes europeos están sub-dimensionados en relación
al de los EE.UU. Pero el principal déficit es la falta de coordinación que
muestra la inadecuación de las instituciones europeas a esta coyuntura de
crisis, evidenciado en un presupuesto europeo insuficiente. Algunos países,
como Italia y en menor medida Francia, se juegan a la opción del "pasajero
clandestino", que consiste en esperar que los vecinos relancen su propia
demanda. Otros esperan relanzar su mercado interno contra los demás países a
partir de medidas fiscales como la baja del IVA en el Reino Unido. La crisis
no es entonces la ocasión de solucionar esta falta de coordinación lanzando,
por ejemplo, programas de inversión pública social y ecológicamente útiles. No
existe una política de cambio con respecto al dólar y el único acuerdo
alcanzado se basa en la necesidad de profundizar las políticas neoliberales de
privatización y flexibilidad del mercado de trabajo.
En cuanto a los EE.UU., están enfrentando un dilema. Si los hogares se
desendeudan y aumentan su tasa de ahorro, se va a reducir el consumo y el
crecimiento no podría volver a arrancar. Si el gasto público toma la posta, el
déficit comercial exterior se va a profundizar otra vez y el flujo de capital
necesario para su financiamiento puede convertirse en un problema. Es una gran
incógnita qué va a pesar sobre la trayectoria de la economía mundial.
P. Dichos planes están llevando a una expansión del déficit fiscal,
¿estamos ante una nueva "burbuja" de capital ficticio, pero ahora en el
Estado? ¿Cuáles son las perspectivas frente a esta expansión de la deuda
estatal?
R. Como no fue tomada ninguna medida seria de regulación, el riesgo es, en
efecto, una huída hacia adelante en una nueva burbuja. Podría ser de nuevo en
torno a las materias primas como el petróleo o incluso el llamado "capitalismo
verde", como se observa en el nuevo campo especulativo que se abre con los
mercados de permisos de emisión de CO2. Lo que es seguro, es que los países
van a acumular enormes déficits presupuestarios. Para 2010, la OCDE prevé que
alcanzaran el 7% del PBI en la zona Euro y el 12% en los EE.UU. Al mismo
tiempo, la destrucción de empleos hará aumentar la tasa de desempleo. Según la
OCDE, se pasará entre el 2008 y el 2010 de un 7,5% a un 11,7% en la zona Euro
y de un 5,8% a un 19,3% en los EE.UU. La cuestión de la vuelta al crecimiento
después de 2010 se planteará entonces en un contexto marcado por objetivos
contradictorios: mejorar la competitividad creando empleos y relanzar la
demanda efectuando nuevos golpes en los presupuestos sociales con el fin de
reducir los déficits fiscales.
P. En una entrevista usted señalaba que la crisis puede llevar a un
crecimiento más autocentrado de los países emergentes, incluido China,
poniendo como ejemplo la ISI en América Latina. Incluso afirmaba que es
posible que el impacto de la crisis no sea tan fuerte. Sin embargo, la base de
acumulación de estos países, incluso en el período de la llamada ISI, siguió
siendo la exportación de materias primas y sus economías estuvieron atadas a
fuertes ciclos en función del mercado mundial. En efecto, lo favorable no fue
la crisis, sino la segunda guerra mundial, que hizo subir los precios de las
commodities. En este sentido, ¿por qué una crisis puede ser "favorable" para
los países de América Latina?
R. Durante un tiempo, sostuvimos la tesis del desacople: los países
emergentes escaparían en parte de la crisis y podrían mantener el ritmo de
crecimiento. No ocurrió por la interdependencia de las diferentes economías
nacionales en el seno de la economía mundial. La crisis no ofrece entonces un
desenlace mecánico para los países emergentes. Sin embargo, la contracción del
sector externo puede dar impulso a un doble proceso de focalizarse sobre la
demanda interna y de la regionalización de los intercambios sobre los
principios del ALBA.
Con todo, esta reorientación no tiene nada de mecánico y se enfrenta a dos
tipos de obstáculos. El primero es social y resulta de la resistencia de los
intereses sociales dominantes cuyo proyecto es volver al business as usual que
les conviene. Es la oportunidad de insistir sobre un punto general pero muy
importante: toda salida de una crisis impone un cuestionamiento de intereses
sociales dominantes. El segundo es de orden económico: la relativa rigidez de
la división internacional del trabajo instalada por la mundialización vuelve
incierta una transición de este estilo que no podrá ser inmediata.
P. ¿Cuál es el rol que jugará China, teniendo en cuenta que su expansión
reside en la exportación de mercancías a EE.UU. y que un aumento de su poder
adquisitivo interno implicará una pérdida de competitividad?
R. El modelo de crecimiento chino no puede continuar indefinidamente porque
es aberrante: un peso excesivo de las exportaciones (43% del PBI en 2007) y de
las inversiones (42,7%) y parte decreciente del consumo privado y público en
los gastos (49,6% del PBI en 2007). Por lo tanto, está expuesta a riesgos de
sobreacumulación y, simétricamente, de subconsumo. El excedente exterior jugó
un rol durante los últimos años, pero está amenazado por el menor crecimiento
de las exportaciones y, en un plazo mayor, por la dependencia energética
creciente.
En lo inmediato, China necesita centrarse sobre su mercado interno bajo la
presión de las tensiones sociales. Estas preocupaciones sociales y energéticas
están, de hecho, muy presentes en las medidas de estímulo tomadas por el
gobierno chino. Sin embargo, esta reconversión del modelo de crecimiento se
enfrenta de la misma forma que en los EE.UU. al cuestionamiento de las
desigualdades sociales que implica.
P. La magnitud de la crisis plantea serios problemas para la acción de
la clase obrera, marcando serios límites para cualquier reivindicación
reformista por la incapacidad del sistema de resolverla. ¿Cómo ve las
perspectivas revolucionarias, en particular en Francia?
R. De forma un poco abstracta, podríamos decir que, a los efectos de la
crisis, la estrategia revolucionaria debe buscar organizar el movimiento de la
resistencia hacia una perspectiva anticapitalista. Toda situación de crisis
es, desde este punto de vista, profundamente contradictoria: el desempleo
debilita a la clase obrera, el miedo al caos puede engendrar conservadurismo o
resignación. Pero al mismo tiempo hay una profunda debacle no sólo de la
economía sino también de la ideología dominante: el capitalismo nos da hoy la
demostración de no poder responder a las necesidades básicas de la mayoría de
la humanidad. La crisis cuestiona todos los preceptos neoliberales y hace caer
muchos tabúes. Que podamos tener hoy una gran respuesta al proponer la
nacionalización de los bancos es un síntoma entre muchos otros. La crisis hace
también nacer un profundo sentimiento de injusticia frente a la violencia de
los propietarios por defender sus privilegios.
Por todo esto, hay que respaldar reivindicaciones transitorias fundadas en
la idea de control: control sobre los fondos públicos entregados a los bancos
y las empresas y control sobre el empleo a través de la lucha contra los
despidos. De esta idea de control, podemos pasar a un cuestionamiento concreto
a la propiedad privada. Esta perspectiva se enfrenta, en Europa, a los
proyectos socialdemócratas y a la dificultad de una salida política. En
Francia, las luchas de resistencia son por el momento dispersas y podríamos
decir que los países oscilan entre la resignación y la explosión social. Para
la izquierda radical, la agenda consiste en poner adelante la perspectiva de
un movimiento de unidad, construyendo frentes de lucha que permitan la
expresión de una radicalización de las masas.