(IAR
Noticias)
14-Enero-09
Las elites económicas y políticas empiezan a converger en una especie de
solución global de tipo socialdemócrata como solución de la presente crisis
económica. Pero necesitamos algo más que una gestión social, sostiene Walden
Bello: deberíamos aspirar a modelos de organización social que apunten a la
igualdad y al control democrático-participatorio de la economía, tanto a escala
nacional como a escala planetaria.
Por Walden Bello (*) - Revista Sin Permiso
Traducción para sinpermiso.info: Mínima Estrella
N o resulta sorprendente que el rápido deterioro de la economía
global, combinado con la llegada a la presidencia de los EEUU de un liberal de
izquierda afroamericano, haya hecho concebir entre millones de personas la
esperanza de que el mundo se halla en el umbral de una nueva era. Es verdad que
algunos de los nombramientos recientes de Obama –señaladamente, el del
exsecretario del Tesoro, Larry Summers, para dirigir el Consejo Económico
Nacional, el de Tim Geithner, jefe del Comité de la Reserva Federal de Nueva
York, para desempeñar el cargo de secretario del Tesoro y el del antiguo alcalde
de Dallas, Ron Kirk, para Comercio— han despertado cierto escepticismo. Pero la
sensación de que las vetustas fórmulas neoliberales están de todo punto
desacreditadas ha convencido a muchos de que el nuevo liderazgo demócrata en la
economía más grande del planeta romperá con las políticas fundamentalistas de
mercado imperantes desde comienzos de los 80.
Ni que decir tiene que una cuestión importante pasa por saber
hasta qué punto la ruptura con el neoliberalismo será decisiva y definitiva. Sin
embargo, otras cuestiones apuntan al corazón mismo del capitalismo. La propiedad
pública, la intervención y el control, ¿se ejercerán simplemente para
estabilizar al capitalismo, para luego devolver el control a las elites
empresariales? ¿Veremos una segunda ronda de capitalismo keynesiano, en la que
el Estado, las elites granempresariales y las organizaciones sindicales
colaborarán sobre una base de política industrial, crecimiento y salarios
elevados (aunque, esta vez, con una dimensión verde añadida)? ¿O asistiremos al
comienzo de una serie de alteraciones fundamentales en la propiedad y el control
de la economía en una dirección más popular? El sistema global del capitalismo
pone, ciertamente, límites al alcance de las reformas, pero ningún otro momento
del pasado medio siglo han sido esos límites más fluidos e inciertos.
El presidente francés Nicolas Sarkozy ya ha hecho su apuesta:
tras declarar que “el capitalismo de laissez-faire ha muerto”, ha
creado un fondo de inversiones estratégicas de 20 mil millones de euros para
promover la innovación tecnológica, mantener en manos francesas los sectores
industriales avanzados y conservar puestos de trabajo. “El día en que dejemos de
construir trenes, aviones, automóviles y barcos, ¿qué quedará de la economía
francesa?!, se preguntaba retóricamente hace pocos días. “Recuerdos. Pero yo no
quiero que Francia se convierta en una mera reserva turística”. Este tipo de
política industrial agresiva, pensada para atraerse a la clase obrera blanca
tradicional, podría ir de la mano de las políticas antiinmigratorias excluyentes
con las que ha solido asociarse al presidente francés.
Socialdemocracia global
Sin embargo, un nuevo keynesianismo nacional conforme a las
líneas de Sarkozy no es la única alternativa de que disponen las elites. Dada la
necesidad de legitimación global para promover sus intereses en un mundo cuyo
equilibrio de poder se está desplazando hacia el Sur, a las elites occidentales
podría resultarles más atractivo un vástago de la socialdemocracia europea y del
liberalismo New Deal que podríamos llamar “Socialdemocracia Global”, o
SDG.
