l jueves 9 de julio (1) negociaciones tomaron lugar en San José, ciudad capital de
Costa Rica, aparentemente para resolver la crisis política desatada por el golpe
de estado que se dio en el país vecino de Honduras el 28 de julio. Pero las
negociaciones se han convertido en una farsa. El verdadero fin de este
fraudulento ejercicio es legitimar el derrocamiento militar del presidente
electo de Honduras y así lograr los objetivos de Washington y de sectores
derechistas influyentes de la oligarquía hondureña.
El presidente hondureño, Manuel Zelaya regresó a la capital costarricense el
miércoles luego del mes pasado haber sido arrestado, tirado como un bulto en un
avión y exilado a San José. Al día siguiente fue el primero en negociar con el
mediador asignado por Estados Unidos, Carlos Arias, presidente de Costa Rica.
Le siguió Roberto Micheletti, quien fue puesto al frente del Ejecutivo
hondureño por el golpe y a quien las autoridades costarricenses llamaron
"presidente en función". Esta apelación desconcertó a Zelaya y a sus
partidarios, quienes ferozmente atacaron al ex presidente del parlamento como un
criminal que había usurpado el poder ilegalmente.
Antes de las negociaciones, Arias había dejado claro que trataría a ambos
imparcialmente como presidentes.
Los dos individuos se reunieron por separado con Arias en la mansión del
presidente costarricense en el rico vecindario de Rohrmoser. La habían rodeado
cientos de policías y manifestantes. Éstos últimos habían llegado para protestar
el golpe. Muchos le gritaron "¡asesino!" a Micheletti y lo quemaron en efigie.
Luego de reunirse con Arias, Zelaya le dijo a los corresponsales que
esperaban afuera:
"Creemos que hemos sido congruentes con la posición de Honduras, que es la
restitución del estado de derecho, de la democracia y la restitución del
presidente electo por el pueblo hondureño".
Poco después, Micheletti siguió a Zelaya en la residencia de Arias. Antes de
llegar a la ciudad había pasado tres horas en el aeropuerto, aparentemente por
razones de seguridad. Según varios informes, le había pedido a Arias que
reuniera con él allí para evitar un encuentro con los manifestantes.
Por su parte, Micheletti se declaró "satisfecho" con la mediación de Arias e
inmediatamente partió de nuevo a Honduras, lo que contradijo la promesa de Arias
en mantener a los dos hombres negociando hasta que llegaran a un acuerdo. Pero
Micheletti anunció que dejaba atrás una "comisión" de figuras políticas
hondureñas que apoyaban el golpe. Zelaya entonces formó su propia comisión de
partidarios que participaran en las negociaciones.
Luego de regresar a Tegucigalpa, ciudad capital de Honduras, Micheletti le
dijo a los corresponsales que "Estamos de acuerdo con el retorno de él (Zelaya)
acá, pero directamente a los juzgados". Los dirigentes del golpe exigen que a
Zelaya se le enjuicie como traidor porque trató de celebrar un plebiscito no
vinculante para determinar si había apoyo popular a una enmienda a la
constitución del país. Críticos han acusado a Zelaya de que esto fue una movida
de su parte para ganarse otro plazo presidencial, lo cual es casi imposible
puesto que el voto para una asamblea constituyente que cambie la constitución no
podría tomar lugar hasta los comicios nacionales del 29 de diciembre, cuando se
elige a un nuevo presidente.
Micheletti añadió: "Anticipo que en mi próxima visita a Costa Rica me
recibirán como el presidente constitucional de Honduras".
El dirigente del golpe tiene suficientes razones para confiar en sí mismo.
Casi todo el proceso de mediación favorece a los que destituyeron a Zelaya. A lo
único que Micheletti le puede temer, aún cuando cuenta con el apoyo de las
fuerzas armadas, la iglesia y los sectores más poderosos de los sectores
terratenientes y empresariales, son las masas del pueblo trabajador hondureño,
quienes han sido el eje de la resistencia al golpe.
Por su parte, Arias ha reaccionado a su primer encuentro con Zelaya y
Micheletti declarando que no tenía ninguna ilusión y que el proceso podría tomar
más tiempo de lo que se imaginaba. Añadió que la solución a la crisis podía
resolverse en dos días o en más de dos meses.
Puesto que los comicios tendrán lugar en apenas cuatro meses y medio,
Micheletti y sus compinches del golpe pueden seguir con las sesiones de
mediación hasta que el plazo de Zelaya termine.
Arias ha insistido que toda solución debe incluir la restauración de Zelaya a
la presidencia. Su patrón, el gobierno de Obama, ha adoptado una postura muy
ambigua en cuanto al caso. Por una parte, Obama ha pedido que se le reinstale,
pero por otra la Ministro de Relaciones Exteriores, Hillary Clinton,
deliberadamente ha rehusado seguir esa pauta. Un vocero del Ministerio de
Relaciones Exteriores de Estados Unidos ha declarado que Washington espera que
la mediación bajo la tutela de Arias "devuelva el orden democrático en
Honduras". No mencionó al presidente electo para nada.
Un ex funcionario costarricense con ciertos conocimientos de la misión que
Arias ha aceptado de Washington sugirió otra alternativa: que Zelaya regrese de
nuevo a Tegucigalpa para servir como presidente del régimen instalado por los
golpistas, pero sin ninguna autoridad. Sólo sería una figura decorativa.
El objetivo de semejante solución es evidente: pintar a la destitución militar
de un gobierno elegido con colores democráticos. La destitución recibió el
respaldo de los Estados Unidos.
