bama ha convertido la reforma
del sistema de salud norteamericano en su prioridad número uno
para los 12 primeros meses de su presidencia, por lo que no se puede permitir
una derrota. Sin embargo, la reforma se encuentra, de momento,
encallada en el Congreso, y el presidente ha recibido muchas críticas por
no haber sido capaz de haber ejercer un rol de liderazgo en el proceso.
A finales de julio, el líder afroamericano intentó recuperar el terreno
perdido con uno
discurso televisado en horario 'prime time'. Sin embargo, según la mayoría
de analistas, a diferencia de anteriores ocasiones, la oratoria del
presidente esta vez no estuvo a la altura de las circunstancias. El
discurso tuvo un tono técnico y desapasionado, más propio de un profesor de
universidad.
En parte, el problema para Obama es que, como consecuencia de su decisión
de no presentar un plan de reforma al Congreso, sino solamente unas
orientaciones generales de sus objetivos, ha sido el legislativo el
que ha centrado el interés de los medios, desplazando al presidente.
Hasta el 7 de setiembre, el Congreso se encuentra en receso estival, lo que
ofrece una oportunidad de oro a Obama para resituar el debate, y erigirse en
una figura central.
La 'lucha' de su madre
En Portsmouth, Obama intentó conectar con la ciudadanía recurriendo
a historias personales para explicar los cambios positivos que
aportará la reforma. Entre las historias que contó, figura la de su madre, que
"tuvo que luchar durante las últimos meses de su vida para que su compañía
sufragara el tratamiento de su cáncer".
La compañía argumentaba que la madre de Obama ya tenía el cáncer cuando
firmó la póliza, pero no lo advirtió. "El problema es que no lo podía saber
porque aún no se le había diagnosticado", explicó. Uno de los principales
contenidos de la reforma es que prohibirá este tipo de prácticas.
El presidente sí utilizó esta vez una retórica más apasionada,
y en alguna ocasión el público se puso de pie al grito de 'Yes We Can', el
popular eslogan de la campaña electoral a la presidencia de Obama.
Sin embargo, la mayor parte del mitin, que ha incluido varias preguntas de
las 1.800 personas que han asistido al acto, la ha dedicado a desmontar los
diversos falsos mitos sobre la reforma que habrían extendido sus
adversarios "para asustar a la gente".
Uno de ellos es lo que Sarah Palin ha calificado de "paneles de la muerte",
unos supuestos comités que decidirían a que pacientes dejar morir. "El rumor
es que... los paneles de la muerte desconectarán a la abuela porque hemos
decidido que es demasiado caro dejarla vivir", dijo Obama. "Yo no estoy a
favor de eso, que quede muy claro".
'Escépticos' y 'turbas organizadas' contra la reforma
Si bien entre las preguntas ha figurado las de algunas personas que se
declaraban "escépticas" respecto a la reforma, el mitin se ha desarrollado con
toda normalidad, una situación diferente a la que han experimentado algunos
congresistas demócratas en sus distritos.
Durante la última semana, varios de los legisladores se han visto obligados
a cancelar sus actos debido al boicot de decenas de personas que con sus
abucheos continuos han impedido la celebración de los mitines. Desde los
bancos demócratas, se les ha acusado de formar parte de "turbas organizadas"
por la oposición, y Nancy Pelosi, la presidenta de la Cámara de
Representantes, les ha calificado de "anti-americanos".
Los republicanos, en cambio, subrayan que la ira popular es una simple
muestra de la oposición de la mayoría de la población a los planes demócratas.
Según las encuestas, una buena parte de la opinión pública aún no ha tomado
una posición clara sobre la reforma, de ahí la importancia de las próximas
semanas. Lo que sí está claro es que la reforma está sirviendo para unir a la
América conservadora, y dar rienda suelta a su ira ante lo que perciben es una
transformación fundamental de los valores del país.
Tras el astronómico paquete de estímulo a la economía, el rescate a Wall
Street y los tres gigantes automovilísticos, existe el temor que los EEUU se
estén decantando progresivamente hacia una economía planificada por el
gobierno, una institución que tradicionalmente ha generado más recelos que
confianza entre los norteamericanos.