ecir que los EE UU nos pretenden por nuestro petróleo, es un lugar común de
los más pegajosos de este mundo. Que aman nuestra flora y fauna, nuestras
tierras mineralizadas y la geoestrategia que les proporciona, puede resultar
hasta más ridículo de tanto realismo que comporta. Pero ¿qué se le hace? Es un
hecho del que se puede hablar infinitesimalmente, como cuando comentamos el
estado del tiempo, así demos la impresión de que con nuestras palabras
agreguemos otra gota de agua al mar.Es un hecho del que hay que hablar,
pero hablar a conciencia en tanto potencialmente podría afectar nuestras vidas
con su eventualidad; tratarlo con gravedad, combatiendo el halo de
perogrullada que lo envuelve, mismo que podría llevarnos a percibirlo como un
asunto dado de la vida, vitaliciamente regular, como el mar mismo, el
cielo y la tierra, casi despercibidos debido, precisamente, por su condición
de superexistencia y cotidianidad (no otra cosa refieren los clisés). La vida,
pues, tu vida, el imperialismo diario de nuestras vidas.
Y habituamiento insólito ése de que sobre nuestras existencias penda una
enorme espada de guerra y de apropiaciones, con todo el caudal de sangre y
vidas humanas que supondría derramado. Como si fuésemos un ganado, unas reses,
en un delimitado redil propiedad de fuerzas superiores; como si fuésemos una
alacena de donde el despensero nos toma dosificadamente. Esperando nuestra
hora, vale decir, cuando al amo imperial le empiecen a fallar los suministros
por otro lado (o se le haga difícil obtenerlos) y se decida a explotarnos
frontalmente, sistemáticamente, para seguir chupando una ubre que le prolongue
la vida.
Porque nadie lo dude: ninguna vida no pide permiso para vivir, y en la
medida en que los EEUU comporte un sistema de vida (imperial), en esa medida
vivirá, si se quiere naturalmente (no hay alto ni bajo instinto), procurando
la dote que le asegure su subsistencia. Instintivamente, se puede decir, dado
que el impulso es la fuerza básica de la vida.
De forma que no creerá usted, pedazo de iluso, socialista soñador o
humanistas de mil cipotes, que ellos le pedirán a usted permiso para vivir,
del mismo modo que usted no lo haría, por más que no responda a las leyes de
este mundo y nos hable de idealismo o convicciones. No creerá que ellos
menguarán voluntariamente para que usted brille como un magnífico sol en un
nuevo y nunca luchado sistema planetario. Que se irán y le dejarán. Que
fenecerán para que usted nazca. Qué se sacrificarán para que usted viva,
porque usted es mejor y más bonito. ¡Por todos los dioses! La vida misma, en
su esencia superviviente, no procede así, con tanta innaturalidad.
Los EEUU son un ser viviente, por si no lo sabíamos, con tendencias básicas
como toda vida, y básicamente egoístas, esquilmantes, expropiantes,
territorialistas, esclavistas, animal en la selva al fin, donde la ley del más
fuerte es gen. Pero vida animal más allá de la animalidad misma, como ha sido
la histórica condición humana, destructura de mundos: tanto más cuanto más los
defina la condición ideológica del capitalismo expoliante, que los lleva más
allá de la instintualidad y la subsistencia. Porque usted lo sabe… Un animal
selvático no acaba con su ambiente, no contamina hasta más no poder, no
destruye de un solo trancazo lo que se puede comer, no mata a otros más allá
de la necesidad y la supervivencia… Ya usted lo ha visto: es como si quisiesen
ser la especie única en el planeta, y planeta destrozado por ella misma, lista
en su bestialidad tecnológica para empezar a devorarse a sí misma. Tales son
las proyecciones de tan inusitada especie al “timón” del planeta Tierra.
Lo demostraron con Irak. Invadieron y punto, sin ONU ni otros ocho cuartos,
como se dice, sin pedirle consejo a usted ni a un iraquí. Desaparecieron el
país, su gentilicio, sus museos, sus bibliotecas, su largo linaje de ser
otrora cuna de la civilización más antigua de la humanidad. Se lo depredaron y
ya; se lo deglutieron, se lo asimilaron. Su modo de vida consumista, su
terrible tren de derroche y suntuosidad, así se lo sentenciaron como una
inaplazable necesidad.
El mamífero requería petróleo para asegurarle unos años más a su declinante
sistema económico basado en la energía de los hidrocarburos. Y también el
espacio, para posicionarse geoestratégicamente en el Medio Oriente y poder
procurarse primacía en la lucha por los terrenos del mundo, ya aludiendo a su
competidor de siempre, Rusia, y a la flamante y creciente economía china, que
ahora figura un gigantesco zancudo explorador de hidrocarburos.
Dueños del petróleo, asegurarían por largos años (hasta que se agote) la
primacía de su modelo imperial. Estarían en capacidad y sobre la disposición
de recursos para alimentar sus tropas, moverlas, ponerlas en lucha donde lo
requiera la preeminencia de su “providencial” especie, fabricarle armas; y
tierra adentro, entre la frontera social de su nación, seguirían con el
suficiente arresto de poder para mantener entrecamisado a su engañado pueblo
con el cuento de la “mejor democracia del mundo”, a la final bajo el ardid de
la competencia egoísta y el consumismo galopante, que le hacen creer libre.
