caso hemos olvidado a los 17.500 muertos -casi
todos los civiles, la mayoría de ellos niños y mujeres- que dejó en 1982 la
invasión israelí del Líbano? ¿O los 1700 civiles palestinos muertos en la
masacre de Sabra-Chatila? ¿O la masacre de Qana (Canaán) de 1996, en la que
los israelíes mataron a 106 civiles libaneses, más de la mitad de ellos niños,
refugiados en una base de Naciones Unidas? ¿O la masacre de los refugiados de
Marwahin a los que en 2006 los israelíes ordenaron salir de sus hogares para
acto seguido asesinarlos a tiros desde un helicóptero artillado? ¿O los 1000
muertos de ese mismo año 2006 durante los bombardeos e invasión del Líbano,
casi todos ellos civiles?
Lo realmente asombroso es que tantos líderes occidentales, tantos
presidentes y primeros ministros y, mucho me temo, tantos editores y
periodistas, hayan dado por bueno el viejo bulo de que los israelíes ponen
mucho cuidado en evitar víctimas civiles. "Israel hace todo lo posible por
evitar bajas civiles", volvió a recitar otro embajador israelí tan sólo
unas horas antes de la masacre de Gaza. Y cada presidente y primer ministro
que repite este embuste como pretexto para evitar un alto el fuego tiene sus
manos chorreantes de sangre derramada durante la carnicería de la noche
anterior. Si George Bush hubiera tenido el valor de exigir un alto el fuego
inmediato 48 horas antes, esos 40 civiles, ancianos, mujeres y niños, aún
estarían vivos.
Lo que pasó no solo fue vergonzoso. Fue abominable. ¿La palabra “crimen de
guerra” es quizás una descripción demasiado fuerte? En realidad, ése es el
nombre que daríamos a esta atrocidad si la hubiera cometido Hamas. Así pues,
un crimen de guerra, me temo, lo fue. Después de haber informado sobre tantos
asesinatos en masa perpetrados por los ejércitos de Oriente Medio -por las
tropas sirias, por las tropas iraquíes, por las tropas iraníes, por las tropas
israelíes- supongo que la reacción que cabe esperar de mí es el cinismo. Ahora
bien, Israel declara estar librando por nosotros la guerra contra el
"terrorismo internacional". Los israelíes dicen que están combatiendo en Gaza
por nosotros, en nombre de nuestros ideales occidentales, en aras de nuestra
seguridad y sujetándose a nuestras normas. De modo que también somos cómplices
de la barbarie que se está inflingiendo a Gaza.
En mis crónicas he informado sobre las múltiples excusas que el ejército
israelí nos ha condimentado en el pasado para justificar esos ataques. Dado
que existe la posibilidad de que Israel vuelva a servírnoslas recalentadas en
las próximas horas, examinemos aquí algunas de ellas: son los palestinos
quienes han matado a sus propios refugiados; los palestinos han desenterrado
cadáveres de los cementerios y los han plantado entre las ruinas; en última
instancia los palestinos tienen la culpa de las muertes porque apoyan a una
facción armada o porque palestinos armados han utilizado deliberadamente a
inocentes refugiados como escudos humanos.
La masacre de Sabra y Chatila la ejecutó la Falange Libanesa, fuerza
derechista aliada de los israelíes, mientras las tropas israelíes se quedaron
mirando durante 48 horas sin mover un dedo para impedir la masacre, como lo
puso de manifiesto la comisión de investigación que dictaminó sobre el caso.
Cuando se culpó a Israel, el gobierno de Menachem Begin acusó al mundo de
lanzar contra Israel un libelo de sangre. Cuando en 1996 la artillería israelí
disparó proyectiles contra la base de la ONU en Qana los israelíes dijeron que
en la base se escondían milicianos de Hezbolá. Mentira. Con respecto a los más
de 1.000 muertos del año 2006 –esta guerra comenzó cuando Hezbolá capturó en
la frontera a dos soldados israelíes-, los israelíes simplemente ignoraron los
reproches que se les hacían, limitándose a atribuir a Hezbollah la
responsabilidad de esas muertes. Israel dijo que los cadáveres de los niños
que el fuego israelí mató en el curso de una segunda masacre en Qana pudieron
haber sido transportados allá desde un cementerio. Mentira. Los israelíes
nunca dieron ninguna explicación sobre la masacre de Marwahin, ocurrida
después de que ordenaran huir a los habitantes de la aldea. La población
obedeció las órdenes israelíes pero fueron atacados por un helicóptero
artillado israelí. Los refugiados cogieron a sus hijos y los mantuvieron
agrupados en torno a la camioneta en la que viajaban para que los pilotos
israelíes pudieran ver que se trataba de personas inocentes. El helicóptero
israelí los ametralló a todos a corta distancia. Sólo sobrevivieron dos, que
fingieron estar muertos. Israel ni siquiera pidió disculpas.
Doce años antes, otro helicóptero israelí atacó a una ambulancia que
transportaba civiles de una aldea vecina –también a ellos los israelíes les
habían ordenado salir de Israel- y mataron a tres niños y a dos mujeres. Los
israelíes argumentaron que en la ambulancia había un combatiente de Hezbolá.
Mentira. Yo cubrí informativamente todas esas atrocidades, las investigué
todas, hablé con los supervivientes. Lo mismo hicieron numerosos colegas míos.
Nuestro destino, por supuesto, fue ser blanco del más calumnioso libelo: nos
acusaron de ser antisemitas.
Por todo ello escribo lo siguiente sin la menor vacilación: pronto
volveremos a escuchar esa sarta de escandalosas mentiras. De nuevo vamos a
escuchar la mentira de que el culpable es Hamas –y bien sabe Dios que se le
pueden imputar cosas sin necesidad de añadir este crimen-; es posible que nos
obsequien con la mentira de los cadáveres extraídos del cementerio, es casi
seguro que tratarán de endilgarnos el embuste de que Hamas estaba en la
escuela, y no hay la menor duda de nos vilipendiarán acusándonos de
antisemitismo. Y nuestros líderes mascullarán, rezongarán y recordarán al
mundo que fue Hamas quien rompió el alto el fuego. Otra mentira. Fue Israel
quien lo rompió, primero el 4 de noviembre cuando bombardeó Gaza y mató a seis
palestinos, y de nuevo el 17 de noviembre, cuando otro bombardeo israelí mató
a cuatro palestinos más.
Sí, los israelíes merecen gozar de seguridad. Veinte israelíes muertos
alrededor de Gaza en el espacio de 10 años es ciertamente una cifra triste.
Pero 600 palestinos muertos en poco más de una semana –y millares de
palestinos muertos desde 1948, cuando la masacre que los israelíes perpetraron
en la aldea palestina de Deir Yassin azuzó el éxodo de los palestinos de esa
parte de Palestina que se convertiría más tarde en Israel- es una cifra que
nos sitúa en una magnitud diferente. Esto ya no se parece a uno de esos
derramamientos de sangre típicos de Oriente Medio, sino a una atrocidad
equiparable a las de guerras balcánicas de la década de 1990. Y, naturalmente,
cuando un árabe se agite con furia incontrolada y proyecte su ira ciega e
incendiaria contra Occidente, diremos que no tenemos nada que ver con ello.
¿Por qué nos odian?, nos preguntaremos. Pero no digamos que ignoramos la
respuesta.