(IAR
Noticias)
10-Mayo-09
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De izq. a dcha.: Karzai, Clinton y Zardari, en el Departamento de Estado.
(Foto EFE) |
El avance talibán en territorio afgano y en Pakistán es también la
consecuencia de los errores cometidos por distintas administraciones
norteamericanas en esa región.
Por Marcelo Cantelmi - Clarín
N o existe una red Al Qaeda. Ni hay un cuartel central de esa organización al
mando del extravagante villano Osama Bin Laden. El líder terrorista posiblemente
esté muerto desde hace años. Conviene advertir eso para comprender que lo que
sucede en Afganistán y Pakistán (el AfPak, según la nomenclatura de EE. UU.) es
un desafío geopolítico tan serio como distante de la lucha contra aquellos
espectros que enarboló George Bush para justificar su fallida guerra
antiterrorista.
Lo que experimenta la región es el crecimiento del fenómeno Talibán, una
estructura de poder ultraislámica que por primera vez puede alcanzar el botón
nuclear. Esta "amenaza global y existencial", como la calificó la canciller de
EE.UU. Hillary Clinton, es de tal gravedad que está mutando las prioridades
estratégicas en relación a la crisis de Oriente Medio e Irán. La decisión de
Barack Obama de enviar hasta 68.000 efectivos a Afganistán y abandonar Irak,
muestra el alcance de esta preocupación. Pero la vía militar puede agravar la
crisis. Para el escritor y politólogo paquistaní Tariq Ali, es "una enorme
tontería". Y sostiene lo obvio: el único modo de acabar con el extremismo es
modificando las condiciones económicas y sociales que lo hacen posible. También
ayudaría conocer el origen de este desafío.
El talibán nació como organización política luego de la guerra lanzada en
Afganistán contra la ocupación soviética en los '80. Occidente colaboró con esa
insurrección que le creó su propio Vietnam a Moscú. La milicia ultraislámica de
Al Qaeda, "la base", apareció entonces como una expresión de la resistencia
antisoviética y derivó luego en una marca de la rebelión fundamentalista.
Al desaparecer la URSS, ese país asiático miserable, cuyo mayor ingreso proviene
aún hoy del tráfico de opio, quedó encerrado en una caldera de luchas internas.
Fue en medio de esas batallas que nacen los talibán o "estudiantes del Corán".
Eran clérigos que habían sido educados en las madrasas más fanáticas de
Pakistán. El dato es clave porque la mayoría de los terroristas que atacaron en
EE.UU., España o Gran Bretaña pasaron por esas escuelas coránicas. La confusión,
a veces intencionada, respecto a que existe una red Al Qaeda, deviene de esa
coincidencia.
Las madrazas se multiplicaron durante la Guerra Fría auspiciadas por las
autocracias de la región y las potencias occidentales, empeñados ambos en evitar
que los árabes cayeran dentro de la órbita soviética. La instauración del islam
por encima del Estado en su versión más extremista, anula cualquier camino de
debate político, sindical o de libertades individuales. Ni hablar de variantes
de poder seculares o ateas. Los poderosos no suelen ser estúpidos. Es un dato
formidable el que consigna Tim Weiner en su imperdible Legado de Cenizas cuando
describe al presidente Dwight Eisenhower proponiendo en los años 50 estimular
"una Jihad islámica en el mundo árabe contra el comunismo ateo".
Los Talibán tomaron el poder en Afganistán en 1996 e instauraron uno de los
regímenes más extremistas que recuerda la historia, escupiendo tanto a los
países occidentales como a la teocracia shiita iraní. Ese modelo fascista que
admite una versión durísima de la sharía, la ley islámica, acepta la lapidación,
no deja que las mujeres anden solas o estudien y prohíbe deportes, tevé, y hasta
fotografías, es el que pretenden para esas naciones.
La historia suele ser un paciente boomerang que más temprano que tarde regresa
con un racimo de facturas. Si aquella estrategia de la Guerra Fría era trágica y
no calculó las consecuencias, no fue menos terrible lo que siguió en la región,
en especial de la mano de Bush. Tras los atentados del 11-S, EE.UU. invadió
Afganistán, donde se refugiaba Bin Laden a quien Washington culpó de esos
ataques. El golpe militar fue breve: expulsó a los talibán y a su líder, el
Mullah Omar quien, dijo la CIA, huyó en motoneta a Pakistán, donde hoy es uno de
los principales jefes rebeldes.
El siguiente capítulo bélico en Irak quitó el foco sobre los talibán, que
volvieron a fortalecerse en Afganistán y diluyeron la frontera con Pakistán
extendiendo su influencia hasta un par de horas de auto de Islamabad, la capital
de la potencia nuclear asiática. Pero ese no es el único desafío que enfrenta el
gobierno paquistaní: parte de su ejército es solidario con el pensamiento
talibán. Y tiene antipatía con EE.UU. al que considera aliado de sus
archirrivales de la India, la otra base nuclear de la región.
El control del arma atómica es relativo si se tiene en cuenta que el padre de la
bomba paquistaní, el ultraislámico Abdul Qader Khan, traficó material sensible
con Libia, Irán y Corea del Norte aún en las épocas en que el país, manejado por
el dictador Pervez Musharraf, se convirtió en un aliado absoluto de Bush y sus
guerreros neocon. Y, en fin, el actual presidente paquistaní Asif Ali Zardari,
viudo de la asesinada Benazir Bhuto, está desprestigiado y, como su colega
afgano, Hamid Karzai, atravesado por denuncias de corrupción.
La cumbre de Obama con ambos en Washington esta semana buscó fortalecer estos
regímenes acorralados. Pero todo tiene forma de jaque mate. Los talibán
crecieron por la abrumadora crisis social y económica en la zona sumado a los
horrores cometidos en la guerra de Irak y la crisis crónica en los territorios
palestinos. Todo alimentó un descomunal sentimiento antinorteamericano.
El aumento de la tropa de marines difícilmente modifique esa percepción. En
cambio parece confirmar la miopía de la potencia para comprender de qué se trata
todo esto. El presente es casi paradójico. La Casa Blanca no logra respaldo
legislativo para obtener US$ 3.000 millones de ayuda social que pretende
distribuir en Pakistán ¡a lo largo de 5 años! La cifra parece de juguete al lado
de los casi US$ 800 mil millones del último salvataje financiero para los
bancos. Es verdad, son cuestiones diferentes. Aunque habría que ver hasta qué
punto lo son, ahora que se ha soltado el monstruo.
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