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Noticias)
27-Febrero-09
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El secretario del Tesoro, Timothy Geithner junto al presidente de EEUU Barack Obama.
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No tiene pocas ventajas
ver la crisis de nuestros días como una erupción superficial generada por
derivas tectónicas profundas en el dispositivo espacio-temporal del
desarrollo capitalista. Las placas tectónicas están ahora acelerando su
desplazamiento, y casi con toda seguridad se incrementará la probabilidad de
que las crisis del tipo de las que han venido ocurriendo más o menos desde
1980 se hagan más frecuentes y más violentas.
Por David Harvey (*) -
Revista
Sin Permiso
El modo, la forma, la espacialidad y el momento de esas disrupciones
superficiales resultan prácticamente imposibles de predecir, pero se puede
afirmar casi con certeza que se repetirán con frecuencia y profundidad
crecientes. De manera, pues, que los acontecimiento de 2008 hay que situarlos en
el contexto de unas pautas de mayor calado. Que esas tensiones sean internas a
la dinámica capitalista (sin excluir acontecimientos dañinos aparentemente
externos, como una pandemia catastrófica), es el mejor argumento, según dejó
dicho Marx, “para que el capitalismo desaparezca y se abra camino algún modo de
producir alternativo y más racional”.
Comienzo por esta conclusión porque me sigue pareciendo vital, si no poner
énfasis dramático en, sí al menos destacar, según he venido haciendo durante
años en mis escritos, que la incapacidad para entender la dinámica geográfica
del capitalismo –o aun la consideración de la dimensión geográfica como algo en
cierto sentido contingente o epifenoménico— monta tanto como perder el hilo
conductor que permite comprender el desarrollo geográfico desigual del
capitalismo y perder de vista posibilidades de construcción de alternativas
radicales. Pero eso plantea una aguda dificultad añadida al análisis, porque nos
enfrenta constantemente a la tarea de intentar inferir principios universales
respecto del papel de la producción de espacios, emplazamientos y contextos
medioambientales en la dinámica del capitalismo a partir de un océano de
particularidades geográficas, a menudo volátiles. Así pues, ¿cómo integrar la
inteligencia de los datos geográficos en nuestras teorías del cambio evolutivo?
Observemos más detenidamente las derivas tectónicas.
En noviembre de 2008, poco después de la elección de un nuevo presidente, el
Consejo de Inteligencia Nacional de los EEUU (NCIS, por sus siglas en inglés)
hizo públicas sus estimaciones délficas sobre cómo sería el mundo en 2025. Acaso
por vez primera, un organismo norteamericano casi oficial predecía que en 2025
los EEUU, aun manteniendo su papel de actor poderoso, si no el más poderoso, de
la política mundial, ya no sería la potencia dominante. El mundo sería
multipolar y menos monocéntrico, y crecería el poder de los actores no
estatales. El informe admitía que la hegemonía de EEUU había tenido en tiempos
pasados sus más y sus menos, pero que ahora lo que estaba desvaneciéndose de
modo sistemático era su predominio económico, político y hasta militar. Sobre
todo (y vale la pena notar que el informe estaba ya listo antes de la implosión
de los sistemas financieros norteamericano y británico), “la deriva sin
precedentes que, en lo tocante a riqueza y poder económico relativos, observamos
ahora en dirección Oeste-Este seguirá su curso.”
Esa “deriva sin precedentes” ha invertido el drenaje de riqueza que
inveteradamente fluía del este, el sureste y el sur de Asia hacia Europa y el
norte de América: un drenaje que comenzó en el siglo XVIII –y del que llegó a
percatarse, lamentándolo, el propio Adam Smith en la Riqueza de las naciones—,
pero que se aceleró implacablemente durante el siglo XIX. El auge del Japón en
la década de los 60 del siglo XX, seguido del de Corea del Sur, Taiwán, Singapur
y Hong Kong en los 70, y luego el rápido crecimiento de China después de 1980
(acompañado, acto seguido, por brotes de industrialización en Indonesia, India,
Vietnam, Tailandia y Malaysia), han alterado el centro de gravedad del
desarrollo capitalista, aunque no sin incidentes (la crisis financiera del este
y el sureste asiáticos en 1997-98 vio, breve pero abundantemente, fluir otra vez
la riqueza hacia Wall Street y los bancos europeos y japoneses). La hegemonía
económica parece estar desplazándose hacia alguna constelación de potencias en
el este asiático, y si las crisis, según he argüido, son momentos de radical
reconfiguración del desarrollo capitalista, entonces el hecho de que los EEUU
esté en vías de financiar con enormes déficits la salida de sus dificultades
financieras y el hecho de que los déficits estén siendo en gran medida cubiertos
por los países con excedentes ahorrados –Japón, China, Corea del Sur, Taiwán y
los Estados del Golfo— sugieren que estamos en puertas de la consolidación de
una deriva de este tipo.
