(IAR
Noticias)
18-Agosto-09
Ponencia de Manoel Santos (Altermundo) en las XI
Jornadas de las Juventud Independentista (Santiago de Compostela,
Facultade de Xeografía e Historia, 2009). Tema: Crisis, alternativas y
resistencia.
Por
Manoel Santos - Altermundo
En los últimos años, pero especialmente después de agosto de 2007, cuando la
llamada crisis económica y financiera explotaba en los Estados Unidos,
venimos oyendo hablar de boca de reputados economistas, filósofos y
activistas próximos a los movimientos sociales antisistémicos del
decrecimiento (referido a la producción y al consumo de las sociedades
capitalistas) como única alternativa posible a la crisis del sistema
neoliberal. No es una idea banal, ni despreciable en absoluto.Antes de
comenzar, habría que indicar en primer lugar que quienes participamos de la
lucha de los movimientos sociales antisistémicos no buscamos alternativas a
la crisis del sistema neoliberal. Buscamos alternativas al sistema
neoliberal, esto es, que no nos valen las soluciones que proponen los
poderosos, pues sólo tratan de “volver a la senda del crecimiento” y
recuperar el estado financiero mundial previo a la crisis, como bien
demuestran las inyecciones multimillonarias que el G20 acaba de decidir para
el FMI, uno de los principales causantes de este desorden mundial que sólo
habla de crisis financiera, pero que sobre todo está configurada por una
crisis ambiental, una crisis alimentaria y una crisis humanitaria en todos
los aspectos. Como bien dice el filósofo José María Ripalda: “Nos presentan
una crisis ‘en el’ capitalismo, no una crisis ‘del’ capitalismo; como mucho
se habla de algunas reformas legales que nadie cree que vayan ser
profundas”.
Por lo tanto, la lucha es por cambiar el sistema, no por recuperarlo, y
el decrecimiento un camino necesario que implica no sólo un poco más de
conciencia ecológica o humanitaria, sino “un cambio radical en la manera de
producir, de consumir y de vivir, una nueva manera de organizarnos social y
económicamente” (Paco Fdez. Buey)
En segundo lugar, es muy importante destacar que debemos desterrar la
idea de que el culpable de la situación mundial –en la que un 20% de la
población explota el 85% de los recursos y en el que más de dos millones de
personas mueren de hambre diariamente– es sólo la expresión neoliberal del
capitalismo. Cierto es que la imposición mundial del capitalismo bajo su
disfraz más bárbaro desde hace aproximadamente dos décadas, de lo que se da
en llamar globalización neoliberal, no fue capaz, como afirman sus
defensores –decían que el mercado por sí mismo regularía toda disfunción
social– de solucionar las necesidades más básicas de la humanidad. Esa
doctrina fundamentalmente económica –basada en el crecimiento–, pero también
política, ideológica y social, por la que el capital dinero tiene más
importancia que la el “capital humano”, generó más desigualdad social, más
destrucción ambiental, más desprecio por los derechos humanos, por la
diversidad cultural y por la soberanía de los pueblos, más inseguridad en
todos los campos, del local al global, y un boquete insalvable entre el
centro y la periferia del sistema.
Sin embargo, no es menos cierto que el enemigo no es sólo el
neoliberalismo. Es el capitalismo en sí. El neoliberalismo no es más con un
capitalismo gordo y seboso, muy pesado y poderoso, pero también con
evidentes riesgos cardiovasculares, que por fuerza deben llevar al infarto.
Nosotros intentamos inducir ese infarto y a ser posible sin que haya cerca
ningún experto en reanimación cardiopulmonar. Como dice François Houtart:
“La distinción entre un capitalismo salvaje y un capitalismo civilizado no
existe, porque el capitalismo es civilizado cuando debe y salvaje cuando
puede”.
