En momentos en que las autoridades de todo el mundo actúan para evitar una
posible catástrofe climática, el debate apunta hacia los costos que implicará la
reducción de las emisiones de dióxido de carbono. Las medidas que se enfocan en
las fuentes de energía más eficientes suelen ser bastante costosas y mucho más
caras que los combustibles de origen fósil que buscan reemplazar. ¿Significa
esto que un esfuerzo serio para combatir el calentamiento global es incompatible
con el crecimiento económico? A continuación, las opiniones de dos expertos en
el tema: Robert Stavins, profesor de negocios y gobierno de la Universidad de
Harvard, y Steven Hayward, investigador invitado del Institute for Public Policy
Research.
Por
Robert Stavins (*)
y
Steven Hayward (**)
- The Wall Street Journal
Sí: La transición puede ser gradual y a un costo asequible
El mundo afronta una potencial catástrofe relacionada a las emisiones de
gases de efecto invernadero. Pero los países no tienen por qué destruir sus
economías para prevenir la crisis.
Los críticos argumentan que la legislación aprobada hace unos meses por la
Cámara de Representantes de Estados Unidos para reducir en los próximos 40 años
las emisiones del país en un 80% por debajo de los niveles de 2005, conllevará
cambios significativos y problemáticos para su infraestructura, así como un daño
económico incalculable. Pero cometen un par de errores básicos. Parecen pensar
que tenemos que reemplazar toda nuestra infraestructura de un solo golpe,
pagando billones de dólares. También parecen asumir que debemos elegir entre
energía mucho más cara y ninguna energía.
El cambio a energía más verde no tiene que completarse inmediatamente y no
tiene que ser problemático. El plan de transición adecuado aumentará las
facturas de los consumidores de forma gradual y modesta y permitirá a las
compañías llevar a cabo cambios escalonados y bien programados.
¿Cómo funcionaría? Una posibilidad es una combinación de sistemas nacionales
y multinacionales de topes y negociación de créditos de carbono. Las compañías
en todo el mundo obtendrían derechos de emisión de carbono de sus gobiernos, que
luego podrían comprar y vender en el mercado. Si necesitan incrementar su
emisión de carbono, pueden comprar los derechos de otras compañías. Las empresas
obtendrían más créditos mediante acciones que compensen el uso de carbono, como
plantar bosques. Los países podrían, también, añadir impuestos a las emisiones
de carbono.
Mayor eficiencia
A corto plazo, estos cambios tendrán su costo, pero eso no detendrá el
crecimiento económico. A medida que se han expandido, las economías se han
vuelto más productivas, al extraer una mayor actividad por cada unidad de
energía que consumen. Entre 1990 y 2007, las emisiones en todo el mundo
aumentaron 38% y el crecimiento económico escaló 75%: las emisiones por unidad
de actividad económica cayeron 20%.
Los críticos dicen que no se puede aumentar la eficiencia lo suficiente como
para cumplir la meta de reducir las emisiones en 80%. Un alza en la eficiencia
no bastará, pero este plan no depende sólo de ello ya que incluye otros cambios,
como estimular la inversión en fuentes de energía más verdes. El costo a largo
plazo de todo esto, según los mejores análisis económicos, sería de menos del 1%
del Producto Interno Bruto por año, o hasta US$175 por hogar en 2020.
Los críticos temen aumentar el precio de la energía porque dicen que ningún
país se ha vuelto rico con energía cara. Pero históricamente, son la escasez y
el costo de la energía los que han provocado cambios tecnológicos y el uso de
otros tipos de energía.
Los detractores dicen que las estimaciones de los costos del cambio dependen
de planes poco realistas de cooperación entre países. Efectivamente, se necesita
un plan internacional pero, de hecho, muchos países ya han iniciado políticas de
control de emisiones.
EE.UU. y China, por ejemplo, han mantenido negociaciones intensas sobre
política climática. Si concretan un acuerdo tendrán mucho más poder para
convencer a otros países. Los países desarrollados podrían lograr reducciones
mayores de sus emisiones y permitir que países en desarrollo realicen cortes
graduales.
Mientras más nos demoremos en actuar, más agresivos tendrán que ser nuestros
futuros esfuerzos. Los críticos argumentan que podemos darnos el lujo de esperar
porque el mundo de mañana será más rico y tendrá mayor capacidad para absorber
los costos. Pero adoptar medidas más pronto reducirá los costos totales de
conseguir el objetivo trazado ya que hará posible una transición paulatina, algo
que abarata el esfuerzo. El costo de no actuar, cabe destacar, sería mucho mayor
debido a los daños del cambio climático.
Comprometerse a luchar contra el cambio climático no será gratis ni fácil.
Pero si las predicciones científicas sobre las consecuencias de la inacción son
correctas, ha llegado la hora de ponerse serios y dar pasos significativos.
