hora el ejército israelí utiliza esa misma práctica
fracasada. Veten a la prensa. Mantengan fuera a las cámaras. Pero la mañana de
ayer (sábado), sólo horas después de que el ejército israelí entró a Gaza para matar a
más miembros de Hamas –y desde luego a más civiles–, ese movimiento reportó la
captura de dos soldados israelíes. Reporteros en el terreno pudieron haber
distinguido la verdad de la mentira. Pero sin un solo periodista occidental en
Gaza, los israelíes tuvieron que decirle al mundo que no sabían si la versión
era verdadera o no.
De otro lado, los israelíes son tan inescrupulosos, que las razones para
impedir el acceso a periodistas se entienden muy fácilmente: hay tantos
soldados de Israel que van a matar a tantos inocentes –tomando en cuenta sólo
a aquellos de los que nos enteramos–, que las imágenes de la matanza serían
intolerables. No es que los palestinos hayan sido de mucha ayuda. El
secuestro, por parte de una familia de la mafia palestina de un hombre de la
BBC en Gaza, quien finalmente fue liberado por Hamas hace unos meses aunque
ahora eso no se recuerde, le puso precio a la cabeza de cualquier trabajador
de la televisión occidental en esa zona. Sin embargo, los resultados son los
mismos.
En 1980, la Unión Soviética expulsó a todo periodista occidental de
Afganistán. Quienes estábamos reportando la invasión rusa y sus brutales
consecuencias no podíamos reingresar al país, excepto que fuéramos acompañados
de guerrilleros mujaidines.
Recibí una carta de Charles Douglas Hume, entonces director de The
Times, diario para el que trabajaba, quien me hizo una importante
observación: “Ahora que no tenemos cobertura regular desde Afganistán”, me
dijo el 26 de marzo de ese año, “agradecería que no perdieras la oportunidad
de reportar a partir de testimonios confiables de lo que está ocurriendo en el
país. No debemos permitir que lo que ocurre en Afganistán se desvanezca del
papel simplemente porque no tenemos corresponsal ahí”.
No debe sorprendernos que los israelíes empleen la vieja táctica soviética
de cegar la visión del mundo sobre la guerra. Pero el resultado es que las
voces palestinas, al contrario de las de los reporteros occidentales,
dominarán las ondas magnéticas. Los hombres y mujeres que están bajo los
ataques aéreos y de artillería de los israelíes están ahora contando sus
propias historias a televisoras, radios y periódicos, como nunca antes
pudieron, sin el artificial “equilibrio” que mucho del periodismo televisivo
impone a los reportes en vivo.
Quizá esto se convierta en una nueva forma de cubrir un conflicto, dejando
que los participantes cuenten sus propias historias. El otro lado de la moneda
será, desde luego, que no hay occidental alguno en Gaza para cuestionar a
Hamas su dudoso testimonio de los hechos: otra victoria para la milicia
palestina, entregada en bandeja por los israelíes.
Pero hay un lado todavía más oscuro. La versión de los hechos que ha dado
Israel ha gozado de tanta credibilidad ante la agonizante administración del
presidente George W. Bush que la prohibición a los periodistas de ingresar a
la franja de Gaza puede simplemente no importarle al ejército israelí. Para
cuando podamos investigar lo que sea que están tratando de ocultar, ya
estaremos inmersos en otra crisis y ellos proclamarán que se encuentran en “el
frente de batalla en la guerra contra el terror”.