Teoría del decrecimiento
El razonamiento de la llamada teoría del decrecimiento es bien sencillo,
casi de perogrullo, y existe porque existe el crecimiento. El sistema
neoliberal imperante se sustenta en la falacia de que un crecimiento
continuo –entendido este como crecimiento económico medido más que nada a
través del PIB– es directamente proporcional al bienestar de la humanidad.
Según dicen proporciona empleo, servicios sociales a pesar de que estos sean
privados, bienes materiales a puñados, cohesión social, tecnologías que
arreglarán toda disfunción social a largo plazo y camina hacia una mayor
igualdad entre los seres humanos. Pero a nadie escapa que este crecimiento,
que sólo habla de un crecer infinito en la producción de bienes y servicios
(PIB), no es compatible con el hecho de que se cimienta en uno continuo
expolio de los recursos naturales del planeta, de la materia y de la
energía.
Siendo estos recursos finitos, resulta por lo tanto evidente que el
crecimiento continuo es un imposible, y con él caminamos no solo a un
cataclismo ecológico irreversible, y por lo tanto a hacer peligrar la vida
en el planeta, sino a una deshumanización de la propia especie humana, que
extermina culturas, lenguas, civilizaciones y todo lo que signifique futuro.
Frente a esto sólo parece quedar un camino, coger la autovía del
decrecimiento sí o sí. En nosotros está que ese decrecimiento sea
sostenible, controlado, o por el contrario traumático, en forma de recesión
primero y grave y conflictiva depresión después, entrando en una especie de
economía de guerra.
De este modo, quienes defienden el decrecimiento afirman que no es
posible conservar el medio ambiente, y por lo tanto la humanidad, sin
reducir la producción económica, responsable de que actualmente estemos
superando la capacidad de regeneración del planeta, como veremos más
adelante. Hace falta pues caminar hacia reducción radical del consumo y de
la producción, estableciendo una etapa de transición hacia una nueva forma
de organización social, hacia una economía que produzca bienes en función de
las necesidades reales de todas las personas respetando los límites
planetarios.
El decrecimiento por lo tanto no es una teoría ni un simple anhelo de los
movimientos sociales. Ni siquiera tiene un programa concreto. No existe un
comité mundial para el decrecimiento ni una fórmula global para decrecer. De
hecho, algunas cosas tendrán que decrecer, más otras no. El decrecimiento es
más bien una consigna, o a lo mejor una ley natural inevitable, tan
inevitable como la noche después del día, “defendida por quienes realizan
una crítica radical del desarrollo con el objetivo de romper el discurso
estereotipado y economicista y diseñar un proyecto de recambio para una
política del ‘postdesarrollo’? (Serge Latouche).
Vaya, que como dice uno de los padres del decrecimiento, Georgescu-Roegen,
“antes o después el crecimiento, la gran obsesión de los economistas
estándar y de los marxistas, tiene que terminar. La única pregunta abierta
es cuando”.
El mito del crecimiento
El crecimiento económico –pues hay otros crecimientos benévolos e incluso
deseables– parece ser la única medida que el sistema emplea para legitimarse
y de él hicieron un dogma social que quedó impreso en las personas de lo
común:
1. Es el objetivo central de nuestras sociedades, el horizonte de las
políticas de quien nos malgobierna, incluso desde la izquierda, que discute
la redistribución, pero no la producción y el consumo. Históricamente
asistimos a un pacto izquierda-derecha con una connivencia de los sindicatos
en materia económica.
2. Nadie se pregunta que y para que producir.
3. Hay una prostitución del lenguaje, de las consignas, para convencer a
la población, pues sólo se habla de crecimiento (hasta negativo), como si
hablásemos de rejuvenecimiento negativo en vez de envejecimiento (Giorgio
Monsangini).