Kevin Casas-Zamora, quien fue vicepresidente de Arias hace dos años y es
ahora destacado socio de antigüedad en el Instituto Brookings, explicó en
detalle esta hipótesis: "Mi sentido de lo que la comunidad internacional exige,
y lo que es correcto, es que Zelaya ante todo debería regresar a la presidencia,
pero no necesariamente al poder".
Además de abandonar todo el poder, a Zelaya — según puntualizó Casas-Zamora —
se le exigiría abandonar sus planes para enmendar la constitución (lo que ya ha
prometido hacer), romper todas las relaciones que ha establecido con el
presidente venezolano, Hugo Chávez y entrar en un explícito "acuerdo para
compartir el poder" con los que lo derrocaron.
Que esta haya sido la alternativa que los círculos políticos gobernantes de
Estados Unidos favorecieran quedó bien claro cuando esta semana el Washington
Post y el NewYork Times publicaron editoriales similares, ambos
palpables de hipocresía y cinismo políticos.
El único problema que el Post tuvo con el golpe en Honduras fue la manera en
que se llevó a cabo, pues "cayó en la trampa tendida por el protector de Zelaya,
Hugo Chávez, quien intenta derrocar las instituciones democráticas en toda la
región". Es decir, los que trataron de derrocar a la democracia no fueron los
funcionarios hondureños que ordenaron a las tropas invadir el palacio
presidencial y apoderarse de las calles, lo que resultó en el cierre de
estaciones de radio y televisión que no simpatizaban con el golpe y en tiroteos
contra manifestantes no armados. Más bien fueron las víctimas del golpe las que
lanzaron el ataque contra la democracia.
El Post sostiene que los dirigentes de golpe hondureño no tienen nada que
temerle si regresa Zelaya. "Aún si no termina en la cárcel", escribe el
periódico, "existe poca probabilidad que ahora pudiera...tener éxito en cambiar
la constitución".
Igualmente., el Times sostiene que "Probablemente l/o mejor sería que
los militares hondureños, los juzgados y el gobierno de facto le permitan al Sr.
Zelaya regresar a Tegucigalpa para cumplir lo que queda de su plazo, que termina
en enero, a cambio de su promesa de abandonar todo esfuerzo por cambiar la
constitución. Así se podría postular para un segundo plazo".
Ambos periódicos, para justificar el golpe y dejar sin ningún poder al
presidente electo, recurren ha que hay que ser leal a la constitución hondureña,
y se oponen firmemente a cambiar el documento para que éste se pueda postular
para otro plazo. Pero la adherencia a estos "principios" depende completamente
de la situación; estas leyes se pueden guardar o cambiar si ello sirve los
intereses de la clase gobernante de Estados Unidos.
Por ejemplo, ninguno de los dos periódicos mostró alguna inquietud cuando
Álvaro Uribe, presidente derechista de Colombia y leal partidario de la política
extranjera de Estados Unidos, modificó la constitución colombiana para obtener
un segundo plazo sin ni siquiera molestarse en presentarle la propuesta reforma
a un plebiscito popular.
Cuando esto sucedió, el Times reaccionó con que la maniobra de Uribe
"aseguraría que Washington retenga un mayordomo muy atento a dos de las
prioridades principales del gobierno de Bush en esta tumultuosa región: la
guerra contra las drogas y los rebeldes marxistas".
Pero hubo una situación mucho más cercana a estas costas. El periódico
favoreció con entusiasmo la movida del alcalde millonario de la ciudad de Nueva
York para reescribir las leyes municipales y ponerle fin a los límites de
mandato. Así se daría a sí mismo la oportunidad de postularse para la alcaldía
de la ciudad por un tercer plazo de cuatro años. El periódico propuso en este
caso que los cambios se hicieran por medio de pactos entre Bloomberg y el
ayuntamiento a escondidas del público. También se opuso a un plebiscito popular,
tal como se propuso en Honduras, por ser "técnicamente difícil".
A medida que la "mediación" bajo la batuta de Estados Unidos tenía lugar en
San José, los trabajadores y jóvenes hondureños continuaron resistiendo el
golpe. Miles de personas se manifestaron el jueves y viernes en Tegucigalpa, San
pedro Sula y muchas otras ciudades.
En varias regiones del país, manifestantes ocuparon carreteras y puentes y
pararon el tráfico. El jueves bloquearon otra vez el tráfico por seis horas en
la ruta principal que conecta a Honduras con la Carretera Panamericana y
Nicaragua y El Salvador al sur. La línea de tractores que no se movía llegaba a
la capital. El viernes miles marcharon al sector norte de Tegucigalpa para
cerrar la carretera que conduce a San Pedro Sula, segunda ciudad principal del
país.
La represión del nuevo régimen también continúa. El jueves, fuerzas de
seguridad detuvieron al padre de Obed Murillo, el joven de 19 años de edad que
murió a balazos el 5 de julio cuando soldados abrieron fuego contra
manifestantes que se habían reunido en el aeropuerto de Tegucigalpa cuando
Zelaya fracasó en regresar al país.
El padre, David Murillo, quien ya se ha expresado varias veces desde la
matanza, ha exigido justicia para su hijo. La policía nacional lo arrestó luego
de una reunión en las oficinas del Comité de Familiares de Detenidos
Desaparecidos, donde había prestado testimonio sobre la muerte de su hijo. Fue
llevado directamente a una cárcel bajo control de las fuerzas militares.