Dos aclaraciones son necesarias a propósito de esta cifras. En
primer lugar, a algunos lectores les podrá parecer bajo el número de
desempleados, dada la profundidad del colapso económico. Sin embargo, en la
mayor parte del mundo el desempleo abierto no es una opción; no hay red de
seguridad que compense el desempleo, ni otros programas sociales de bienestar.
El desempleo significa muerte; por eso la gente tiene que encontrar empleo
independientemente de lo pesadas que sean las condiciones. En segundo lugar, las
categorías de trabajador pobre y empleo vulnerable se solapan parcialmente. Un o
una cuentapropista puede ser al mismo tiempo vulnerable y pobre, y cuenta como
fuerza de trabajo. Sin embargo, el miembro de una familia sin ingresos, según la
definición estadística, sólo es vulnerable, y no cuenta en el mercado laboral.
Se trata de nimiedades estadísticas. Independientemente de cómo se lean los
números, son indicadores asombrosos de la realidad del mundo del trabajo actual.
A estos tenebrosos números deberían agregarse otros: la OIT
estima que en el mundo de hoy trabajan, como poco, unos 200 millones de niños.
La clasificación de la OIT sobre el trabajo infantil es complicada, pero bastará
con decir que el 75% de esos azacaneados muchachos y muchachas realizan las
peores formas de trabajo: traficantes, soldados en conflictos armados, esclavos,
trabajadores sexuales y otras ocupaciones peligrosas e incapacitantes, como la
construcción o la manufactura de ladrillos o alfombras.
Es muy común que los niños trabajadores vivan en la periferia de
la ciudad, o que hayan sido forzados a abandonar sus hogares rurales, a veces
"cedidos" en arriendo por sus propios padres, para trabajar en las ciudades. Sus
padres son campesinos –hay unos dos mil millones en el mundo— y su futuro es
cada vez más precario. Su relación con el campo es cada vez más tenue, y año
tras años vienen a engrosar las filas de los ciudadanos de lo que Mike Davis ha
llamado "el planeta de las ciudades miseria". No hay crecimiento económico que
pueda absorberlos dentro del proletariado tradicional, y mucho menos en trabajos
mejores.
Para casi todos los habitantes del mundo, el trabajo es el
infierno. La cruda y triste verdad es que la inmensa mayoría ha de ser rebajada,
humillada, lesionada, deformada mental o físicamente, y aun, con no poca
frecuencia, mortalmente sacrificada en el proceso de trabajo, para que unos
pocos se enriquezcan. Soy consciente de que las estadísticas son peores a causa
de la crisis. Pero ¿se transformará el mundo del trabajo cuándo vuelva a subir
el PIB y los índices de desempleo desciendan? ¿Comenzaremos entonces a
"inclinarnos a la utopía", para usar una frase impropiamente patética del
economista de Berkeley, J.Bradford DeLong, quien parece creer que realmente
estamos en camino de un mundo con ingresos de clase media y obreros
satisfechos?. Les aseguro que no.
Se dice que el diablo está en los detalles. Por eso, para
otorgar mayor fuerza a los datos, añadiré ejemplos concretos. Estoy seguro de
cada lector podría ofrecer ejemplos por su cuenta.
Un trabajador de la industria automovilística
Veamos la descripción que hizo un trabajador de la industria
automovilística, Ben Hamper, en su libro Rivethead, cuando visitó la planta
donde trabajaba su padre para ver lo que hacía. Dice así:
"Estuvimos unos cuarenta minutos o algo así, una vida entera en
miniatura, y la pauta no variaba nunca. Auto, parabrisas. Auto, parabrisas.
Trabajo duro, y más trabajo duro. Cigarrillo tras cigarrillo. Décadas apisonando
y planchando vigas, los huesos hechos polvo, obstinados relojes amordazando las
carnes, otro parabrisas, otro cigarrillo, guerras intermitentes, tormentas que
murmuran el alfabeto, cornejas dormidas o muertas sobre cables de alta tensión,
ese pulpo mecánico retorcidamente desplegado sobre nada, nada, nadedad."
Hamper llama gulags a las modernas plantas de
automóviles.
