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10-Febrero-09
¿Es causada la crisis de 2008-2009 por una tendencia crónica hacia la
sobreproducción y la híper-acumulación financiera, como diría Marx? ¿O es el
resultado de la avaricia personal de gente como Bernard Madoff? En otras
palabras ¿el problema es sistémico o individual? En los hechos, las dos
cosas no se excluyen mutuamente. El capitalismo engendra los perpetradores
venales, y recompensa a los más inescrupulosos entre ellos. Los crímenes y
las crisis no son desviaciones irracionales de un sistema racional, sino
todo lo contrario: son los resultados racionales de un sistema básicamente
irracional y amoral.
Por Michael Parenti (*)- Znet
Traducido del inglés para Rebelión por Germán
Leyens
D espués del derrocamiento de los gobiernos comunistas en Europa Oriental,
ponderaron al capitalismo como el sistema indomable que lleva la prosperidad
y la democracia, el sistema que prevalecería hasta el fin de la historia.
La actual crisis económica, sin embargo, ha convencido hasta a algunos
destacados libre-mercadistas de que algo anda muy mal. La verdad sea dicha:
el capitalismo todavía tiene que arrostrar diversas fuerzas históricas que
le causan interminables problemas: la democracia, la prosperidad, y el
propio capitalismo, las mismas entidades que los gobernantes capitalistas
afirman que están fomentando.
Plutocracia contra democracia
Consideremos primero la democracia. En EE.UU. se nos dice que el
capitalismo está casado con la democracia, de ahí la frase: “democracias
capitalistas.” De hecho, a través de nuestra historia ha habido una relación
fuertemente antagónica entre la democracia y la concentración de capital.
Hace unos ochenta años el juez de la Corte Suprema, Louis Brandeis, comentó:
“Podemos tener democracia en este país, o podemos tener mucha riqueza
concentrada en las manos de unos pocos, pero no podemos tener las dos
cosas.” Los intereses de los acaudalados han sido enemigos, no defensores,
de la democracia.
La propia Constitución fue hecha por señores adinerados que se reunieron
en Filadelfia en 1787 para advertir repetidamente contra los efectos
niveladores perniciosos y peligrosos de la democracia. El documento que
amañaron estaba lejos de ser democrático, aherrojado por controles, vetos, y
requerimiento de súper mayorías artificiales, un sistema diseñado para
embotar el impacto de las demandas populares.
En los primeros días de la República, los ricos y bien nacidos impusieron
cualificaciones de propiedad para votar y ocupar puestos públicos. Se
opusieron a la elección directa de candidatos (nota: su Colegio Electoral
sigue entre nosotros). Y durante décadas se opusieron a extender el derecho
a voto a grupos menos favorecidos como ser los trabajadores sin propiedades,
inmigrantes, minorías raciales, y mujeres.
Las fuerzas conservadoras de la actualidad siguen rechazando
características electorales más equitativas como ser la representación
proporcional, segundas vueltas inmediatas, y campañas con financiamiento
público. Siguen creando barreras a la votación. Sea mediante requerimientos
exageradamente severos para el registro, purgas de los registros
electorales, instalaciones inadecuadas para votar, y máquinas electrónicas
de votación que “fallan” regularmente, en beneficio de los candidatos más
conservadores.
A veces los intereses dominantes han suprimido publicaciones radicales y
manifestaciones públicas, recurriendo a redadas policiales, arrestos, y
encarcelamientos – aplicados más recientemente con toda su fuerza contra
manifestantes en St. Paul, Minnesota, durante la Convención Nacional
Republicana de 2008.
La plutocracia conservadora también quiere hacer retroceder las
conquistas sociales de la democracia, como ser educación pública, vivienda
asequible, atención sanitaria, negociación colectiva, salario mínimo,
condiciones seguras de trabajo, un entorno sostenible no-tóxico, el derecho
a la privacidad, la separación de la iglesia y el Estado, la libertad del
embarazo obligatorio, y el derecho a casarse con cualquier adulto que
consienta y uno elija.
Hace cerca de un siglo, el dirigente sindical estadounidense Eugene
Victor Debs fue encarcelado durante una huelga. Sentado en su celda no pudo
escapar a la conclusión de que en disputas entre dos intereses privados, el
capital y la mano de obra, el Estado no es un árbitro neutral. La fuerza del
Estado, con su policía, milicia, tribunales y leyes, está inequívocamente de
parte de los mandamases de las compañías. De ahí, Debs concluyó que el
capitalismo no es sólo un sistema económico sino todo un orden social, que
manipula las reglas de la democracia a favor de los ricachones.