El crecimiento no cuadra
Según la economía capitalista, o desarrollista, mientras los indicadores
económicos vayan bien, ora decir hacia arriba, el nivel de vida de las
personas será mejor, porque estas tendrán más bienes materiales y sociedades
más tecnológicas que ayudan a ser más felices. De este modo, en los últimos
años se extendió por ejemplo la idea de que las economías saneadas tenían
que crecer un 3% anual para mantener el bienestar e incluso muchas
trasnacionales pusieron el límite de crecimiento anual en un 7%. De lo
contrario, lo deseable era la deslocalización para buscar mayores
beneficios.
Habría que decir, que esos indicadores económicos no parecen fiables más
que para hacer cuadrar las cuentas anuales de los consejos de administración
de las grandes empresas y como argumento discursivo del político de turno.
Así, el PIB, o el valor monetario total de la producción corriente de bienes
y servicios de un país durante un período, es, según J. K. Galbraith “una de
las formas de engaño social más extendidas”. De hecho, el PIB mide
exclusivamente la producción de bienes y servicios (sean estos coches
fabricados, minerales extraídos, árboles talados, construcción de presidios,
gestión de accidentes y desastres naturales, o armas producidas y vendidas),
pero no tiene en cuenta ni la justicia social ni los costes
medioambientales, que son básicos para el buen vivir de la humanidad, por lo
que equipararlo al “progreso” social es una barbaridad. Como bien dice
Carlos Taibo: “un bosque convertido en papel aumenta el PIB, mientras que
ese bosque indemne, decisivo para garantizar la vida, no computa como
riqueza”.
Sólo lo que produce PIB parece ser deseable para la sociedad. De este
modo, una familia campesina que cultive sus vegetales para autoconsumo, que
críe el ganado del que se alimenta y del que obtiene trabajo en las
plantaciones, que haga su vino y su pan o que repare su vivienda, no estaría
generando prácticamente PIB, no generaría riqueza y, por lo tanto, para el
sistema imperante sería una familia de infelices que no es deseable para la
humanidad. No obstante, para todos es entendible que esa familia produce
bienes no intercambiables por dinero que aumentan mucho su calidad de vida.
Ya lo dice Monsangini: “El PIB crece cuando culturas, formas de vida, bienes
no intercambiables… son sustituidos por mercancía”.
Entre otras, hay dos cuestiones claves que deslegitiman claramente el
mito del crecimiento:
1. No ha generado tanto bienestar como dicen para la humanidad
2. Con él se está superando la biocapacidad del planeta, o sus límites
ambientales
1-. Si bien es cierto que el crecimiento ha generado beneficios para la
humanidad, esto sólo es aplicable la una minoría de esa humanidad, la del
Norte global y, además, es muy discutible que los techos económicos
conseguidos hoy sean beneficiosos incluso para esa parte de la humanidad
privilegiada. Bien apunta Carlos Taibo que la mayor parte de sociedades
“occidentales” piensan que vivían mejor en la década de 1960 –antes del
neoliberalismo– y que los porcentajes de ciudadanos y ciudadanas que se
declaran felices y satisfechos es cada vez menor. Más bienes materiales, no
implican felicidad. Es más, la obsesión por la acumulación de bienes genera
más infelicidad.
Por otro lado, hay datos de peso que corroboran que el neoliberalismo
redundó en el perjuicio de la mayor parte de la población mundial. Si en
1960 la brecha entre lo 20% más rico del planeta y el 80% más pobre era de 1
a 30, hoy es de 1 a 80. Las desigualdades son pues cada día más gigantescas,
tanto entre el Norte y el Sur del planeta como en el interior de los
Estados, incluyendo los de la UE y los EUA, que acopian alarmantes bolsas de
pobreza, desempleo, degradación ambiental, pérdida de coberturas sociales,
etc. en un meteórico proceso que ya se conoce como la tercermundialización
de las ciudades occidentales. El sueño americano, por ejemplo, es hoy es
imposible para más de 38 millones de personas, que son las que en los EE.UU
viven bajo la línea de la pobreza.
