s la actual crisis un punto de inflexión, con la globalización dirigida por
los mercados, el capitalismo financiero y el dominio occidental por un lado y el
proteccionismo, la regulación y el dominio asiático por otro? ¿O restarán los
historiadores importancia a este momento, calificándolo como un hecho provocado
por unos cuantos desaprensivos? En mi opinión, la versión final será una mezcla
de las dos anteriores. Dada la enérgica respuesta política, no estamos ante una
Gran Depresión ni ante los desequilibrios económicos de 1989.
Examinemos lo que conocemos e ignoramos sobre sus consecuencias en la
economía, las finanzas, el capitalismo, el estado, la globalización y la
geopolítica.
En la economía, ya conocemos cinco aspectos importantes. Primero, cuando EEUU
padece una neumonía, el resto del mundo cae gravemente enfermo. Segundo, ésta es
la crisis económica más grave desde la década de los treinta. Tercero, la crisis
es de carácter global, aunque ha tenido un impacto especialmente severo en los
países que se especializaron en exportar productos manufacturados y que
dependían de las importaciones netas de capital. Cuarto, los políticos han
lanzado los estímulos fiscales y monetarios y los rescates financieros más
importantes de esta crisis. Por último, este esfuerzo ya ha dado algunos frutos,
que se traducen en la recuperación de la confianza y del ciclo de inventarios.
Según el presidente del BCE, Jean-Claude Trichet, la economía mundial se acerca
a un “punto de inflexión”, de lo que se deduce que su ritmo de deterioro es
menos acusado.
Podemos además pronosticar que EEUU encabezará la recuperación: al fin y al
cabo, hablamos del país más keynesiano de las economías desarrolladas. Además,
todo parece indicar que China, con su paquete de estímulos masivo se convertirá
en la economía más exitosa del mundo.
Por desgracia, hay por lo menos tres factores importantes que desconocemos.
¿Hasta qué punto los niveles excepcionales de endeudamiento y descenso del valor
neto generan un crecimiento sostenido en el esperado ahorro de los hogares de
los que en su día fueron ávidos consumidores? ¿Durante cuánto tiempo pueden
mantenerse los actuales déficit fiscales antes de que los mercados demanden una
mayor compensación al riesgo? ¿Pueden los bancos centrales orquestar una salida
no inflacionista, teniendo en cuenta el carácter excepcional de las actuales
políticas?
En el sector financiero, se incrementan los niveles de confianza; los
diferenciales entre los activos seguros y arriesgados caen a niveles menos
anormales y los mercados experimentan una modesta recuperación. La
Administración de EEUU ha otorgado a su sistema bancario un certificado de salud
aceptable. Podemos anticipar que el sector financiero se recuperará en los
próximos años, aunque sus días de gloria tardarán décadas en llegar, al menos en
Occidente.
Lo que desconocemos es hasta dónde llegarán el “desapalancamiento” y la
consiguiente deflación de los balances. Tampoco sabemos si el sector financiero
conseguirá poner fin a los intentos de imponer un régimen regulador más
efectivo. Los políticos deberían haber aprendido de la necesidad de rescatar
sistemas financieros plagados de instituciones que se consideran demasiado
grandes para fracasar. Me temo que los intereses concentrados acabarán por
imponerse al interés general.
¿Y qué hay del futuro del capitalismo? Sobrevivirá. A pesar de la crisis, el
compromiso de China e India con la economía de mercado no se ha visto alterado,
aunque las dos economías mostrarán más recelo ante los sistemas financieros que
operan sin trabas. Los que están del lado del libre mercado insistirán en que
los reguladores tienen más culpa de la actual situación de la que tienen los
mercados. No les falta razón: después de todo, los bancos son los más regulados
de las instituciones financieras.
No obstante, desde el punto de vista político, este argumento no tiene peso.
