El señor Freeman presentaba una formidable carrera de 30 años al
servicio de la diplomacia y del Departamento de Defensa, pero criticó
públicamente la política israelí y la especial relación que Estados Unidos
mantiene con ese país al decir, por ejemplo, en un discurso que pronunció
en 2005, que «mientras Estados Unidos siga proporcionando
incondicionalmente [a Israel. NdT.] el financiamiento y la protección
política que hacen posible la ocupación israelí y la política violenta y
autodestructiva [para Israel. NdT.] que esa ocupación genera, habrá muy
pocas razones, o más bien estrictamente ninguna razón, para esperar la
resurrección de nada parecido al difunto proceso de paz».Ese lenguaje raramente se escucha en Washington, y quien lo utilice
pueda estar casi seguro de no llegar a ocupar ninguna responsabilidad
gubernamental de alto nivel. Pero el almirante Dennos Blair, el nuevo
director de la Inteligencia Nacional, siente gran admiración por Freeman,
que le parecía ser exactamente el tipo de persona capaz de revitalizar los
círculos de inteligencia, extremadamente politizados durante la era Bush.
Extremadamente inquieto, como era de esperar, el lobby israelí
desencadenó una campaña de difamación contra Freeman, con la esperanza de
que renunciara por sí mismo o de que Obama lo despidiera. El lobby disparó
su primera andanada con la publicación, en un blog, de un texto de Steven
Rosen, un ex responsable del AIPAC (American Israel Public Affairs
Comité), actualmente bajo investigación por haber entregado secretos a
Israel.
La opinión de Freeman sobre el Medio Oriente, escribía Rosen, «es la
que usted pudiera esperar del ministro saudita de Relaciones Exteriores,
con quien está, por además, muy vinculado». Rápidamente se incorporaron a
la jauría varios periodistas pro israelíes de renombre, como Jonathan
Chait y Martin Peretz, del bimensual The New Republic, y Jeffrey Goldberg
de la publicación mensual The Atlantic, y Freeman se vio bajo el bombardeo
de las publicaciones que permanentemente defienden a Israel, como The
National Review, The Wall Street Journal y el Weekly Standard.
La verdadera llamarada vino, sin embargo, del Congreso, donde el AIPAC
(que se presenta a sí mismo como el «lobby pro israelí de América» dispone
de un poder aplastante. Todos los miembros republicanos de la Comisión
senatorial de Inteligencia atacaron sin piedad a Freeman, al igual que
senadores demócratas como Joseph Lieberman y Charles Schumer. «No sé
cuántas veces exhorté a la Casa Blanca a que lo sacaran», dijo Schumer, «y
me siento feliz de que finalmente acabaran haciendo lo único que había que
hacer».
Lo mismo sucedió en la Cámara de Representantes, donde la carga estuvo
dirigida por el republicano Mark Kira y el demócrata Steve Israel, quien
empujó a Blair a emprender una investigación implacable sobre las finanzas
de Freeman. Finalmente, la presidenta de la Cámara de Representantes,
Nancy Pelosi, declaró que la nominación de Freeman era arbitraria. Freeman
habría sobrevivido a la jauría si la Casa Blanca le hubiera dado su apoyo.
Pero la adulación de Barack Obama hacia el lobby israelí durante la
campaña electoral y su revelador silencio durante la guerra contra Gaza
demuestran que el lobby no es el tipo de adversario al que él esté
dispuesto a enfrentarse. Por consiguiente, de forma nada sorprendente, se
quedó callado, y Freeman no tuvo más remedio que renunciar.
Desde entonces, el lobby ha hecho ingentes esfuerzos por negar su
propia actuación en la renuncia de Freeman. El vocero del AIPAC, Josh
Block, ha dicho que su organización «no había adoptado posición alguna
sobre esa cuestión y que no había realizado ninguna acción de cabildeo en
el Capitolio». El Washington Post, cuya página editorial está bajo la
dirección de Fred Hiatt, un hombre totalmente dedicado a la labor de hacer
eterna la «relación especial» [entre Estados Unidos e Israel. NdT.],
publicó un editorial afirmando que acusar al lobby por la renuncia de
Freeman sólo era digno de los propios sueños «del señor Freeman y de los
partidarios de la teoría de la conspiración de su misma ralea».
En realidad, hay sobradas pruebas de la profunda implicación del AIPAC
y de otros fanáticos partidarios de Israel en la campaña contra Freeman.
Block reconoció haber hablado de Freeman a periodistas y blogueros y
haberles proporcionado información, siempre después de haberse puesto de
acuerdo con ellos para que no le atribuyeran sus comentarios personalmente
ni a él ni al AIPAC.
Jonathan Chait, quien, antes de la depuración de Freeman, negó que la
controversia partiera de Israel escribió después: «Claro, reconozco que el
lobby israelí es poderoso y que fue un factor clave en la campaña contra
Freeman, y que ese lobby no siempre constituye una influencia
beneficiosa». Daniel Pipes, quien dirige el Middle East Forum, donde
actualmente trabaja Steven Rosen, rápidamente envió por correo electrónico
una circular en la que elogiaba la actuación de Rosen en la eliminación de
Freeman.