Derivas así se han dado ya antes en la larga historia del capitalismo. En el
concienzudo repaso que de la misma hace Giovanni Arrighi en su libro El largo
siglo XX podemos ver cómo la hegemonía se desplaza desde las ciudades-estado de
Génova y Venecia en el siglo XVI a Amsterdam y los Países Bajos en el XVII, para
concentrarse en la Gran Bretaña a partir del siglo XVIII, antes de que los EEUU
tomaran el control después de 1945. Arrighi destaca unos cuantos rasgos comunes
a todas esas transiciones que son pertinentes para nuestro análisis. Cada
deriva, observa Arrighi, se dio en la estela de una rotunda fase de
financiarización (cita aquí con aprobación la máxima del historiador Braudel,
según la cual la financiarización anuncia el otoño de alguna configuración
hegemónica). Pero cada deriva trajo también consigo un cambio radical de escala,
desde las pequeñas ciudades-estado iniciales hasta la economía de proporciones
continentales de los EEUU en la segunda mitad del siglo XX. Ese cambio de escala
cobra sentido, habida cuenta de la regla directriz capitalista de la acumulación
sin tregua y del crecimiento compuesto de al menos un sempiterno 3%. Pero las
derivas hegemónicas, sostiene Arrighi, no están determinadas de partida.
Dependen de la aparición de alguna potencia económicamente capaz y política y
militarmente dispuesta a desempeñar el papel de hegemón global (con las ventajas
y desventajas que eso trae consigo). La renuencia de los EEUU a asumir ese papel
antes de la II Guerra Mundial significó un interregno de tensiones multipolares
que propició la deriva bélica (Gran Bretaña no estaba ya en disposición de
afirmar su anterior papel hegemónico). Mucho depende también de cómo se comporte
el antiguo hegemón enfrentado a la disminución de su papel tradicional. Puede
pasar a la historia o pacífica o beligerantemente. Visto así, el que los EEUU
sigan manteniendo un poder militar avasallador (particularmente, en el espacio
exterior) en un contexto de declive de su poder económico y financiero y de
creciente mengua de su autoridad moral y cultural crea escenarios inquietantes
para cualquier transición venidera. Además, no es obvio que el principal
candidato a desplazar a los EEUU, China, tenga la capacidad para o la voluntad
de afianzarse en algún papel de potencia hegemónica, pues aunque su población es
desde luego lo bastante grande como para subvenir a los requisitos de un cambio
de escala, ni su economía ni su autoridad política (ni siquiera su voluntad
política) apuntan a una ascensión fácil al papel de hegemón global. Dadas las
divisiones nacionalistas existentes, la idea de que alguna asociación entre las
potencias del este asiático podría cumplir la tarea resulta harto improbable. Y
lo mismo ocurre en el caso de una Unión Europea fragmentada y fracturada o en el
de las llamadas potencias BRIC (Brasil, Rusia, India y China). Razón por la cual
resulta plausible la predicción de que estamos aproados a un nuevo interregno
multipolar de intereses encontrados y en conflicto.
Derivas tectónicas
Pero la deriva tectónica que está dejando atrás el predominio y la hegemonía
estadounidenses de los últimos tiempos es cada vez más visible. La tesis de una
excesiva financiarización añadida a la tesis de la “deuda como predictor
principal de la hegemonía de una potencia mundial” ha encontrado un eco popular
en los escritos de Kevin Phillips. Los intentos ahora en curso de reconstruir el
predominio de los EEUU mediante reformas en la arquitectura del vínculo entre
las finanzas nacionales y globales parece que no están funcionando. Al propio
tiempo, las exclusiones impuestas a las tentativas del grueso del resto del
mundo por reconfigurar esa arquitectura provocarán con casi total seguridad
fuertes tensiones, cuando no abiertos conflictos económicos.