Mira, la niña prostituta
Atendamos al caso de Mira, una niña prostituta de Bombay que a
los trece años fue enviada por sus padres desde su pueblo hacia Nepal, para
trabajar como empleada doméstica, según pensaban sus padres. Al menos hay 20.000
niñas prostituidas en Bombay, "expuestas en fila, como en las jaulas de animales
del zoo". Se nos dice que:
Cuando Mira –una virgen angelical de piel cobriza— se negó a
tener sexo, fue arrastrada a una cámara de tortura en un oscuro callejón
dispuesto para "acomodar" a las nuevas niñas. La encerraron en una habitación
estrecha, sin ventanas, sin comida ni agua. Al cuarto día, cuando todavía se
negaba a trabajar, uno de los matones de la madama llamó a un gánster que la
arrojó al piso y la golpeó contra el suelo, hasta que perdió el conocimiento.
Cuando despertó, estaba desnuda; le habían introducido en la vagina una caña de
ratán untada con guindillas picantes. Luego, el gánster la violó. Mila contó en
un reportaje que "te torturan hasta que digas si" ,porque "nadie oirá tu llanto"
El caso de la pequeña Irfana, esclavizada
Consideremos el caso de Irfana, una niña paquistaní vendida a
los seis años al dueño de un horno de ladrillos. Describe su vida de este modo.
"Mi amo nos compraba, vendía y trocaba como si fuéramos ganado,
y en ocasiones, nos embarcaba y viajábamos a grandes distancias. Por lo general,
maltrataban a los varones para que trabajaran más. A menudo, las mujeres éramos
violadas. Mi mejor amiga enfermó luego de ser violada, y cuando ya no pudo
trabajar, el amo la vendió a un amigo de un pueblo a mil kilómetros de
distancia. Nunca le contaron su paradero a la familia, y nunca más la volvieron
a ver."
Como Mary Anne Walkley, la sombrerera inmortalizada por
Marx
Recuérdese el caso de Mary Anne Walkley, la sombrerera
inmortalizada por Karl Marx en El Capital. Mary Anne murió hace 146
años, pero su historia podría ser contada hoy, y no sólo por trabajadoras niñas
como Mira e Irfana, sino por cientos de miles de confeccionistas de prendas que
trabajan en infernales talleres en condiciones tan terribles como las de la
señorita Walkley, y desde luego, no sólo en la India o en Paquistán, sino aquí,
en los mismísimos Estados Unidos de América. Si usted echa un vistazo a las
calles del Chinatown de Manhattan, verá los vapores procedentes de centenares
talleres infernales en los que las Mary Anne de nuestros días consumen sus
vidas. Marx decía:
"En la última semana de junio de 1863, todos los diarios de
Londres reprodujeron un texto con un título 'sensacionalista': 'muerte por
simple exceso de trabajo'. Cuentan la muerte de una sombrerera, Mary Anne
Walkley, de 20 años, empleada en un respetabilísimo establecimiento de
confección de prendas de vestir explotado por una dama que responde al
encantador nombre de Elisa. La vieja y tantas veces narrada historia, contada
una vez más. La muchacha trabajaba un promedio de 16 horas y media, y en plena
temporada, hasta 30 horas seguidas sin interrupción, proporcionándolese, para
mitigar su desmayada capacidad de trabajo, ocasionales bebedizos suplementarios
de jerez, oporto y café. Ahora estábamos precisamente en el momento culminante
de la temporada. En un abrir y cerrar de ojos, había que dar la última puntada a
los egregios tocados que habrían de llevar las nobles damas invitadas al baile
organizado en honor de una recientemente importada Princesa de Gales. Mary Anne
Walkley había trabajado sin parar durante 26 horas y media, junto a otras 60
muchachitas, 30 de ellas hacinadas en una habitación que apenas contaba con un
tercio de los metros cúbicos del aire que necesitaban. Por la noche, dormían de
a dos en uno de los sofocantes agujeros en que dividían con paneles la
habitación. Y esta era una de las mejores sombrererías de Londres. Mary Anne
Walkley cayó enferma el viernes. Murió el domingo. Sin que, para pasmo de Madame
Elisa, hubiera podido terminar el trabajo que tenía entre manos."