Los gobernantes capitalistas siguen posando como progenitores de la
democracia a pesar de que la subvierten, no sólo en EE.UU., sino en toda
Latinoamérica, África, Asia y Oriente Próximo. Cualquier nación que no es
“favorable a las inversiones extranjeras,” que intenta utilizar su tierra,
su mano de obra, capital, recursos naturales, y mercados de un modo
auto-desarrollador, fuera del dominio de la hegemonía corporativa
transnacional, corre el riesgo de ser satanizada y atacada como “amenaza
para la seguridad nacional de EE.UU.”
La democracia se convierte en un problema para EE.UU. corporativo, no
cuando deja de funcionar sino cuando funciona demasiado bien al ayudar a las
masas a progresar hacia un orden social más equitativo y más soportable,
cerrando la brecha, por poco que sea, entre los súper-ricos y el resto de
nosotros. De modo que hay que diluir y subvertir la democracia, sofocarla
con desinformación, bombo mediático, y montañas de costos electorales; con
contiendas electorales amañadas y públicos parcialmente privados de
derechos, produciendo falsas victorias para candidatos de grandes partidos
más o menos políticamente seguros.
Capitalismo contra prosperidad
Los capitalistas corporativos no fomentan más la prosperidad que lo que
propagan la democracia. La mayor parte del mundo es capitalista, y la mayor
parte del mundo no es ni próspera ni particularmente democrática. Basta con
pensar en Nigeria capitalista, Indonesia capitalista, Tailandia capitalista,
Haití capitalista, Colombia capitalista, Pakistán capitalista, Sudáfrica
capitalista, Letonia capitalista, y varios otros miembros del Mundo Libre –
para ser más exactos, el Mundo del Libre Mercado.
Una población próspera, educada políticamente, con altas expectativas
respecto a su nivel de vida y un sentido agudo de sus derechos, que presiona
por un mejoramiento continuo de las condiciones sociales, no es la noción
plutocrática de una fuerza laboral ideal y de una forma de gobierno
adecuadamente maleable. Los inversionistas corporativos prefieren
poblaciones pobres. Mientras más pobre seas, más trabajarás por menos.
Mientras más pobre seas, menos equipado estás para defenderte contra los
abusos de la riqueza.
En el mundo corporativo de “libre comercio,” la cantidad de
multimillonarios aumenta más rápido que nunca mientras la cantidad de gente
que vive en la pobreza crece a una tasa más rápida que la población. La
pobreza se propaga mientras la riqueza se acumula.
Consideremos EE.UU. Sólo en los últimos ocho años, mientras grandes
fortunas aumentaron a tasas récord, otros seis millones de estadounidenses
cayeron bajo el nivel de la pobreza; el ingreso familiar medio disminuyó en
más de 2.000 dólares; la deuda del consumidor se más que duplicó; más de
siete millones de estadounidenses perdieron su seguro de salud, y más de
cuatro millones perdieron sus pensiones; mientras la cantidad de personas
sin hogar aumentó y las ejecuciones hipotecarias llegaron a niveles
pandémicos.
Sólo en los países en los que el capitalismo ha sido frenado en cierto
grado por la socialdemocracia la gente ha podido asegurarse una cierta
prosperidad; vienen a la mente naciones del norte europeo como Suecia,
Noruega, Finlandia y Dinamarca. Pero incluso en esas socialdemocracias las
mejoras populares corren siempre riesgo de ser revertidas.
Es irónico dar crédito al capitalismo por poseer el genio de prosperidad
económica cuando la clase capitalista se ha resistido vehementemente y a
veces violentamente a la mayor parte de los intentos de mejora material. La
historia de las luchas sindicales provee una ilustración sin fin de estos
intentos.
El que la vida sea soportable bajo el actual orden económico de EE.UU.,
se debe a que millones de personas han librado duras luchas de clase para
mejorar sus estándares de vida y sus derechos como ciudadanos, incorporando
una cierta medida de humanidad a un orden político-económico que de otro
modo es despiadado.