Pero las derivas tectónicas de este tipo no se producen por arte de magia.
Aunque la geografía histórica de una deriva de hegemonía, según la describe
Arrighi, manifiesta una clara pauta, y aunque del registro histórico resulta
también claro que esas derivas vienen siempre precedidas de períodos de
financiarización, Arrighi no ofrece un análisis en profundidad de los procesos
generadores de tales derivas. Es verdad que menciona la “acumulación sin
tregua”, y por consiguiente, el síndrome del crecimiento (la regla del 3% de
crecimiento compuesto) como elementos críticos explicativos de la deriva. Eso
implica que la hegemonía se desplaza con el curso del tiempo de entidades
políticas pequeña (id est, Venecia) a otras más grandes (por ejemplo, los EEUU).
También arguye que la hegemonía tiene que radicar en aquella entidad política
que produce el grueso del excedente (o a la que fluye el grueso del excedente en
forma de tributos o exacciones imperialistas). De un producto global total
cercano a los 45 billones de dólares en 2005, los EEUU participan con 15
billones, lo que le convierte, por así decirlo, en el accionista principal que
domina y controla el capitalismo global, con capacidad para dictar (como suele
hacer en su papel de accionista en jefe en las instituciones internacionales
como el Banco Mundial y el FMI) las políticas globales. El informe del NCIS basa
en parte su predicción en la pérdida de predominio paralela al mantenimiento de
una robusta posición en la menguante participación en el producto global de los
EEUU en relación con el resto del mundo en general y con China en particular.
Pero como el propio Arrighi señala, el cauce político de esa deriva dista por
mucho de estar claro. La apuesta de los EEUU por la hegemonía global bajo
Woodrow Wilson durante e inmediatamente después de la I Guerra Mundial se vio
obstaculizada por las preferencias aislacionistas prevalentes en la tradición
política nacional norteamericana (de ahí el colapso de la Liga de las Naciones),
y sólo después de la II Guerra Mundial (en la que la población norteamericana no
quería entrar, hasta que ocurrió Peral Harbour) se libraron los EEUU a su papel
de hegemón global mediante un política exterior bipartidista anclada en los
Acuerdos de Bretton Woods, que establecieron la forma de organizar el orden
internacional postbélico (frente a la Guerra Fría y a la amenaza que para el
capitalismo representaba un comunismo internacional en plena onda de
propagación). Que los EEUU habían venido inveteradamente desarrollándose como un
Estado capaz en principio de cumplir un papel de hegemón global, resulta
evidente desde los primeros días de su andadura como nación. Estaban
pertrechados con las oportunas doctrinas, como la del “Destino manifiesto”
(expansión geográfica a escala continental, eventualmente hasta el Pacífico y el
Caribe, antes de hacerse global sin necesidad de conquistas territoriales) o la
Doctrina Monroe, que exigía a las potencias europeas dejar en paz a las Américas
(la doctrina fue en realidad formulada por el secretario británico de
Exteriores, Canning, en la década de lo 20 del siglo XIX, y hecha suya casi
inmediatamente por los EEUU). Los EEUU poseían el dinamismo necesario para
aspirar a una creciente participación en el producto global, y estuvieron
quintaesencialmente comprometidos con alguna que otra versión de lo que puede
calificarse de la manera más feliz como “mercado arrinconado” o capitalismo
“monopólico”, aupado por una ideología apologética del individualismo más
descarnado. De modo, pues, que hay un sentido en el que puede decirse que los
EEUU habían venido preparándose, durante la mayor parte de su historia, para el
papel de hegemón global. Lo único sorprendente es que tomara tanto tiempo el
llegar cumplirlo, y que fuera la II Guerra y no la primera la ocasión que les
llevó finalmente a jugar ese papel, permitiendo que los años de entre-guerras
fueran tiempos de multipolaridad y caótica competición entra ambiciones
imperiales como las que ahora teme vislumbrar el informe del NCIS para 2025.