Trabajadores en cruceros
Veamos el caso de quienes trabajan en cruceros. Por lo general,
los cruceros están registrados en países como Liberia y, por tanto, son inmunes
a las leyes laborales norteamericanas. Casi siempre, las personas de color de
los países pobres tienen a su cargo los trabajos más pesados. Su salario es bajo
y la jornada laboral, larga. Por lo general, cuando por alguna razón resultan
heridos gravemente durante la jornada laboral y necesitan ser hospitalizados,
son forzados a volver a su país de origen en busca de atención médica, incluso
en el caso de que en EEUU existan mejores tratamientos. Un trabajador caribeño
resbaló en la cocina mientras transportaba una gran olla de aceite. El aceite
quemó gravemente su pierna y su pié. Lo expulsaron de un hospital en Anchorage,
Alaska y lo forzaron a tomar varios vuelos de regreso a casa. Entonces, en la
desesperación, logró llamar a su madre, y durante una escala en Miami se pudo
comunicar con un abogado amigo de la familia. El abogado logró que lo atendieran
en Miami y demandó a la compañía naviera. La compañía se vengó denunciándolo a
las autoridades de inmigración, quienes finalmente lograron deportaron.
En el restaurante
Consideremos a un empleado de un restaurante, Mr. Zheng. Los
empleados de restaurante de Manhattan trabajan, de promedio, más de 100 horas
semanales y ganan la miseria de 2 dólares por hora. Así describió la vida de
Zheng un periodista:
"Luego de tres años de haber llegado al país, procedente de la
provincia costera de Fujian (en China), Mr. Zheng ( 35 años) aún trabaja para
pagar una deuda de 30.000 dólares a los traficantes que organizaron su viaje en
distintos barcos hasta llegar a destino. Sólo le quedan, para el alquiler, unos
pocos dólares de su exiguo sueldo como ayudante de camarero, de modo que tiene
11 compañeros de habitación. Comparten un cuarto con camas literas de tres
pisos, con un pasaje angosto entre ellas, similar a un pasillo. Es una
habitación simple, una más entre una docena de cuartos en un complejo de tres
rascacielos en Allan Street. Se reparten un alquiler de 650 dólares al mes,
pagando 54 cada uno.
Como los demás, Mr. Zheng guarda sus escasas pertenencias en una
bolsa de plástico debajo del colchón, y como decorado, cuelgan en su
rectangulito de pared una bolsa de hierbas medicinales y una pintura naif.
Taxista en Nueva York
Tomemos el caso de Koffee, conductor de taxi en Nueva York, un
africano que lleva viviendo en la ciudad treinta años. En una entrevista para el
periódico Punching the Clock (PTC) dijo:
PTC: Entonces, ¿cuántas horas conduce al día?
Koffee: Doce horas, de cinco a cinco.
PTC: ¿Quiere decir que hace un turno de doce horas?
Koffee: Así es el sector, ya sabe, es lo que se hace. En menos
de trece horas no se puede hacer nada….Algunas veces uno trabaja doce horas, y
vuelve a casa con menos de 20 dólares en el bolsillo.
PTC: ¿Qué hace con su tiempo libre?
Koffee: ¿Tiempo libre? Descanso. Con este trabajo, después de
doce horas no se puede hacer nada. Es un trabajo que mata. Sentado y conduciendo
durante doce horas, llego a casa y me echo a dormir. Cuando me despierto, sólo
tengo tiempo de traer algo para comer.
Una voz del pasado, tan presente
Oigamos la voz de un trabajador desempleado durante la primera
depresión nacional, en la década de 1870. Con algunas variaciones, lo que dice
podría decirlo cualquiera que haya experimentado la brutalidad de un desempleo a
largo plazo, desde los campesinos en la época de sequías en 1930, hasta las
víctimas de un cierre masivo de una planta de las últimas dos décadas, pasando
por los millones de miserables desempleados en África, Asia y América Latina.
Pregúntele, si no, al próximo sin techo que les pida dinero por la calle.
"Hace tres meses, cuando por desgracia me quedé sin un centavo,
comencé a buscar empleo en New York. Soy mecánico, y creo que soy competente en
mi trabajo. Durante este año me desplacé por diecisiete estados, y todo lo que
obtuve fueron seis semanas de trabajo. Me enfrenté al hambre; durante algunos
meses, cuando el termómetro bajaba a 30 grados bajo cero, no tenía ni cama para
dormir. El último invierno dormí en los bosques, y mientras buscaba trabajo
honrado, estuve dos o tres días sin comer. Cuando, apelando a la misericordia de
Dios, pedí sustento para mi cuerpo y para mi alma, se me tachó de 'vagabundo'."
