ara bien o para mal, de vez en cuando una empresa es elegida por el destino
para representar "el rostro inaceptable del capitalismo", un término acuñado por
el fallecido primer ministro británico Edward Heath. Para mucha gente, Goldman
Sachs es hoy ese rostro.
Los chistes más suaves se refieren a la legendaria firma de inversión como
"Gobierno Sachs", debido a sus conexiones con el ex secretario del Departamento
del Tesoro de Estados Unidos Henry Paulson (que en su momento fue presidente
ejecutivo de Goldman) y otros ex alumnos, quienes, al desempeñarse como
funcionarios en Washington, participaron en el rescate financiero del año
pasado. Algo menos amable, un periodista de la revista Rolling Stone comparó a
Goldman con un "gran calamar vampiro que envuelve la cara de la humanidad y que
dirige sus tentáculos de forma implacable hacia cualquier cosa que huela a
dinero".
De los cinco mayores bancos de inversión que existían hace poco más de un
año, sólo sobreviven dos: Goldman y Morgan Stanley. Lehman está muerto; Bear
Stearns y Merrill fueron absorbidos por bancos comerciales. Incluso al
sobrevivir, el precio en reputación para Goldman fue sin dudas, y oscuramente,
mayor que para el otro sobreviviente.
Sentado en su oficina en el piso 30 de la sede central de la empresa en
Manhattan, el presidente ejecutivo de Goldman, Lloyd Blankfein, asegura estar
más perplejo que lastimado por las críticas. Supongo que su serenidad se debe a
que los hechos de los que hablamos —el coqueteo de Goldman con la muerte—
parecen haber quedado en el pasado.
Defiende todo lo que considera ejemplar sobre su firma: su disciplina para
correr riesgos; que el 90% de sus ingresos y ganancias proviene de servicios a
los clientes; que no es sólo un fondo de cobertura gigante; que juega un rol
social vital para enlazar a quienes tienen capital y quienes lo necesitan; que
sus altos ejecutivos se suelen jubilar jóvenes y dedicarse a la filantropía o el
servicio público.
Sí, admite, la presencia de tantos ex ejecutivos de Goldman en puestos altos
del gobierno a algunos les da la impresión de que la firma está moviendo
conexiones (algo que él desmiente). "Pero", señala, "apuesto a que cuando las
aguas se calmen, volverá a considerarse como algo positivo que la gente deje de
lado su búsqueda de riqueza personal y se dedique al servicio público".
Sin embargo, la pregunta de si él y sus colegas le deben sus fortunas —que se
han vuelto a expandir— al rescate gubernamental, no es fácil, ni para él ni para
nosotros. También es un interrogante que podría convertirse en menos académico
en momentos en que Goldman, en parte gracias al pánico que estremeció los
mercados, se prepara para entregar bonificaciones vergonzosamente grandes a sus
más altos ejecutivos, a fin de año. Esto podría o no provocar otra ronda de
ataques políticos a la firma.
En tanto, el propio salario del jovial Blankfein tras el año burbuja de 2006
—unos US$53 millones— ha regresado para perseguirlo en muchos informes
periodísticos. Hijo de un empleado postal, creció en un edificio para personas
de bajos recursos, pero supo surgir y estudió en la escuela de derecho de
Harvard.
Recuerde esa semana frenética en septiembre de 2008 cuando Lehman quebró, AIG
se tambaleó, los fondos de mercado de dinero estuvieron al borde del colapso e
incluso grandes corporaciones como General Electric temieron ya no poder
financiar sus deudas a corto plazo. Blankfein afirma que agradece las
intervenciones del gobierno que estabilizaron la crisis, pero se resiste a
llegar al corolario obvio, que se ha vuelto aún más evidente en medio de las
recientes revelaciones sobre cuán vigorosos fueron los esfuerzos de Washington
para mantener vivos a Goldman y Morgan Stanley.
El corolario: por ahora, Washington considera que Goldman es "demasiado
grande para quebrar", y puso una garantía efectiva con dinero de los
contribuyentes tras la firma, bonificaciones opulentas incluidas.
Si el sistema financiero hubiera colapsado, Blankfein admite sin dudarlo,
"nos hubiéramos desbarrancado con el resto. Sería ridículo decir lo contrario.
Como miembros del sistema, todos corríamos peligro... Si usted hubiera sabido lo
que yo sabía, habría estado tan asustado como yo". Pero insiste que Goldman no
estaba en un riesgo particular.
Dicho eso, lo que más lamenta hoy es que Goldman no pudo mantenerse a una
mayor distancia de los esfuerzos de rescate del gobierno. Entonces no se le
ocurrió, indica, que hubiera podido mantenerse al margen del famoso plan de
Paulson, por el cual el ex secretario del Tesoro obligó a los nueve mayores
bancos del país a aceptar infusiones de capital gubernamental. Blankfein hace
hincapié en que su firma no necesitaba el dinero y que luego lo devolvió.
Lo que llama la atención hoy es la importancia acumulativa de esos esfuerzos.
Al intentar salvar al sistema, el gobierno buscaba salvar a Goldman; al intentar
salvar a Goldman, buscaba salvar al sistema. Goldman = sistema, es un buen
resumen.
Blankfein prefiere enfatizar el rol de las iniciativas de auto-ayuda de
Goldman, como acelerar las gestiones para que la firma actuara como un holding
bancario y pasara de la órbita de regulación de la Comisión de Bolsa y Valores
(SEC) a la de la Reserva Federal.
Dos días después de lograrlo, Blankfein captó US$5.000 millones de Warren
Buffet, seguido de una venta de US$5.000 millones en acciones de Goldman en el
mercado bursátil. El impacto en la confianza de los clientes e inversionistas,
agrega Blankfein, fue "enorme" e instantáneo.
Luego está el tema de AIG, fuente de recriminaciones incluso entre los
hermanos de Goldman en Wall Street. Si AIG, un jugador enorme en toda clase de
mercados, hubiera quebrado, el impacto en la economía hubiera sido incalculable.
Al día de hoy, se afirma que el rescate de AIG era un rescate encubierto de
Goldman.
AIG había emitido gran cantidad de garantías respaldadas por hipotecas de
alto riesgo; Goldman había comprado gran cantidad de esas garantías. AIG fue
rescatada, aunque eso quiso decir que el dinero de los contribuyentes, en cierto
sentido, fue a parar al bolsillo de Goldman para cumplir con las obligaciones de
colateral de AIG.
Las teorías de la conspiración siempre surgen cuando ocurren eventos de
grandes consecuencias. No cabe duda que Blankfein estaba cuidando su firma y que
Paulson y compañía intentaban evitar un colapso económico. Lehman, Bear, AIG, y
otras firmas estaban al mando de ejecutivos con fortunas significativas ligadas
a sus acciones en las empresas. Y aun así explotaron. Mientras, los acreedores
fueron rescatados, es decir los mismos que aportaron el apalancamiento que
permitió que los bancos crecieran demasiado para caer, y quizá lo volverían a
hacer. Goldman no tiene la culpa de eso. Sólo Washington puede hacer algo al
respecto.
Entretanto, ¿qué pasa con las bonificaciones de Goldman? Con franqueza,
Blankfein afirma que si tiene que decidir entre satisfacer las iras políticas y
mantener contenta a su gente, optará por lo segundo. "La columna vertebral del
desempeño, el éxito y la longevidad de Goldman durante este período, además de
la suerte, es que nos empeñamos en tener más suerte, debido a nuestra gente. Y
tengo la obligación de mantener la firma y la franquicia intactas".