(IAR
Noticias)
12-Febrero-09
Los señores cardenales y los señores obispos, incluyendo obviamente al papa
que los gobierna, no están nada tranquilos. Pese a vivir como parásitos de la
sociedad civil, las cuentas no les salen.
Por
José Saramago -
cuaderno.josesaramago.org
O vaticanerías. No consigo ver a los señores cardenales y a los señores
obispos trajeados con un lujo que escandalizaría al pobre Jesús de Nazaret,
apenas cubierto con su túnica de pésimo paño, por muy inconsútil que fuera y
seguramente no lo era, sin recordar el delirante desfile de moda eclesiástica
que Fellini, genialmente, colocó en Ocho y Medio para su y nuestro
disfrute.
Estos señores se suponen investidos de un poder que sólo nuestra
paciencia ha hecho perdurar. Se dicen representantes de Deus en la tierra
(nunca lo han visto y no tienen la menor prueba de su existencia) y se pasean
por el mundo sudando hipocresía por todos los poros.
Tal vez no mientan
siempre, pero cada palabra que dicen o escriben lleva por detrás otra pegada
que la niega o limita, que la disimula o pervierte. A esto ya muchos más o
menos nos habíamos habituado antes de pasar a la indiferencia, cuando no al
desprecio.
Se dice que la asistencia a los actos religiosos va disminuyendo
rápidamente, pero me permito apuntar que también es menor el número de
personas que, aun no siendo creyentes, entran en una iglesia para disfrutar de
la belleza arquitectónica, de las pinturas y esculturas, de todo ese escenario
que la falsedad de la doctrina que lo sustenta al final no merece.
Los señores cardenales y los señores obispos, incluyendo obviamente al papa
que los gobierna, no están nada tranquilos. Pese a vivir como parásitos de la
sociedad civil, las cuentas no les salen.
Ante el lento aunque implacable
hundimiento de este Titanic que es la iglesia católica, el papa y sus
acólitos, nostálgicos del tiempo en que imperaban, en criminal complicidad, el
trono y el altar, recurren ahora a todos los medios, incluyendo el chantaje
moral, para inmiscuirse en la gobernación de los países, en especial aquellos
que, por razones históricas y sociales, todavía no han osado cortar las
amarras que sieguen atándolos a la institución vaticana.
Me entristece ese temor
(¿religioso?) que parece paralizar al gobierno español siempre que tiene que
enfrentarse no sólo a enviados papales, sino también a los “papas” domésticos.
Y digo todavía más: como persona, como intelectual, como ciudadano, me ofende
la displicencia con que el papa y su gente trata al gobierno de Rodríguez
Zapatero, ese que el pueblo español eligió con entera conciencia. Por lo
visto, parece que alguien tendrá que tirarle un zapato a uno de esos
cardenales.
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