Los
críticos con Wall Street que siguen en la ortodoxia todavía no son capaces de
cuestionar el “derecho” de los altos ejecutivos a hacerse con enormes fortunas.
Por Sam Pizzigati (*) - Revista Sin Permiso
Algunas de las mejores mentes del mundo se han estado devanando los sesos, desde
el colapso financiero del pasado otoño, en busca de un antídoto para las
exacerbadas nóminas de Wall Street que hicieron de ese colapso algo inevitable.
Esa búsqueda, tras casi un año, todavía no ha producido nada con sentido que
implique una reforma del sistema de remuneraciones de Wall Street.
Y eso tiene que ser desconcertante para muchos, sino la mayoría, de
estadounidenses. Porque el problema con Wall Street, después de todo, no parece
ser tan complicado. Ni tampoco la solución. Los de Wall Street hicieron cosas
deleznables – se cepillaron las pensiones y los ahorros de millones de personas
– porqué iban a la caza de enormes primas salariales. Para evitar esos desmadres
de avaricia en el futuro, solamente debemos limitar esas primas.
Y el Congreso podría hacer eso – no permitiendo que ningún banquero que se
beneficie de los rescates públicos gane más que el Presidente de los EEUU. O
denegando cualquier tipo de subsidio o deducción de impuestos a empresas que
paguen a sus altos ejecutivos 25, 50 o 100 veces más de lo que ganan sus propios
trabajadores. O fiscalizando las grandes primas salariales al 90%.
A lo largo de este año ha habido distintas propuestas de ley que abordaban estos
enfoques y que han pasado por el Congreso. ¿Por qué no han llegado a ningún
lado? Porque los grandes bancos norteamericanos, como era de esperar, se oponen
a ellas. Pero también lo hacen muchos de los propios críticos con Wall Street
que sin embargo pertenecen al establishment. Estos dos grupos se han
echado atrás las veces que ha sido necesario para quitar de la cabeza al
Congreso la idea de que las primas en Wall Street necesitan un recorte
importante.
Los bancos, sencillamente niegan que esas primas hayan tenido ningún impacto
significativo en el comportamiento de los agentes de bolsa o los gestores de las
grandes finanzas. A fin de cuentas, sostienen, “el mercado” va a acabar
penalizando a los tiburones que asumen riesgos irresponsables – y los propios
escualos lo saben.
Y por si esos personajes no lo sabían antes del colapso financiero del año
pasado, siguen los apologistas del mercado, ahora ya lo saben, gracias al
hundimiento en picado de Bear Stearns y Lehman Brothers.
Esas bancarrotas dejaron a los altos ejecutivos
de Bear Stearns y Lehman con millones de acciones en sus manos que no valían
nada. El colapso de Lehman se llevó él solito por delante casi mil millones de
dólares – exactamente 931 millones – de la fortuna personal de su director
ejecutivo Richard Fuld. Y el de Bear Stearns, James Cayne, vio como el valor de
su cartera personal de acciones se reducía en 900 millones.
En efecto, los defensores del estatus quo de Wall Street sostienen que el
mecanismo de mercado funcionó. Los auténticos temerarios pagaron un precio por
su temeridad. Así que dejemos que siga funcionando ese mecanismo.
En cambio los críticos habituales de Wall Street no quieren dejar que opere ese
mecanismo tal cuál. Creen que “el mercado”, dejado que funcione por si mismo, no
consigue disciplinar adecuadamente a los irresponsables. Según dicen,
necesitamos reformas que vinculen los sueldos de los altos ejecutivos al
“desempeño” que genere “un aumento a largo plazo del valor de los activos”.
Con esas reformas en marcha, prosiguen, los operadores de Wall Street no
tendrían ningún incentivo para asumir excesivos riesgos – y los legisladores no
tendrían ningún motivo para andar liándola tratando de poner límite a los
sueldos en Wall Street.
La semana pasada, el más eminente de entre los críticos bienpensantes de Wall
Street – el catedrático de derecho de Harvard Lucian Bebchuk – publicó un
artículo donde arremetía contra los más duros defensores de Wall Street y su
convencimiento de que, gracias al mercado, los irresponsables han acabado
realmente pagando por sus excesos.
Dicho artículo resulta realmente demoledor para esa clase de argumentación. Pero
a su vez, si se lee con detenimiento, puede que esté socavando por igual la
propia posición del establishment en contra de los topes salariales en
Wall Street.
El nuevo trabajo de Bebchuk
gira en torno a lo que realmente ocurrió en Bear Stearns y Lehman respecto a los
pagos de los máximos ejecutivos. Bebchuk y los dos otros coautores muestran como
en estos dos bancos, esos altos ejecutivos en realidad no perdieron mucho cuando
quebraron sus respectivas entidades. De hecho, quienes controlaban los bancos en
ambos casos salieron de escena justo en el momento óptimo del chanchullo
financiero. En un momento asombrosamente óptimo, de hecho.
Entre el 2000 y el 2008 los cinco más importantes ejecutivos de Bear Stearns y
los cinco de Lehman acumularon conjuntamente unos 2.500 millones de dólares.
