Ahora el capitalismo
ha quebrado. ¿Qué sigue?" (The Guardian, 10/4/09) que sintetiza así:
“independientemente del logo (sic) ideológico que se adopte, el viraje
del mercado libre a la acción pública necesita ser mayor de lo que los políticos
captan”.
Eric Hobsbawm no es un vulgar propagandista, como cierto tipo de
seudo-historiadores mexicanos, muy bien amamantados por el sistema neoliberal
desde hace 27 años y quienes acaban haciendo publicidad de Cemex o se convierten
en amanuenses del presidente en turno. Hobsbawm es considerado, con justa razón,
el icono contemporáneo de la historia occidental del siglo XIX (y eso que es un
fenómeno en su conocimiento del siglo XX).
Deja atrás el siglo XX, con todas sus calamidades, cuando "su idea básica
que dominó la economía y la política desapareció patentemente en el desagüe
(sic) de la historia", y critica que los humanos "no hayan aprendido
todavía cómo vivir en el siglo XXI".
Demuestra que el pensamiento que dominó en el siglo XX "a las economías
industriales modernas era en términos opuestos mutuamente excluyentes:
capitalismo o socialismo" con sus respectivas economías, una descontrolada de
libre-mercado capitalista (que "se derrumba ante nuestros ojos en la mayor
crisis del capitalismo global desde la década de los 30") y otra de
planificación estatal centralizada (que "se derrumbó en la década de los 80,
al unísono de los sistemas políticos comunistas europeos").
Aduce que la presente crisis es mucho mayor que la de los 30 debido a "la
globalización de la economía, que no estaba tan avanzada como ahora, y que
tampoco afectó a la economía planificada de la URSS".
Cuando "aún se ignora la gravedad y la duración de la presente crisis",
lo seguro es que asistimos "al final del capitalismo de libre mercado que
capturó (sic) al mundo y a sus gobiernos, desde Margaret Thatcher y el
presidente Reagan". Pues sí: baste ver a la manada de neoliberales mexicanos
como muestra de botón global.
Hobsbawm coloca de relieve la "impotencia" (sic) de los adherentes tanto
a "un capitalismo de mercado, puro y sin estado, un género de anarquismo
burgués internacional", como a "un socialismo planificado descontaminado de
la búsqueda del lucro privado". Ambos abordajes ideológicos se derrumbaron y
ahora es tiempo de ver "al futuro que pertenece a las economías mixtas (sic)
en las que se encuentran entrelazados lo público y lo privado". La "
economía mixta" es uno de los escenarios de nuestro libro Hacia la
desglobalización.
Considera que tal entrelazamiento de lo público y lo privado representa "un
problema" para la izquierda contemporánea. No lo dice explícitamente, pero se
deduce que a la "izquierda del siglo XXI" le urge salir de su confusión
economicista en la que se entrampó para encabezar el movimiento de
salvación de la biosfera y de todos los seres vivientes de la creación.
Tal es, a nuestro juicio, la enorme diferencia entre una izquierda aldeana y
acomodaticia que remeda la "competitividad" neoliberal, con la izquierda
biosférica y humanista del siglo XXI, donde el ser humano prevalece,
por encima de la entelequia del mercado, como el eje central de la ecuación
integral de la creación
El insigne historiador marxista no padece nostalgia por el socialismo
soviético al que fustiga por sus "fallas políticas" y su "creciente
lentitud e ineficiencia en sus economías", sin subestimar "sus
impresionantes logros sociales y educativos".
Desde la caída de la URSS al presente, cuando “hasta los partidos
socialdemócratas o partidos moderados de izquierda en los países del capitalismo
norteño y Australasia estaban comprometidos al éxito del capitalismo de
libre mercado”, era "impensable que un partido o líder denunciara al
capitalismo como inaceptable", lo cual se ejemplifica por el Nuevo Laborismo
británico, de Blair y Brown, que son óptimamente descritos, "sin exageración",
como "unos Thatcher con pantalones". Agrega que lo mismo se puede decir del
Partido Demócrata de Estados Unidos. Lo más sencillo consistiría en regresar a
la "caja de herramientas" del "viejo laborismo" y reiniciar las
nacionalizaciones, "como si supiéramos qué hacer" cuando "aún se
desconoce cómo superar la presente crisis".
A su juicio, "una política progresista necesita más que una gran ruptura
con las suposiciones económicas y morales de los pasados años 30. Se requiere un
regreso a la convicción de que el crecimiento económico y su afluencia
constituyen un medio y no un fin. El fin es lo que se consigue en las vidas, en
las transformaciones y en la esperanza de la gente". ¡Genial!
Enuncia lo que pudiésemos definir como uno de los preceptos del manifiesto
humanista del siglo XXI: "La base de la política progresista no es maximizar
el crecimiento económico y el ingreso personal", que debe ser “aplicado
primordialmente para lidiar con la crisis ambiental, lo cual, independientemente
del logo ideológico personal, significa un mayor viraje del libre
mercado hacia la acción pública”.
La "prueba" de una política progresista "no es privada, sino pública,
no solamente elevando el ingreso y el consumo para los individuos, sino
ampliando las oportunidades" y lo que Amartya Sen denomina “las
capacidades de todos a través de la acción colectiva”, lo que significa una
“iniciativa pública no lucrativa, incluso si sólo redistribuye la
acumulación privada”. Agrega una frase primorosa: "las decisiones públicas
deben estar destinadas al mejoramiento social colectivo en el que todas las
vidas humanas deben beneficiarse".
A nuestro juicio, al capitalismo neoliberal le falta la poesía que le sobra
al socialismo biosférico y humanista del siglo XXI. El grave problema
de la desregulada globalización radica en que los países son
gobernados, no por estadistas, sino por apparatchiks de la
nomenklatura contable y financiera de las trasnacionales depredadoras,
actividades que en la historia de las grandes civilizaciones (términos que hay
que rescatar frente a la devastación barbárica del neoliberalismo global)
siempre fueron ocupaciones menores frente al generoso desprendimiento de la
meditación filosófica y las invaluables aportaciones de la ciencia pura, que
juntas condicionan la sapiencia universal.
La crisis de la desregulada globalización financierista es
peor que un fracaso de un paradigma económico: es el derrumbe axiológico y
metafísico de la otrora civilización occidental que feneció en los avernos
especulativos de los Sodoma y Gomorra posmodernos de Wall Street y la City.