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Noticias)
18-Agosto-09
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En los vínculos de cooperación militar entre Washington y Bogotá que
inquietan a la región, lo que no se explica desde la política se entiende desde
los negocios involucrados.
Por Marcelo Cantelmi - Clarín
R ichard Haas, un politólogo que fue funcionario y consejero militar de ambos
Bush, distingue dos clases de guerras: las que son necesarias e inevitables y
las opcionales. En su provocador libro Guerra de Necesidad, Guerra de
elección, (Simon & Schuster, 2009) Haas pone entre las primeras a la II Guerra
Mundial, a la primera del Golfo y a la primera en Afganistán, cuando EE.UU.
salió a buscar resuello tras los atentados del 11 de septiembre.
Por el lado de las opcionales, enumera la segunda de Irak, la de Vietnam y la
actual en Afganistán, que va asumiendo ya el perfil del mayor desafío bélico
para el gobierno de Barack Obama. Se dirá que es un poco fútil y polémica la
idea. Las guerras no son otra cosa que las formas en que se resuelven
contradicciones de poder -poder económico- no importa tanto si hubo o no
chance de evitarlas. Pero lo cierto es que las guerras, además, son un buen
negocio, también entre nosotros.
No lejos de estos debates, además de las dos alternativas que describe Haas,
hay otros analistas como el politólogo y catedrático de historia de la
Universidad de Nueva York, Greg Grandin, quien añade una tercera variedad: las
guerras estúpidas. Al tope de la clasificación coloca el ejemplo de la guerra
"fallida" contra el narcotráfico en esta parte del mundo, apuntando más bien a
las formas que tomó esa confrontación que tiene a Colombia como uno de sus
ejes centrales. Y al Plan Colombia de asistencia norteamericana como
protagonista estelar.
En la misma estrategia o retórica antinarco se incrusta la decisión de
EE.UU.de desplegar bases propias en mas de media docena de cuarteles militares
repartidos por toda Colombia. Uno de los sentidos de esa operación, que ha
creado comprensibles agonías y recelos en la región, se puede encontrar como
huellas muy marcadas recorriendo algunos pasos de la historia reciente del
vínculo entre Washington y Bogotá. No es difícil acabar por descubrir que las
cosas pueden ser mucho más pedestres que lo que indica cierta urgencia
conspirativa. Veamos.
En un imperdible artículo publicado en The Nation, "What can Obama do in Latin
America?" (¿Qué puede hacer Obama en América latina?), Grandin recuerda que el
presidente norteamericano en plena campaña proclamó que sólo se opondría a las
guerras estúpidas. "Esta guerra (contra el narcotráfico) es una de esas, de
las estúpidas", dice enfático y explica: "No ha reducido la exportación de
narcóticos a EE.UU., pero sí ha esparcido la violencia por Sudamérica a
México, mientras afianzó el poder de los paramilitares en Colombia".
El Plan Colombia es la pieza central de esa guerra -una iniciativa que, por su
tamaño, convierte en casi nada al filoso tema de las bases- que no sólo este
académico considera como una operación fallida. Es el mismo plan, aclaremos,
que influyó en la otra guerra civil que se libra contra las FARC; pero ahí la
guerrilla ha perdido frentes y efectivos debido a su decadencia ideológica,
una extendida lumpenización y la consecuente deformación delictiva.
El Plan Colombia nació con la administración de Bill Clinton apuntando a los
grandes carteles de la droga (no las FARC) cuando gobernaba el país
sudamericano Andrés Pastrana. Ha implicado desde entonces una inversión de
alrededor de US$ 6.000 millones. Y convertido a Colombia en uno de los mayores
receptores mundiales de asistencia militar norteamericana. El problema son los
resultados.
El Brooking Institute, un poderoso think-tank demócrata, uno de cuyos miembros
más prominentes, Carlos Pascual, acaba de ser designado embajador de EE.UU. en
México, sostiene que la batalla centralizada en cada país contra el
narcotráfico solo ha servido para que las mafias se muden sin perder
eficiencia. El caso de los carteles narcos de Colombia, donde se concentró esa
batalla, es paradigmático sobre la consecuencia del crecimiento de las
alternativas mafiosas en México. Para el Brooking el eje pasa por combatir con
mayor énfasis el enorme consumo en Norteamérica, y destruir el contrabando de
miles de armas que cada día pasan desde el sur al norte por la frontera
mexicana.
Esa polémica importa poco a los protagonistas directos de la película. Las
razones son sencillas. El dinero del Plan Colombia ha fluido como un río hacia
proveedores gigantes de material bélico como United Technologies. Este coloso
de la industria militar, basado en Connecticut, es el mismo que proveerá a
México, como parte del cuestionado Plan Mérida (la versión azteca del
antinarco aplicado en Colombia), de una flota de helicópteros Black Hawks que
construye su subsidiaria Sikorsky. El anuncio lo hizo la canciller de Obama,
Hillary Clinton en marzo en México. Esos helicópteros operan también en
Colombia.
Es interesante observar que cuando George W. Bush activó el Mérida, optó por
dotarlo de helicópteros Bell, cuya planta esta en su estado natal, Texas. La
United Tech está radicada en Hartford, Connecticut, de donde proviene el
halcón Joe Liberman, un influyente senador primero demócrata (luego
independiente) que junto a su colega Christopher Dodd, introdujo una enmienda
que autoriza al Pentágono, en consulta con los militares colombianos, a
determinar cuál es el modelo más efectivo para luchar contra el narcotráfico.
La pelea por Colombia entre Sikorsky y Bell, con sus lobbies y una lluvia de
cientos de miles de dólares que denunció el respetado Center for Public
Integrity de EE. UU. ("The Helicopter War"), es uno de los capítulos poco
transitados pero claves para comprender el sentido y permanencia de esta
guerra. Y por qué es tan importante para esos sectores del poder en EE.UU. la
figura de Alvaro Uribe y la gracia de su reelección. Es claro ya que las
polémicas bases son parte de su campaña electoral.
Vale la pena abundar. Según datos de 2007 consignados por la BBC, que cita a
la especialista colombiana en lucha contra el narcotráfico Diana Murcia, al
menos 35% de los fondos del Plan nunca llegaron a Colombia sino que pasaron en
forma directa a los proveedores. "El programa iba a servir para reducir 50% la
oferta de cocaína hacia EE.UU. y Europa, pero ha sido un total fracaso", dijo.
Tanta evidencia puede más bien hacer poco sin un sistema regulatorio que
controle los excesos. El almirante Mike Mullen, jefe del Estado Mayor Conjunto
de EE.UU. atajó hace poco el pedido para desmantelar el Plan Colombia
afirmando en Bogotá que hay que "aprender de los enormes éxitos de este plan"
y sugirió que tales enseñanzas deberían ser aplicadas en Afganistán, el nuevo
Vietnam en proceso. El corresponsal en la Casa Blanca de The Washington Post,
Scott Wilson, avanzó un poco mas: urgió a Obama a usar a Colombia como el aula
donde aprender cómo golpear al enemigo Talibán. Y preparar un ejército que lo
haga, no importa a qué costo. Es un mundo pequeño.
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