Antes incluso de que se desarrollara por completo la actual
crisis financiera, los partidarios de la SDG ya habían empezado a adelantarla
como una alternativa a la globalización neoliberal, respondiendo a las cuitas y
a las tensiones provocadas por esta última. Una personalidad vinculada a la SDG
es el actual primer ministro británico, Gordon Brown, quien encabezó la
respuesta europea al desplome financiero abogando por la nacionalización parcial
de los bancos. Considerado por mucha gente el padrino de la campaña “Convirtamos
la pobreza en historia” en el Reino Unido, Brown, siendo todavía el canciller de
finanzas británico, propuso lo que llamó una “capitalismo fundado en la alianza”
entre el mercado y las instituciones estatales, capaz de reproducir a escala
global lo que, según él, habría hecho Franklin Delano Roosevelt a escala
económica nacional, a saber: “garantizar los beneficios generados por el mercado
y, a la par, domar los excesos de éste”. Se trataría, según Brown, de un sistema
que “incorporaría todos los beneficios de los mercados y de los flujos de
capitales globales, minimizaría los riesgos de crisis y desplomes, maximizaría
las oportunidades de todos y sostendría a los más vulnerables. Significaría, en
una palabra, restaurar, a escala económica mundial, el empeño y los elevados
ideales públicos”.
En la articulación de un discurso socialdemócrata global se ha
unido a Brown un heterogéneo grupo formado, entre otros, por el economist
Jeffrey Sachs, George Soros, el antiguo secretario general de la ONU Kofi Annan,
el sociólogo David Held, el Premio Novel Josph Stiglitzy hasta Bill Gates. Hay
entre ellos, huelga decirlo, diferencias de matiz, pero la dirección de sus
perspectivas es la misma: traer un orden social reformado y lograr la
revitalización del consenso en torno al capitalismo global.
Entre las posiciones clave avanzadas por los partidarios de la
SDG están las que siguen:
· La globalización es esencialmente beneficiosa para el mundo;
los neoliberales simplemente han arruinado la gestión de la misma y la tarea de
venderla a la opinión pública.
· Es urgente salvar rescatar la globalización, arrancádola ed
las manos neoliberales: porque la globalización es reversible, y lo cierto es
que podría haber empezado ya el proceso de su reversión.
· El crecimiento y la equidad pueden entrar e conflicto, en cuyo
caso hay que dar primacía a la equidad.
· Es posible que el libre comercio no sea beneficioso a largo
plazo, y es posible que mantenga en la pobreza a la mayoría; por eso es
importante que los acuerdos comerciales estén sujetos a condiciones sociales y
medioambientales.
· Hay que evitar el unilateralismo y, al propio tiempo, hay que
emprender reformas fundamentales de las instituciones y de los acuerdos
multilaterales, un proceso que podría entrañar la liquidación o la
neutralización de varios de ellos, como el Acuerdo Comercial para los Derechos
de Propiedad Intelectual (TRIP, por sus siglas en inglés) establecido en el
marco de la Organización Mundial de Comercio.
· La integración social global, o la reducción de las
desigualdades dentro de las naciones y entre las naciones, debe ir de la mano de
la integración del mercado global.
· La deuda global de los países en vías de desarrollo ha de ser
cancelada, o al menos, drásticamente reducida, a fin de que los ahorros puedan
usarse para estimular a la economía local, contribuyendo así a la reflación
global.
· La pobreza y la degradación medioambiental son tan graves, que
hay que poner por obra una programa masivo, una especie de “Plan Marshall” del
Norte para las naciones del Sur en el marco de los “Objetivos de Desarrollo del
Milenio”.
· Hay que lanzar una “Segunda Revolución Verde”, particularmente
en África, a través de la generalizada adopción de las semillas genéticamente
modificadas.
· Hay que dedicar grandes inversiones para poner a la economía
global en una senda medioambientalmente más sostenible, y los gobiernos deben
encabezar esos programas (“keynesianismo verde” o “capitalismo verde”).
· Las acciones militares para resolver problemas deben
preterirse a favor más bien de la diplomacia y del “poder blando”, pero deben
mantenerse las intervenciones militares humanitarias en situaciones de
genocidio.
Los límites de la Socialdemocracia Global
La Socialdemocracia Global no ha merecido hasta ahora demasiada
discusión crítica, tal vez porque el grueso de los progresistas siguen empeñados
en la última guerra, esto es, la guerra contra el neoliberalismo. Pero hacer su
crítica es urgente, y no solo porque la SDG es el más candidato más probable
como sucesor del neoliberalismo. Más importante aún es el hecho de que, aun
cuando la SDG tiene algunos elementos positivos, tiene también, como su
antecesor, el paradigma socialdemócrata de impronta keynesiana, bastantes rasgos
problemáticos.
Comencemos por resaltar los problemas que presentan cuatro
elementos centrales de la perspectiva SDG.
