al como apunta un excelente artículo
en
el número de esta semana de la revista 'Newsweek', las
perspectivas que afronta Obama en la guerra de Afganistán son muy
parecidas a las de Kennedy y Johnson en Vietnam, y no son nada
halagüeñas.
Para empezar, en este conflicto, EEUU están apoyando un gobierno que los
afganos cada vez más consideran un títere de la superpotencia carcomido por la
lacra de la corrupción. La creciente soledad de Karzai, de quien Obama dijo una
vez que "debería salir más de su búnker", recuerda mucho a la del corrupto Ngo
Dinh Diem.
Además, los talibanes, como el Vietcong, son una fuerza imbricada en el
tejido social de buena parte de la sociedad afgana, lo que diferencia a
este grupo insurgente de Al Qaeda en Irak, siempre fue vista como una
organización extranjera. El pueblo afgano, al que nunca pudieron someter
completamente ni rusos ni británicos, está tan acostumbrado como el vietnamita a
resistir fuerzas coloniales extranjeras, por lo que esperar la rendición de los
talibanes es una quimera.
Por último, las zonas tribales de Pakistán representan un
santuario tan seguro para los talibanes como lo era Camboya para el Vietcong.
Ante cualquier ofensiva exitosa de EEUU, los talibanes siempre pueden
refugiarse en Pakistán, y lanzar desde allí ofensivas que diezmen la
moral estadounidense. La suya, como la del Vietcong, es una guerra de
resistencia, donde no gana el que mata más enemigos, sino el último en levantar
la bandera blanca.
Es cierto que existen también diferencias entre ambos conflictos, pues nunca
una analogía histórica es perfecta. Desde una perspectiva optimista, se puede
subrayar que los talibanes no son una fuerza tan cohesionada
como el Vietcong, y por tanto, es posible explorar divisiones en su seno. Desde
una pesimista, la capacidad de financiación de los talibanes es muy poderosa
gracias al lucrativo tráfico de heroína, muy difícil de erradicar para el
gobierno afgano.
Así pues, es muy probable que el mayor desafío exterior de Obama no llegue
desde Palestina, ni Irán o Rusia, sino de Afganistán. Y es que
más allá de su promesa de doblar la presencia norteamericana en Afganistán,
situándola en 60.000 hombres –una cifra insuficiente para controlar un país del
tamaño de Francia-, no está nada claro que la Casa Blanca
cuente con una estrategia ganadora en el país asiático.
Probablemente, el laureado general Petraeus intentará
aplicar la misma doctrina contrainsurgente que tan buenos resultados le ha dado
en Irak. Es decir, armar a las tribus para que sean éstas las que combatan a los
talibanes. No obstante, esta táctica ha sido ya la que intentaron los
rusos, y lo que sucedió es que las tribus aceptaron encantadas las
armas, y empezaron a guerrear entre ellas, y no contra los insurgentes.
El drama de Obama es que, políticamente, no le queda otra alternativa
que decretar una escalada militar. Teniendo en cuenta que fue desde
Afganistán, y bajo la protección de los talibanes, Bin Laden
planeó el 11-S, no puede permitirse declarar una derrota en este escenario. Y
como sucedió en Vietnam, una vez intensifique el esfuerzo bélico, aún será más
difícil echarse para atrás.