Una bestia que se devora a sí misma
El Estado capitalista tiene dos papeles que los pensadores han reconocido
hace tiempo. Primero, como todo Estado también debe proveer servicios que no
pueden ser desarrollados de un modo fiable por medios privados, como ser la
seguridad pública y un tráfico ordenado. Segundo, el Estado capitalista
protege a los poseedores contra los que nada tienen, asegurando el proceso
de acumulación de capital para beneficiar a los intereses acaudalados,
mientras circunscribe fuertemente las demandas de la masa trabajadora, como
Debs observó desde su celda en la prisión.
Existe una tercera función del Estado capitalista que es mencionada pocas
veces. Consiste en impedir que el sistema capitalista se devore a sí mismo.
Consideremos la contradicción central señalada por Karl Marx: la tendencia a
la sobreproducción y a la crisis del mercado. Una economía dedicada a las
aceleraciones del ritmo de trabajo y a los recortes de salarios, a hacer que
los trabajadores produzcan más y más por menos y menos, siempre arriesga la
quiebra. Para maximizar los beneficios, los salarios deben ser mantenidos a
bajo nivel. Pero alguien tiene que comprar los bienes y servicios que son
producidos. Para eso, hay que mantener altos los salarios. Hay una tendencia
crónica – como estamos viendo hoy en día – hacia la sobreproducción de
bienes y servicios del sector privado y un infra-consumo de necesidades de
la población trabajadora.
Además, existe la autodestrucción frecuentemente pasada por alto, creada
por los propios protagonistas acaudalados. Si se la deja totalmente sin
supervisión el componente de comando más activo del sistema financiero
comienza a devorar fuentes menos organizadas de riqueza.
En lugar de tratar de ganar dinero a través de la ardua tarea de producir
y vender bienes y servicios, los depredadores sangran directamente los
flujos de dinero de la economía en sí. Durante los años noventa presenciamos
el colapso de toda una economía en Argentina cuando libre-mercaderes
descontrolados despojaron a las empresas, se embolsaron sumas inmensas, y
dejaron la capacidad productiva del país en el caos. El Estado argentino,
engullido por una dieta pesada de ideología de libre mercado, vaciló en su
función de salvar al capitalismo de los capitalistas.
Algunos años después, en EE.UU., vino el saqueo multimillonario
perpetrado por conspiradores corporativos en Enron, WorldCom, Harkin,
Adelphia, y una docena de otras importantes compañías. Abusadores de
información privilegiada como Ken Lay convirtieron exitosas empresas
corporativas en ruinas totales, eliminando los puestos de trabajo y los
ahorros de toda la vida de miles de empleados para embolsarse miles de
millones de dólares.
Esos ladrones fueron atrapados y condenados. ¿No demuestra eso la
capacidad de autocorrección del capitalismo? En realidad no es así. El
enjuiciamiento de fechorías semejantes – que en todo caso llegó demasiado
tarde – fue producto del rendimiento de cuentas y la transparencia en la
democracia, no del capitalismo. El mercado libre es de por sí un sistema
amoral, sin constricciones fuera de la advertencia de suspensión [frase
legalista definida en un diccionario como ‘advertencia que rechaza la
responsabilidad por la desilusión del comprador’, N. del T.]
En la catástrofe de 2008-2009 el creciente excedente financiero creó un
problema para la clase acaudalada: no había suficientes oportunidades para
invertir. Con más dinero del que sabían cómo emplear, los grandes
inversionistas vertieron inmensas sumas en mercados inexistentes de la
vivienda y en otras operaciones problemáticas, un juego de manos de hedge
funds, derivados, elevado apalancamiento, credit default swaps, préstamos
depredadores, y lo que sea.
Entre las víctimas hubo otros capitalistas, pequeños inversionistas, y
los numerosos trabajadores que perdieron miles de millones de dólares en
ahorros y pensiones. Tal vez Bernard Madoff haya sido el bandido estrella.
Descrito como “líder de larga trayectoria en la industria de los servicios
financieros,” Madoff dirigió un fondo fraudulento que se embolsó 50.000
millones de dólares de inversionistas adinerados, y les pagó “con dinero que
no existía,” como el mismo lo dijo. La plutocracia devora a sus propios
hijos.
En medio de la catástrofe, en una audiencia en el Congreso en octubre de
2008, el ex presidente de la Reserva Federal y ortodoxo devoto del libre
mercado, Alan Greenspan, confesó que se había equivocado al esperar que
intereses adinerados – gimiendo bajo una inmensa acumulación de capital que
había que invertir en alguna parte – ejercieran repentinamente autocontrol.