· Primero: la SDG comparte con el neoliberalismo el sesgo
favorable a la globalización, diferenciándose sólo por su promesa de promover
una globalización mejor que la de los neoliberales. Eso, sin embargo, monta
tanto como decir que basta añadir la dimensión de la “integración social global”
para que un proceso que es intrínsecamente destructor y desbaratador, tanto
social como ecológicamente, resulte digerible y aceptable. La SDG parte del
supuesto de que las gentes quieren realmente formar parte de una economía global
funcionalmente integrada en la que desaparezcan las barreras entre lo nacional y
lo internacional. Sin embargo, ¿acaso no preferirían formar parte de economías
sometidas a control local? ¿No es más cierto que preferían poner coto a los
caprichos y extravagancias de la economía internacional? En realidad, la actual
trayectoria descendente de las economías interconectadas confirma la validez de
una de las críticas básicas al proceso de globalización por parte del movimiento
antiglobalización.
· Segundo: la SDG comparte con el neoliberalismo la preferencia
por el mercado como mecanismo principal de producción, distribución y consumo,
diferenciándose fundamentalmente por su insistencia en el papel del Estado a la
hora de corregir los fallos del mercado. El tipo de globalización que el mundo
necesita, según Jeffery Sachs en su libro The End of Poverty [El final
de la pobreza], pasaría por “represar… la formidable energía del comercio y la
inversión, reconociendo y corrigiendo las limitaciones mediante una acción
colectiva compensatoria”. Eso es harto distinto de sostener que la ciudadanía y
la sociedad civil deben tomar las decisiones económicas clave, limitándose el
mercado y la burocracia estatal a no ser sino mecanismos de ejecución de la toma
democrática de decisiones.
· Tercero: la SDG es un proyecto tecnocrático, con expertos
excogitando y llevando a término reformas sociales desde arriba, no un proyecto
participativo en el que las iniciativas discurren de abajo arriba.
· Y cuarto: la SDG, aun si crítica con el neoliberalismo, acepta
el marco del capitalismo monopolista, que descansa, básicamente, en el beneficio
dimanante de la extracción explotadora de plusvalía procedente del trabajo, que
va de crisis en crisis por sus inherentes tendencias a la sobreproducción y que,
con su búsqueda de rentabilidad, tiende a chocar con los límites
medioambientales. Lo mismo que el keynesianismo tradicional a escala nacional,
la SDG busca, a escala global, un Nuevo compromiso de clase que vaya de la mano
de nuevos métodos para contener o minimizar la tendencia a las crisis
consubstancial al capitalismo. Así como la vieja socialdemocracia y el New
Deal trajeron estabilidad al capitalismo a escala nacional, la función
histórica de la SDG es mitigar las contradicciones del capitalismo global
contemporáneo y relegitimar al mismo tras la crisis y el caos dejados por el
neoliberalismo. En su misma raíz, la SDG tiene que ver con un problema de
gestión social.
Obama tiene el talento de tender puentes entre discursos
políticos diferentes. Es, asimismo, una tabula rasa en lo tocante a
economía. Como Roosevelt en su día, no está atado a fórmulas del ancien
régime. Es un pragmático, cuyo criterio clave es el éxito en la gestión
social. Como tal, se halla en una posición única para encabezar esa ambiciosa
empresa reformista.
La izquierda debe despertar
Mientras la izquierda estaba embarcada en una
guerra sin cuartel
al neoliberalismo, el pensamiento reformista iba calando entre círculos
reformistas del establishment. Y ese pensamiento está ahora a pique de
convertirse en política: la izquierda debe redoblar sus esfuerzos para estar a
la altura. No es sólo cosa de pasar de las críticas a las propuestas
constructivas. El reto es superar los límites puestos a la imaginación política
de la izquierda por la combinación de la agresividad del desafío neoliberal en
los años 80 con el colapso de los regímenes de socialismo burocrático a
comienzos de los 90. La izquierda debería ser capaz, de nuevo, de atreverse a
aspirar a modelos de organización social que apuntaran sin reservas a la
igualdad y al control democrático-participatorio tanto de la economía nacional
como de la economía global, condiciones necesarias para la emancipación
individual y colectiva.
Lo mismo que el viejo régimen keynesiano de posguerra, la SDG
tiene que ver con la gestión social. En cambio, la perspectiva de la izquierda
es la liberación social.
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(*)Walden Bello, profesor de ciencias políticas
y sociales en la Universidad de Filipinas (Manila), es miembro del Transnational
Institute de Amsterdam y presidente de Freedom from Debt Coalition, así como
analista sénior en Focus on the Global South.
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