El trabajo en labores agrícolas
Consideremos el trabajo agrícola, uno de los peor pagados en
todos lados, y de los más azacaneados. Encorvados sobre la cosecha, con calores
y fríos terribles, trabajan junto a sus niños y sin suficiente comida, como es
el caso de los trabajadores de las plantas de café que no pueden darse el lujo
de comprar el grano que cosechan. Esto es lo que logró el "libre mercado" en
México, al sur de California y Arizona:
"En los campos, hay un cuarto de baño público portátil para
varios cientos, y un tambor metálico sobre ruedas que provee de agua….Los
pequeños gatean entre los trabajadores sentados, algunos de ellos mamando
biberones y otros, con sus caritas sucias de polvo, mastican cebollas… Unos
pocos duermen en toneles, o en camitas improvisadas con cajones de verdura.
Cuando el sol de la mañana ilumina el rostro de los trabajadores, descubre a
decenas de niños y niñas. Haciendo un cálculo grueso, es posible que un cuarto
de los trabajadores en ese y en cualquier lugar parecido, tengan entre 6 o 7 y
15-16 años. Honorina Ruiz tiene 6. Está sentada frente a una pila de cebollas
verdes. Hace pilas de ocho o nueve cebollas, alineando tallos y cabezas. Luego
deshecha la suciedad, pone una banda de goma alrededor de las cebollas y las
añade al grupo que ya están en la caja aledaña. Es demasiado tímida como para
decir algo más que su nombre, pero parece orgullosa de ser capaz de hacer lo que
su hermano Rigoberto, de trece años, considera que hace muy bien…..Estos son los
niños olvidados de México."
Emabaladores
Veamos el caso de los trabajadores embaladores, que preparan la
comida que termina servida en nuestras mesas. Antes del advenimiento de las
modernas tecnologías productivas, los solos nombres de estos trabajadores
evocaban la visión del infierno: aldabones, mozos de cuerda, quiebrapiernas,
pelapiés, carniceros, desventradores, hendedores, lugres... Ese trabajo lo
hacían entonces los trabajadores inmigrantes europeos y afroamericanos. Hoy lo
hacen los nuevos inmigrantes de América Latina y Asia, y aunque los nombres han
cambiado, el trabajo sigue siendo sucio y peligroso:
Las empresas empacadoras de carne de res, cerdo y pollo han
reclutado agresivamente a los trabajadores extranjeros más vulnerables, que son
trasladados a EEUU a cambio de un trabajo de 6 dólares por hora en la industria
más peligrosa del país. Esos trabajos apenas requieren continuidad, y
prácticamente han desaparecido los conceptos de promoción e incrementos
salariales significativos. Para esta próspera industria, no es obstáculo que la
mitad de esos nuevos inmigrantes sean ilegales: disponen de una fuerza de
trabajo dócil y disciplinada con una enorme rotación.
Los asombrosos niveles de enfermedad, lesiones –el 36% de los
trabajadores de la carne— y estrés generados por un trabajo difícil y repetitivo
traen con frecuencia consigo la poca duración del empleo: unos cuantos meses,
hasta que el trabajador se va o la compañía lo fuerza a dejar el trabajo. Los
controles públicos de seguridad han descendido un 43% en su conjunto desde 1994,
como consecuencia de los recortes de presupuesto y de un sesgo creciente a favor
de las empresas privadas por parte de la Administración para la seguridad y la
salud laboral.
En los hoteles
Consideremos el caso de Michael, que aceptó un trabajo como
administrativo de un hotel luego de treinta y dos años de maestro de escuela.