La teoría clásica del laissez-faire es aún más disparatada que como la
describió Greenspan. De hecho, la teoría pretende que cada cual debiera
seguir sus propios intereses egoístas sin limitación. Esa competencia
irrestricta producirá supuestamente máximos beneficios para todos, porque el
libre mercado es gobernado por una “mano invisible” milagrosamente benigna,
que optimiza los resultados colectivos. (“La codicia es buena.”)
¿Es causada la crisis de 2008-2009 por una tendencia crónica hacia la
sobreproducción y la híper-acumulación financiera, como diría Marx? ¿O es el
resultado de la avaricia personal de gente como Bernard Madoff? En otras
palabras ¿el problema es sistémico o individual? En los hechos, las dos
cosas no se excluyen mutuamente. El capitalismo engendra los perpetradores
venales, y recompensa a los más inescrupulosos entre ellos. Los crímenes y
las crisis no son desviaciones irracionales de un sistema racional, sino
todo lo contrario: son los resultados racionales de un sistema básicamente
irracional y amoral.
Peor todavía, los resultantes rescates multimillonarios de los gobiernos
son convertidos ellos mismos en una oportunidad para el pillaje. No sólo el
Estado no regula, se convierte en sí en una fuente de saqueo, sacando vastas
sumas de la máquina federal del dinero, dejando que sean los contribuyentes
los que se desangren.
Los que nos fustigan por “correr hacia el gobierno para que reparta
dádivas” corren hacia el gobierno para conseguirlas. EE.UU. corporativo ha
gozado siempre de subvenciones mediante ayuda, garantías de préstamos, y
otras subvenciones estatales y federales. Pero la “operación de rescate” de
2008 y 2009 ofreció un pienso récord en el abrevadero público. Más de
350.000 millones de dólares fueron repartidos a diestro y siniestro por un
Secretario del Tesoro derechista que terminaba su mandato a los mayores
bancos y firmas financieras sin supervisión – para no hablar de los más de 4
billones de dólares que han provenido de la Reserva Federal. La mayoría de
los bancos, incluidos JPMorgan Chase y Bank of New York Mellon, declararon
que no tenían la menor intención de informar a quien sea sobre dónde iba el
dinero.
Los grandes banqueros utilizaron parte del rescate, como sabemos, para
comprar bancos más pequeños y fortalecer bancos en el extranjero. Directores
ejecutivos y otros altos ejecutivos bancarios están gastando fondos del
rescate en fabulosas bonificaciones y espléndidos retiros corporativos en
spas. Mientras tanto, grandes beneficiarios del rescate como Citigroup y
Bank of America despidieron a decenas de miles de empleados, provocando la
pregunta: ¿para qué recibieron todo ese dinero para comenzar?
Mientras cientos de miles de millones de dólares eran repartidos a la
misma gente que había causado la catástrofe, el mercado inmobiliario se
mantuvo débil, el crédito siguió paralizado, el desempleo empeoró, y los
gastos de los consumidores bajaron a niveles abismales.
Resumiendo, el capitalismo corporativo de libre mercado es por su
naturaleza un desastre a la espera de suceder. Su esencia es la
transformación de la naturaleza viva en montañas de mercancías y las
mercancías en montones de capital muerto. Cuando se le deja hacer lo que
quiera, el capitalismo endosa sus deseconomías y su toxicidad al público en
general y al entorno natural – y termina por devorarse a sí mismo.
La inmensa desigualdad en el poder económico que existe en nuestra
sociedad capitalista se traduce en una formidable desigualdad del poder
político, que hace que sea tanto más difícil imponer regulaciones
democráticas.
Si los paladines de EE.UU. Corporativo quieren saber lo que amenaza
realmente “nuestro modo de vida,” es su propio modo de vida, su modo
ilimitado de robar a su propio sistema, destruyendo el fundamento mismo
sobre el que se encuentran, la comunidad misma de la cual se alimentan tan
fastuosamente.
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(*)
Los recientes libros de Michael Parenti incluyen “Contrary Notions: The
Michael Parenti Reader” (City Lights); “Democracy for the Few,” 8th ed. (Wadsworth);
y “God and His Demons” (por aparecer). Para más información, visite su sitio
en Internet:
www.michaelparenti.org.
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