Las elecciones iraníes del pasado 12 de junio son un ejemplo clásico: el
candidato nacionalista-populista, Mahmoud Ahmadineyad, recibió el 63,3% de los
votos (24,5 millones), mientras que el candidato de la oposición, apoyado por
los países occidentales, Hosein Musaví recibía el 34,2% (3,2 millones). Estas
elecciones alcanzaron una participación récord de más del 80% del electorado,
con un número de votos provenientes del extranjero de 234.812, de los que
111.792 fueron a parar a Musaví y 78.300 a Ahmadineyad. La oposición liderada
por Musaví no aceptó la derrota y organizó una serie de manifestaciones masivas
que desembocaron en actos de violencia, como quema y destrucción de automóviles,
bancos, edificios públicos y confrontaciones armadas con la policía y otras
autoridades. Casi todo el espectro de comentaristas occidentales, entre otros
los de los principales medios impresos y electrónicos, y los principales sitios
Internet de tendencia liberal, izquierdista, libertaria y conservadora, se
hicieron eco de la afirmación de la oposición de fraude electoral a gran escala.
Los neoconservadores, los conservadores libertarios y los trotskistas se unieron
a los sionistas para aclamar a los manifestantes de la oposición como
avanzadilla de una revolución democrática. Demócratas y republicanos condenaron
al gobierno iraní, se negaron a reconocer los resultados de la votación y dieron
respaldo a los esfuerzos de los manifestantes por revocar el resultado
electoral. El New York Times, la CNN, el Washington Post, el ministerio de
Asuntos Exteriores de Israel y todos los líderes de las principales
organizaciones judías estadounidenses pidieron sanciones más duras contra Irán y
anunciaron la defunción del diálogo propuesto por el presidente Obama con Irán.
Los líderes occidentales rechazaron los resultados porque sabían que
su candidato reformista no podía perder… Durante meses publicaron diariamente
entrevistas, editoriales e informes desde el terreno detallando los
fallos del gobierno de Mahmoud Ahmadineyad y citando el apoyo aportado por los
clérigos, ex funcionarios, comerciantes y sobre todo mujeres y jóvenes urbanos
que hablan inglés, con el fin de probar que Hosein Musaví iba a ganar con toda
facilidad. La victoria de éste se describía como la de las voces de la
moderación, es decir, la versión de la Casa Blanca de este vacío tópico.
Destacados académicos progresistas dedujeron que el recuento de los votos fue
fraudulento porque el candidato de la oposición, Musaví, perdió en su propio
enclave étnico azerí. Otros académicos aseguraron que el voto joven –basándose
en entrevistas con jóvenes universitarios de clase media y alta de los barrios
del norte de Teherán– estaban abrumadoramente a favor del candidato
reformista.
Lo que resulta asombroso de la condena occidental general de los resultados
electorales por fraude es que no hay ni asomo de pruebas sobre papel o fruto de
la observación presentadas antes o una semana después del recuento. Durante toda
la campaña electoral, no hubo ninguna acusación creíble (o incluso dudosa) de
manipulación de votos. Mientras los medios occidentales creían su propia
propaganda de una inminente victoria de su candidato, describían un proceso
electoral altamente competido, con encendidos debates públicos y niveles sin
precedentes de actividad pública, sin ningún obstáculo para el proselitismo. La
creencia en una elección libre y abierta era tan fuerte que los líderes y los
medios occidentales estaban convencidos de que ganaría su candidato favorito.
Los medios occidentales confiaban en sus reporteros que cubrían las grandes
manifestaciones de los seguidores de la oposición, a la vez que ignoraban o
quitaban importancia a las favorables a Ahmadineyad. Peor aún, los medios
occidentales no prestaban atención a la composición de clase de las diferentes
manifestaciones, sin percatarse de que el candidato presidente recibía el apoyo
de la mucho más numerosa clase trabajadora pobre, los campesinos, los artesanos
y los funcionarios, mientras que el grueso de las manifestaciones de la
oposición estaba formado por estudiantes de clase media y alta y miembros de la
clase profesional y de negocios.
Además, la mayor parte de las proyecciones de los líderes de opinión y
reporteros occidentales basados en Teherán eran extrapolaciones de sus
observaciones en la capital, y pocos fueron los que se aventuraron en las
provincias, las poblaciones pequeñas y medias ....
y los pueblos, donde Mahmoud Ahmadineyad tiene su base de apoyo. Asimismo,
los seguidores de la oposición eran una minoría de estudiantes fácilmente
movilizables para realizar actividades de calle, mientras que el apoyo de
Mahmoud Ahmadineyad contaba con la mayoría de los jóvenes trabajadores, hombres
y mujeres, y amas de casa, que expresaron su opinión ante las urnas y no tenían
tiempo o ganas de participar en la política de la calle.