Michael dice:
Pensé que en el hotel tendría el lujo de no tener que
preocuparme por lo que haría mañana. Pero si bien es cierto que no me tenía que
preparar para el trabajo del día siguiente, el trabajo del día es lo que pasaba
factura. El trabajo era agotador; estaba todo el día de pié. Al final de la
jornada era libre, pero estaba demasiado exhausto como para hacer algo. Por lo
general, a hora tan temprana como las 7 de la tarde me sentía adormilado ni bien
abría un libro. Y algunos días -especialmente el domingo, que era el peor en
cuanto a intensidad de trabajo y reclamos de los clientes-, no podía dormir. Las
claves que tecleaba en la computadora durante todo el día permanecían en mi
cabeza dibujando una espiral interminable, y seguía molesto por las
conversaciones que había tenido con huéspedes iracundos. El lunes por la mañana
llegaría, y yo debería estar a las 7 en el trabajo, no me podía poner al día con
el sueño hasta el viernes por la noche. El mundo de la enseñanza me había
generado mucha ansiedad, pero este trabajo era física y psíquicamente
incapacitante. Era imposible imaginar treinta y dos años en este trabajo.
En la oficina
Consideremos el caso de Kimberly y Helen, dos empleados
temporarios de oficina, dos de los millones de trabajadores de oficina en el
mundo entero. Así describen su trabajo:
"Trabajo mínimo. Aburrimiento. Y falta de estímulos. Preferiría
vérmelas con una hoja de cálculo, tratando de imaginar cómo diseñar una hoja de
cálculo, antes que simplemente ingresar los números. Un jefe que te trata como
un trabajador temporario, y es exactamente lo mismo, siempre vigilándote o
ignorándote totalmente. Ni recuerda tu nombre y dice: "Oh, acabo de poner esto
aquí. Esperaremos hasta que otro fulano vuelva a trabajar en eso".
"Aislamiento. Carencia de recompensas. Monotonía. Subempleo. Tus
recursos, tus capacidades, tu inteligencia, todo eso se deja de lado. Quiero
decir, no hay cambio. No siento sino desesperanza, parálisis. No hay incremento
ninguno de la actividad cerebral. Incluso cuando ellos descubren nuevo de ti,
aun así, no confían en darte a cargo de algo más. Pero la soledad es propiamente
soledad. El almuerzo en soledad, cada día. Y nunca nadie pregunta algo personal.
Como las secretarias, que nunca jamás preguntan: ¿de dónde eres? ¿Qué has estado
haciendo?".
Profesores
Consideremos el caso de Beverly Peterson, una profesor de
universidad que luego de pasar gran parte de su vida en la universidad
intentando obtener su doctorado, se convirtió en una "profesora gitana",
enseñando aquí y allí y en cualquier lugar, bajo condiciones terribles y por muy
poco dinero. Cerca del 40% de nuestros profesores lo son hoy a tiempo parcial, y
ganan alrededor de 2.000 dólares por curso y sin beneficios de bienestar social.
(Para contrastar: yo gano 8.000 dólares por curso, y tengo incluidos todos los
beneficios de bienestar social.)
Desde que aprobó unos exigentes exámenes en la Universidad
William and Mary en 1992, Beverly Peterson estuvo buscando un puesto de trabajo
a tiempo completo algún departamento de Estudios Americanos. Luego de tres años,
121 cartas y dos entrevistas, todavía está buscando un puesto de trabajo
permanente. Dice esta profesora interina de 44 años, que llegó una vez a ser
profesora de inglés en una Escuela Superior: "Estoy tan acostumbrada a recibir
cartas de rechazo diciendo: usted es una aspirante entre 800 para dos puestos".
Mientras especula con la posibilidad de obtener un cargo definitivo en el estado
de Pensilvania, Peterson hace lo que muchos doctorados recientes: para
subsistir, suma dos puestos de profesora interina.
Peterson viaja regularmente en su auto desde su casa en
Smithfield, Virginia, hasta sus puestos de trabajo en la Universidad Thomas
Nelson Community en Hampton, a 40 minutos de su casa, y luego hacia la
Universidad William and Mary, a otros 40 minutos. En el barco con el que debe
cruzar el río James para colmar este último trecho de su viacrucis, suele
trabajar con notas y materiales para la enseñanza, el último de ellos, una
reinterpretación de La Cabaña del Tío Tom. El cuentakilómetros de su
Chevrolet –de sólo cuatro años— marca 97.000 millas. Peterson dice: "Me gusta mi
trabajo, pero deseo poder hacerlo en circunstancias menos complicadas".