(*)Stavins es profesor de negocios y gobierno en la Escuela de Gobierno J.F.
Kennedy de Harvard e investigador en la Oficina Nacional de Investigación de
EE.UU.
No:
Las alternativas son demasiado caras
Estados Unidos y Europa Occidental pueden anotarse un logro significativo en
los últimos 40 años: reducciones importantes en la polución del aire con sólo un
efecto pequeño en el crecimiento económico y la prosperidad. ¿Por qué no podemos
esperar lo mismo con las emisiones de gases de efecto invernadero?
Los gases de efecto invernadero no son un problema de contaminación
tradicional. Es un problema de uso de energía, y eso lo hace muy diferente. La
polución tradicional del aire es un producto indeseado. Reducirla no requiere
restringir el uso de combustibles de origen fósil. En las últimas décadas, hemos
duplicado el consumo de algunos carburantes fósiles mientras realizamos grandes
reducciones en la polución.
El dióxido de carbono, sin embargo, resulta de la combustión completa del
combustible. No existe tecnología para eliminarlo del proceso. La única forma de
reducir emisiones es quemar menos combustible.
Así que para cumplir los objetivos establecidos por los activistas
ecológicos, EE.UU., Europa y Japón deberán reemplazar casi todo su sistema de
infraestructura.
Para EE.UU., el objetivo de reducir en 80% las emisiones significa volver a
un nivel visto por última vez en 1910.
No está claro que el objetivo de reemplazar los combustibles fósiles pueda
cumplirse independientemente de su costo, algo que apuntó la Agencia
Internacional de la Energía en su pronóstico anual energético más reciente.
El problema es que las alternativas propuestas —energía solar, eólica y
nuclear, el hidrógeno y el biocombustible— son mucho más caras que los
combustibles fósiles. Los cálculos creíbles de implementación de energía de baja
emisión en EE.UU. en la próxima generación empiezan a partir de algunos millones
de millones de dólares. Nadie puede dudar que esto reducirá el crecimiento
económico.
El recurso maestro
La energía no es como otros bienes que pueden ser sustituidos. Ha sido
llamada el recurso maestro porque es clave para el resto de la economía. No
existe ningún ejemplo de un país que se haya enriquecido con energía cara.
En las últimas décadas, EE.UU. ha mejorado su eficiencia energética al mismo
tiempo que ha crecido. Pero las emisiones siguen aumentando. Conseguir una
reducción de 80% de aquí a 2050 significaría triplicar nuestros logros en cuanto
a eficiencia y mantenerlos por años, algo sin duda imposible.
Tal vez habrá algunos avances exponenciales en la tecnología energética, pero
incluso así, el costo para la economía será muy grande. Las plantas energéticas,
refinerías y redes de transmisión son activos de larga duración, así que un
cambio rápido a una nueva tecnología implicará retirar activos antes de que
cumplan su vida útil y redirigir billones en capital de otros sectores.
Algunos proponen realizar cambios graduales usando métodos como el
intercambio de licencias de emisión. Pero esos planes se basan en predicciones
poco realistas sobre lo que es factible conseguir y a qué costo. La estimación
de costos del proyecto de ley estadounidense Waxman-Markey, por ejemplo, asume
que se creará un sistema internacional para transar créditos, un mercado que
ayudará a estabilizar los precios energéticos. Pero los obstáculos que afronta
la creación de este sistema son enormes. Australia, Nueva Zelanda y Rusia ya
muestran señales de querer retirarse de la actual regulación para reducir
emisiones.
Una ínfima posibilidad
La posibilidad de conseguir un acuerdo ambicioso de reducción de emisiones
con economías emergentes es casi inexistente. Los países en desarrollo necesitan
grandes cantidades de energía nueva en los próximos 40 años. ¿Cuál es la
posibilidad de que adopten una política energética cara a una escala que ni
siquiera los países ricos se pueden permitir?
Algunos sugieren dar a los países en desarrollo objetivos más bajos, pero
algunos de los países emergentes más importantes, como India, han indicado que
no aceptarán ninguna limitación.
Finalmente, la idea de que debemos actuar ahora para evitar mayores costos
más adelante no se sostiene. El mundo de mañana será considerablemente más rico
y mucho más capaz de absorber los costos del cambio climático. William Nordhaus,
de la Universidad de Yale, uno de los principales economistas del clima, cree
que la mitad o más de los efectos nocivos del cambio climático se deberían
permitir, ya que el mundo dentro de 40 o 60 años tendrá mayor capacidad para
responder a los efectos económicos.
(**)Hayward es un investigador invitado en el American Enterprise Institute y
autor del Índice de Principales Indicadores Medioambientales, que se publica
cada año.
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(*)Alejandro Nadal
es economista, profesor investigador del Centro de Estudios
Económicos, El Colegio de México, y colabora regularmente con el cotidiano
mexicano de izquierda La Jornada.