Una serie de expertos periodísticos, entre otros Gideon Rachman del Financial
Times, afirma como evidencia del fraude electoral el hecho de que Mahmoud
Ahmadineyad consiguiera el 63% de los votos en una provincia de lengua azerí,
contra su oponente Musaví, de la etnia azerí. La suposición simplista es que la
identidad étnica o la pertenencia a un grupo lingüístico es la única explicación
posible del comportamiento electoral, y no otros intereses sociales o de clase.
Una mirada más atenta al comportamiento electoral en la región de Azerbayán
oriental iraní revela que Musaví ganó sólo en la ciudad de Shabestar entre las
clases alta y media (y solo por un estrecho margen), mientras que fue derrotado
estrepitosamente en las zonas rurales, en las que las políticas redistributivas
del gobierno han contribuido a que los azeríes se librasen de las deudas,
obtuviesen créditos asequibles y préstamos para los campesinos. Musaví ganó, es
cierto, en la región de Azerbayán occidental, donde utilizó sus vínculos étnicos
para conseguir el voto urbano. En la provincia de Teherán, densamente poblada,
Musaví ganó a Mahmoud Ahmadineyad en los centros urbanos de Teherán y Shemiranat
gracias a los votos de los distritos de clase media y alta, mientras que perdió
por mucha diferencia en los suburbios cercanos de clase trabajadora, las
pequeñas ciudades y las zonas rurales.
El énfasis en el voto étnico, superficial y distorsionado, que aportan
los colaboradores del Financial Times y del New York Times para justificar que
la victoria de Ahmadineyad se debe al “robo de votos” es equiparable a la
negativa deliberada de los medios de comunicación a reconocer una encuesta de
opinión, rigurosa y de ámbito nacional, llevada a cabo por dos expertos
estadounidenses tres semanas antes de las elecciones, que mostró que Mahmoud
Ahmadineyad tenía a su favor un porcentaje de votos de dos a uno, más incluso
que el obtenido en su victoria electoral del 12 de junio. La encuesta reveló que
entre los azeríes Ahmadineyad superaba en una proporción de dos a uno a Musaví,
demostrando así cómo los intereses de clase representados por uno de los
candidatos pueden vencer la identificación étnica del otro candidato (Washington
Post 15.6.2009). El único grupo que apoyó decididamente a Musaví fue el de los
estudiantes y licenciados universitarios, los comerciantes propietarios y la
clase media alta. El voto de los jóvenes, que los medios occidentales
presentaron como pro reformistas, fueron una clara minoría inferior al 30%, pero
venían de un grupo privilegiado, conocedor de la lengua inglesa y con capacidad
para hacerse oír, que gozó del monopolio de los medios occidentales. Su
presencia abrumadora en las noticias de prensa occidentales creó lo que se ha
calificado de síndrome del norte de Teherán, en referencia al confortable
enclave de la clase alta de donde vienen muchos de estos estudiantes. Aunque
sepan expresarse, vistan bien y hablen inglés correctamente, fueron vencidos con
claridad en el secreto de la cabina de voto.
En general, Ahmadineyad obtuvo buenos resultados en las provincias petroleras
y de la industria petroquímica, lo que podría ser un reflejo de la oposición de
los trabajadores de esta industria al programa reformista, que incluye la
privatización de empresas públicas. Del mismo modo, el presidente tuvo buenos
resultados en las provincias fronterizas con su énfasis en el reforzamiento de
la seguridad nacional ante las amenazas estadounidenses e israelíes, a la vista
de una escalada de ataques terroristas patrocinados por Estados Unidos a partir
de Pakistán, y de incursiones israelíes desde el Kurdistán iraquí, que han
matado a docenas de ciudadanos iraníes. El patrocinio y la financiación masiva
de los grupos que realizan estos ataques forma parte de la política oficial de
EE UU desde el gobierno Bush, que no ha sido repudiada por el presidente Obama,
al contrario, se han incrementado en el periodo previo a los comicios.
Lo que los comentadores occidentales y sus protegidos iraníes han ignorado es
el fuerte impacto que las devastadoras guerras y ocupación de Iraq y Afganistán
han tenido en la opinión pública iraní. La decidida postura de Mahmoud
Ahmadineyad en materia de defensa contrasta con las adoptadas por muchos de los
propagandistas de campaña de la ocupación, débiles y pro occidentales.
La gran mayoría de votantes de Ahmadineyad probablemente pensaron que los
intereses de seguridad nacional, la integridad del país y el sistema de
seguridad social, con todos sus defectos y excesos, estarían mejor defendidos y
mejorarían con éste que con unos tecnócratas de clase alta apoyados por una
juventud privilegiada pro occidental que anteponen los estilos de vida
individuales a los valores comunitarios y la solidaridad.