2-. El otro dato tiene que ver con la capacidad del planeta para
sustentar la vida. El crecimiento, la producción de bienes y servicios,
necesariamente aumenta el consumo de recursos naturales, y este consumo es
mucho mayor que la capacidad de regeneración del planeta.
Todos los indicadores apuntan al agotamiento de recursos. Con las
tendencias actuales, que según la teoría del crecimiento deben aún crecer,
el pico del petróleo se producirá entre 2010 y 2040, sólo queda gas natural
para 70 años, uranio para 80-160, carbón para 150; el cambio climático es un
hecho, la extinción de especies supera 5.000 veces a la de fondo y la mitad
de la diversidad biológica puede desaparecer la finales del próximo siglo,
etc.
Uno de los indicadores más utilizados es el de la huella ecológica, esto
es, el cálculo en hectáreas del espacio necesario de una persona o grupo de
personas (un país, una comunidad) dado para obtener sus recursos y descartar
sus residuos. La huella ecológica es muy complicada de medir y
cuantitativamente es muy dudosa, pues no atiende por ejemplo a la
contaminación –solo al CO2 y a la energía nuclear–, ni a que compartimos
espacio en el planeta con otras especies. Sin embargo, cualitativamente es
muy indicativa. Hoy la humanidad ya está usando 1,3 Tierras y según los
pronósticos en 2050 usaremos 2 Tierras. Superamos la biocapacidad del
planeta en 1980 y la triplicamos entre 1960 y 2003, de manera que hoy, por
ejemplo, un norteamericano precisa 12,9 (5,5 en los EE.UU y 7,9 fuera)
hectáreas de Tierra para producir todo lo que consume y echar los residuos
que genera, mientras que un habitante de Bangladesh usa 0,56 Tierras. La
capacidad de carga del planeta es de 1,9 has/habitante. Además, todos los
países del Norte tienen más huella ecológica de la que tiene la capacidad de
carga de su país, de manera que el resto lo obtienen del Sur.
Por causa de estas cifras deducimos que si todos los habitantes de la
Tierra viviesen como los europeos precisaríamos 3 Tierras, y para vivir como
los estadounidenses 7.
Y un dato para la reflexión que nos proporciona Xan Duro (Verdegaia): “el
único país del mundo que en base a los índices de desarrollo humano de la
ONU y el PIB, supera el umbral de retraso pero se mantiene dentro de los
parámetros de la sostenibilidad es Cuba”.
No al desarrollo sostenible
Y entre crecimiento y decrecimiento hay algo? Para muchos el desarrollo
sostenible. Un crecer con cuidadito bastante ilusorio. El decrecimiento,
como necesidad social y planetaria, se opone radicalmente al término tan
empleado y, para muchos y muchas activistas, ya vacío de contenido de
“desarrollo sostenible”, especialmente porque la clase política y
empresarial ha identificado desarrollo con crecimiento, de manera que se da
una flagrante contradicción: lo que se desarrolla no puede ser sostenible, y
lo que es sostenible no se desarrolla. Este término, nacido del informe
Brundtland en 1987 y adoptado por los poderosos después de la cumbre de Río
de 1992, para muchos autores (J.M. Naredo) “está sirviendo para mantener la
fe en el crecimiento de los países industrializados”.
Si bien es obvio que los límites del planeta son aceptados por todos,
desde los economistas neoliberales a los ecologistas, para los primeros los
avances tecnológicos permitirán superar todos los techos que la naturaleza
imponga, de manera que podemos seguir creciendo y confiar en la ciencia. Ese
es el argumento fundamental, porque no hay otro, para defender que sí puede
haber un crecimiento sostenible y para rebatir las hipótesis de quienes
defienden la necesidad de tomar la senda del decrecimiento. Para estos gurús,
el progreso tecnológico abre el camino hacia desmaterialización de nuestras
economías, dando cuerpo a tejidos productivos cada vez menos dependientes de
la materia y de la energía. Mas cómo dice Mauro Bonauti: “quieren hacernos
creer que se pueden hacer más pizzas con menos harina, simplemente empleando
un horno mayor o más cocineros”. ¿No son las economías más “avanzadas” las
que gastan más materia y energía?