Una historia excepcional es la de Ira Salomon -una profesora de
historia en East Saint Louis, en Illinois-, ciudad de una pobreza extrema. Dejó
esto dicho en una entrevista con Jonathan Kozol, el autor de Savage Inequalities:
" 'De ninguna manera es la peor escuela de la ciudad', me dijo
cuando estábamos sentados en el aula del primer piso en el Instituto. 'Pero
nuestros problemas son brutales. Ni siquiera sé por dónde empezar. No tengo
materiales, salvo un simple texto que se le entrega a cada chico. Cuando
propongo otra cosa –libros, videos o revistas—, los pago de mi bolsillo. El
Instituto no tiene videograbadora. Y es una herramienta fundamental. ¡Hay tantas
cosas buenas en la televisión pública! El equipo audiovisual que hay en el
edificio es tan viejo, que nos presionan para que no lo usemos'…."
" 'De los 33 chicos que comienzan el curso regular de historia',
dijo, 'más de un cuarto abandonan en el semestre de primavera………..En este
momento, cuatro niñas de mi aula de clases de secundario están embarazadas, o
acaban de ser madres. Cuando les pregunto por qué pasó, me dicen: 'Bueno, no hay
ninguna razón para no tener un niño. La escuela pública no me ofrece demasiado'.
La verdad es que…..un diploma de una escuela pública de un ghetto no sirve para
mucho en los Estados Unidos de ahora…Ya sabe usted, hay injusticias tan amargas'
…"
"Muy poca de la educación recibida en la escuela sería
considerada académica en los barrios residenciales. Tal vez entre el 10 y el 15%
de los estudiantes están en programas verdaderamente académicos. Del 55 % de los
estudiantes que se gradúan, el 20 por ciento asiste a universidades de cuatro
años: algo así como el 10% del curso. Otro 10 a 20 por ciento puede recibir otro
tipo de educación superior. Un número igual se alista en las fuerzas armadas….."
"A veces me preocupa, porque comienzo a estar agotada. Odio
perder un día de clase, porque, lo más frecuente es que Departamento no logre
encontrar a un substituto para esta escuela, y a mis niños no les agrada que yo
esté ausente".
La cobertura del bienestar social
Veamos el caso de Úrsula y Joy, dos madres cubiertas por
el bienestar social, que trabajan duro para mantener unida a la familia, pero
que han sido excluidas de la lista oficial de trabajadoras desempleadas y que
han recibido el vilipendio de la sociedad "respetable".
Úrsula: Yo solía estar deprimida por depender del
bienestar social. Había algo que me hacía sentir menospreciada. Me sentía
degradada. Ellos quieren saber de dónde sacas esto, o quién te ayuda a mandar a
tus niños a la escuela. Si no pagar la cuenta de agua este mes fuera necesario
para que los niños pudieran ir a la escuela el mes próximo, no la pagaría. Pero
ese es mi problema. No me gusta que se entrometan en quién me ayuda o me paga
qué cosa.
Joy: Cuando dependes de la asistencia pública, es como
si te quedaras con el dinero de otro y no trabajaras para conseguirlo. No lo
haces por tí misma. Cuando obtuve mi primer cheque de la seguridad social me
sentí extraña, porque comparé eso con recibir un cheque por mi trabajo. Sabía lo
que significaba cada cosa. La gente solía decir. "bueno, estás quedándote con el
dinero de gente que trabaja y no estás trabajando," "Me siento rara con ser una
persona ubicada en el otro lado en este caso". Esta es mi primera experiencia
con la ayuda social. Nunca nadie en mi familia dependió de la asistencia
pública, solamente yo. Mi madre y mi abuela trabajaron para el gobierno. Yo fui
la primera persona que alguna vez necesitó la seguridad social.
No me gusta la gente que trabaja en las oficinas de seguridad
social. Son desagradables conmigo. Tienen mala onda conmigo. Se comportan de una
forma presuntuosa, y no les gusta hacer su trabajo. Actúan como si el dinero
saliera justamente de sus bolsillos. Pienso que si voy con una actitud agradable
–porque me consta que hay gente que es desagradable con ellos-, entonces se
comportarán de manera diferente. Pero eso no ayuda, siguen siendo antipáticos.
