oy
que la crisis sanitaria desapareció de los medios de difusión masiva con la
misma celeridad con la que había llegado, algunas cosas van quedando claras.
Por ejemplo, que luego
de dos semanas de una demagogia oficial atemorizante y de saturación, a
ratos triunfalista o chauvinista, que incluyó la manipulación de cifras, el
engaño, la distorsión informativa y una campaña de rumores apocalípticos,
afloró, bajo la influenza, el miedo. Un miedo pánico paralizador,
fragmentador, desmovilizador de toda acción colectiva y de la solidaridad
social.
Con
el apoyo de las principales cadenas de radio y televisión bajo control
monopólico, que en la coyuntura volvieron a actuar como dispositivo de poder
de la actual estructura de dominación de clase, el gobierno logró sacar a
millones de mexicanos del espacio público y los acuarteló en sus casas,
presas pasivas del duopolio televisivo y sus papagayos. En otra clara acción
de terrorismo mediático, los forjadores de opinión volvieron a sembrar
alarmismo, temor y desolación, y ayudaron a construir en el imaginario
colectivo la idea de un nuevo enemigo devastador oculto.
En
ese ambiente manufacturado, la "dictadura sanitaria" de Calderón –como la
llamó uno de sus apologistas– logró cuajar de facto, sin aprobación del
Congreso (en abierta violación del artículo 29 constitucional), sin toque de
queda formal ni tanques en las calles, una extraordinaria experiencia de
control de población y disciplinamiento social. Entre otras medidas, el
Estado de excepción sin fecha de caducidad decretado por Calderón permite el
allanamiento de morada por la policía y el ejército, sin orden de cateo de
alguna autoridad judicial, en flagrante violación de las garantías
individuales.
Con
el paso de los días y nuevas informaciones de especialistas y gobiernos
extranjeros queda la sensación de que Calderón y su entorno exageraron la
reacción a la influenza, y en un exceso de ortodoxia con la medicina amarga
dieron otro golpe brutal al aparato productivo. Y ahora que se vuelve a la
"normalidad" por decreto y reaparece la devastadora crisis económica global
que ha sumido en la pobreza y el paro a millones de hombres y mujeres
concretos, el saldo, en México, es el reforzamiento, desde arriba, en clave
de lenguaje de guerra, de la violencia y el miedo, dos núcleos duros
explotados por los medios para generar más inseguridad y fragmentación
social.
Superada la crisis epidemiológica y sanitaria, tras el anuncio oficial de
que pese a los "programas contracíclicos" gubernamentales México ya había
entrado en recesión luego de dos trimestres consecutivos con crecimiento
negativo –información que se retrasó de manera deliberada–, se consolida el
escenario propicio para la “teoría del shock”.
Creada por el monetarista Milton Friedman, padre de los Chicago boys que
introdujeron a sangre y fuego el neoliberalismo en el cono sur en los años
70, dicha doctrina es la historia no oficial del "libre mercado". Un
programa de ingeniería social y económica que Naomi Klein identifica como el
"capitalismo del desastre". Se basa en la aplicación de eventos violentos o
traumáticos para infundir miedo, temor y pánico a los individuos, con el fin
de debilitarlos y doblegarlos, y, en el contexto de la crisis, introducir
impopulares medidas de choque económico, que pueden llegar acompañadas de
represión en un estado de excepción.
El
virus A/H1N1 existe. Su epicentro fue Perote, Veracruz, y el gobierno lo
ocultó. Pero como dice el epidemiólogo Marc Siegel, el virus más poderoso es
el miedo. Por otra parte, más allá de teorías comparativas, todos esos
elementos de la doctrina del shock están presentes en México. Incluida la
"terapia de choque económico", según las palabras utilizadas la semana
pasada en Estados Unidos por el titular de Hacienda, Agustín Carstens. Ante
el Consejo de las Américas, en presencia de la secretaria de Estado, Hillary
Clinton, el secretario dijo que "la terapia de choque funcionó" durante la
emergencia del flu mexicano, y que el gobierno prepara "reformas
estructurales adicionales" para la segunda parte del año.
A
confesión de parte, relevo de pruebas. Después de las elecciones de julio
–otros comicios de miedo– vendrá lo peor. Incluido, tal vez, un oportuno
rebrote del virus A/H1N1. Nuestro Al Qaeda de ocasión. Habrá que ver cuánto
de ese miedo nocivo que ha sido inoculado desde las instancias oficiales a
través de los medios, se quedará en el fondo de la sensibilidad social y por
cuánto tiempo. Es difícil saberlo ahora.
No
obstante, a pesar de la fatalidad inducida en la hora, existen opciones para
desplazar la guerra mediática manipuladora reproductora de la ideología
dominante y llevarla al terreno de lo público. A los espacios comunes, a la
calle, los parques, los foros abiertos y las universidades. Y, como dice
Robinson Salazar, dado que el verdadero pavor reside en la subjetividad de
los que mandan –en los grandes financistas, banqueros, empresarios y sus
administradores de turno–, temerosos de la movilización popular y los
sujetos rebeldes y libertarios, la mejor estrategia para romper con las
ataduras mediáticas y los espantos engañosos de moda son la
contrainformación, la organización y la participación, con un sentido de
cambio profundo de las injustas estructuras. Por cierto, ¿qué habrá querido
decir Fidel Castro con eso de que Calderón suspendió un viaje que ya había
suspendido?.