La demografía de la votación revela una auténtica polarización de clase que
ha enfrentado a un grupo de individualistas capitalistas de alto nivel de
ingreso y orientación librecambista con una clase trabajadora de bajos ingresos,
defensores de base de la economía moral en la que la usura y el beneficio están
limitados por preceptos religiosos. Los abiertos ataques por parte de
economistas de la oposición a los gastos sociales del gobierno, el crédito fácil
y las altas subvenciones para los productos básicos de alimentación no han
contribuido a congraciarlos con la mayoría de los iraníes que se benefician de
dichos programas. Del Estado persiste la imagen de protector y benefactor de los
trabajadores pobres contra el mercado, que representa la riqueza, el
poder, el privilegio y la corrupción. Los ataques de la oposición contra la
intransigente política exterior y posiciones que alienan a Occidente
sólo fueron bien acogidos entre los estudiantes universitarios liberales y los
grupos de negocios de importación y exportación. Para muchos iraníes, el rearme
militar del régimen es visto como lo que impide un ataque estadounidense o
israelí.
La escala del déficit electoral de la oposición debería indicarnos hasta qué
punto está fuera de contacto con las preocupaciones vitales de su propia gente.
Debería recordarles también que al acercarse a la opinión occidental se han
alejado de los intereses cotidianos de seguridad, alojamiento, empleo y
alimentos subvencionados que hacen la vida tolerable a los que viven por debajo
del nivel de la clase media y fuera de las privilegiadas puertas de la
Universidad de Teherán.
El éxito electoral de Ahmadineyad, visto en una perspectiva histórica
comparada, no debería ser una sorpresa. En competiciones electorales similares
en que se han enfrentado nacionalistas-populistas contra liberales pro
occidentales, los populistas han ganado. Ejemplos del pasado serían Juan Domingo
Perón, en Argentina, y, más recientemente, Hugo Chávez, en Venezuela, Evo
Morales, en Bolivia, e incluso Lula da Silva, en Brasil, todos los cuales han
demostrado su capacidad para conseguirse en torno o por encima del 60% de los
votos en elecciones libres. Las mayorías votantes de estos países prefieren la
seguridad social a los mercados sin trabas y la seguridad nacional al
alineamiento con los imperios militares.
Las consecuencias de la victoria electoral de Mahmoud Ahmadineyad están
abiertas a discusión. Estados Unidos puede sacar en conclusión que seguir
apoyando a una minoría dotada de voz pero duramente derrotada tiene pocas
perspectivas de conseguir concesiones en materia de enriquecimiento nuclear o de
abandono del apoyo de Irán a Hezbolá y Hamás. Un enfoque realista sería abrir
unas conversaciones amplias con Irán, y reconocer, tal como el senador John
Kerry destacó recientemente, que el enriquecimiento de uranio no constituye una
amenaza existencial para nadie. Este enfoque sería radicalmente diferente del de
los sionistas estadounidenses instalados en el gobierno de Obama, que siguen la
línea de Israel de promover una guerra preventiva con Irán y utilizar el espúreo
argumento de que no hay negociación posible con un gobierno ilegítimo en
Teherán, que ha robado las elecciones.
Acontecimientos recientes sugieren que los líderes políticos europeos, y
algunos de Washington, no aceptan la argumentación de los medios sionistas de
que ha habido elecciones robadas. La Casa Blanca no ha suspendido su
oferta de negociaciones con el gobierno recién reelegido, pero se ha centrado en
cambio en la represión de los opositores (y no en el recuento de votos). Del
mismo modo, los 27 países que forman la Unión Europea han expresado su “seria
preocupación por la violencia” y han instado a que “las aspiraciones del pueblo
iraní se cumplan por medios pacíficos y se respete la libertad de expresión.” (Financial
Times, 16.6.2009, p.4). Excepto Nicolas Sarkozy, ningún líder de la UE ha puesto
en cuestión el resultado de los comicios.
El comodín en este epílogo de las elecciones es la respuesta israelí:
Netanyahu ha indicado a sus seguidores sionistas estadounidenses que deben
utilizar el timo del fraude electoral para ejercer una presión máxima
sobre el gobierno de Obama para que ponga fin a todos sus planes de reunirse con
el gobierno reelegido de Ahmadineyad.
Paradójicamente, los comentadores de Estados Unidos –de izquierda, derecha y
centro– que se han tragado el timo del fraude electoral proporcionan, sin
proponérselo, a Netanyahu y sus seguidores estadounidenses argumentos y
mentiras: donde ven guerras religiosas, nosotros vemos lucha de clases; donde
ven fraude electoral, vemos desestabilización imperial.