n capitán norteamericano secuestrado
atrajo mucho más atención que otros cientos de secuestrados por piratas,
algunos ya rescatados, y otros que siguen como rehenes en poder de los piratas
somalíes.
Sin embargo, la diferencia entre el Maersk Alabama y los otros
objetivos somalíes no fue solo que fueron a dar en una de las naciones más
poderosas del mundo, sino que, inopinadamente, se las tuvieron que ver con una
"nación".
A diferencia de los corsarios otomanos del siglo XVIII, con quienes han
sido comprados de manera superficial en su común condición de pobres y
musulmanes que viven del asedio al tráfico oceánico de cercanías, los piratas
actuales son actores sin estado que, por lo general, operan en medio de un
océano circundado por estados débiles o ficticios. Es más: si bien pueden ser
los operadores más violentos del mar, los motivos mercenarios y la ética de
los piratas los colocan en el punto de mira del mundo marino actual.
En su libro The Wealth of Nations (1776), Adam Smith anticipó, como
es fama, un mundo con un mercado relativamente libre de restricciones, que
maximizaría la producción, el intercambio y la riqueza de todos los que
pudieran participar en ese mecanismo autorregulado.
Pero aun habiendo identificado el bienestar de las "naciones" con la
expansión de la riqueza, y aun creyendo que ambas cosas requerían abstenerse
de la interferencia del gobierno, es notable que Smith se reservara cierta
flexibilidad para analizar el poder marítimo y naviero. Sugirió que no era un
accidente que las "primeras naciones en civilizarse" hubieran sido las
situadas alrededor de la costa del manso Mediterráneo, las primeras en tener
éxito en "los orígenes de la navegación mundial".
Mantener el acceso a aquel mundo navegable y, si fuera posible, controlar
el comercio mundial, era una señal clarísima de poderío nacional. Y así fue
que en la sección más debatida de su clásico texto, Smith brindó una cobertura
ideológica para la protección política de los navegantes nativos, de los
comerciantes nacionales y también de la flota militar.
Y si bien es cierto que la "excepción" teórica al libre mercado de Smith no
es, por lo general, tenida en cuenta como una prioridad política
(particularmente luego de que la Gran Bretaña experimentara que el libre
mercado la ayudaría a ser dueña de las olas), sin embargo, todavía existen
vestigios de la lógica smithiana.
Norteamérica, por ejemplo, que hace ya mucho tiempo que no tiene una flota
oceánica comercial competitiva, pero que desde la Primera Guerra Mundial
intenta mantener cuando menos una capacidad marítima mínima con subsidio
gubernamental. En su última versión, el Programa de Seguridad Marítima
subsidia unas 60 naves de bandera norteamericana –con oficiales y tripulación
norteamericanos- para el comercio marítimo, con la reserva de que, ante una
emergencia, deberán comunicarse con la Secretaría de Defensa.
Y así lo hizo el Maersk Alabama, originariamente comisionado –como
el Alva Maersk— por el gigante naviero danés A.P. Moller-Maersk Group,
que pasó a integrar la flota MSP (Programa de Flota de Seguridad Marítima) en
octubre de 2004, y que, por un contrato con el gobierno de los EEUU, comenzó a
repartir ayuda alimentaria en las costas africanas en abril de 2009, con apoyo
de la marina norteamericana.
Pero el Maersk Alabama es una rara excepción. Actualmente, la gran
mayoría de los navíos mundiales son el prototipo de la "globalización", el
imperio del mercado privado competitivo por sobre cualquier otra consideración
política o nacional.
De acuerdo con la pauta de desregulación creciente a partir de la Segunda
Guerra Mundial, los propietarios de flotas (por lo general, procedentes de las
naciones occidentales más ricas y de Japón) evaden hace tiempo las leyes
laborales y fiscales en sus países de origen, y registran sus embarcaciones
con "banderas de conveniencia" o de Países minúsculos como Panamá, Liberia,
las Islas Marshall o Antigua y Barbuda.
Lo crucial es que, mediante la evasión de las leyes nacionales, los
armadores se aprovechan de un mercado de trabajo mundial saturado de
trabajadores que, desempleados y desesperados, ansían trabajo a cualquier
precio y cualesquiera sean las condiciones. Por eso el mayor suministrador de
marinos mercantes hoy en día –y de rehenes para los piratas— son las
Filipinas, seguidas de Rusia, Ucrania, China y la India.
La misma Somalia ofrece, entre otras muchas cosas características de este
Estado fracasado, una fuerza de trabajo marítima ávida y una pequeña
infraestructura para entrenar y dar los oportunos certificados a sus
ciudadanos para calificarles "legítimamente" como tripulación.
Si bien la "anarquía" en Somalia ocupa portadas de los medios de
comunicación, lo que éstos parecen ignorar, y por mucho, es todo lo
relacionado con el gigantesco fenómeno y con la cultura de un transporte
marítimo comercial mundial rapaz. Y no sólo los marineros del Tercer Mundo que
navegan bajo banderas de conveniencia ven negados sistemáticamente sus
derechos laborales y otros medios de evitar travesías interminables y nóminas
engañosas; los propios armadores respetuosos de la ley tienen que vérselas con
operadores intrigantes y truhanescos.
Ello es que el Alva Maersk –el buque conocido ahora como el
Maersk Alabama— fue víctima de este otro tipo de bandidos, incluso antes
de encontrarse con los somalíes. De acuerdo con los papeles archivados por el
Grupo Moller Maersk, la compañía resultó estafada en millones de dólares en el
año 2004 por un grupo de ciudadanos indios con base en Kuwait, alegando que se
habían cambiado embarques de mayor valor por otros bienes de menor valor, y
como consecuencia, demandaban a Maersk por extraviar bienes que nunca fueron
embarcados.
Como parte de este gran esquema, los conspiradores fueron capaces de
detener al Alva Maersk durante varios meses en Kuwait como garantía,
hasta que se liberara el pago de cerca de 2 millones de dólares, la misma suma
que cinco años después se exigió para la liberación del capitán R. Phillips.
En alguna medida, las noticias sobre el exitoso rescate "mano a mano" en
alta mar diríanse una perfecta distracción para lectores cansados de las
deprimentes letanías sobre juergas bancarias, colapsos de negocios y déficits
presupuestarios que han dominado los noticiarios en las últimas semanas.
En realidad, van de la mano el destino del Maersk Alabama y de
General Motors, por un lado, y el de los trabajadores marítimos y pesqueros
somalíes, por el otro. Todo guarda relación con el funcionamiento del orden
económico mundial, que hace un balance entre las oportunidades en el mercado y
las reglas y los estándares que protegen la vida y el bienestar de los mismos
actores.
Además, en vez de fiarlo todo al buque policía que se hace a la mar para
imponer la ley y despejar las aguas de delincuentes, mucho mejor sería la
organización de un sistema global y multilateral de justicia, tanto en mar
abierto como en tierra firme.