(IAR
Noticias)
17-Febrero-09
Como respuesta a la crisis global, Obama propone que el desarrollo económico
y el cuidado del medio ambiente sean paralelos. Eso obliga, por suerte, a
modificar tecnologías.
Por Jeffrey Sachs (*) -
Clarín / The Guardian
U no de los históricos aportes del presidente Barack Obama será un
impresionante acto de malabarismo político: convertir la abrumadora crisis
económica en el lanzamiento de una nueva era de desarrollo sostenible. Su
paquete de estímulo macroeconómico podría o no amortiguar la recesión y sin duda
se avecinan encarnizadas batallas partidarias por las prioridades. Pero Obama ya
está fijando un nuevo derrotero histórico al reorientar la economía del consumo
privado hacia las inversiones públicas dirigidas a los grandes desafíos de la
energía, el clima, la producción de alimentos, el agua y la biodiversidad.
El nuevo presidente no ha dejado pasar una sola oportunidad para hacer notar que
la crisis económica no demorará, sino más bien acelerará, la muy necesaria
transformación para la sostenibilidad. Volvió a dejar esto en claro con los
nuevos compromisos en materia de cambio climático.
El paquete de estímulo fiscal sentará los primeros cimientos de una reforma
general que llevará una generación y abarcará el sector energético, la
eficiencia energética de los edificios, el transporte público y privado y mucho
más. En estos esfuerzos, Estados Unidos está rezagado treinta años con respecto
al resto del mundo. Sin embargo, con la pericia tecnológica del país y el
compromiso fundamental de Obama, seguramente podrá dar un salto y pasar a la
vanguardia.
Obama ha comenzado por el paso más importante: un equipo de asesores científicos
y tecnológicos de primerísima calidad, del que forman parte dos Premios Nobel (Steven
Chu y Harold Varmus) y líderes consagrados en los campos del clima, la energía,
la ecología y las tecnologías de última generación. También dio prioridad a dos
verdades básicas del desarrollo sostenible: que la reforma tecnológica es
decisiva y que, para tener éxito, esa reforma debe estar en manos de una
sociedad conformada tanto por el sector público como por el privado.
En consecuencia, lo que está tomando forma es nada menos que un modelo de
capitalismo para el siglo XXI, comprometido con el doble objetivo del desarrollo
económico y la sostenibilidad y organizado para orientar las tecnologías hacia
la consecución de estas dos metas.
Tomemos, por ejemplo, el desafío que plantea la bancarrota del sector automotor,
con General Motors y Chrysler al borde de la insolvencia y Ford no muy lejos de
ella. En lugar de ver la crisis sólo como un debate tradicional entre la
izquierda y la derecha donde se planteen las soluciones opuestas de un rescate o
una quiebra impulsada por el mercado, Obama se dio cuenta de que la
cuasibancarrota del sector requiere un enfoque activo que transforme el núcleo
central de la tecnología automotriz en sí.
Conforme a la estrategia de Obama, GM no será cerrada como castigo por sus
errores empresariales o societarios pasados. Vale demasiado como líder mundial
en vehículos eléctricos del siglo XXI.
La tarea de pasar de unos pocos prototipos a una nueva industria automotriz
llevará como mínimo una década. El gobierno tendrá que solventar la
investigación y el desarrollo y los altos costos de los primeros modelos,
promover la conciencia y la aceptación del público y financiar la
infraestructura necesaria.
En el caso de los híbridos enchufables, esto significa una red de distribución
de energía eléctrica de alta performance alimentada por energías sostenibles,
como la solar o la eólica, o plantas a carbón que capturen y almacenen el
dióxido de carbono. En el caso de las celdas de combustible, significa una nueva
infraestructura de estaciones de servicio que expendan hidrógeno en las
carreteras interestatales y las grandes ciudades.
Los conservadores están horrorizados. El rescate de la industria automotriz ya
les resultó bastante difícil de digerir. Las inversiones del gobierno en
infraestructura e investigación y desarrollo son vistas con escepticismo frente
a los ya probados (aunque estrepitosamente fallidos) recortes de impuestos de la
era Bush. Los gurúes de la derecha critican la evidente intención de Obama y su
equipo de "decirnos qué tipo de auto tenemos que manejar". Pero eso es
precisamente lo que pretenden hacer (al menos con respecto a la fuente de
energía ubicada bajo el capot), y con toda razón.
La ideología del mercado libre es un anacronismo en una era de cambio climático,
estrés hídrico, escasez de alimentos e inseguridad energética. Los esfuerzos
público-privados para orientar el rumbo de la economía hacia un puerto
tecnológico seguro serán la consigna de la nueva era.
Hay amplio margen para cometer errores, sin ninguna duda. El activismo
gubernamental puede encallar en los arrecifes de los gigantescos déficits de
presupuesto, el populismo de recorte tributario impulsado por la derecha,
inversiones basadas en razones políticas como el etanol de maíz en lugar de
inversiones públicas basadas en la ciencia, y mucho más. No obstante, Obama
tiene total razón cuando dice que no tenemos otra opción que probar.
John F. Kennedy solía relatar el cuento irlandés de los dos chicos que arrojaban
sus sombreros al otro lado de un alto muro para obligarse a hacer los esfuerzos
heroicos necesarios para escalarlo. Obama está arrojando el sombrero sobre el
muro de la crisis ambiental y pidiendo que lo escalemos juntos. Esta es una
nueva era de acción pública, en la que Estados Unidos nuevamente toma la
delantera, y todos encontraremos una nueva economía y nuevas oportunidades del
otro lado de la pared.
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(*)
Director Earth Institute,
Univ. de Columbia.
Copyright Clarín y The Guardian, 2009. Traducción de Elisa Carnelli.
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