El más completo directorio en español

HOME| Titulares| Diarios| Radios| TV.| Buscadores| Economía| Agencias| Alternativos| Mail

 

Buscar en
IAR-Noticias y en
 la Web

Google

 

 

 
 
 

Latinoamérica

Norteamérica

Europa

Medio Oriente

Irak

Asia

Africa

Autores

Especiales

Contrainformación

TITULARES
del Mundo

I Argentina I Brasil I
I América Latina I
I España I EE.UU. I
I Canadá I Europa I
I Asia I Africa I
I Oceanía I

EN VIVO

Radios del
Mundo


I América Latina I
I España I EE.UU. I
I Canadá I Europa I
I Asia I Africa I
I Oceanía
I Medio Oriente
I Internacionales I

BUSCADORES

del Mundo


I América del Norte I
I América Central I
I América del Sur I
I Europa I España I
I Africa I Asia I
I Medio Oriente I
I Oceanía I
I Temáticos I
I Internacionales

ECONOMIA
MUNDIAL


I América Latina I
I Africa I Asia I
I España I EE.UU. I
I Europa I
I
Oceanía I  
I Canadá
I Medio Oriente
Bolsas del Mundo I

MEDIOS

del Mundo


I Agencias
de Noticias I

I Diarios I 
I Revistas I
I Radios I
I Televisión I

MEDIOS
ALTERNATIVOS


I Periódicos
 
y Redes
I
I
Agencias
 de Noticias I
I
Publicaciones
 
y Sitios I
I
Prensa
 
de Izquieda I

 

Agregar 
a favoritos

Recomendar
 este sitio

 
 

SECCIONES

 

INTERNACIONAL  

 

Por qué Copenhague debe ser el final del principio

 
 

 (IAR Noticias) 04-Diciembre-09

Photo

En la imagen, planta de la American Electric Power Company en New Haven, West Virginia, el 27 de octubre de 2009.

La cumbre de Copenhague sobre el cambio climático no cumplirá con las expectativas formadas en torno a ella. ¿Importa? Sí y no: sí porque hay argumentos de peso para actuar; no, porque el probable acuerdo sería inadecuado.

Por Martin Wolf - Financial Times

El cambio climático será un problema difícil de abordar. Es fundamental que logremos el objetivo de manera eficaz y eficiente. Los probables nuevos retrasos deberían usarse justo para eso.

Mi opinión sobre la justificación de una actuación decisiva es polémica. Los escépticos ofrecen dos argumentos en contra: primero, que la ciencia que subyace al cambio climático es muy incierta; segundo, que los costes son mayores que los beneficios.

Sin embargo, no basta con exponer que la ciencia es incierta. Dados los riesgos, tenemos que estar muy seguros de que la ciencia se equivoca antes de apoyar a los escépticos. Cuando nos demos cuenta de que no es así, es probable que sea demasiado tarde para actuar con eficacia. No podemos repetir los experimentos cuando sólo existe un planeta.

Afortunadamente, las evidencias sugieren que los costes de la actuación no deberían ser prohibitivos. El último Informe de Desarrollo Mundial del Banco Mundial expone que los costes de unas restricciones más severas sobre las emisiones de carbono serían modestos. Con respecto a los beneficios, destacaría la importancia de evitar el peligro de una catástrofe climática. No tenemos derecho a asumir esos riesgos.

Sin embargo, los escépticos desempeñan una función de valor incalculable. Nos recuerdan que tenemos que seguir controlando la evolución del clima. También nos dicen que la actuación tiene costes, y que algunos de ellos –como dejar a miles de millones de personas en la pobreza– serían intolerables. La reducción de las emisiones que se conseguiría cambiando la flota estadounidense de vehículos deportivos por coches con los estándares de ahorro de carburante de la UE, cubriría las emisiones derivadas del acceso a la electricidad de 1.600 millones de personas que en la actualidad carecen de él.

Pese a que la actuación está justificada y probablemente no sea prohibitivamente cara, el reto va a ser inmenso. Tal y como señala la Agencia Internacional de la Energía (AIE) en sus Perspectivas Energéticas Mundiales, necesitaríamos “descarbonizar” el crecimiento para limitar la concentración de gases de efecto invernadero en 450 partes por millón de equivalente de CO2, el nivel que se cree consistente con un incremento de la temperatura media global en torno a 2ºC.

Para lograrlo, habría que tomar todo tipo de medidas –reducir la demanda, expandir el uso de las renovables, invertir en energía nuclear, desarrollar sistemas de captura y almacenamiento de carbono, cambiar el carbón por el gas y proteger los bosques–.

¿Cómo ha sido nuestra actuación hasta el momento en este respecto? En una palabra, espantosa. Pese a las buenas palabras, el flujo de emisiones ha seguido aumentando. La recesión ha ayudado. Pero no podemos –y, como muestran las evidencias, no deberíamos– confiar en el Apocalipsis económico. Tal y como señala la AIE, las emisiones de CO2 relacionadas con la energía han aumentado de 20,9 gigatoneladas (Gt) en 1990 a 28,8 Gt en 2007.

