n 1982, el Congreso estadounidense decidió que usaría el código tributario
para "mejorar" (es decir, reducir) la remuneración ejecutiva en compañías que
cotizan en bolsa. Su vehículo fue el Acta de Reconciliación Presupuestaria, una
estipulación clave que se convirtió en la Sección 162(m) del Código de Impuestos
Internos.
Observando que los niveles de la remuneración ejecutiva habían recibido
"escrutinio y críticas" negativas del público, la nueva ley apuntó a lo que
llamó "remuneración excesiva de empleados". Hizo esto al limitar la capacidad de
las empresas que cotizan en bolsa de deducir de los impuestos la remuneración
ejecutiva para sus principales empleados a menos que el pago fuera en una forma
que el Congreso considerara aceptable. Los sueldos eran malos. Las opciones
sobre acciones tenían ventajas tributarias.
Específicamente, les prohibieron a las empresas por ley deducir como un gasto
normal de negocios cualquier salario mayor a US$1 millón. Las opciones sobre
acciones, no obstante, cumplían con los requisitos para ser deducidos de los
impuestos corporativos sin limitaciones. En ese entonces se decía que las
opciones sobre acciones, que son muy criticadas en la actualidad, estaban
"basadas en el desempeño" y, por lo tanto, exentas de las nuevas reglas
impositivas.
La nueva ley tributaria de inmediato provocó una revolución en la manera en
que los presidentes ejecutivos y otros altos ejecutivos eran remunerados en
EE.UU. Las acciones y las opciones sobre acciones se convirtieron en el
componente dominante de los paquetes de remuneración ejecutiva.
El ímpetu por modificar las leyes de remuneración de ejecutivos en ese
entonces era exactamente igual al de hoy. Los políticos querían pagar menos y
cambiar el modelo de remuneración ejecutiva para "arreglar" la proclividad de
los principales gerentes a la toma de riesgos.
En 1992, el gobierno pensaba que los gerentes eran demasiado reacios al
riesgo. Las opciones sobre acciones eran consideradas la panacea universal para
hacer que los gerentes actúen de forma más agresiva en el interés de los
accionistas. En la actualidad, muchos en el Congreso culpan a los ejecutivos
estadounidenses de causar la crisis financiera precisamente por una excesiva
toma de riesgos. Lo que se olvidan de mencionar es que fue el jugueteo del mismo
Congreso con el código tributario que dio origen a los paquetes de remuneración
que incentivaban la toma de riesgo.
El presidente de la Fed, Ben Bernanke, afirmó la semana pasada que las
"prácticas remunerativas en algunas organizaciones bancarias han llevado a
incentivos desalineados y la excesiva toma de riesgo, lo que contribuyó a
pérdidas bancarias y la inestabilidad financiera". Bernanke prometió que el
gobierno "está trabajando para asegurar que los paquetes de remuneración aten de
manera apropiada las recompensas al desempeño a largo plazo y no creen riesgos
indebidos para la firma o el sistema financiero".
Otra interferencia del gobierno ha empeorado el problema de la remuneración
ejecutiva aún más. Una estipulación de la ley tributaria de 1992 de que los
ejecutivos alcancen ciertos puntos "objetivos" de desempeño para cumplir con los
requisitos para el pago basado en los incentivos (deducibles de los impuestos).
En el esfuerzo por establecer mediciones objetivas sobre las cuales basar el
pago ejecutivo, "consultores de remuneración ejecutiva" de una industria
informal surgieron como los arquitectos más importantes de planes de
remuneración de ejecutivos.
Los consultores sobre remuneración prometieron diseñar programas de pago que
hacían cosas como "estimular los comportamientos correctos" por parte de la
gerencia empresarial, los que significó asumir más riesgos para maximizar a los
accionistas. Los consultores pasaron a ser considerados esenciales para las
juntas directivas que quisieran implementar las mediciones de desempeño
apropiadas, y que cumplieran con los requisitos impositivos.
Los consultores más exitosos son los que pueden justificar los mayores
aumentos salariales para los principales ejecutivos de las compañías que los
contratan. Hace poco, investigadores de la Universidad del Sur de California (USC)
hallaron que la remuneración mediana de un presidente ejecutivo es de US$1,5
millones en compañías que no utilizan consultores sobre pago ejecutivo, US$3
millones en compañías que compran datos de sondeo generales de tales consultores
pero que no los retienen directamente, y US$4,2 millones en empresas que
retienen a los consultores.
Algunas empresas usan varios consultores. El estudio de USC halló que cuantos
más consultores contrataba una compañía, más les pagaba a sus principales
ejecutivos. Cerca de un cuarto de las empresas de Fortune 250 contratan a
múltiples consultores de remuneración.
El inversionista activista Carl Icahn resumió la situación bien cuando
observó hace poco en su sitio Web que "el uso de estos consultores de
remuneración les da tanto a las juntas como a los presidentes ejecutivos la
apariencia de legitimidad para sus decisiones de otorgar enormes paquetes de
pago a presidentes ejecutivos mediocres, al hacer que estas decisiones parezcan
objetivas y científicas, lo que absolutamente no son".
El gobierno también trató de regular la remuneración ejecutiva al requerir
una mayor revelación de los detalles de los planes de remuneración. De forma
perversa, esto también ha contribuido a un incremento del pago ejecutivo.
¿Cómo? Ninguna junta directiva que se respete a sí misma está dispuesta a
admitir que el presidente ejecutivo de su compañía es inferior al promedio. Por
lo tanto, siempre que nuevas revelaciones indican que el pago de un ejecutivo
está por debajo del promedio de cualquier forma, se ordena un aumento.
Desde principios de los años 90, la regulación gubernamental de la
remuneración ejecutiva ha alentado una mayor volatilidad de los precios de las
acciones y la toma de riesgo por parte de ejecutivos de empresas estadounidenses
y llevado directamente a niveles de pago ejecutivo más altos, en vez de más
bajos. De todas maneras, el gobierno del presidente Barack Obama ahora busca un
papel aún mayor en la supervisión y regulación de la remuneración ejecutiva.
En junio, Gene Sperling, un alto asesor del secretario del Departamento del
Tesoro, Tim Geithner, afirmó ante el Comité de Servicios Financieros de la
Cámara de Representantes que "nuestra meta es ayudar a asegurar que haya un
alineamiento mucho más cercano entre la remuneración, una sólida gestión de
riesgos y la creación de valor a largo plazo para las empresas y la economía en
general".
Esto es precisamente lo que los reguladores nos dijeron en 1992. Las actuales
propuestas sin dudas resultarán en porcentajes aún más altos de remuneración
ejecutiva que provengan de acciones y estratagemas de opciones en lugar de
sueldos. La historia enseña que las consecuencias más profundas de la nueva
regulación de la remuneración serán imprevistas. También enseña que por mal que
haya funcionado el manejo privado en su intento de corregir la remuneración
ejecutiva, los resultados de la planificación central han sido aún peores.