El decrecimiento descarta el efecto del crecimiento tecnológico con el
llamado Efecto Rebote: a pesar de que se empleen menos materia y energía
gracias a los avances tecnológicos, el fomento del consumo siempre produce
más gasto.
El decrecimiento como
consigna
Estamos delante de una corriente de pensamiento y un movimiento social a
la vez.
1-. Corriente de pensamiento
La noción de decrecimiento surge fundamentalmente del trabajo de Nicholas
Georgescu-Roegen, un economista norteamericano de origen rumano que escribió
su obra entre los años 60 y 70 –escribe su obra más famosa, ‘The Entropy Law
and the Economic Process’ en 1971, antes de la crisis del petróleo– y que se
considera padre de la bioeconomía, por la que aplicaba leyes físicas y
biológicas a la economía. El empleo de la segunda ley de la termodinámica,
mediante la cual la entropía –la energía que no puede utilizarse para
producir trabajo– de cualquier sistema cerrado aumenta con el tiempo de
manera irrevocable e irreversible, está en la base de sus teorías. Al estar
la humanidad atada por el hecho de que se enfrenta a la dependencia absoluta
de energía y materia que se degradan continuamente, tenemos que reducir
drásticamente nuestro consumo hasta respetar los límites de la biosfera.
También hay que tener en cuenta el famoso informe del Club de Roma de
1972 (Los límites del crecimiento), en el que se afirmaba que en un planeta
limitado, las dinámicas de crecimiento exponencial (no sólo el PIB, también
la población) no son sostenibles; de suerte que se debería tender la un
crecimiento cero, teoría defendida por otros economistas, como Herman Daly,
y descartada por Georgescu-Roegen antes y por indicadores como la huella
ecológica hoy.
Otros antecedentes teóricos los encontramos en Karl Polanyi, Jaques
Grinevald, André Gorz, Edgar Morin, Ivan Illich (contraprodutividad), etc.
Desde aquel entonces son muchos los autores que investigan hoy sobre
decrecimiento, especialmente en Francia, por gente como Serge Latouche,
Vincent Cheynet, François Scheneider… y varios italianos, como Mauro
Bonaiuti, Maurizio Pallante, Paolo Cacciari, etc.
Dentro de los teóricos del decrecimiento es Cheynet el que da en el clavo
al diferenciar entre decrecimiento sostenible y decrecimiento insostenible,
o traumático, poniendo como ejemplo del segundo el caso de Rusia desde 1990,
con datos alarmantes, como que la esperanza de vida era de 70 años en 1980 y
de 59 en la actualidad.
2-. Movimiento social a tres escalas
1. Individual (simplicidad voluntaria, autoproducción de bienes y
servicios, etc.)
2. Colectiva (autogestión, cooperativas de consumidores, banca ética,
redes sociales de intercambio, etc.)
3. Acción Política (propuestas, movilizaciones, etc.)
¿Qué sociedad busca el
decrecimiento?
Valdría para explicarlo un texto de André Gorz:
“Intenten imaginar una sociedad fundada en estos criterios. La producción
de tejidos muy resistentes, de zapatos que duren años, de máquinas fáciles
de reparar y capaces de funcionar un siglo, todo ello está, desde hace
tiempo, al alcance de la técnica y de la ciencia de la misma forma que la
multiplicación de instalaciones y de servicios colectivos (de transporte, de
lavado, etc.) que nos libren de la compra individual de máquinas caras,
frágiles y devoradoras de energía.