La AIE prevé, en su “escenario de referencia”, unas emisiones de CO2 de 34,5 Gt en 2020 y 40,2 Gt en 2030, una tasa media de crecimiento del 1,5% anual durante ese periodo. Un dato crucial es que los países emergentes y en vías de desarrollo “representan la totalidad del crecimiento previsto en las emisiones derivadas de la energía hasta 2030”, procediendo el 55% de China y el 18% de India.

El argumento a favor de cambiar pronto esta tendencia es que los costes de evitar un fuerte aumento de la temperatura se volverían, de lo contrario, extremadamente altos o, en el peor de los casos, prohibitivos.

La AIE sugiere que si el objetivo es el de limitar las concentraciones de gases de efecto invernadero a 450 partes por millón, cada día que se retrase el avance hacia la trayectoria exigida para ello se añaden 500.000 millones de dólares (332.182 millones de euros) adicionales al coste global estimado de 10,5 billones de dólares. Estos costes se derivan de la vida extremadamente larga de los principales activos usados en la generación de energía y de la supervivencia aún más prolongada del CO2 en la atmósfera.

El escenario alternativo es bastante distinto: en lugar de las 40,2 Gt de emisiones derivadas de la energía en 2030, sólo tendríamos 26,4 Gt. La diferencia es enorme. Un documento informativo de la Fundación Europea del Clima pone de manifiesto que las promesas hechas antes de Copenhague no la acortarían. Incluso en el caso más optimista, las ofertas actuales distan alrededor de un tercio de las reducciones necesarias de aquí a 2020 para alcanzar un límite máximo de 450 partes por millón de equivalente de CO2.

Copenhague, por lo tanto, sólo sería el principio. Es probable que ni siquiera llegue a eso, ya que la administración estadounidense es incapaz de alcanzar compromisos vinculantes y los países en vías de desarrollo no están dispuestos a hacerlo. Sin embargo, Copenhague parece el final del principio. Existe algo parecido a un acuerdo en que el mundo debería actuar. Igualmente, se coincide en que pese a las palabras, hasta el momento no se han hecho avances muy útiles. Ha llegado la hora de actuar –si no es en Copenhague, después, pero pronto–.

Por desgracia, esto no quiere decir que vaya a alcanzarse el tipo de acuerdo adecuado. Las políticas que usemos tienen que ser tan eficaces y eficientes como sea posible. ¿Qué quiere decir eso? Destacaría tres criterios.

Pimero, necesitamos precios para el carbono que se ajusten al horizonte cambiante. El precio no puede ser fijo para siempre, sino que tiene que modificarse en base a los acontecimientos. Pero tiene que ser mucho más estable que el del mercado de permisos de la UE. Por este motivo, un impuesto me parece más atractivo que el “sistema de comercio de emisiones”.

Segundo, hay que separar al que emite los gases del que paga por ello. Las emisiones deben producirse allí donde sean más necesarias. Ese es el motivo por el que deben incluirse las emisiones de los países en vías de desarrollo. Pero el coste debería recaer sobre las naciones ricas, tanto porque pueden permitírselo como porque fueron las responsables de la mayor parte de las emisiones del pasado.

Finalmente, necesitamos desarrollar y aplicar innovaciones en todas las tecnologías relevantes. Un informe del laboratorio de ideas Bruegel expone, persuasivamente, que si sólo se aumentan los precios sobre las emisiones de carbono, se reforzaría la posición de las tecnologías actuales. Necesitamos también grandes subvenciones a la innovación.

La lucha contra el cambio climático es el reto colectivo más complejo al que se ha enfrentado la humanidad a lo largo de su historia. El éxito exige actuaciones costosas y coordinadas entre muchos países para enfrentar una amenaza distante –por el bien de las personas que aún no han nacido– bajo la inevitable incertidumbre sobre los costes que se derivarán de no actuar.

Sin embargo, hemos alcanzado un punto en el que existe un amplio consenso sobre la naturaleza de la amenaza y sobre la clase de políticas que tenemos que seguir para afrontarla. Es posible que no se alcance un acuerdo en Copenhague, pero ha llegado la hora de actuar. O lo hacemos pronto, o terminaremos descubriendo si los escépticos estaban en lo cierto. Si no se toman medidas, como parece probable, espero que lo estén. Pero lo dudo mucho.

 

*****

  HOME

RECOMENDAR ESTA NOTA

© Copyright 2009  iarnoticias.com | Derechos reservados | Director Rodrigo Guevara

 

Se autoriza el libre uso, impresión y distribución de toda la información editada, siempre y cuando no sea utilizada para fines comerciales y sea citada la fuente.

Resolución óptima: 800 x 600

La opinión de los autores no coincide obligatoriamente con IARNoticias

contactos@iarnoticias.com