l Center for American Progress, que se autodefine como un centro de
estudios “progresista” de Washington, está especialmente dedicado a canalizar
nuevas ideas y conocimientos hacia el gobierno de Obama. Por ello resulta
profundamente descorazonador que haya hecho un llamamiento para una guerra de
diez años en Afganistán(1), que incluye una escalada militar inmediata,
precisamente cuando el presidente Obama esta semana se prepara para desvelar a
la opinión pública estadounidense y a la OTAN sus políticas con Afganistán y
Pakistán.Es probable que Obama siga la mayoría de los consejos estratégicos
del CAP, asumiendo que ese laboratorio de ideas es el ala progresista de lo
que puede encontrarse en el área de Washington.
Ello significa que se avecina una larga guerra contrainsurgente, que va a
provocar desde masivas encarcelaciones y detenciones a mortíferos ataques que
causarán cada vez más víctimas civiles. El CAP comienza por pedir al
presidente que acepte la petición de su comandante en Afganistán de enviar
15.000 soldados más sobre los 17.000 ya comprometidos por Obama, lo que
llevaría a corto plazo a un total de 70.000 soldados estadounidenses. Para
pagar estas tropas adicionales, el CAP propone redirigir hacia Afganistán
25.000 millones de dólares anualmente de los gastos de combate en Iraq.
Además, el CAP recomienda gastar hasta 5.000 millones al año en ayuda
diplomática y económica, también desviándolos desde Iraq.
Incluso aceptando que la ayuda económica llegue a las aldeas en lugar de a
los corruptos intermediarios, el énfasis principal del CAP es el militar, al
enviar a un gran número de soldados estadounidenses para la contra insurgencia
en el sur y este de Afganistán y en las afueras de Kabul. No nos equivoquemos,
la misión de EE.UU. es la de combatir, asesinar y capturar, y pretende dejar
que los aliados de la OTAN desempeñen un papel secundario de formación. Las
propuestas del CAP (2) parecen desarrollar la estrategia ya descrita en el
titular del New York Times del 28 de enero: “Aides Say Obama’s Afgani
Aims Elevate War over Development [Los consejeros de la estrategia de Obama
priman la guerra frente al desarrollo] El Informe del CAP calcula que para el
año fiscal 2009, “La relación de los fondos para financiar las fuerzas
militares frente a los compromisos internacionales no militares es de 18 a 1.”
La propuesta del CAP no prevé una estrategia de retirada, aunque el
presidente, aparentemente tras las bambalinas, está pidiéndoles una. Ni existe
proyecto alguno sobre futuras escaladas bélicas. El calendario previsto por el
CAP, lleno de implicaciones militares, es tan descabellado para Afganistán y
Pakistán como lo fue el de los conservadores respecto a Iraq en los años 1990:
En los próximos dieciocho meses, incrementar la lucha contra la
insurgencia para evitar que Afganistán “sea un paraíso de los grupos
terroristas y radicales de alcance mundial”; evitar la desestabilización de
Pakistán mediante la formación de un “gobierno civil estable comprometido en
trabajar para acabar allí con los paraísos terroristas seguros”
Entre tres y cinco, años poner en marcha “una economía afgana viable”,
frenar el comercio de heroína, promover la democracia y los derechos
humanos, y resolver las tensiones regionales.
En el plazo de diez años, establecer un Estado afgano que pueda
defenderse por sí mismo y “prepararse para una retirada militar completa”.
En la práctica, lo que sí es seguro es que habrá sangre. Cuando el problema
es una uña, recurre al martillo. Pero la ocupación militar, y en particular un
aumento de las tropas estadounidense en la región Pastún del sur de Afganistán
y de Pakistán, es la manera más segura de atizar la resistencia nacionalista y
aumentar el apoyo a los Talibán. El presidente Hamid Karzai afirmó al pasado
diciembre que “la coalición ha ido por las aldeas afganas, irrumpido en las
casas de las gentes y cometido matanzas en nuestro país”.
Un investigador de la ONU llegó a la misma conclusión en 2008, acusando a
la CIA y a las Fuerzas Especiales de “llevar a cabo “redadas nocturnas y
asesinar a civiles afganos con total impunidad en Afganistán”. El primer
ministro de Pakistán declaró ese mismo año que “si Estados Unidos quiere verse
libre de terroristas, nosotros también queremos que nuestras ciudades y
pueblos no sean bombardeados”. Un informe de enero de 2009, elaborado por el
Carnegie Endowment, concluía: “la única forma significativa de detener
el incremento de la insurgencia es empezar a retirar las tropas. La presencia
de soldados extranjeros es el factor más importante para provocar el
resurgimiento de los Talibán”.