Imaginen en cada inmueble colectivo 2 o 3 salas de televisión (una por
programa); una sala de juegos para los niños; un taller bien equipado de
bricolage; una lavandería con secadora y plancha: tendrían ustedes todavía
la necesidad de todos vuestros equipamientos individuales, y seguirían
atascándose en las carreteras si hay transportes colectivos cómodos hacia
los lugares de descanso, aparcamientos para bicis y ciclomotores, una red de
transportes en común para las afueras y las ciudades? Imaginen también que
la gran industria, planificada centralmente, se limita a producir lo
necesario: 4 o 5 modelos de zapatos y de prendas que duren, 3 modelos de
coches robustos y transformables, además de todo lo necesario para los
equipamientos y servicios colectivos. Es imposible en economía de mercado?
Sí. Sería el paro masivo? No: la semana de 20 horas, a condición de cambiar
el sistema. Sería la uniformidad y la monotonía? No, pues imaginen esto
también: cada barrio, cada municipio dispone de talleres, abiertos día y
noche, equipados de toda una gama tan completa como sea posible, de
herramientas y máquinas, dónde los habitantes, individualmente,
colectivamente o en grupos, producirán ellos mismos, fuera del mercado, lo
superfluo, en función de sus gustos y deseos. Como sólo trabajarán 20 horas
por semana (y puede que menos) para producir lo necesario, los adultos
tendrán todo el tiempo de aprender todo lo que los niños aprenderán por su
lado en la escuela primaria: trabajo de la madera, del cuero, de tejidos, de
la piedra, de metales; electricidad, mecánica, cerámica, agricultura...
¿Es una utopía? Puede ser un programa. Pues esta “utopía” corresponde a
la forma la más avanzada, y no la más frustrada del socialismo: a una
sociedad sin burocracia, dónde el mercado decae y dónde hay suficiente para
todos y dónde las personas son individualmente y colectivamente libres de
modelar sus vidas, de elegir lo que quieren hacer y tener además de lo
necesario: una sociedad dónde el libre desarrollo de todos sería a la vez el
fin y la condición del libre desarrollo de cada uno Marx dixit”.
Las tres dimensiones del
decrecimiento
1. Ecológica: la conservación de la naturaleza es una premisa
irrenunciable
2. Económica: Menos producción y consumo. Por ejemplo, la reducción y
reparto del tiempo de trabajo. Latouche lo cifra en 4 o 5 horas diarias,
Gorz en 1000 horas en vez de 1600. Con esto conseguiríamos que la gente no
se sintiese excluida y trabajar para proporcionar bienes y servicios
necesarios. Saliéndonos de la economía del trabajo produciríamos menos
porque precisaríamos consumir menos. Bonaiuti argumenta la reducción
drástica del consumo provocaría malestar social, desocupación y, en última
instancia, el fracaso de la política económico-ecológica alternativa.
Propugna, en consecuencia, potenciar los “bienes relacionales” –atenciones,
conocimientos, participación, nuevos espacio de libertad y de
espiritualidad, etc.– y caminar hacia una economía solidaria. El
decrecimiento material tendría que ser un crecimiento relacional,
convivencial y espiritual.
3. Social: Simplicidad voluntaria y autosuficiencia, cambios en los
parámetros de vida, volver a las sociedades colectivas. Ruralización frente
a urbanización, reparto frente a acumulación, localización frente a
globalización, decrecimiento frente a hiperconsumismo, ocio frente a trabajo
obsesivo; menos, menos, menos…
¿Y cómo aplicarlo?
Los teóricos esgrimes dos básicamente dos maneras:
1. Autogestión de las comunidades más allá de los aparatos de Estado
2. Con una planificación central, con aire socialista
¿Cómo decrecer?
Serge Latouche lo intenta resumir de manera gráfica y parcialmente en su
programa de las 8 R: Revaluar (revisar nuestros valores: cooperación vs.
competencia, altruismo vs. egoísmo, etc.); Recontextualizar (modificar
nuestras formas de conceptualizar la realidad, evidenciando la construcción
social de la pobreza, de la escasez, etc.); Reestructurar (adaptar las
estructuras económicas y productivas al cambio de valores); Relocalizar
(sustentar la producción y el consumo esencialmente la escala local);
Redistribuir (el acceso a recursos naturales y las riquezas); Reducir
(limitar el consumo a la capacidad de carga de la biosfera); Reutilizar
(contra el consumismo, tender hacia bienes durables y a su reparación y
conservación); Reciclar (en todas nuestras actividades).