Las derivas tectónicas ahora en curso están, sin embargo, hondamente influidas
por la radical desigualdad geográfica en las posibilidades económicas y
políticas de responder a la presente crisis. Se me permitirá ilustrar el modo en
que opera ahora esa desigualdad por la vía de un ejemplo muy plástico. A medida
que ha ido profundizándose la crisis comenzada en 2007, muchos han tomado el
partido de una solución plenamente keynesiana como la única capaz de sacar al
capitalismo global del desastre en que se halla sumido. Con este fin, se propuso
una variedad de paquetes de estímulos y medidas de estabilización bancaria.
Muchas de esas propuestas fueron hasta cierto punto puestas por obra en
distintos países y de diferentes maneras en la esperanza de hacer frente a las
crecientes dificultades. El espectro de soluciones ofrecidas variaba
inmensamente según las circunstancias económicas y los perfiles imperantes en la
opinión pública (colocando, por ejemplo, a Alemania frente a Francia y a Gran
Bretaña en la Unión Europea). Pero pensemos, por ejemplo, en las distintas
posibilidades económico-políticas abiertas a los EEUU y a China y en las
potenciales consecuencias tanto para la deriva de hegemonía como para el posible
modo de resolver la crisis.
China, los EEUU y las soluciones keynesianas
En los EEUU, cualquier tentativa de hallar una adecuada solución keynesiana ha
sido condenada de partida, levantándole unas barreras económicas y políticas
prácticamente imposibles de franquear. Para funcionar, una solución keynesiana
precisaría de una financiación masiva y duradera con déficit. Se dicho con razón
que el intento de Roosevelt de regresar a un presupuesto equilibrado en 1937-38
es lo que volvió a hundir a los EEUU en la depresión y que fue la II Guerra
Mundial lo que salvó la situación, y no el timorato proyecto rooseveltiano de
financiación con déficit que fue el New Deal. Así pues, aun si las reformas
institucionales y unas políticas más igualitarias pusieron los fundamentos de la
recuperación posterior a la II Guerra Mundial, el New Deal como tal fracasó en
punto a resolver la crisis en los EEUU.
El problema para los EEUU en 2008-09 es que parte de una posición de
endeudamiento crónico con el resto del mundo (ha estado tomando préstamos a un
ritmo de más de 2 mil millones de dólares diarios en los últimos diez o más
años), y eso significa una limitación económica para las dimensiones del déficit
extra que puede permitirse ahora. (Lo que no fue un problema serio para
Roosevelt, quien empezó con un presupuesto equilibrado.) Hay también una
limitación geopolítica, puesto que la financiación de cualquier déficit extra
depende de la disposición de otras potencias (principalmente del este asiático y
de los Estados del Golfo) a prestar. Habida cuenta de ambas limitaciones, hay
que dar por prácticamente seguro que el estímulo económico factible en los EEUU
no será ni lo bastante amplio ni lo bastante duradero como para subvenir a la
tarea de reflotar la economía. Este problema se ve exacerbado por la reluctancia
ideológica de ambos partidos a aceptar los enormes montos de de gasto
deficitario requeridos para salir de la crisis. Irónicamente, y al menos en
parte, porque la anterior administración republicana trabajó conforme al
principio de Dick Cheney, según el cual. “Reagan nos enseñó que los déficits no
importan”. Como ha dicho Paul Krugman, el primer abogado público de una solución
keynesiana, los 800 mil millones de dólares votados a regañadientes por el
Congreso en 2009, aunque son mejor que nada, distan mucho de ser suficientes. Se
necesitaría una cifra del orden de los 2 billones de dólares, una cantidad
excesiva dado el nivel actual de partida del déficit estadounidense. La única
opción económica posible sería cambiar el débil keynesianismo de los excesivos
gastos militares por un keynesianismo mucho más fuerte abocado a programas
sociales. Recortar a la mitad el presupuesto norteamericano de defensa
(acercándolo a los niveles europeos en porcentaje de PIB) podría resultar
técnicamente útil. Huelga decirlo: quienquiera proponga semejante cosa cometerá
suicidio político, dada la posición política mantenida por el Partido
Republicano y por tantos Demócratas.
