(IAR
Noticias)
19-Mayo-09
De manera paulatina pero pertinaz, recurriendo a perogrulladas, eufemismos y
a la insoportable retórica mesiánica estadounidense, el mito Obama comienza a
enseñar el cobre y tal vez lo que más lo exhiba sea su posición respecto a la
tortura.
Por Carlos Fazio (*) -
Prensa Latina
L a decisión tomada por Barack Obama a mediados de abril, de mantener los
"tribunales especiales" para sospechosos de terrorismo de la era del presidente
George W. Bush así como su determinación de no perseguir a los torturadores de
la Agencia Central de Inteligencia (CIA) y el Pentágono, desnudan que la esencia
del "gran cambio" en la Casa Blanca, es puro espejismo.
De allí que en Europa haya quienes ya comienzan a referirse a él como un "Bush
light".
Obama garantizó de facto que los agentes de la CIA involucrados en casos de
torturas a prisioneros durante los últimos ocho años, así como sus superiores en
la cadena de mando, no van a ser enjuiciados ni castigados.
Según cuatro memorandos de la Oficina de Consejo Legal de la época de Bush,
desclasificados ahora por el Departamento de Justicia, las "técnicas severas de
interrogatorio" contra sospechosos de terrorismo incluían el "submarino" (waterboarding
o asfixia simulada por agua), palizas, puñetazos y patadas.
También abarcaban la desnudez forzosa para hacer consciente en un prisionero su
miserable estado de indefensión mientras se le golpea en todo el cuerpo,
privación del sueño, amenazas contra miembros de la familia y varias prácticas
más que violan el derecho internacional y las propias leyes estadounidenses.
Los memorandos autorizan lo que el Comité Internacional de la Cruz Roja denominó
en un informe filtrado "trato y técnicas de interrogatorio (â��) equiparables a
la tortura".
Como antecedente, el artículo 17 de la Convención de Ginebra Relativa al
Tratamiento de Prisioneros de Guerra, de 1949, señala que "no se podrá infligir
a los prisioneros de guerra tortura física o moral ni presión alguna para
obtener datos de la índole que fueren".
"Los prisioneros que se nieguen a responder no podrán ser amenazados ni
insultados ni expuestos a molestias o desventajas de ningún género", añade la
Convención.
Sin embargo, según un mensaje enviado a los miembros de la CIA por su actual
director, León Panetta, se recibieron "seguridades escritas" del Departamento de
Justicia de que esas "prácticas de interrogación" (Obama dixit) fueron aplicadas
en consonancia con las leyes y obligaciones legales de Estados Unidos, ya que
respondían a órdenes ejecutivas de Bush, instruidas a sus subordinados por los
directivos del Consejo de Seguridad Nacional.
Y no sólo eso. Panetta garantizó a sus subordinados que el gobierno de Estados
Unidos representará y defenderá a los torturadores de la CIA que tuvieran que
enfrentarse a una investigación del Congreso, a un juicio civil por parte de las
víctimas o a acciones legales bajo el derecho internacional en el marco de la
Convención Internacional contra la Tortura.
Añadió que también el gobierno pagará cualquier sentencia condenatoria contra
agentes de la CIA que implique indemnización por daños.
Después de los primeros 100 días de Obama en la Casa Blanca, queda claro que ha
disculpado la tortura, se ha opuesto al habeas corpus y ha exigido más gobierno
secreto.
Su discurso exhibe la típica demagogia, las mentiras e hipocresías necesarias
para garantizar la inexorable continuidad de la hegemonía imperial al servicio
de un régimen plutocrático, bajo la fachada de un sistema de partido único
bicéfalo, que se reproduce y mantiene casi sin fisuras.
En ese contexto es importante llamar a las cosas por sus nombres. Utilizar
eufemismos tales como "técnicas severas de interrogatorio", "interrogatorios
coercitivos", "extremos" o "realzados" para describir el paquete de técnicas de
torturas institucionalizadas y justificadas por la administración Bush para
eludir la ley, no logra encubrir que la tortura es un crimen.
Ahora que Obama ha rebautizado la "guerra global contra el terror" por las
sutilmente llamadas "operaciones de contingencia en ultramar", cabría preguntar
si realmente se desmanteló el complejo de cárceles secretas de la CIA.
Ellas han tenido como los puntos más visibles a la isla Diego García y a Bagram,
cerca de Kabul, donde estaban recluidos 17 mil sospechosos de terrorismo, y cabe
preguntarse si es verdad que no se sigue torturando a los prisioneros del campo
de concentración de Guantánamo, mantenido hasta ahora como un limbo legal.
La tácita amnistía de Obama, quien describe a los torturadores de la CIA como
agentes que confiaron "de buena fe" que no serían sometidos a juicio, avala en
los hechos la "obediencia debida" como salida exculpatoria, pero se olvida o
finge ignorar que el Tribunal de Nurenberg rechazó que los criminales nazis
pudieran acogerse a la misma.
En los hechos, la Casa Blanca está dando inmunidad total a un grupo
indeterminado de criminales de guerra a cambio de nada.
Pero lo que es más grave, está sancionando una actividad criminal a través del
Estado. Con un agregado: eso supone otorgar carta blanca para que los aparatos
militar y de inteligencia sigan utilizando métodos ilegales propios del
terrorismo de Estado..
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(*) El autor es un reconocido articulista de la prensa mexicana.
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