El 12 de marzo, o sea el mismo día que el Washington Post publicó su
editorial burlándose de todo el que sugería que el lobby israelí había
contribuido grandemente a la eliminación de Freeman, ese mismo diario
publicaba en primera plana un artículo que describía el papel central que
el lobby desempeñó en el asunto. Hubo también un comentario de un
experimentado periodista, David Broker, que empezaba de la siguiente
manera: «La administración Obama acaba de sufrir una incómoda derrota ante
los mismos cabilderos que el presidente juró poner en su lugar.»
Los detractores de Freeman sostienen que la opinión de éste sobre
Israel era en realidad la de otras personas. Se afirma que mantenía
relaciones especialmente estrechas, e incluso probablemente inapropiadas
[para un diplomático. NdT.], con Arabia Saudita, donde fue en el pasado
embajador de Estados Unidos. Pero esa acusación no tuvo repercusión, ya
que no existe prueba alguna en ese sentido. Los partidarios de Israel
también dijeron que había hecho comentarios desprovistos de la menor
compasión sobre el destino de los manifestantes chinos de la plaza
Tiananmen de Pekin [en 1989, NdT.], pero esa acusación, desmentida por los
defensores de Freeman, apareció únicamente porque los detractores pro
israelíes de Freeman buscaban cualquier cosa que permitiera manchar su
reputación.
¿Por qué se preocupa tanto el lobby por la nominación para un puesto
que, aunque importante, no es de suprema envergadura? He aquí una razón,
entre tantas: Freeman hubiera pasado a ser el responsable de la
publicación de las evaluaciones de los servicios de inteligencia
nacionales. Israel y sus partidarios estadounidenses estaban rabiosos
porque el Consejo Nacional de Inteligencia llegó, en noviembre de 2007,
a la conclusión que Irán no estaba fabricando la bomba atómica, y se
esforzaron ardorosamente por sabotear aquel informe, cosa que siguen
haciendo hoy en día.
El lobby quiere garantizar que la próxima
evaluación de las capacidades nucleares de Irán [por parte de Estados
Unidos. NdT.] llegue a la conclusión diametralmente opuesta, cosa que
tenían menos posibilidades de lograr con Freeman al mando. Es mejor
poder contar con alguien debidamente avalado por el AIPAC, para poder
controlar las cosas.
Otra razón todavía más importante para el lobby de querer sacar a
Freeman de su puesto es la fragilidad de la argumentación que debiera
justificar la actual política de Estados Unidos hacia Israel,
[fragilidad] que hace imperativo el silenciar o marginar a todo el que
se atreva a criticar la relación especial. Si Freeman no hubiese sido
castigado, los demás hubieran visto que se podía criticar abiertamente a
Israel y hacer una brillante carrera en Washington. Y también que la
relación especial se vería seriamente comprometida a partir del momento
en que alguien lograra la apertura de un diálogo abierto y libre sobre
Israel.
Uno de los aspectos más notables del caso Freeman fue el hecho que
los medios que expresan el consenso le prestaran muy poca atención. Así,
por ejemplo, el New York Times no publicó ni el menor artículo sobre
Freeman hasta el día siguiente de su renuncia, a pesar de que una feroz
batalla alrededor de su nominación se había desatado en los blogs desde
el momento mismo de dicha nominación.
Sin embargo, en los blogs sucedió algo que nunca hubiera sucedido en los
medios del consenso: el lobby enfrentó una verdadera oposición. De
hecho, todo un abanico de blogueros, enérgicos, bien informados y
altamente respetados, defendió a Freeman, en todas las peripecias, y
probablemente hubiesen ganado si el Congreso no hubiera utilizado contra
a ellos toda su influencia. En pocas palabras, Internet permitió un
debate serio en Estados Unidos, sobre una cuestión que tenía que ver con
Israel. Fue la primera vez.
Al lobby no le costó mucho trabajo que el New York Times y el Washington
Post se plegaran a la línea del partido, pero no dispone de muchos
medios de acallar las críticas que se expresan en Internet.
En el pasado, cada vez que las fuerzas pro israelíes entraron en
conflicto con una personalidad política de importancia, esa
personalidad, por lo general, retrocedió. Jimmy Carter, arrastrado por
el fango después de la publicación de su libro Palestina: la Paz, no el
apartheid, fue el primer estadounidense importante en resistir y
replicar. El lobby no pudo hacerlo callar, y no fue porque no tratara de
hacerlo.
Freeman sigue las huellas de Carter, pero actúa con más tesón.
Después de renunciar, publicó un ácida denuncia [1] contra la «gente sin
escrúpulos enteramente dedicada a defender los puntos de vista de una
facción política de un país extranjero» que tiene como objetivo «impedir
por todos los medios la difusión de opiniones un poco diferentes».
«Existe», prosiguió, «una especial ironía en el hecho de verse acusado
de [tener una] apreciación inapropiada sobre posiciones de gobiernos y
de empresas extranjeras por parte de un clan tan evidentemente dedicado
a imponer la adhesión a la política de un gobierno extranjero» [en este
caso, el gobierno israelí. NdT.].
La notable declaracion de Freeman llegó al mundo entero, la leyeron
innumerables personas. Eso no es bueno para el lobby, que hubiera
preferido liquidar la nominación de Freeman sin dejar huellas digitales.
Pero Freeman va a seguir expresándose sobre Israel y sobre el lobby pro
israelí, y es posible que algunos de sus aliados naturales dentro del
Beltway acaben uniéndose a él.
De manera lenta, pero segura, comienza a abrirse, en Estados Unidos,
un espacio donde se podrá hablar con seriedad sobre Israel.