Una de las novelas de John Updike se titulaba Memorias de la Administración Ford.
Huelga decir que no versaba sobre Gerald Ford; iba de sexo, porque Updike
recordaba los años de Ford como la era dorada de enredos amorosos
extramaritales. Análogamente, este post no se refiera a Jimmy Carter, sino sobre
teoría macroeconómica. (Lo siento.)
Por Paul Krugman - krugman.blogs.nytimes.com
Fue a finales de los setenta cuando la teoría macroeconómica experimentó su gran
proceso de división. Es un período grabado en la memoria de quienes éramos
entonces jóvenes economistas en busca de un sendero propio. Sin embargo, no he
visto nunca una explicación clara de lo que pasó en aquellos momentos. He aquí,
pues, un esbozo de explicación que espero ver completada algún día por algún
historiador serio de las ideas.
Tal como yo lo recuerdo, todo empezó con el volumen de Phelps: Microeconomic
Foundations of Employment and Inflation Theory. El asunto que esa colección de
ensayos trataba de resolver está lindamente resumida aquí. Keynes (y, para lo
que aquí interesa, Milton Friedman) sostenían que un descenso de la demanda
agregada debido, pongamos por caso, a una caída en la oferta de dinero traería
consigo una caída del empleo y de la producción; y la experiencia demostró que
llevaban razón. Sin embargo, la teoría microeconómica estándar implica que la
producción tendría que responder sólo a cambios en los precios relativos, no a
cambios en el nivel general de precios, lo que, a su vez, implica que el dinero
debería ser “neutral”: un 20% de caída en la oferta de dinero debería traer
consigo un 20% de caída en el nivel general de precios, pero no alteraciones en
el volumen de producción o en el empleo.
Phelps y otros se proponían explicar en términos de información imperfecta por
qué la economía tiene una apariencia tan keynesiana: los trabajadores y las
empresas responden a los cambios en el nivel de precios como si se tratara de un
cambio en los precios relativos, porque, al comienzo, no pueden percatarse de la
diferencia. Con el tiempo, no obstante, se percatan de su error, de modo, por
ejemplo, que un incremento de la tasa de inflación comenzará por reducir el
desempleo, pero no con una base sostenida, porque, al final, la inflación se
reflejará en las expectativas de los agentes. Así pues, la nueva teoría predecía
la aparición de estanflación, una predicción que se vio oportunamente
confirmada.
Mas ¿de dónde vienen las expectativas? Robert Lucas procedió al maridaje de los
modelos phelpianos con las expectativas racionales, la teoría según de la cual
los agentes económicas se sirven de todo tipo de información disponible para
hacer predicciones. Y eso llevó a una asombrosa conclusión: las políticas que la
gente puede anticipar no tienen el menor efecto sobre el nivel de empleo. Sólo
cuentan los cambios por sorpresa en, digamos, el nivel de oferta monetaria, lo
que significa que no puedes servirte de políticas monetarias o de políticas
fiscales para estabilizar la economía.
La teoría de Lucas tomó al asalto a los recintos de la profesión económica. No
porque aportara la menor prueba sólida, sino por su astuta audacia, porque se
servía de unos lindos razonamientos matemáticos, porque permitía a los
macroeconomistas abandonarse al teórico neoclásico que todos llevaban dentro.
Pero ya a finales de los setenta resultaba claro que las expectativas o
anticipaciones racionales no funcionaban a escala macro. ¿Por qué? Porque la
gente tiene demasiada información.
Piénsese en el asunto del desempleo que antes mencioné. Lo que ocurre aquí es
que una contracción en la oferta monetaria puede generar una recesión, ¡pero
sólo mientras la gente no se percate de que hay una recesión! Ya ven ustedes, si
la gente sabe que hay una recesión, sabe también que los precios bajo que se le
ofrecen reflejan una demanda general baja, no una demanda específicamente baja
para sus productos.
En los modelos del tipo de los de Lucas, se parte del supuesto de que la gente
observa los precios a los que se enfrenta y es capaz de distinguir óptimamente
la “señal” del “ruido”. Los modelos se desploman, sin embargo, así que permites
que las gentes tengan acceso a cualquier tipo de información (observando,
pongamos por caso, los tipos de interés, o leyendo periódicos). Y la realidad,
huelga decirlo, es que las recesiones persisten hasta mucho después de que todo
el mundo sepa que hay una recesión, es decir, hasta mucho después de que se haya
desvanecido la confusión exigida por los modelos lucasianos.
Recuerdo un seminario, celebrado, creo, en 1980, en el que Robert Barro
presentaba un modelo de ciclos económicos basado en las expectativas racionales.
Alguien le preguntó cómo podía reconciliar ese modelo con la grave recesión que
estaba en curso mientras él hablaba. “No me interesa el último residual”,
replicó Barro.
Pero hacia 1980 o 1981 era ya bastante claro para todo el mundo que el proyecto
de Lucas –el intento de explicar el comportamiento manifiestamente keynesiano de
la economía en puros términos de información imperfecta— había fracasado. ¿Qué
harían los teóricos de la macroeconomía?
Pues se dividieron. Una facción, en efecto, dijo: “Vale; no podemos explicar lo
que creemos ver en términos de maximización total. Pues supondremos la
maximización tiene ciertos límites: costes del cambio de precios, racionalidad
limitada, o cualquier cosa por el estilo”. Esa facción terminó por ser conocida
como Nuevo keynesianismo, teoría económica de agua salada. (1)
La otra facción, en efecto, dijo: “Vale: no podemos explicar lo que creemos ver
en términos de maximización toral. Pues será porque interpretamos mal los datos:
cosas como los cambios en la oferta monetaria no pueden traer consigo
recesiones, porque la teoría dice que eso es imposible”. Esa facción terminó por
ser conocida como la escuela de los ciclos económicos reales, teoría económica
de agua dulce. (2)
Pero la cosa es así: llegados a este punto, la escuela de agua dulce no se
acuerda ya de nada de esto, en buena medida porque purgaron de sus centros a
todo lo que oliera a keynesiano y aun a monetarista. Todo lo que saben del
keynesianismo es que fue “refutado", y que nada que proceda de él (ni siquiera
los modelos neokeynesianos con expectativas racionales, un enfoque que, como
dice, Greg Mankiw, “ofrece un esquema conceptual para la intervención pública en
la economía, por ejemplo, una política monetaria o fiscal anticíclica”) merece
siquiera ser escuchado.
Y así se ha llegado adonde se ha llegado.
*****
(*)Paul Krugman es profesor de Economía de Princeton y premio Nobel de Economía en
2008.
Traducción para www.sinpermiso.info: Ricardo Timón
NOTAS T. : (1) En referencia a la ciencia económica cultivada en las
instituciones académicas ubicadas en el Este y en el Oeste de los EEUU, es
decir, en las costas atlántica y pacífica (Harvard, Berkely, Princenton,
Stanford, etc.). (2) En referencia a la ciencia económica cultivada en las
instituciones académicas ubicadas en el centro de los EEUU, en áreas de grandes
lagos (Chicago, Rochester, Minessota, etc.).