La segunda barrera es más puramente política. Para funcionar, el estímulo ha de
administrarse de forma tal, que se asegure su gasto en bienes y servicios para
que la economía recupere alegría. Eso significa que hay que dirigir todas las
ayudas a quienes harán efectivamente uso de ellas y se gastarán los dineros, es
decir, a las clases sociales más humildes, porque las clases medias, puestas a
gastar algo, lo más probable es que lo hagan pujando al alza por valores de
activos (comprando casas hipotecariamente ejecutadas en subasta, por ejemplo), y
no comprando más bienes y servicios. En cualquier caso, en los malos tiempos
mucha gente tiende a usar los ingresos extraordinarios inopinadamente recibidos
para cancelar deudas o para ahorrar (como ocurrió en muy buena medida con el
reembolso de 600 dólares propiciado por la administración Bush a comienzos del
verano de 2008).
Lo que parece prudente y racional desde el punto de vista del presupuesto
doméstico resulta dañino para el conjunto de la economía. (Análogamente: los
bancos han procedido racionalmente al servirse del dinero público recibido para
atesorarlo o para comprar activos, antes que para prestarlo.) La hostilidad,
preponderante en los EEUU, a “diseminar la riqueza” y a gestionar cualquier
ayuda pública que no sean los recortes fiscales a los individuos, viene del
núcleo duro de la doctrina ideológica neoliberal (focalizada, pero en modo
alguno confinada en el Partido Republicano), según la cual “los hogares saben
más”. Esas doctrinas han llegado a gozar en los EEUU de amplia aceptación, como
si de un evangelio se tratara, tras treinta años de adoctrinamiento político
neoliberal. Según he argüido en otra ocasión, “todos somos neoliberales ahora”,
las más veces sin saberlo. Hay una aceptación tácita, por ejemplo, de que la
“represión salarial” –un componente clave del problema presente— es un “estado
normal” de las cosas en los EEUU. Una de las tres patas de una solución
keynesiana –mayor capacidad de negociación de los trabajadores, salarios al alza
y redistribución favorable a las clases bajas— es hoy por hoy políticamente
imposible en los EEUU. La sola sugerencia de que un programa así equivale al
“socialismo” hace temblar al establishment político. Los trabajadores
organizados no son lo suficientemente fuertes (tras treinta años de ser
machacados por las fuerzas políticas), y no se ve ningún otro movimiento social
lo bastante amplio como para presionar por una redistribución a favor de las
clases trabajadoras.
Otro modo de lograr objetivos keynesianos es el suministro de bienes colectivos.
Eso, tradicionalmente, ha implicado inversiones en infraestructuras físicas y
sociales (los programas WPA [Works Progress Administration] de los años 30 del
siglo pasado fueron un precedente). De aquí que la tentativa de insertar en los
paquetes de estímulo programas para reconstruir y ampliar infraestructuras
públicas de transporte y comunicaciones, energía y otras obras públicas en
paralelo a un incremento del gasto en atención sanitaria, educación, servicios
municipales, etc. Esos bienes colectivos tienen el potencial para generar
multiplicadores tanto en el empleo como en la demanda efectiva de más bienes y
servicios. Pero lo que se presume es que esos bienes colectivos entrarán, en
cierto momento, en la categoría de “gastos públicos productivos” (es decir, que
estimulan un ulterior crecimiento), no que se convertirán en una serie de
“elefantes blancos” públicos que, según observó Keynes en su día, carecen de
otra utilidad que la que tendría poner a la gente a cavar fosas para volver a
llenarlas luego. En otras palabras, una estrategia de inversión en
infraestructuras ha de orientarse a la sistemática recuperación del crecimiento
del 3% a través, pongamos por caso, del metódico rediseño de nuestras
infraestructuras y nuestros modos de vida urbanos. Eso no puede funcionar sin
una refinada planificación estatal añadida a una base productiva ya existente
que pueda aprovecharse de las nuevas infraestructuras. También aquí, el dilatado
proceso de desindustrialización experimentado por los EEUU en las últimas
décadas, así como la intensa oposición ideológica a la planificación estatal
(elementos, éstos últimos, incorporados por Roosevelt al New Deal, y que
persistieron hasta los 60, para ser abandonados tras el asalto neoliberal de los
80 a este particular ejercicio del poder del Estado) y la obvia preferencia por
los recortes fiscales frente a las transformaciones públicas de las
infraestructuras, torna imposible en los EEUU la puesta por obra de una solución
plenamente.
