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Noticias)
20-Septiembre-09
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Mugabe muestra billetes de 10 millones de dólares
africanos. |
La parábola del dictador de Zimbabwe, Robert Mugabe, -que empezó como un
líder progresista y terminó como un autócrata más- muestra rasgos que se repiten
en el mundo.
Por Marcelo Cantelmi - Clarín
E ste mes se cumplió el 30 aniversario del inicio de las negociaciones que
apenas tres meses después acabaron con la dominación blanca de Rhodesia, en el
sur de Africa. Se trata de la actual Zimbabwe. El acontecimiento fue el más
rutilante paso a la historia del primero patriota y luego déspota Robert Mugabe,
quien aún gobierna lo que queda de esa calamitosa comarca planetaria.
Este aniversario pasó casi desapercibido pero no debería ser devaluado, menos en
una Latinoamérica que parece mirarse en el espejo del colega africano sin
advertirlo. El mundo es un laboratorio que suele producir procesos universales.
Como en el drama español, pero aquí para mal, todos podemos también ser Zimbabwe
y hasta Mugabe. Veamos por qué.
Este maestro y licenciado en letras, logró la admiración del mundo por la lucha
conmovedora que emprendió para liberar a su pueblo. Marxista, al menos en la
retórica con la que alimentó de ideas a la guerrilla que lanzó contra los
blancos, en diciembre de 1979 logró su victoria completa. Y el año siguiente se
convertía en la mayor autoridad institucional del país. Ahí comienza nuestro
cuento.
Mugabe, sobre quien mucho se temía en el mundo, muestra un inicio perfecto.
Pragmático y hábil, entiende que no debe romper totalmente con la vieja colonia
británica porque necesita técnicos y ayuda. Con esos apoyos emprende una
vigorosa restauración social, reduciendo el analfabetismo a menos del 10%, y
acorralando el hambre. El país logra una envidiable normalidad económica,
exporta y crece. Hasta ahí todo bien.
El tema con estos liderazgos postcoloniales es su auténtica capacidad de
transformación de la realidad, es decir su real compromiso. En Mugabe, pronto se
probó que nada de eso era muy amplio. Ello explica que se haya manejado en un
páramo ideológico, atrapado en contradicciones que iban desde "la revolución" al
FMI sin mediar mayor explicaciones y dominado por un corto plazo que solo se
extendía para justificar su permanencia en el poder. ¿Qué le decía la oposición
que él despreciaba?: Que imponía un férreo capitalismo camuflado y se enriquecía
de modo ilícito. Que en fin, era todo mentira. Y que usaba las banderas
progresistas para la tramoya política y engañar a un pueblo abrumado y
necesitado. Todo replica en este presente.
Mugabe tenía una ilusión nada ingenua, imponer un partido único. Su argumento no
era hipócrita como si es el caso de algunos de sus imitadores globales que no lo
dicen pero lo hacen: "somos -afirmaba- un único pueblo, tenemos una única
bandera, y compartimos una única identidad nacional, por qué no tener un único
partido". La iniciativa generaba repugnancia en el país y en el exterior, pero
marcó a fuego su carrera política y determinó su descalificación brutal de
cualquier oposición y el desprecio a las instituciones.
Así como alguna vez se reivindicó marxista o progresista, según nuestros
términos locales, y luego renegó de ello, Mugabe también tuvo su etapa menemista
ultraliberal diez años después de llegar al poder. Necesitado de ingresos al
cesar el crecimiento del país y revertirse la ecuación debido, también, a una
enorme ineficiencia administrativa, en 1989 puso en marcha un severo plan de
privatizaciones y apertura comercial descontrolada que generó varios efectos
negativos que podemos reconocer fácilmente en nuestras orillas: un aluvión de
desocupados; el quebranto de las empresas locales barridas por la competencia
internacional y, en su caso, el final adicional de la gratuidad escolar que
había sido una de sus tantos logros convertidos ahora en moneda de cambio.
El dinero llegó, especialmente por la venta de las empresas públicas. Pero el
capital acabó devorado por los servicios de la deuda nacional. Perdido el viento
de cola y sin muchas ideas para salvar la caja, Mugabe presionado por la
oposición socialdemócrata que creció a caballo de la crisis social, se acordó de
su pasado de izquierda y levantó otra vez la bandera de la reforma agraria, un
imperativo moral, en verdad, en un país plagado de pobres donde el 1% de la
población (los blancos) tenían el 32% de las tierras cultivables. Para tomarlas
pidió que se le voten poderes especiales, los célebres superpoderes. Esto era en
febrero del 2000.
La oposición del Movimiento por el Cambio Democrático peleó bien contra lo que
vio como una cabriola autoritaria muy lejos de cualquier interés social. Y
Mugabe perdió la consulta. La primera vez que las urnas le fallaban El líder
reaccionó ignorando el resultado y lanzó sus grupos duros a atacar las granjas
de los blancos levantando el argumento de la lucha social contra el
imperialismo, los colonizadores y sus socios locales, la oposición. El resultado
fue el bloqueo económico por parte de EE.UU. y la Unión Europea.
Por eso y por el bajo nivel de la administración local, el país se seguía
deteriorando, la pobreza crecía, la desocupación implicaba la mitad de la mano
de obra y la tensión social seguía ahí, latiendo y creciendo. Pero Mugabe apostó
a su viejo método de huir hacia adelante. En 2001, para detener las críticas
crecientes, hizo aprobar leyes para restringir a la oposición, y poner mordazas
a la prensa y a la justicia. Su punto máximo mediático fue convertir en delito
criminal cualquier crítica al presidente. Una joya del autoritarismo. Era
período electoral.
Mugabe venía ganando una elección tras otra ignorando en la mayoría de ellas las
reglas, a punto tal que en las de 2002 votó en una mesa en la que ni estaba
registrado. No importaba. Pero hace muy poco, en 2008, este octogenario
desgastado, atrapado en una hiperinflación inclemente (160.000 % según las
cifras del propio gobierno!!!) que llevó la paridad de la moneda local a 37
millones de dólares de Zimbabwe por dólar de EE.UU., perdió las elecciones
generales a manos de su persistente oposición socialdemócrata. ¿Qué hizo? Al
igual que en la fallida consulta anterior, no lo reconoció. Y llamó de inmediato
a nuevas elecciones a las cuales la oposición, lógicamente, no se presentó. A
mitad de año fue proclamado presidente por sexta vez consecutiva. Es todo una
amarga payasada, Pero lleva tres décadas en eso y desnuda lo que puede existir
cuando nada importa. Mugabe cuenta en el mundo solo con el respaldo de China,
Rusia, Gabón y Venezuela. Como insistimos siempre en esta columna, es un mundo
pequeño. No hay fronteras lejanas. Todos, al fin, corremos el riesgos de
parecernos.
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