En una guardería
Leamos ahora un memorando enviado por un supervisor a un grupo
de trabajadores de una guardería diurna. Recuérdese que los trabajadores de esos
centros son gente de considerable experiencia y de gran capacidad en la atención
de los niños, pero se les paga menos que a los vigilantes de un estacionamiento
de automóviles:
"Ahora más que nunca, nosotros, como profesionales, estamos bajo
el escrutinio de nuestros clientes. Desean observarnos y cuestionarnos para
estar seguros de que sus hijos, a cargo nuestro, están sanos y salvos. Nuestro
tarea es hacer lo mejor que podemos cuando hay una inspección de los clientes.
Ellos han elegido el lugar donde quieren que estén sus hijos. Y nosotros tenemos
que reforzarles la idea de que su elección fue la correcta. Tenemos que darles
aquello por lo que ellos pagan, cada minuto del día. Tenemos que saludar a
padres y niños por su nombre cuando llegan por la mañana y cuando se retiran al
final de día. Debemos trabajar con los niños y cumplir su plan de lecciones,
mañana y tarde. No se permite sentarse a la mesa, charlar con otros profesores,
asearse o hacer cualquier otra cosa que no sea interactuar con los
niños….Recuérdenlo en todo instante: el cliente siempre tiene razón, y nosotros
siempre debemos hacer lo mejor para los niños. ¡Eso es lo que les debemos a
estas personitas!"
Trabajo en la cárcel
Veamos el caso del prisionero Dino Navarrete, uno de los diez
mil trabajadores presos que trabajan en el "complejo industrial de la prisión",
que colabora con las empresas privadas para obtener superbeneficios. ¿Puede
haber un trabajo más degradante, esclavitud total aparte?, Sin embargo, se trata
de una industria en expansión. Los EEUU encabezan la lista mundial volumen de
población carcelaria, que ahora se acerca al millón y medio de presos, siendo la
mayoría de reclusos gentes de color.
Dino Navarrete, encarcelado por un delito de secuestro, no
sonríe demasiado cuando contempla las máquinas de coser en el taller carcelario
que no deja de crecer y prosperar en el penal Soledad. El hombre, bajo y
robusto, con tatuajes que cubren su musculoso antebrazo, gana 45 céntimos la
hora por hacer camisetas azules de trabajo en esta prisión prisión de mediana
seguridad ubicada cerca de Monterrey, California. Luego de las deducciones, gana
cerca de 60 dólares por mes, trabajando jornadas de 9 horas.
"Te ponen en la máquina para que trabajes para ellos", dice
Navarrete. "Nadie quiere hacerlo. Estos trabajos son un cachondeo para la
mayoría de los internos de aquí. Hace rato que California dejó de considerar que
el trabajo rehabilita a los presos. Los guardianes sólo quieren tenerlos
ocupados. Si los prisioneros se niegan a trabajar, se los traslada a lugares de
castigo y pierden el privilegio de la cantina. Y aún más, pierden la posibilidad
de acortar la condena por 'buena conducta'."
Navarrete se sorprendió al saber que California estaba
exportando ropa confeccionada en prisión hacia Asia. Ni él ni los otros
prisioneros tenían idea de que California, junto con Oregón, estaban haciendo
aquello por lo que fustigan a China: exportar bienes confeccionados en prisión.
Entonces, dijo Navarrete, "también a esto se le puede denominar trabajo
esclavo". "Si lo están vendiendo a ultramar, entonces se sabe que están haciendo
dinero. ¿Adónde va a parar ese dinero? A nosotros, no".
Discapacitados
Consideremos el caso de Larry McAffe, que quedó cuadripléjico
luego de un accidente de motocicleta. Como otras decenas de millones de personas
discapacitadas, quería trabajar, y podría haberlo hecho si la sociedad le
hubiera proporcionado los medios. En cambio, lo hicieron fue enviarlo
directamente al horrible mundo de pesadilla del "cuidado" de la salud, mundo
cuya principal hipótesis inicial de trabajo es que resulta demasiado costoso
lograr capacitar para el trabajo a gentes como Larry. Larry llegó a pleitear en
tribunales exigiendo que lo dejaran morir, algo que tribunales, médicos y
compañías de seguros –que se dirían secuaces de alguna versión del darwinismo
social— parecen empeñados en estimular.
