ncluso a mediados de marzo, según las minutas de las conversaciones de la
Reserva Federal (Fed) de Estados Unidos, varios funcionarios del banco central
creían que "la inflación probablemente seguirá por debajo de los niveles
deseados". Pero a fines de abril, los mismos funcionarios concluyeron, con un
suspiro de alivio, que "el riesgo de un prolongado período de deflación había
disminuido" gracias al masivo gasto fiscal, recortes impositivos y una agresiva
campaña de préstamos. Sin embargo, ahora están a la defensiva, frente a la
acusación de haber hecho tanto para evitar la deflación y la depresión que la
inflación es casi inevitable.
Es poco probable que haya un brote inflacionario inmediato. Los precios al
consumidor en los países industrializados han subido menos en el último año
(0,6%) que en cualquier otro período de 12 meses desde que la Organización para
la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) empezó a llevar un registro en
1971. En EE.UU., la tasa de desempleo es de 8,9% y los analistas prevén que se
mantendrá por encima de 9% hasta 2011. La industria estadounidense está operando
muy por debajo de su capacidad total que en cualquier otra época desde que la
Fed empezó a registrar los datos en 1948. Es difícil que veamos que las empresas
suban los precios o que los trabajadores reciban aumentos de sueldo. Los
ingredientes básicos de la inflación —demasiado dinero persiguiendo muy pocos
productos— no están en evidencia.
Una cuestión más importante es qué es lo que nos espera. Los mercados están
ansiosos. El mercado ha elevado los rendimientos de la deuda del Tesoro. El oro
se acerca otra vez a los US$1.000 la onza. Los precios de los commodities están
subiendo. Es fácil citar precedentes históricos de gobiernos muy endeudados que
aceptaron la inflación como una forma de aliviar su carga de pago o de bancos
centrales que sobreactuaron.
¿Pero qué tendría que suceder para que la inflación suba por encima de la
meta de 2% que la mayoría de los funcionarios de la Fed fijó como su estándar
predilecto?
Un error de cálculo. La Fed y los economistas del presidente
Barack Obama podrían preocuparse demasiado por evitar que se repita lo que
ocurrió en 1937-1938 (cuando una prematura restricción del crédito volvió a
llevar a la economía de EE.UU. a la recesión) y no lo suficiente por lo que
sucedió en 2004 (cuando la Fed quizás mantuvo las tasas de interés de corto
plazo demasiado bajas por demasiado tiempo).
Una falta de voluntad. La Fed podría carecer del valor para
subir las tasas y restringir el crédito, un temor entre algunos dentro de la Fed
que se quejan de que no hay una estrategia de salida. El problema es humano y
político. Para evitar la inflación, la Fed debe actuar más rápido de lo que les
gustaría a los ciudadanos y a los políticos. La Fed es poderosa, pero sus
líderes son humanos, y más proclives a fallas de coraje así como de sabiduría.
Una víctima de las circunstancias. Muchos países emergentes
endeudados han visto cómo sus divisas colapsaban a medida que los acreedores
internacionales se retiraban. Una caída en la tasa de cambio hace que los
precios de las importaciones suban y pueden generar inflación aun cuando el
desempleo sigue alto. EE.UU., que sigue siendo el guardián de la moneda más
popular del mundo, no es Argentina. Pero su adicción a pedir prestado del
exterior lo hace ver más que nunca como un mercado emergente. Un colapso del
dólar podría provocar un alza de los precios del petróleo y otras importaciones.
Aun si eso no provocara inflación, podría provocar un inoportuno aumento de las
tasas de interés.
Un temor que se cumple a sí mismo. Puede que el desempleo
sea alto y que la Fed se muestre cautelosa, pero si los consumidores, los
trabajadores, las empresas y los inversionistas esperan que haya inflación,
podrían hacer que sus temores se hagan realidad, incrementando los precios y
demandando aumentos salariales en un delirio generalizado que desafíe las
aseveraciones de los economistas y los funcionarios de la Fed de que no existe
un motivo para la inflación. Las previsiones inflacionarias no siempre
corresponden a la realidad económica objetiva. Las constantes promesas del
presidente de la Fed, Ben Bernanke, de sostener la estabilidad de los precios
están dirigidas a mantener esas expectativas bajo control.