(IAR
Noticias)
24-Mayo-09
Los indicadores sociales de la recesión mundial obligan a relativizar el
optimismo que despertó el salvataje de las grandes entidades bancarias y los
signos de recuperación.
Por Marcelo Cantelmi -
Clarín
E l mensaje entusiasta desde el Norte mundial respecto a que la crisis
económica ha dado ya vuelta a su peor página, expresa un fascinante sistema de
organización de la realidad que merece una observación atenta. El estallido de
la burbuja inmobiliaria y su estela de desastres en los mercados, generó una
transformación global cuyos alcances aún no se han definido. Pero es en su
costado social donde se vislumbran los peores espectros. La OIT cifra en 30
millones los nuevos desocupados que provocará esta pesadilla, ampliando a 50
millones el total de personas en el mundo con problemas de empleo.
Este desafío no debería ser observado sólo como la verificación clásica sobre
quiénes acaban siempre pagando los costos. Sino, en una perspectiva más amplia,
sobre qué puede esperar el mundo de tal acumulación de desesperados. Hay mucho
de ese escenario inquietante en el trasfondo de la batalla verbal entre Barack
Obama y la derecha republicana, que le demanda mantener la mano dura en la
represión del fantasma terrorista, incluyendo el mantenimiento de la tortura que
legó como una "barbarie legal" el gobierno de George Bush.
Pero veamos primero qué sucede con la gran crisis. El cambio en su evolución es
concreto, limitado y consecuencia de dos importantes pasos. Uno fue la cumbre
del G-20 en Londres el mes pasado. Allí las mayores economías del mundo y un
puñado de las emergentes encabezados por China, no crearon un nuevo sistema
económico mundial como se fantaseó. Pero sí confirmaron un par de medidas
prácticas ampliamente anticipadas: fortalecieron al FMI con casi un billón de
dólares, cuya mayor parte será para contener la bancarrota en el Este europeo,
la principal espada que pende sobre los bancos de Europa Central. Y se
comprometieron a recapitalizar las entidades de crédito evitando efectos letales
como los que causó el cadáver de Lehman Brothers.
El otro paso fue la evaluación (stress test) a que el gobierno de Obama sometió
a los 19 bancos más grandes de su país. Ese puñado de entidades, entre ellas
Citibank y Bank of America explican el 75% de los activos del sistema bancario
norteamericano y la mitad de los préstamos. La sola idea del examen estremeció
inicialmente a los mercados seguros de que aceleraría y no impediría las
quiebras al desnudar las miserias de estos gigantes. Walter Molano, un
inclaudicable analista mexicano neoliberal, llegó a plantear que "el pánico
bancario no debería sorprender. Los bancos de EE.UU. están insolventes y algunos
requerirían la estatización". (!)
Pero el examen dio resultados de salud tan sorprendentes como inesperados. El
rojo de todas estas entidades que estuvieron balanceándose por meses en las
cornisas de la quiebra, apenas llegaba a US$ 75 mil millones. Y ya, a los pocos
días, los bancos habían reunido la mitad de esa suma. De modo que las cosas no
eran tan graves y se podía pasar sin mayores traumas al capítulo central de este
carrousel que es la compra por parte del Estado de los activos tóxicos de estas
entidades; esto es, los instrumentos con que armaron el fraude de la burbuja
inmobiliaria y que ahora valen tanto como nada.
¿Qué paso? No importa. Todo fue otro "ejercicio" creativo cargado de
suspicacias. Sirvió para que regrese el optimismo. Al fin de cuentas son
números, como, filoso, lo puso Martín Wolf en el Financial Times: "¿cuánto
capital necesita un banco? ¿cuál es el largo de un elástico?". El problema como
siempre es que ese no es el único problema. No se resume esta cuestión al
salvataje de los bancos. Hay una serie de desafíos que no están siendo atendidos
con el mismo entusiasmo. Uno es la carencia de crédito pese incluso al derrumbe
de las tasas en EE.UU. y Europa. China, tercera economía mundial, segunda
potencia comercial, logró un crecimiento de 6%, excepción en un páramo de
gigantes en recesión. Y lo obtuvo porque concentró en cuatro bancos estatales
una formidable maquinaria para estimular la economía.
De este lado del mundo las políticas de estímulo llegan lentas o no lo hacen,
ello sin perder de vista la bomba inflacionaria que se ha armado con la tremenda
emisión que autorizaron las potencias presionadas por la "emergencia". Pero hay
más. Según el escenario más probable que proyecta la revista The Economist,
habrá recuperación el año entrante aunque los números positivos no serán en
absoluto parecidos a los que marcaron este lustro. Eso se traducirá en sobrante
humano, y así volvemos al desafío social señalado más arriba. Un informe del
FMI, fechado el 16 de abril pasado y consignado por la politóloga española María
Luisa Fernandez (Crisis económica: repercusiones a la paz y la estabilidad
global), advierte que "la crisis llevará a millones de personas a la pobreza,
con consecuencias devastadoras". La cuestión es de gravedad tal que el jefe de
la inteligencia nacional estadounidense Dennis Blair sostiene que las
consecuencias de la recesión reemplazaron al terrorismo como la mayor amenaza
para la seguridad del país. El planteo del funcionario tiene la lucidez de
apuntar justo a la raíz de la violencia: Habrá movimientos de población y
sufrimiento humano a gran escala, reducción de la actividad económica, menos
comercio y crecerán los espacios ingobernados que pueden ser explotados por
terroristas.
Siempre fue lícito sospechar que detrás de la guerra antiterrorista, Bush buscó
reducir las libertades individuales para proteger de las amenazas sociales el
sistema de acumulación concentrado, vertical y especulativo que alentó y que
terminó del modo que sabemos. De esa idea podemos extraer otra vinculada a la
distribución del ingreso. Si es cierto que los espacios de pobreza provocan
violencia, no es cuestión de detectives adivinar cuál es el generador principal
de la amenaza que se cierne en buena parte del mundo bajo la mascarilla del
terrorismo. Y menos misterioso aún, determinar qué habría que hacer para poner
en orden estas cuestiones.
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