so fue hace dos semanas. Me encontraba en una conferencia en Londres
organizada por el Centro Financiero Internacional de Dubai (DIFC por sus siglas
en inglés), que se describe a sí mismo como uno de los grandes logros del país.
Por entonces nadie podía imaginar ni remotamente la tormenta que estaba a punto
de desatar el emirato –la demanda de una moratoria en el pago de la deuda de su
buque insignia Dubai World, un movimiento que provocó el miedo en los mercados
globales ante la posibilidad de que supusiera un revés para la recuperación
económica global–.
Tampoco sabían los participantes que el hombre que abrió la conferencia –el
respetado Omar bin Sulaiman, el gobernador del DIFC– sería destituido pocos días
después, sin recibir ninguna explicación. Entonces, el único signo de cierto mal
en el emirato era la alarmante desconexión entre la burbuja de Dubai y
el mundo real.
Hoy, la ciudad estado que nos dio las islas palmera y los complejos
de esquí cubiertos es un centro financiero que no puede pagar sus deudas,
lo que ha provocado el enfado de la comunidad financiera –gran parte de ella con
oficinas en el DIFC–, que sostiene que la ciudad los ha engañado con respecto a
sus intenciones sobre la gestión de la deuda.
Dubai siempre se ha promocionado como un modelo de ciudad global, en una
atrasada región árabe que no ha sido capaz de solucionar sus conflictos o
satisfacer las aspiraciones de su joven población. La biografía de su ambicioso
gobernante, Sheikh Mohammed bin Rashid al-Maktoum, describe a un hombre con una
misión que cumplir en el renacimiento del mundo árabe.
Sin embargo, Dubai ha gestionado sus finanzas mediante la combinación de un
estado autocrático que se niega a afrontar la realidad y una hermética empresa
familiar totalmente ajena al funcionamiento de los mercados mundiales.
No hace tanto que Dubai presumía de fortaleza
Si la crisis global ha llegado a las costas de Dubai esta semana, cuando otras
ciudades han iniciado la senda de la recuperación, es debido, al menos en parte,
a que el emirato ha tardado demasiado tiempo en admitir que tenía problemas.
Hace sólo un año, cuando Lehman Brothers quebró y los mercados mundiales se
desplomaron, en Dubai se decía que el emirato era demasiado fuerte como para
verse afectado por las turbulencias.
Tras la debacle de Lehman, Nakheel, la endeudada promotora inmobiliaria de
Dubai World en el ojo del huracán, reveló sus planes para edificar la torre más
alta de Dubai. Por supuesto, un grupo rival llevaba ya avanzada la construcción
del edificio más alto del emirato. El nuevo, sin embargo, se alzaría por encima
de Burj Dubai, aseguró Nakheel.
Las autoridades insistieron en que Dubai sabe cómo aprovechar las desgracias
de otros. Vivimos en un clima violento e inestable, diría, pero que nos
convierte en un imán para la gente y el dinero que huye de la volatilidad de
otros centros mundiales. Este es el modelo de Dubai. Este es el milagro de
Dubai.
De hecho, probablemente fuera el temor de las autoridades a admitir delante
de su gobernante el alcance del endeudamiento de las empresas a su cargo lo que
retrasó el desenlace.
Reconocer la situación
Dubai finalmente tuvo que reconocer la situación –después de hacer recuento de
sus deudas, que ascendían a 80.000 millones de dólares (53.000 millones de
euros), resultaba imposible no hacerlo–. Pero no recibió ayuda hasta febrero del
Banco Central de los Emiratos Árabes Unidos, controlado por Abu Dhabi, que
suscribió la emisión por valor de 10.000 millones de dólares de bonos a cinco
años.
¿Por qué tardó tanto? Porque el orgulloso Sheikh Mohammed, parece ser, se
negaba a ser rescatado por su vecino más rico, posiblemente por miedo a que ello
dañara la imagen de Dubai y limitara su independencia. Tampoco estaba dispuesto
a desprenderse de algunas de las joyas de la corona de Dubai a precios
inferiores al valor de mercado. Algunos piensan que es el mismo tipo de
resistencia obstinada que ha provocado los problemas de esta semana en Dubai.
Incluso después de la emisión de bonos de febrero, las autoridades el emirato
idearon todo tipo de explicaciones sobre por qué no debería definirse como
"rescate".
Aunque los mercados se calmaron tras el rescate, no pasó mucho hasta que
volvió a reinar la confusión. En mayo, una de las personas más relevantes, a la
que se había encomendado sacar al emirato de la crisis –y uno de los pocos que
reconocía la verdadera magnitud de la misión–, fue destituido.
Nasser al-Sheikh, el director general del departamento financiero, parecía
haberse convertido en la víctima de una lucha por el poder que se ha
intensificado este año. La corte del mandatario ha intentado consolidar su
propio poder a costa de aquellos asesores que habían gozado de su favor durante
los años de boom. A algunos observadores no se les escapó que mientras que se
estaba destituyendo a otras figuras competentes, el sultan bin Sulayem, el
presidente de Dubai World, había sido despojado de muchos de sus poderes, pero
aún estaba al frente de la compañía.
Para ser justos, los planes de Dubai para reestructurar sus empresas
e invertir recursos en los activos más viables podrían ser sensatos.
Pero dado que los detalles sobre cualquier estrategia se consideran secreto
nacional, y que las decisiones se toman a través de las intrigas de palacio, a
la ciudad y al resto del mundo no les queda más remedio que operar en base a
rumores y especulaciones en lugar de atenerse a hechos.
Tal vez nada de esto debería sorprendernos. Dubai es un lugar que atrajo a
los inversores hace unos años mediante una publicidad engañosa que decía que el
emirato construiría una ciudad burbuja, un complejo de restaurantes y
museos suspendido sobre el suelo mediante globos de helio y rodeado de un cerco
transparente.
Se suponía que esta fantasía nunca
despegaría del suelo. Pero tal vez lo hiciera. Y tal vez sea allí donde algunos
de los mandatarios han estado viviendo.