En el entorno financiero ya no hay tanta disposición a confiar en el libre juego
de las fuerzas del mercado. Por tanto, podemos también deducir que la era del
modelo hegemónico de la economía de mercado forma parte del pasado. Como siempre
han hecho, los países adaptarán la economía de mercado a sus propias
tradiciones, aunque ahora lo harán con más confianza.
Menos claras son las consecuencias para la globalización. Sabemos que la
inyección masiva de fondos gubernamentales ha “desglobalizado” parcialmente las
finanzas, con graves consecuencias para las potencias emergentes. También
conocemos que la intervención de los gobiernos en la industria tiene fuertes
connotaciones nacionalistas, como también somos conscientes de que pocos líderes
políticos están preparados para aventurarse al libre comercio.
La mayor parte de los países emergentes llegarán a la conclusión de que
acumular enormes reservas de divisa extranjera y limitar los déficit por cuenta
corriente es una estrategia acertada, lo que podría generar otra ronda de
“desequilibrios” globales desestabilizadores. Éste parece el resultado
inevitable de un orden monetario internacional defectuoso. No sabemos cómo
sobrevivirá la globalización a estas tensiones. En este sentido, soy optimista,
aunque mi confianza no es ilimitada.
Entretanto, el estado ha vuelto, pero su situación parece más próxima que
nunca a la quiebra. Es probable que la relación de la deuda pública con respecto
al producto interior bruto se duplique en muchas economías avanzadas: el impacto
fiscal de una crisis financiera, tal y como se nos ha recordado, puede alcanzar
el coste de una guerra prolongada.
Se trata, por tanto, de un desastre cuya repetición no pueden permitirse los
gobiernos de unas economías desarrolladas en lento crecimiento antes de una
generación. El legado de la crisis fiscal también pondrá límites a la
generosidad fiscal. El esfuerzo para consolidar las finanzas públicas dominará
la política durante años, tal vez décadas. El estado ha vuelto, sí, pero no
podrá permitirse grandes gastos.
Por último, pero no por ello menos importante, ¿qué representa esta crisis
para el orden político global? A este respecto sabemos tres cosas importantes.
La primera es que la creencia de que Occidente, por mucho que desagradara al
resto del mundo, sabía al menos cómo gestionar un sistema financiero sofisticado
se ha desvanecido. La crisis ha supuesto un grave daño para el prestigio, en
particular, de EEUU, aunque no cabe duda de que el tono del actual presidente ha
contribuido a mejorar la situación.
La segunda es que los países emergentes y, sobre todo, China son en la
actualidad participantes fundamentales, tal y como quedó patente con la decisión
de mantener dos reuniones del G-20 a nivel de jefes de estado. Son ya parte
fundamental de la política global. La tercera es que se están realizando
esfuerzos para reformar el gobierno global, especialmente con respecto al
aumento de los recursos que se otorgan al Fondo Monetario Internacional y al
debate sobre el cambio del peso de los países dentro de él.
Lo único que podemos hacer por el momento es formular hipótesis sobre el
nivel de radicalismo que alcanzarán los cambios en el orden político global.
EEUU probablemente volverá a ser el líder indispensable. La relación entre
Norteamérica y China cobrará más importancia, con India a la espera como
sustituto.
Sin duda, el relativo poder y peso económico de los gigantes asiáticos
aumentará. Europa, entretanto, se resiente de la crisis. Su economía y su
sistema financiero han resultado ser mucho más vulnerables de lo que muchos
esperaban. Sin embargo, aún se desconoce hasta qué punto reflejarán las
reformadas instituciones para la cooperación internacional las nuevas
realidades.
¿Cuál es, entonces, el balance final? En mi opinión, esta crisis ha acelerado
algunas tendencias y ha demostrado que otras –especialmente aquellas
relacionadas con el crédito y la deuda – eran insostenibles. Ha dañado la
reputación de la economía. Dejará un amargo legado para el mundo, pero aún no
tiene por qué marcar un punto de inflexión. Parafraseando las palabras tras la
muerte de un rey: “El capitalismo ha muerto; larga vida al capitalismo”.