En China, por otro lado, se dan realmente tanto las condiciones políticas como
las económicas para una solución plenamente keynesiana, y hay allí rebosantes
signos de que esa será probablemente la vía a seguir. Para empezar, China posee
una gran reserva de excedente extranjero en efectivo y resulta más fácil
financiar la deuda partiendo de esa base que de unos gastos de deuda ya
acumulada como en el caso de los EEUU. Vale la pena notar también que desde
mediados de los 90 los “activos tóxicos” (los préstamos que no funcionan) de los
bancos chinos –algunas estimaciones los sitúan en el 40% de todos los préstamos
en 2000) han desaparecido de la contabilidad bancaria merced a ocasionales
inyecciones de excedente en efectivo procedente de las reservas del comercio
exterior. Los chinos han tenido en funcionamiento durante mucho tiempo el
equivalente a un programa TARP [el programa estadounidense de rescate bancario
puesto en práctica en los últimos meses de 2008], y evidentemente saben cómo
manejarlo (aun si muchas de las transacciones llevan la impronta de la
corrupción). Los chinos tienen capacidad económica bastante como para embarcarse
en un programa masivo de financiación con déficit y disponen de una arquitectura
financiera estatal centralizada apta, si se lo proponen, para administrar ese
programa con eficacia. Los bancos, durante mucho tiempo de propiedad estatal,
puede que fueran nominalmente privatizados para satisfacer las exigencias de la
OMC (Organización Mundial de Comercio) y atraer capital y pericia foráneos, pero
todavía pueden ser fácilmente sometidos a la voluntad del Estado central,
mientras que en los EEUU aun el más vagaroso signo de directriz estatal, por no
hablar de nacionalización, da pie a todo tipo de furores políticos.
Análogamente, no hay allí la menor barrera ideológica para una generosa
redistribución de recursos a favor de los sectores más necesitados de la
sociedad, aunque puede haber necesidad de vencer lo acorazados intereses de los
miembros más ricos del partido y de una incipiente clase capitalista. La
imputación, según la cual eso sería tanto como el “socialismo”, o todavía peor,
el “comunismo”, apenas si despertaría en China sonrisas divertidas. Pero la
reaparición en China del desempleo masivo (de acuerdo con los últimos informes,
la ralentización de los últimos meses habría provocado ya 20 millones de
desempleados), así como los indicios de un extendido malestar social
aceleradamente creciente, forzarán seguramente al Partido Comunista chino a
emprender masivas redistribuciones, estén o no ideológicamente convencidos de la
justicia de las mismas. A comienzos de 2009, esa política redistributiva parece
encaminada en primera a revitalizar las atrasadas regiones rurales a las que
regresan los trabajadores emigrantes que han perdido sus empleos, frustrados con
la constatación de la escasez de puestos de trabajo en las zonas manufactureras.
En esas regiones, en las que faltan infraestructuras sociales y físicas, una
robusta inyección de recursos por parte del gobierno central contribuirá a
aumentar los ingresos, a expandir la demanda efectiva y a dar el tiro de salida
para el largo proceso de consolidación del mercado interno chino.
En segundo lugar, hay un fuerte deseo de proceder a inversiones masivas en
infraestructuras que todavía faltan en China. –En cambio, los recortes fiscales
apenas tienen allí atractivo político— Y aunque es posible que algunas de esas
inversiones terminen siendo “elefantes blancos”, la probabilidad de que así sea
es allí harto más baja, dada la inmensa cantidad de trabajo que todavía se
necesita para integrar el espacio nacional chino y, así, enfrentarse al problema
del desarrollo geográfico desigual entre las regiones costeras de alto
desarrollo y las empobrecidas provincias del interior. La existencia de una
ancha –aun si problemática— base industrial y manufacturera necesitada de
racionalización espacial hace más probable que el esfuerzo chino entre en la
categoría del gasto público productivo. En el caso chino, buena parte del
excedente puede ser canalizado hacia la ulterior producción de espacio, y eso
aun admitiendo que la especulación en los mercados de propiedad urbana en
ciudades como Shanghái, lo mismo que en los EEUU, es parte del problema y no
puede, por consiguiente, convertirse en parte de la solución. Los gastos en
infraestructuras, siempre que se hagan a una escala lo suficientemente grande,
son de largo aliento y sirven tanto para canalizar el trabajo excedente como
para reducir las posibilidades disturbios sociales, contribuyendo ellos también,
además, a impulsar el mercado interior.