El CAP pasa por alto las torturas y detenciones, que no respetan los
derechos humanos en la cárcel de Bagram en Kabul, en la actualidad en plena
expansión. El equipo de Obama ya ha dicho que la orden ejecutiva presidencial
no afecta a los centenares de detenidos en Afganistán, así que es probable que
las fuerzas estadounidenses vayan a lanzar una masiva campaña de
“encarcelaciones preventivas” en los próximos meses. El silencio del CAP sobre
este asunto resulta especialmente inquietante, habida cuenta de que el
laboratorio de ideas expresó su profunda preocupación sobre las mismas
políticas en Iraq.
Muchos estadounidenses están confusos, pero no es necesario tener una
licenciatura en West Point o en la Ivy League(3), para
comprender el fondo del asunto. Tanto si se trata de las calles de Los Ángeles
o de los callejones de Kabul, la ley y el orden siempre se ponen por delante
junto a las promesas de creación de puestos de trabajo y desarrollo que van
“después”, un después que poco a poco se convierte en nunca. En Afganistán y
Pakistán, los niveles de sufrimiento se encuentran entre los más extremos del
mundo, y del sufrimiento, de no tener nada para vivir, se deriva el deseo de
morir por una causa.
Los datos de desarrollo de la ONU sitúan a Afganistán en el puesto 173
entre 178 países; Pakistán ocupa el 136. De acuerdo con estas estimaciones,
alrededor del sesenta por ciento de los niños en la región Pastún tiene
“moderados” o “graves” problemas de crecimiento. En el conjunto de Afganistán,
a esos niños se les va a acortar una vida miserable porque el país tiene el
índice más alto de mortalidad infantil del mundo. No es necesario decir más.
En cuanto a la amenaza de al-Qaeda, es comprensible que el presidente
quiera presentarse como un comandante en jefe agresivo. Pero debe preguntarse
si nuestros asesinatos de tantos civiles y la desnutrición de tantos niños no
ocasionarán otra generación de gentes que mueran porque nos odian. Debe
preguntarse si está malgastando la buena voluntad del mundo, incluido el
musulmán, al enviar más soldados estadounidenses a matar y morir en un
cenagal. Debe reconocer que se está jugando sus ocho años de mandato
presidencial.
Asimismo, debe plantearse, al acercarse sus reuniones en Europa, por qué la
OTAN está ocupando países tan alejados de sus bases en el mayoritariamente
blanco mundo occidental. Resulta difícil evitar la ironía de que la
responsabilidad de los blancos descanse sobre los hombros del primer
presidente afro americano de EE.UU. La única solución a las ciénagas de
Afganistán y Pakistán tiene que ser una solución regional, tal como ha
defendido convincentemente Tariq Ali en su reciente libro(4), de la misma
manera que Barnett Rubin y Ahmed Rashid, pero la OTAN es una organización
extranjera en el entorno.
El CAP reconoce este problema fundamental, y lo mismo hace Hillary Clinton,
quien va a reunirse con los agentes regionales en La Haya la semana próxima.
El problema es que la OTAN, que ha sumido las aspiraciones imperiales, querría
que China, Rusia y las repúblicas de Asia Central, integradas en la
Shanghai Cooperation Organization, fueran satélites cooperantes de la
ocupación occidental de Afganistán/ Pakistán. Pero la SGO, aunque tiene
importantes intereses en juego para evitar la inestabilidad de la región,
exige que Estados Unidos y la OTAN se vayan.
¿Es posible sostener política y económicamente esa carga durante diez años?
Canadá y Holanda ya tienen calendarios para la retirada de sus soldados,
desplegados ahora en las más violentas regiones del sur de Afganistán.
Alemania puede ser la próxima en plantarse. Y con la economía estadounidense
en pleno caos, ¿alguien puede imaginarse una guerra cuyos costes superarán el
billón de dólares durante la próxima década?
Sólo los neoconservadores, con Iraq como ejemplo, lo que convierte en
trágico que el CAP se haya alineado con sus estrategias para una “larga
guerra”.