Las propuestas son infinitas:
1. Relocalización de la economía a escala local: evitar la concentración
de empresas. Mercados locales y artesanados que generen una economía local,
de calidad y sin publicidad.
2. Relocalizar la producción y también la política.
3. Abandono del consumismo y la publicidad.
4. Economía solidaria (comercio justo, banca ética, consumo crítico,
cooperativas de consumo, intercambios no mercantilizados como las redes de
cambio).
5. Reparto de recursos.
6. Salario máximo y renta básica.
7. Autoproducción de bienes y servicios.
8. Prohibir privatizar servicios públicos esenciales (agua, educación,
sanidad y bienes comunes; con lo que también se generaría trabajo).
9. Abandono absoluto de la agricultura intensiva por la agroecología.
10. Energías renovables, menos consumo, eliminaciones de las no
renovables.
11. Desindustrialización: Cerrar las industrias automovilística, militar,
aviación y reconducir el empleo hacia campos relacionados con la
satisfacción de las necesidades sociales y ambientales.
12. Desurbanización (vivimos en el 0,2% de la superficie del planeta. Las
ciudades son parásitas del crecimiento).
13. Ciudades en transición (Slow cities).
¿Cuánto decrecer?
Hay quien habla del 5% anual para no entrar en convulsión, en el caos. En
los países pobres sería otra cosa, pero sobre todo que no sigan nuestro
modelo. Para esos países se impone, en la percepción de S. Latouche, un
listado diferente de "R": Romper con la dependencia económica y cultural con
respeto al Norte, Retomar el hilo de una historia interrumpida por la
colonización, el desarrollo y la globalización, Reencontrar la identidad
propia, Reapropiar esta, Recuperar las técnicas y saberes tradicionales,
conseguir el Reembolso de la deuda ecológica y Restituir el honor perdido.
Alternativas reales en marcha
Hay movimientos ciudadanos muy importantes que optan por el
decrecimiento, especialmente en Francia e Italia.
En Francia hay desde Institutos de estudios económicos sobre el
decrecimiento sostenible (www.decroissance.org) a una revista semanal, ‘La
Décroissance’ 8también con redacción en Italia), que ya tiene una tirada de
50 mil ejemplares. También existen movimientos como la Red de Objetores de
Crecimiento e iniciativas prácticas muy abundantes, como los SEL (Sistemas
de intercambio locales), las RES (redes locales de economía solidaria) y los
famosos AMAP (asociaciones para el mantenimiento de la agricultura
campesina), que cada mes pagan una pequeña cantidad que le permite al
productor disponer del dinero y él va suministrando de productos de
temporada a los socios y que ya alimentan a un millón de franceses y
francesas.
En Italia cabe destacar la Rete per la descrescita (www.descrescita.it),
en Catalunya la Entesa pel decreixement (www.decreixement.net), etc.
En otros lugares, como en mi país, Galiza, las iniciativas están
surgiendo sin parar en los últimos años. Se cuentan ya varias cooperativas
de consumo (Árbore, Xoaniña, Semente, etc.), mercados de cambio, redes de
comercio justo, masas críticas, Fiare y Coop 57 (banca ética), red de
permacultura (ecoaldeas), etc.
Son alternativas reales, locales
que, paradójicamente, de crecer implicarían ya de por sí decrecimiento. No
hay una fórmula, pero todo comienza por actitudes personales y sobre todo
por lo local, pues difícilmente los poderosos van a aceptar un camino de
decrecimiento controlado. ¿O sí?.
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Traducido del gallego para
rebelion.org
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