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La política pide más rigor y menos emoción |
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(IAR
Noticias)
18-Agosto-09
Bill Clinton tuvo éxito en Corea del Norte, pero puso en riesgo la
diplomacia contra la proliferación nuclear en la región.
Por
Henry Kissinger (*) -
Tribune Media Services
/Clarín
En medio del alivio generalizado ante el hecho de que dos periodistas
estadounidenses evitaran el destino brutal que les imponía un tribunal
norcoreano, puede parecer capcioso analizar las consecuencias a largo plazo.
El impulso por salvar a dos jóvenes mujeres de 12 años de trabajos forzados en
un gulag norcoreano es fuerte. Sin embargo, ahora que ese objetivo fue
alcanzado, debemos examinar el conflicto entre las emociones del momento y el
precedente para el futuro.
Es inherente a las situaciones de rehenes que condiciones humanas potencialmente
desgarradoras se utilicen para pasar por alto los criterios políticos. En eso
reside, precisamente, la fuerza de negociación de aquellos que toman rehenes.
Por otro lado, en todo momento, varios millones de estadounidenses residen en el
exterior o se encuentran viajando. ¿Cuál es la mejor protección para ellos? ¿La
lección de este episodio es que cualquier grupo o gobierno cruel puede exigir
una reunión simbólica con un estadounidense de alto nivel tomando rehenes o
blandiendo la amenaza de un trato inhumano a prisioneros que están en sus manos?
Si no debe olvidarse que Corea del Norte es un caso especial debido a su
infraestructura nuclear, ¿se crean acaso nuevos incentivos para la
proliferación?
El contexto importa. No pasaron seis meses todavía desde que Pyongyang llevó a
cabo un ensayo nuclear y reanudó la producción de plutonio de calidad para armas
en violación a un acuerdo firmado en la conferencia de las seis potencias en
Beijing realizada en febrero de 2007. Corea del Norte rechazó una visita del
nuevo enviado estadounidense encargado de discutir sus iniciativas de
proliferación.
Pyongyang ha dado la espalda a distintas resoluciones del Consejo de Seguridad
de la ONU destinadas a que desistiera de estas actividades y retomara las
conversaciones de los seis. Una visita de un ex presidente, que está casado
además con la secretaria de Estado, dará a Kim Jong-Il la posibilidad de hacer
ver a Corea del Norte, y quizás a otros países, que su país está siendo aceptado
en la comunidad internacional, justo lo opuesto al objetivo de la política
norteamericana que estableció la secretaria de Estado estadounidense hasta tanto
Pyongyang no abandone su programa de armas nucleares.
Ya circulan especulaciones en el sentido de que la visita de Bill Clinton
inaugura la perspectiva de un cambio de rumbo en la política estadounidense y la
solución bilateral Estados Unidos-Corea del Norte. Pero las conversaciones de
dos fuera del marco de los seis nunca han tenido sentido. Las armas nucleares
norcoreanas amenazan más a sus vecinos que a los Estados Unidos.
Hacen falta los otros integrantes de las negociaciones de los seis para aplicar
cualquier acuerdo que pueda alcanzarse o sostener las sanciones hasta que éste
se concrete. Estos países no deben tener la sensación de que Estados Unidos los
está usando como peones para sus designios globales.
Naturalmente, la administración de Obama desmintió cualquier intención de llevar
a cabo negociaciones de dos potencias por separado. Pero las otras partes se
sentirán tentadas de protegerse ante la perspectiva de que estas garantías
puedan modificarse. Ese sentimiento puede llegar a ser particularmente fuerte en
Japón, donde se está desarrollando una campaña electoral nacional y que siente
haberse procurado un apoyo inadecuado en representación de los japoneses
víctimas de abducciones por parte de Corea del Norte.
Las molestias que se tomó la administración Obama para presentar la misión de
Bill Clinton como una visita privada y humanitaria y la forma contenida en que
se llevó a cabo demuestran que hay una clara conciencia de todos estos riesgos.
Si bien es cierto que la distinción entre privado y público puede llegar a
resultar difícil de establecer cuando afecta a un ex presidente y cónyuge de la
secretaria de Estado, el gobierno de los Estados Unidos sigue estando en
posición de obtener un resultado beneficioso a largo plazo.
La raíz del problema de nuestra controversia con Pyongyang, que lleva ya una
década, es que no hay término medio entre el hecho de que Corea del Norte sea un
Estado con armas nucleares y un Estado sin armas nucleares. Al término de una
negociación, Corea del Norte destruirá su arsenal nuclear o se convertirá de
facto en un Estado nuclear.
Hasta el momento, ha utilizado los foros de negociación a su disposición en una
hábil campaña de dilación, alternando avances en su progreso tecnológico con
fases de negociación para consolidarlo. Parecería que nos estamos acercando a
una fase de consolidación de ese tipo. Corea del Norte puede volver a su táctica
ya establecida de distraernos con la perspectiva de cambios importantísimos.
Es exactamente lo que pasó después del último ensayo con armas nucleares coreano
en 2006. Pyongyang indudablemente seguirá tratando de obtener la aceptación de
facto como Estado con armas nucleares mediante la diplomacia postergada
interminablemente.
El clima benigno con el que culminó su último chantaje no debe tentarnos ni a
nosotros ni a nuestros socios a tomar atajos que confundan clima con sustancia.
Cualquier resultado que no sea la eliminación de la infraestructura nuclear
militar norcoreana en un plazo determinado es una bofetada a las perspectivas de
no proliferación en el mundo entero y a la paz y la estabilidad a nivel global.
*****
(*) Ex Secretario de Estado de los EEUU.
Copyright Clarín y Tribune Media Services, 2009. Traducción de Cristina Sardoy.
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