Aproximadamente unos 500 millones fueron en concepto de primas anuales en
efectivo. El resto lo consiguieron vendiendo las stock options que se les
había pagado en concepto de incentivos por “rendimiento”.
¿Pero qué pasa con esos 900 millones de “pérdidas” que sufrieron los directores
ejecutivos de Bear Stearns y Lehman? Esas pérdidas existieron sólo sobre el
papel. Se trataba de la diferencia entre el valor pre y post
colapso de las acciones que habían dejado en sus carteras de inversiones justo
cuando sus respectivos bancos empezaron el declive.
En términos de efectivo de verdad ambos directores ejecutivos – a pesar de sus
épicos fracasos – salieron bastante bien parados. Por su arduo trabajo entre los
años 2000 y 2008, Cayne de Bear Stearns acabó siendo 388 millones dólares más
rico. Y Fuld, de Lehman, lo dejó con 541 millones en su bolsillo.
Así pues, ¿qué es lo que proponen los defensores de las reformas
para evitar que se repitan los fiascos de Bear Stearns y Lehman? Desde el
establishment se dice que los altos ejecutivos deben recibir una mayor parte
de su retribución en forma de acciones y menos en efectivo – y que deban esperar
un cierto número de años antes de poder convertir en efectivo las acciones
pagadas en concepto de incentivos.
De este modo si esos directivos recibiesen mayor parte de su remuneración en
forma de acciones, ellos mismos y los accionistas de sus empresas compartirían
los mismos intereses. “Alineados” de este modo con sus accionistas, se cuidarían
de hacer nada que pusiera en peligro “un aumento a largo plazo del valor de los
activos”. Estaríamos pues todos a salvo de la irresponsabilidad.
Pero precisamente ese tipo de reformas ya se había puesto en marcha en Bear y
Lehman antes de que ambas empresas colapsaran – señala la analista del New
York Times Louis
Strong: “Ambos bancos exigían a sus altos directivos que esperasen
varios años antes de poder vender sus stock options”, según se deduce del
propio artículo de Bebchuk. “Ambas empresas pagaban mayoritariamente en forma de
acciones”.
Estas exigencias, en la práctica, no hicieron nada para prevenir la
irresponsabilidad cortoplacista, básicamente porqué Bear Stearns y Lehman
pagaban los incentivos a sus directivos en forma de acciones año sí y año
también.
Los directivos de Bear y Lehman tenían que esperar cinco años antes de poder
convertir en efectivo las acciones que recibían como incentivo en un año
determinado. Pero tras sus primeros cinco años en el tajo, estaban en
disposición de vender acciones cada año. Ello les daba multitud de incentivos
para dedicarse a arriesgar tratando de hacer subir el precio a corto plazo de
sus acciones.
Bebchuk, en este último trabajo, de hecho lo reconoce:
Que los directivos tengan que esperar 5 años para vender sus acciones, señala,
no va a evitar que aquellos que llevan tiempo en la empresa “dediquen una parte
importante de sus esfuerzos a manejar los precios en el corto plazo.”
Una mejor aproximación, sugiere Bebchuk, podría ser la política de Goldman Sachs
de exigir a sus directivos que mantengan el 75% de sus incentivos en forma de
acciones hasta que se jubilen. Pero los directivos de Goldman Sachs reciben la
mayor parte de sus bonificaciones mediante primas anuales en forma de efectivo,
y no mediante acciones, de modo que esas primas en efectivo con carácter anual
les dan los mismos incentivos a pensar en el corto plazo que si se tratase de
acciones recibidas también anualmente.
Precisamente ese es el motivo por el cuál aquellos miembros más testarudos del
establishment – como Bebchuk – también querrían que se pudiese
“recuperar” aquellas primas otorgadas en base a beneficios a corto plazo que
luego se evaporan. Pero ese tipo de recuperaciones tiene sus limitaciones; uno
puede, por ejemplo, rescatar las primas de un único año en base a
irregularidades en una cuenta en concreto. Pero es mucho más difícil restaurar
el daño prolongado que una avalancha de avaricia en busca de beneficios rápidos
– y grandes primas – puede hacer a la gente de a pie.
Y los altos directivos pueden causar este tipo de perjuicios mientras parece que
están “aumentando a largo plazo del valor de los activos”. Eso es precisamente
lo que hicieron los de Bear Stearns y Lehman. Año tras año, durante la mayor
parte de la década, aumentaron el valor de las acciones de sus bancos. Entre el
2000 y el 2007 (antes de empezar a jugar al casino del corto plazo),
cuadruplicaron el precio de venta de las acciones de sus empresas.
¿Cuál es pues la lección? Necesitamos más protección ante la avaricia de Wall
Street que la simple apelación a “un aumento a largo plazo del valor de los
activos” que nos proponen los reformistas. Los estadounidenses de a pie lo
tienen muy claro. ¿Por qué entonces les cuesta tanto de entender a los
reformadores de Wall Street?.
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(*)Sam Pizzigatti edita Too Much, la revista electrónica semanal sobre los excesos y la desigualdad.
Traducción para www.sinpermiso.info: Xavier Fontcuberta i Estrada