Implicaciones internacionales
Esas posibilidades completamente distintas que tienen los EEUU y China de
propiciar una solución plenamente keynesiana tienen hondas implicaciones
internacionales. Si China emplea más recursos procedentes de sus reservas
financieras para impulsar su mercado interior, como con casi total seguridad se
verá forzada a hacer por razones políticas, dejará menos recursos para posibles
préstamos a los EEUU. El descenso de compras de bonos del Tesoro estadounidense
terminará por forzar unos tipos de interés más altos, lo que incidirá
negativamente en la demanda interna norteamericana, lo cual, a su vez, y a menos
que se haga una gestión meticulosa, podría disparar lo que todo el mundo teme y
que hasta ahora ha conseguido evitarse: un desplome del dólar. Una paulatina
desvinculación de los mercados norteamericanos y la progresiva substitución de
los mismos por el propio mercado interno como fuente de la demanda efectiva de
la industria china alterarían significativamente los equilibrios de poder (un
proceso que, dicho sea de paso, estaría cargado de tensiones, tanto para China
como para los EEUU). La divisa china se robustecerá necesariamente frente al
dólar (una situación tan largamente pretendida por las autoridades
estadounidenses, como secretamente temida), lo que obligará a los chinos a
basarse todavía más en su mercado interior para la demanda agregada. El
dinamismo que de ellos resultará en el interior de China (contrastable con las
condiciones de recesión duradera que prevalecerán en los EEUU) atraerá a más y
más productores de materias primas a la órbita comercial china y erosionará la
importancia relativa de los EEUU en el comercio internacional. El efecto global
de todo lo cual será la aceleración del desplazamiento de la riqueza de Oeste a
Este en la economía mundial y la rápida alteración de los equilibrios de poder
económico hegemónico. El movimiento tectónico que operará en el equilibrio del
poder capitalista global intensificará todo tipo de ramificaciones económicas y
políticas impredictibles en un mundo en el que los EEUU dejarán de estar en una
posición dominante aun cuando sigan manteniendo un poder importante. La suprema
ironía, huelga decirlo, es que las barreras políticas e ideológicas puestas en
los EEUU a cualquier programa plenamente keynesiano contribuirán seguramente a
acelerar el derrumbe del predominio norteamericano en los asuntos globales, a
pesar de que las elites de todo el mundo (incluidas las chinas) preferirían
preservar ese predominio el mayor tiempo posible.
Que un genuino keynesianismo baste o no para que China (junto a otros Estados en
posición similar) logre compensar el inevitable fracaso del reticente
keynesianismo occidental, es cuestión de todo punto abierta. Pero esas
diferencias, sumadas al eclipse de la hegemonía norteamericana, bien podrían ser
el preludio de una fragmentación de la economía global en estructuras
hegemónicas regionales que podrían terminar pugnando ferozmente entre sí con
tanta facilidad como colaborando en la miserable cuestión de dirimir quién tiene
que cargar con los estropicios de una depresión duradera. No es ésta una idea
precisamente alentadora, pero tener en mente la posibilidad de una perspectiva
de este tipo podría acaso contribuir a despertar a buena parte del mundo
occidental y a percatarse de la urgencia de la tarea que tiene enfrente; a que
sus dirigentes políticos dejen de predicar banalidades sobre restaurar la
confianza y se pongan a hacer lo que hay que hacer para rescatar al capitalismo
de los capitalistas y de su falsaria ideología neoliberal. Y si eso significa
socialismo, nacionalizaciones, robustas directrices estatales, forja de
colaboraciones internacionales y una nueva y harto más inclusiva (“democrática”,
si puedo adelantarme a decirlo así) arquitectura financiera internacional, pues
que así sea.
*****
(*)David
Harvey es un geógrafo, sociólogo urbano e historiador social marxista de
reputación académica internacional. Entre sus libros traducidos al castellano:
Espacios de esperanza (Akal, Madrid, 2000) y El nuevo imperialismo (Akal,
Madrid, 2004). Actualmente, es Distinguished Professor en el CUNY Graduate
Center de Nueva York. Su último libro es A Brief History of Neoliberalism
[traducción castellana: Breve historia del neoliberalismo , Madrid, Akal, 2007].
Mantiene un más que recomendable blog: Reading Marx's Capital blog.
Traducción para www.sinpermiso.info: Minima Estrella
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