McAfee le dijo al periodista Joseph Shapiro, del Informativo "US
News and World Report", que había odiado perder el control sobre su cuerpo, pero
que era peor perder el control sobre su vida. Esperaba poder seguir
contribuyendo a la sociedad, pero se encontró con que en cada intento realizado
se veía bloqueado por una situación sin salida. Dado que no disponía de un
servicio de asistencia personal, McAfee tuvo que ser institucionalizado; lo que
significa que no podía cumplimentar pedidos de trabajo o tomar cursos de
computación; y falta de capacitación implica falta de posibilidad de empleo; y
el empleo en sí mismo puede significar que los desincentivos laborales
construidos por las políticas de discapacidad ponen en riesgo la posibilidad de
tener los medios para sobrevivir. ¿Cómo podría una persona motivada no resultar
abatida por esos obstáculos aplastantes?
Un trabajador normal y corriente
Consideremos el caso de Mike Lefevre, un trabajador "corriente".
Esto es lo que dijo a Studs Terkel, el autor de un libro verdaderamente
excepcional, titulado Working:
"Pertenezco a una especie en extinción: un trabajador. Trabajo
puramente muscular: levantar, bajar. Manejamos entre catorce y quince mil libras
de hierro al día. Ya sé que resulta difícil de creer: desde cuatrocientas libras
hasta piezas de tres y cuatro libras. Es matador…
"Es difícil sentirse orgulloso de un puente que nunca cruzarás,
de una puerta que nunca abrirás. Hacemos producción en masa, y nunca vemos el
resultado final. Una vez hice un trabajo para un camión, y tuve una pequeña
satisfacción cuando lo cargué. Olvídate de eso en una fábrica de acero. Nunca
vemos adonde va nada.
"En una ocasión, mi capataz me regañó. Dijo: 'Mike, eres un buen
trabajador, pero tienes una mala actitud'. Mi actitud consiste en no emocionarme
con mi trabajo. Hago mi trabajo, pero no digo '¡qué maravilla!'. El día que me
emocione con mi trabajo será el día en que me tope con un reductor de cabezas
salvaje. ¿Cómo vas a emocionarte manejando acero? ¿Cómo te puedes emocionar, si
estás destrozado y en lo único que piensas es en sentarte?
No es sólo el trabajo. Alguien construyó las pirámides. Siempre
hay alguien detrás de una construcción. Pirámides, el Empire State Building.
Esas cosas no salen de la nada. Hay trabajo duro detrás de ellas. Me gustaría
ver un edificio, digamos el Empire State, me gustaría ver en uno de sus lados
una tira de arriba abajo con los nombres de cada uno de los albañiles,
electricistas, con todos los nombres. De manera que cuando uno de los muchachos
pasara por ahí, pudiera tomar la mano de su hijo y decirle. 'Mira, ése soy yo,
por ahí, en el piso cuarenta y cinco'."
Voces dolientes
Escuchemos para terminar al coro de las voces dolientes,
procedente también del libro, ya mencionado, Working :
"Prevalece en la inmensa mayoría un descontento apenas
disimulado. Los blues de los trabajadores manuales no son más amargos
que los gemidos de los oficinistas. 'Soy una máquina', dice el soldador. 'Estoy
entre rejas', dice el cajero de banco. Y el administrativo del hotel se hace eco
de todo ello. 'Soy una mula de carga', dice el trabajador del acero. 'Un mono
podría hacer lo que yo hago', dice el recepcionista. 'Soy menos que el utensilio
más insignificante de las labores agrícolas', dice el trabajador inmigrante.
'Soy un objeto', dice la modelo de alta costura. Trabajadores manuales y
oficinistas repiten de consuno: 'soy un robot'. 'No tenemos nada de qué hablar',
dice el contable desesperado. Han pasado ya unos cuantos años desde que John
Henry cantaba aquello de que 'Un ser humano no ha de ser otra cosa que un ser
humano'. El hecho duro y nada romántico es éste: murió con el martillo en la
mano, mientras la máquina seguía con su bombeo rutinario. Sin embargo, encontró
la inmortalidad. Es recordado."
(*) Michael D. Yates es editor asociado de la
veterana revista socialista norteamericana Monthly Review. Su libro más
reciente es: In and Out of the Working Class.