unque no lo parezca, porque enseguida nos acostumbramos a las palabrejas que
se ponen de moda, la cosa es nueva o relativamente nueva. Así que habrá que
decir algo para refrescar la memoria del personal. Hasta comienzos de la década
de los ochenta la palabra antisistema sólo se empleaba en los medios de
comunicación para calificar a grupos o personas de extrema derecha. Vino a
sustituir, por así decirlo, a otra palabra muy socorrida en el lenguaje
periodístico: ultra. Pero ya en esa década la noción se empleaba principalmente
para hacer referencia a las posiciones del mundo de Herri Batasuna en el País
Vasco. En la década siguiente, algunos periódicos a los que no les gustaba la
orientación que estaba tomando Izquierda Unida ampliaron el uso de la palabra
antisistema para calificar a los partidarios de Julio Anguita y la mantuvieron
para referirse a la extrema derecha, a los partidarios de Le Pen,
principalmente, y a la llamada izquierda abertzale. Así se mataba de un solo
tiro no dos pájaros (de muy diferente plumaje, por cierto) sino tres.
Esa práctica se ha seguido manteniendo en la prensa aproximadamente hasta
principios del nuevo siglo, cuando surgió el movimiento antiglobalización o
altermundialista. A partir de entonces se empieza a calificar a los críticos que
se manifiestan de grupos antisistema y de jóvenes antisistema. Pero la
calificación no era todavía demasiado habitual en la prensa, pues el periodista
de guardia de la época, Eduardo Haro Teglen, en un artículo que publicaba en El
País, en 2001, aún podía escribir: “Las doctrinas policiales que engendra esta
globalización que se hace interna hablan de los grupos antisistema. No parece
que el intento de utilizar ese nombre haya cundido: se utilizan los de
anarquismo, desarraigo, extremismo, agitadores profesionales. Pero el propio
sistema tendría que segregar sus modificaciones para salvarse él si fuera
realmente un sistema y no sólo una jungla, una explosión de cúmulos”.
En cualquier caso, ya ahí se estaba indicando el origen de la generalización
del término: las doctrinas policiales que engendra la globalización. Desde
entonces ya no ha habido manifestación en la que, después de sacudir
convenientemente a una parte de los manifestantes, la policía no haya denunciado
la participación en ellas de grupos antisistema para justificar su acción. Pasó
en Génova y pasó en Barcelona. Y también desde entonces los medios de
comunicación vienen haciéndose habitualmente eco de este vocabulario.
El reiterado uso del término antisistema empieza a ser ahora paradójico. Pues
son muchas las personas, economistas, sociólogos, ecólogos y ecologistas,
defensores de los derechos humanos y humanistas en general que, viendo los
efectos devastadores de la crisis actual, están declarando, uno tras otro, que
este sistema es malo, e incluso rematadamente malo. Académicos de prestigio,
premios Nobel, algunos presidentes en sus países y no pocos altos cargos de
instituciones económicas internacionales hasta hace poco tiempo han declarado
recientemente que el sistema está en crisis, que no sirve, que está provocando
un desastre ético o que se ha hecho insoportable. Evidentemente, también estas
personas son antisistema, si por sistema se entiende, como digo, el modo
actualmente predominante de producir, consumir y vivir. Algunas de estas
personas han evitado mentar la bicha, incluso al hablar de sistema, pero otras
lo han dicho muy claro y con todas las letras para que nadie se equivoque: se
están refiriendo a que el sistema capitalista que conocemos y en el que vivimos
unos y otros, los más moran o sobreviven, es malo, muy malo.
Resulta por tanto difícil de entender que, en estas condiciones y en la
situación en que estamos, antisistema siga empleándose como término peyorativo.
Si analizando la crisis se llega a la conclusión de que el sistema es malo y hay
que cambiarlo, no se ve el motivo por el cual ser antisistema tenga que ser
malo. El primer principio de la lógica elemental dice que ahí hay una
incoherencia, una contradicción. Si el sistema es malo, y hasta rematadamente
malo, lo lógico sería concluir que hay que ser antisistema o estar contra el
sistema. Tanto desde el punto de vista de la lógica elemental como desde el
punto de vista de la práctica, es indiferente que el antisistema sea premio
Nobel, economista de prestigio, okupa, altermundista o estudiante crítico del
Proceso de Bolonia.
Si lo que se quiere decir cuando se emplea la palabreja es que en tal acción
o manifestación ha habido o hay personas que se comportan violentamente, no
respetan el derecho a opinar de sus conciudadanos, impiden la libertad de
expresión de los demás o atentan contra cosas que todos o casi todos
consideramos valiosas, entonces hay en el diccionario otras palabras adecuadas
para definir o calificar tales desmanes, sean éstos colectivos o individuales.
La variedad de las palabras al respecto es grande. Y eligiendo entre ellas no
sólo se haría un favor a la lengua y a la lógica sino que ganaríamos todos en
precisión. Y se evitaría, de paso, tomar la parte por el todo, que es lo peor
que se puede hacer cuando analizamos movimientos de protesta.
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(*) Francisco Fernández Buey y Jordi Mir son Centro de Estudios sobre Movimientos
Sociales (CEMS)-Universidad Pompeu Fabra