Tras los atentados del 11-M,
en el 2001, la administración Bush invadió Afganistán contando con el
apoyo de la OTAN
(Organización del Tratado del Atlántico Norte), lo que -a diferencia de
Irak donde la organización no actúa- supuso a posteriori para la
organización atlántica, un involucramiento directo en la "guerra
contraterrorista" de Bush en el país ocupado.
Desde que el presidente de EE.UU.,
Barack Obama, ordenara en mayo pasado el reforzamiento del contingente militar
en Afganistán, más de 30.000 efectivos se han enviado a ese país, lo cual ha
duplicado el número de soldados.
Con ellos, la cifra de efectivos ocupantes occidentales se ha multiplicado
hasta llegar a los 100.000.
Entretanto, la última encuesta de Washington Post-ABC sugiere que sólo el 49%
de los estadounidenses considera ahora que la guerra en Afganistán "vale la
pena".
Afganistán, un país
invadido y ocupado militarmente desde hace ocho años,
con más de 200.000 cipayos
colaboracionistas afganos y 100.000 soldados extranjeros desplegados en la
guerra de ocupación contra los rebeldes del Talibán, en donde hace dos semanas
se celebraron unas farsescas elecciones "libres y democráticas" con los
propios verdugos colaboracionistas convertidos en "candidatos" electorales.

Desplegadas desde hace ocho años en
el país asiático, las fuerzas internacionales ocupantes, compuestas en su
inmensa mayoría por soldados norteamericanos, tienen cada vez más dificultades
para acabar con la insurrección de los talibanes, que gana terreno y en
intensidad desde hace más de dos años.
A lo largo de esos 8 años, las tropas conjuntas
de ocupación pertenecientes a la OTAN y EEUU aún no han podido controlar a
la guerrilla talibán que en los últimos meses lanzó una feroz contraofensiva que
ya causó enormes bajas y daños a las fuerzas ocupantes y posicionó a la
resistencia en el control de la mayoría del territorio afgano.
La
estrategia de conquista capitalista y militar que Bush y los halcones imperiales
lanzaron detrás de la pantalla de la "guerra contraterrorista", emergente del
11-S, comienza claramente a resquebrajarse en Afganistán
donde la resistencia talibán y los
muertos estadounidenses y europeos crecen en simétricas proporciones.
Las bajas de las tropas
internacionales -sobre todo estadounidenses y británicas- han alcanzado
cifras récord desde julio, tras la puesta en marcha de operaciones para
terminar con la resistencia en el sur afgano, bastión de los rebeldes
talibanes.
Mientras
en todo el 2008 murieron 294 soldados ocupantes,en lo que va del año 2009 ya son 302
los muertos, y significa la mayor cantidad de víctimas mortales para las
fuerzas invasoras internacionales luego de ocho años de presencia en Afganistán.
De acuerdo con un informe de
la Misión de Asistencia de Naciones Unidas en Afganistán (UNAMA) 1.103
civiles murieron en el conflicto armado durante los seis primeros meses de 2009,
un incremento de un 24% con respecto a 2008. La cifra en el mismo periodo
durante 2008 fue de 818 personas muertas mientras que en 2007 la represión
imperial se cobró 684 vidas.
Con el acceso de Barack
Obama a la presidencia de EEUU, se desarrolló una campaña mediática destinada a
hacer creer a las mayorías mundiales que la primera potencia capitalista
imperial, empantanada en Irak y Afganistán, con su sistema financiero
pulverizado por la crisis y por una recesión económica de efectos imprevisibles,
se podía recrear a sí misma generando nuevas expectativas y cambios
"democráticos" de política a nivel mundial.
La realidad, marcada por las
verdaderas necesidades del Imperio USA, pulveriza aceleradamente el
marketing discursivo de Obama y muestra con crudeza que su administración
-a la hora de ejecutar- es una continuidad en todos los campos de las
políticas desarrolladas por la presidencia de Bush.
La decisión de continuar la
guerra contra el "terrorismo" a escala global, la escalada militar y las
masacres de civiles en Afganistán, Irak y Pakistán, la vuelta atrás
en la investigación de las torturas de la CIA, la aplicación de las
mismas políticas de Bush con Irán, en el Cáucaso y en Medio Oriente, y la
restauración de los juicios militares a "terroristas", señalan con
claridad el verdadero rumbo de la administración que hoy controla
la Casa Blanca.
Desde su ascenso estelar en la
política norteamericana, la "guerra de Afganistán" ha sido siempre una
prioridad para el presidente Obama, que la ha descrito como una
"guerra necesaria", en contraposición con la de Irak.
No bien asumió, Obama presentó la
esperada "revisión estratégica" hacia Afganistán, que se diseñaba desde
hacía dos meses, en un acto en el Edificio Ejecutivo de la Casa Blanca, en el que
estuvieron presentes, entre otros, la secretaria de Estado, Hillary Clinton y el
secretario de Defensa, Robert Gates.
El presidente de EEUU, prometió
"barrer a los terroristas" de sus refugios en Pakistán y advirtió que Al
Qaeda estaba planeando nuevos ataques, al dar a conocer su "nueva" estrategia para
la guerra de ocupación contra los talibanes en Afganistán.
El presidente USA afirmó entonces,
que las conflictivas regiones fronterizas de Pakistán eran "el lugar más peligroso del mundo" para los norteamericanos y
describió a la red Al Qaeda como un "cáncer" que podría devorar a Pakistán, a
casi ocho años de los ataques del 11 de septiembre.
No obstante, las últimas
encuestas revelan que una mayoría de los estadounidenses ha perdido la fe
en la victoria. Además, la izquierda pacifista ya ha anunciado el fin del
periodo de gracia de Obama, y el inicio de una campaña pública contra
la guerra de Afganistán.
En los últimos días la alta
popularidad de Obama se ha esfumado. Mientras el 20 de julio, a los seis meses
de su investidura, más de un 60% de la ciudadanía aprobaba su gestión, la
cifra ha caído en la última encuesta de Gallup hasta sólo un 50%.
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