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AFRICA  

 

Kenia, el reflejo de África

 
 

 (IAR Noticias) 20-Julio-09

 

Los africanos relacionan su identidad con el territorio tribal expoliado por colonizadores y élites negras.

Por Lluís Foix -
La Vanguardia, España

El hambre de tierra sigue persiguiendo la mente de millones de africanos que vinculan su identidad con la tribu y la tierra de sus antepasados. No hay tribu sin tierra y no hay keniano cuyas raíces kikuyas, luas o masáis no se remonten a tierras de sus ancestros.

Incluso en una ciudad como Nairobi, unos cinco millones de habitantes, es imposible separar la procedencia tribal del trabajo y la posición social. Los problemas del África Oriental son todavía hoy un pequeño mosaico de lo que ocurre en el resto del continente. La tierra es de unos pocos y los millones de africanos la surcan cada día con su paso firme, constante y fatigado andando de una parte a otra sin saber hacia dónde se dirigen sus pisadas.

Poco ha cambiado esta capital desde que los británicos la fundaron en 1899 como punto estratégico del ferrocarril que construyeron desde Mombasa hasta Kampala pasando por Nairobi. La vía ferroviaria que se adentraba en el continente se construyó en cuatro años. Murieron muchos trabajadores.

Es la ciudad de los colores, de los árboles verdes, del polvo endémico que se instala en la garganta de los andariegos ciudadanos que se pasan horas y horas caminando. Viven en Nairobi pero en seguida te señalan que proceden de las tierras altas, del Rift Valley, de las orillas del lago Victoria o de Mombasa, que fue la principal puerta de indios, chinos, portugueses, británicos y franceses para descubrir el continente.

Se sonríen los chinos, indios, kikuyos, luos o masáis cuando se da como cierta la leyenda de los exploradores alemanes y británicos que descubrieron África. Se ríen porque incluso cuando se acepta como una hazaña el hecho que los Stanley o los Livingston descubrieran el Zambeze o las fuentes del Nilo, ellos ya estaban aquí desde la antigüedad. Aquí se practicó la caza y la agricultura hace millones de años. Los trabajos arqueológicos sitúan la primera existencia humana en esta parte del mundo.

Nairobi es una ciudad artificial que no ha cambiado demasiado desde que la visité por primera vez en 1976. Los mismos edificios en el centro, las mismas calles, la misma Universidad de Nairobi a la que se llega con dificultades debido a la densidad de un tráfico que despide uno de los índices mas altos de contaminación de África. Los coches de segunda o tercera mano se concentran compactos a todas horas.

Nadie se ha preocupado de construir nuevas vías, un metro o un tranvía. Nairobi es la de siempre pero con varios cientos de miles más de jóvenes que han huido de la pobreza y la miseria del campo y se han instalado en suburbios infectos en los que la dignidad de la persona está absolutamente olvidada.

Las estadísticas dicen que Kenia es hoy el segundo país más corrupto del continente, después de Camerún y seguido por Nigeria. La corrupción está en boca de todos, se habla de ella en los periódicos, se sabe que el primer presidente y fundador de la Kenia independiente, Jomo Kenyata, tenía que haber repartido la tierra poseída por los colonos blancos pero no lo hizo y la entregó a sus parientes, amigos y fieles servidores. Cada presidente ha traído su propio clan sin desplazar al anterior. Arap Moi fue fiel a esta práctica y el actual, Kibaki, no se ha molestado en cambiar la tradición. Las grandes fincas de los colonizadores británicos son hoy extensiones propiedad de esas élites. Desde hace siglos se practicó aquí la esclavitud sin escrúpulos, se extrajeron recursos naturales y se explotaron las tierras a espaldas de los africanos pero con su trabajo, gustoso o forzoso.

Hoy son los clanes de los sucesivos presidentes, los indios, los somalíes y los chinos los que han acaparado buena parte de la tierra. El africano camina sobre ella pero apenas puede plantar unos metros cuadrados de maíz o patatas que son lo principal que pueden echarse a la boca. El sueldo medio de la mayoría de kenianos es de unos dos o tres euros al día, un ochenta por ciento de casas de adobe del país no tiene agua ni electricidad. Allí viven a oscuras y tienen que pagar una parte sustancial del sueldo diario para ir a ver un partido de fútbol televisado.

La riqueza de los pocos es muy espectacular y la pobreza de los más es todavía mayor y muy dolorosa. El primer dirigente de la oposición que tuvo Kenia, Oginga Odinga, lo dijo muy claro: tenemos que luchar para prevenir que los negros de Kenia sean una copia de los administradores coloniales. La visita al Museo Odinga, cuyo hijo, paradójicamente, es el primer ministro actual, muestra las luchas tribales para controlar el poder después de la independencia, en 1963. Odinga era luo y Kenyata era kikuyo. Kenyata no expulsó a los blancos, como ha ocurrido en Zimbabue y muchos otros nuevos estados del continente, y les permitió permanecer en Kenia siempre y cuando el gobierno estuviera en sus manos. El país optó por la vía occidental, permaneció un aliado más o menos fiable de Estados Unidos y Gran Bretaña, mientras que Odinga era partidario de la línea socialista de Nyerere en Tanzania y de tantos dirigentes autoritarios que han gobernado África en los últimos cincuenta años. El Museo Odinga, a pocos kilómetros del lago Victoria, es una exposición de la Kenia que no pudo ser, una Kenia con tintes socialdemócratas, con una visión de la tribu de los luos sobre cómo debía organizarse el país. Las cuatro chozas para cada una de las mujeres de Odinga, polígamo y guerrero, reflejan el estilo de vida de un personaje que ha podido ser ignorado pero nunca despreciado.

No puedo dejar de relacionar las vivencias de estos días en varias partes de Kenia con las pateras que llegan a Canarias, al sur de España y de Italia, cargadas de africanos que buscan un horizonte vital más digno. Les quitamos sus tierras, les arrebatamos sus recursos, traficamos con la esclavitud, aunque luego se intentó erradicar este inhumano trasiego de personas como fuerza laboral barata y forzada.

Se convirtió a África en una aventura de exploradores, empresarios, misioneros y gobiernos europeos que se permitieron en 1884 reunirse en Berlín bajo la batuta de Bismarck y trazar fronteras tan artificiales como interesadas. Les quitamos muchas cosas y ahora simplemente los echamos cuando arriesgan sus vidas para salir de la miseria y la pobreza estructurales.

 

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