Tal es el engendro, engendro con combustible, armas y dinero para perdurar
hasta que las reservas de su modelo de vida suplan. Lo que vendrá después es
otro cuento.
Algunos pronostican que la era del petróleo cerrará en los 60 ó 70, a pesar
de que hay países (como Venezuela), con reservas útiles hasta para doscientos
años. Pero el petróleo en el mundo, como masa energética confiable
pancivilizatoria, podría dar la talla hasta este primer centenario del siglo.
Entretanto los EEUU, como vitalidad política e ideológica que basa su
subsistencia imperial en la explotación de los hidrocarburos, ya realiza sus
movidas de piezas sobre el tablero. Se trata de matar o morir para obtener
petróleo, para seguir viviendo; y, como les dije, nadie pide permiso para
vivir, mucho menos si se trata de un imperio, de todo un sistema establecido
de poderes y sumisiones, alimentado por el llamado combustible del diablo.
Es la guerra, pues, que no quede dudas. No existe otro modo de
confrontación, lamentablemente para los soñadores. Se es imperio o no se es, y
ello implica un combate vital, como en todo ser. Nadie le quita el
combustible a una vida sin una guerra, y, aun, en el supuesto de que petróleo
se acabase hoy repentinamente, los EEUU difícilmente menguarían mansamente
para que otros ocupen sus aniquiladas hegemonías. Entonces se habrá caído en
un quiebre estructural económico-ideológico (como ya empieza a haber señas de
ello con la decadencia capitalista), dando paso a lo que queda de tanto luchar
por los espacios y sus recursos desde siglos pasados: las armas, la guerra,
hasta que el mundo asuma su nuevo orden. Y armas nucleares, para más señas,
entrando ya, con toda semántica, en la completa Era Nuclear. (Las guerras en
el mundo son inevitables, porque constituyen el espacio y tiempo de un
reacomodo crítico, social, económico e ideológico).
Vea la preocupación norteña así: en 1970 los EEUU producían de su propia
cosecha más de 10 millones de barriles diarios; hoy apenas llega a 5. Tienen
reservas por el orden de los 16 mil millones, y consume anualmente 7.300
millones, es decir, dos años aproximados de subsistencia. Diariamente se
tragan 19 millones de barriles y, como les dije, ¡produce 5!¹ ¡Caramba,
cualquiera se asusta y pertrecha, a sabiendas de que un ogro devastador se
sabe con pobres expectativas de vida, restándole nomás como argumento de
supervivencia su propia condición de ogro dotado de armas!
No existe ningún problema silogístico (ya es un lugar común, como dije) en
imaginar que, ansiosos de pura vida, necesitados de porvenir, se vuelquen
hacia nosotros, anegados regionalmente como estamos de petróleo y con una
insondada Amanzonia. ¡Hombre, y sin pedir permisos, para que usted lo sepa! De
hecho la región del Amazonas está señalada entre sus libros escolares como de
su propiedad, como una región que actualmente está manos de unos “indios” como
nosotros que no la cuidamos (preparan sus huestes desde la infancia).
Si, es un lugar común común remencionarlo, pero nuestra región andina le
suministra a los EEUU el 25% del petróleo que consume (de ello nada más
Venezuela proporciona el 15) y no es difícil barruntar, después que Venezuela
(nada más ella) está cerca de certificar reservas por el orden de los 314 mil
millones de barriles, más que la misma Arabia Saudita, que tiene 170…² No es
difícil barruntar que, si además del petróleo se posesionan de la Amazonia (un
descomunal recurso), aquí hay bastante combustible para alargarle la vida a
tan enloquecido imperio.
¿Copió usted mi preocupación por éste tan aplastante lugar común de que nos
buscan para depredarnos? Digo algo más, para terminar: es ciertamente Euroasia-Cáucaso-Medio
Oriente (el triángulo petrolero) la red energética más estratégica del
planeta, dado que posee el 70% de las reservas de petróleo del mundo, y donde
el imperio estadounidense se la juega día y noche con sus conspiraciones (lo
último fue su aventura en Georgia); y podrá ser, también digo, el Medio
Oriente por sí sólo, como lo declarase el expresidente Eisenhower, la “zona
del mundo más importante estratégicamente”, por sus reservas de petróleo… Pero
nada tan fácil y barato como nuestra América, donde, a modo de contingencia,
es posible invadirle sus países y extraerle luego sus recursos sin grandes
dificultades, mientras se le solucionan al imperio sus reveses en la dicha
zona “más estratégica del mundo”. Como sabemos, no hay aquí, como por allá,
países armados atómicamente para defender sus soberanías, que le ofrezcan gran
resistencia (Brasil ha poco dio el primer paso y compró submarinos nucleares
para custodiar sus recientes hallazgos petroleros). Como si fuéramos, pues, la
mandarina petrolera, que se pela con facilidad; o, llamándonos de otro modo,
el combustible vital de aquellos que, ineludiblemente, buscaran consumirnos.
El pan, el combustible, el alimento.
No venga entonces, hombre, a recriminarme el clisé: del mismo modo que
vienen por nosotros en plan de expoliación, no es posible que a usted se le
oculte el lugar común consiguiente: ellos no pueden ser amigos, ni humana ni
animalmente hablando (¿el instinto, se acuerda?). Tan claro como el cielo,
elemental como el agua y la tierra. Tal debería ser la impronta de todo este
largo, trillado y preocupante cuento.