EE.UU. y Rusia avanzaron esta semana en un juego estratégico de incierto
destino: transformar a Irán en una potencia moderada es una apuesta con muchos
enemigos.
Por Marcelo Cantelmi - Clarín
Una visión al menos perezosa caracteriza como una recompensa para EE.UU. la
novedosa actitud dura de Rusia contra Irán en el litigio por el enriquecimiento
de uranio. La devolución de favores sería por la decisión de Barack Obama de
cancelar la instalación de los escudos antimisiles en República Checa y Polonia,
que el ex presidente George Bush promocionaba como una defensa frente al
peligroso Teherán, pero que objetivamente convertía al Kremlin en el blanco.
Para los halcones republicanos, conviene siempre recordar, el desafío iraní
tenía (¡tiene!) aspectos utilitarios.
La cuestión actual es, sin embargo, un poco más compleja que lo que podría
atesorar un cruce de favores. En verdad, sin ese paso crucial, Rusia no estaría
allí enarbolando por primera vez la dureza de una amenaza de sanciones contra
uno de sus históricos socios comerciales y estratégicos Pero no esta allí solo
por eso. Rusia no sacrificaría a Obama en este caldero. Las negociaciones de la
pasada semana con Irán en Ginebra no podían concluir en un fracaso, sino en algo
más que un empate. Lo contrario hubiera obligado a Washington a un cambio
rotundo de su estrategia y el costo para Moscú sería geométricamente superior.
Obama es, por ahora, peor socio en la derrota.
La conferencia que acaba de concluir en Ginebra entre Irán y los cinco del
Consejo de Seguridad más Alemania, implicó un avance cauto pero posible para
ordenar esta disputa que tiene forma de espoleta, tanto para una guerra total en
Oriente Medio cuanto para una carrera armamentista nuclear en la región. El país
persa, además, está cruzado por una durísima interna política que involucra al
establishment iraní y la tropa de los Guardias de la Revolución, el cuerpo de
elite que responde al líder supremo, pero que se ha convertido en una asombrosa
corporación económica. Son ellos quienes controlan la cuestión nuclear. Y es
gente que no calcula el futuro solo con el Corán en la mano: "Son bien prácticos
y usan la ideología pero como una herramienta", explica a Time el iranólogo Mark
Fowler. Por eso quizá el dato más valioso de ese encuentro de Ginebra sea el
lapso de 45 minutos que unió en un salón privado al vicecanciller de EE.UU.
William Burns y al máximo negociador nuclear iraní Saaed Jalili. Esos 45 minutos
no tienen precedentes en casi treinta años de historia; fue el primer encuentro
diplomático de alto nivel desde que los dos países rompieron relaciones en 1980.
Esas citas no se producen por accidente.
¿Qué posibilidades reales existen de un Irán con bombas nucleares? Es difuso. La
inteligencia de EE.UU. no ha revisado su conclusión de que Teherán abandonó el
proyecto bélico en 2003. El ministro de Defensa de Obama, Robert Gates, proclama
que hay al menos dos años en adelante para que los persas se conviertan en una
real amenaza para sus vecinos. Ni Alemania, ni Francia ni Israel comparten ese
criterio. Pero la planta secreta de Qom, que ganó espacio en la escena en los
últimos días, y que Irán acaba de aceptar que sea inspeccionada, no parece ser
un diente muy afilado del monstruo. Es chica y su capacidad de enriquecimiento
muy limitada en comparación con la de Natanz, descubierta en 2002, y que puede
contener hasta 50.000 centrifugadoras, suficiente poderío para enriquecer uranio
a niveles inquietantes.
Aquí hay que combatir otra simplificación. Irán tiene derechos legales
indiscutibles para el desarrollo de la energía nuclear. El problema con la
nación persa no es sólo la amenaza de que viole sus propios principios y
construya bombas atómicas. La cuestión central es el crecimiento como potencia
regional que ha logrado Irán por los errores monumentales de la administración
de Bush. Hoy, tras la guerra del Golfo y la ausencia de una salida sensata para
la crónica guerra israelo-palestina, ese país es mucho más poderoso y es por eso
que avanza en las políticas nucleares. No al revés. Ese poder es el que encrespa
las espaldas de las direcciones políticas israelíes, mucho más incluso que la
bomba, un arma, vale señalar, cuya presencia no es ajena en los arsenales del
país hebreo al margen de la ceremonia ritual del no reconocimiento de su
existencia. Rusia no tiene esa preocupación y tampoco EE. UU. A ambos les
interesa un Irán con poder para balancear a Israel y apagar el conflicto de
Oriente Medio con un espacio real palestino. Pero la condición es la
previsibilidad que Teherán, al menos en esta etapa, no brinda pese a que hay
mucho más pragmatismo en el país persa de lo que se supone.
Es una contradicción. Los discursos feroces del presidente Mahmoud Ahmadinejad,
que suele parecer un pintoresco remedo del Chaplin de El Gran Dictador en clave
dramática profetizando el fin del mundo, recarga todo de enormes cuotas de
irracionalidad. Y condena hasta los avances más esperanzadores al efímero
espacio del corto plazo. Es por eso que el garrote de las sanciones rusas lo
mentó sólo el presidente Dmitri Medvedev. Vladimir Putin, quien retiene aún
todos los resortes del poder, casi no habló salvo para plantear que se debería
lograr un poco más, seguramente pensando en la "liberación" de su patio trasero,
es decir Georgia y Ucrania. El jefe del Estado mayor ruso, el general Nikolai
Makarov, se ocupó, a su vez, de aliviar aún más los hilos que sostienen todo
este armado al alertar que el plan antimisiles fue modificado, pero no
sustancialmente eliminado.
Esa presión es exagerada. El escudo antimisiles cayó también porque es una
herramienta arcaica como las bases de EE.UU. en Colombia. Son acciones que le
cabían a una potencia con capacidad para modelar el mundo. Las guerras en Irak,
el callejón afgano y la crisis económica blanquearon un escenario que esmeriló
esas pretensiones imperiales. La vocación dialoguista de Obama hacia Irán,
incluso después de que se descubrió el laboratorio nuclear secreto de Quom, así
como el acercamiento de Washington a Moscú, le valieron una lluvia de repudios
en casa, cercanos al calificativo de pacifista que en EE.UU. no suele sonar
amable cuando se lo endilgan a un mandatario. Pero no hay que equivocarse. Obama
no es pacifista, es realista. Sabe cuáles son los límites, una noción
incomprensible para Bush y el fundamentalismo republicano. Eso es lo que ve
Moscú y seguramente Beijing, que acompaña en la coyuntura. Resta saber qué es lo
que ve Irán cuando en verdad abre los ojos.