Barack Obama anunció el incremento de las fuerzas armadas norteamericanas
en un discurso pronunciado en West Point ante un auditorio militar que sólo lo
aplaudió dos veces y sucintamente.
Por
Juan Gelman - Página/12
Barack Obama tardó 92 días en decidir, sin sorpresa para
algunos y con desilusión para muchos: enviará 30.000 efectivos más a
Afganistán, serán ahora 100.000, y prometió que en 18 meses comenzará a
retirarlos (lati mesblogs.latimes.com, 1-12-09). El enemigo que amenaza la
seguridad de EE.UU. –subrayó, y parecía W. Bush– es Al Qaida, una opinión que
no comparte, o no compartía, su asesor en materia de seguridad nacional,
general (R) James Jones: “Ha disminuido mucho la presencia de Al Qaida (en
Afganistán), se estima que tiene, como máximo, menos de cien hombres operando
en el país, carecen de bases y de la capacidad de lanzar ataques contra
nosotros o nuestros aliados” (www.huffintonpost.com, 4-10-09). Es una
estimación que comparten la Comunidad de Inteligencia y el Pentágono (abcnews.go.com,
2-12-09). ¿Entonces?
El costo del aumento ascenderá a 30.000 millones de dólares, es decir, un
millón de dólares anuales por soldado, y valdrá 300 millones la vida de cada
terrorista de Al Qaida que se mueve en Afganistán. Funcionarios del Pentágono
y de la Casa Blanca se apresuraron a justificar de manera anónima semejante
exageración: declararon que cien miembros de Al Qaida pueden hacer “muchísimo
daño” y sugirieron que los talibán “obedecen sus órdenes”. Hace un año decían
que éstos habían roto todo vínculo con las redes de bin Laden (edition.cm.com,
6-10-08). ¿Entonces?
El presidente estadounidense apuntó: “En los últimos años, el talibán ha
hecho causa común con Al Qaida, ambos tratan de derribar al gobierno afgano”.
No aclaró que sus fines son diferentes: la causa del primero es la destrucción
en el territorio continental de EE.UU.; la del último, el derrocamiento del
gobierno de Karzai y la retoma del poder. Obama incurrió en una curiosa
omisión: “Es bien conocido el agudo debate sobre la guerra de Irak y no hay
necesidad de reiterarlo ahora”. El presunto arsenal de armas de destrucción
masiva en poder de Saddam Hussein pasó al olvido.
Barack Obama anunció el incremento de las fuerzas armadas norteamericanas
en un discurso pronunciado en West Point ante un auditorio militar que sólo lo
aplaudió dos veces y sucintamente. Comparó la guerra de Vietnam con la de
Afganistán: y rebatió a quienes dicen que la última es como la primera:
“Arguyen que no se puede estabilizar al país y que mejor sería poner fin a
nuestras bajas mediante una retirada rápida. Este argumento es producto de una
lectura falsa de la historia. A diferencia de Vietnam, estamos acompañados por
una amplia coalición de 43 naciones que reconocen la legitimidad de nuestra
acción”. Esta afirmación pasa por alto el hecho de que tropas de Canadá,
Francia al principio, Australia, Corea del Sur, Taiwán, Nueva Zelanda,
Tailanda y la España de Franco combatieron junto a EE.UU. en Vietnam. En
efecto, hay lecturas falsas de la historia.
El mandatario afroamericano amplió el tema: “A diferencia de Vietnam, no
estamos enfrentando a una insurgencia de amplia base popular”. ¿Para qué
enviar más tropas, entonces? Funcionarios de inteligencia especulan que hay
varios centenares de terroristas de Al Qaida en Pakistán y Obama aseveró:
“Estamos en Afganistán para prevenir el cáncer que una vez más se extiende
desde ese país. Pero el mismo cáncer se ha instalado en la región limítrofe de
Pakistán y por eso necesitamos una estrategia que funcione a ambos lados de la
frontera”. ¿Qué entrañaría ese funcionamiento eficaz? ¿Una invasión a
Pakistán, dada la notoria incapacidad de acabar con su propia insurgencia que
Islamabad exhibe?
“Pocos días después del 9/11 –manifestó Obama– el Congreso autorizó el uso
de la fuerza contra Al Qaida y contra aquellos que lo amparan, una
autorización que sigue en pie hoy.” Recoge así el legado de W. Bush para
insistir en aventuras bélicas. “Es fácil olvidar que cuando comenzó esta
guerra (los estadounidenses) estábamos unidos por la memoria aún fresca de un
ataque horrible y por la determinación de defender nuestra patria y los
valores que apreciamos. Me niego a aceptar que no podamos reconstruir esa
unidad.” ¿Con base en el mismo miedo que W. y su equipo sembraron entonces? La
sociedad norteamericana no parece dispuesta.
“Las palabras del presidente suenan vacías para ellos”, titula Los Angeles
Times del día siguiente al del discurso; “ellos” son miembros de una
organización de familias de militares, reunidos frente a un televisor para
escucharlo. “Cuando el comandante en jefe sugirió que los críticos se
equivocaban al comparar el esfuerzo militar en Afganistán con la guerra de
Vietnam, varios se carcajearon”, testimonia el periodista Louis Sahagun. Cunde
el desánimo entre quienes votaron a Obama creyéndolo pacifista. Es natural:
les espera la pérdida de sus seres queridos.