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En la imagen, planta de la American Electric Power Company
en New Haven, West Virginia, el 27 de octubre de 2009. |
La cumbre de Copenhague sobre el cambio climático no cumplirá con las
expectativas formadas en torno a ella. ¿Importa? Sí y no: sí porque hay
argumentos de peso para actuar; no, porque el probable acuerdo sería inadecuado.
Por Martin Wolf - Financial Times
El cambio climático será un problema difícil de abordar. Es fundamental que
logremos el objetivo de manera eficaz y eficiente. Los probables nuevos retrasos
deberían usarse justo para eso.
Mi opinión sobre la justificación de una actuación decisiva es polémica. Los
escépticos ofrecen dos argumentos en contra: primero, que la ciencia que subyace
al cambio climático es muy incierta; segundo, que los costes son mayores que los
beneficios.
Sin embargo, no basta con exponer que la ciencia es incierta. Dados los
riesgos, tenemos que estar muy seguros de que la ciencia se equivoca antes de
apoyar a los escépticos. Cuando nos demos cuenta de que no es así, es probable
que sea demasiado tarde para actuar con eficacia. No podemos repetir los
experimentos cuando sólo existe un planeta.
Afortunadamente, las evidencias sugieren que los costes de la actuación no
deberían ser prohibitivos. El último Informe de Desarrollo Mundial del Banco
Mundial expone que los costes de unas restricciones más severas sobre las
emisiones de carbono serían modestos. Con respecto a los beneficios, destacaría
la importancia de evitar el peligro de una catástrofe climática. No tenemos
derecho a asumir esos riesgos.
Sin embargo, los escépticos desempeñan una función de valor incalculable. Nos
recuerdan que tenemos que seguir controlando la evolución del clima. También nos
dicen que la actuación tiene costes, y que algunos de ellos –como dejar a miles
de millones de personas en la pobreza– serían intolerables. La reducción de las
emisiones que se conseguiría cambiando la flota estadounidense de vehículos
deportivos por coches con los estándares de ahorro de carburante de la UE,
cubriría las emisiones derivadas del acceso a la electricidad de 1.600 millones
de personas que en la actualidad carecen de él.
Pese a que la actuación está justificada y probablemente no sea
prohibitivamente cara, el reto va a ser inmenso. Tal y como señala la Agencia
Internacional de la Energía (AIE) en sus Perspectivas Energéticas Mundiales,
necesitaríamos “descarbonizar” el crecimiento para limitar la concentración de
gases de efecto invernadero en 450 partes por millón de equivalente de CO2, el
nivel que se cree consistente con un incremento de la temperatura media global
en torno a 2ºC.
Para lograrlo, habría que tomar todo tipo de medidas –reducir la demanda,
expandir el uso de las renovables, invertir en energía nuclear, desarrollar
sistemas de captura y almacenamiento de carbono, cambiar el carbón por el gas y
proteger los bosques–.
¿Cómo ha sido nuestra actuación hasta el momento en este respecto? En una
palabra, espantosa. Pese a las buenas palabras, el flujo de emisiones ha seguido
aumentando. La recesión ha ayudado. Pero no podemos –y, como muestran las
evidencias, no deberíamos– confiar en el Apocalipsis económico. Tal y como
señala la AIE, las emisiones de CO2 relacionadas con la energía han aumentado de
20,9 gigatoneladas (Gt) en 1990 a 28,8 Gt en 2007.
La AIE prevé, en su “escenario de referencia”, unas emisiones de CO2 de 34,5
Gt en 2020 y 40,2 Gt en 2030, una tasa media de crecimiento del 1,5% anual
durante ese periodo. Un dato crucial es que los países emergentes y en vías de
desarrollo “representan la totalidad del crecimiento previsto en las emisiones
derivadas de la energía hasta 2030”, procediendo el 55% de China y el 18% de
India.
El argumento a favor de cambiar pronto esta tendencia es que los costes de
evitar un fuerte aumento de la temperatura se volverían, de lo contrario,
extremadamente altos o, en el peor de los casos, prohibitivos.
La AIE sugiere que si el objetivo es el de limitar las concentraciones de
gases de efecto invernadero a 450 partes por millón, cada día que se retrase el
avance hacia la trayectoria exigida para ello se añaden 500.000 millones de
dólares (332.182 millones de euros) adicionales al coste global estimado de 10,5
billones de dólares. Estos costes se derivan de la vida extremadamente larga de
los principales activos usados en la generación de energía y de la supervivencia
aún más prolongada del CO2 en la atmósfera.
El escenario alternativo es bastante distinto: en lugar de las 40,2 Gt de
emisiones derivadas de la energía en 2030, sólo tendríamos 26,4 Gt. La
diferencia es enorme. Un documento informativo de la Fundación Europea del Clima
pone de manifiesto que las promesas hechas antes de Copenhague no la acortarían.
Incluso en el caso más optimista, las ofertas actuales distan alrededor de un
tercio de las reducciones necesarias de aquí a 2020 para alcanzar un límite
máximo de 450 partes por millón de equivalente de CO2.
Copenhague, por lo tanto, sólo sería el principio. Es probable que ni
siquiera llegue a eso, ya que la administración estadounidense es incapaz de
alcanzar compromisos vinculantes y los países en vías de desarrollo no están
dispuestos a hacerlo. Sin embargo, Copenhague parece el final del principio.
Existe algo parecido a un acuerdo en que el mundo debería actuar. Igualmente, se
coincide en que pese a las palabras, hasta el momento no se han hecho avances
muy útiles. Ha llegado la hora de actuar –si no es en Copenhague, después, pero
pronto–.
Por desgracia, esto no quiere decir que vaya a alcanzarse el tipo de acuerdo
adecuado. Las políticas que usemos tienen que ser tan eficaces y eficientes como
sea posible. ¿Qué quiere decir eso? Destacaría tres criterios.
Pimero, necesitamos precios para el carbono que se ajusten al horizonte
cambiante. El precio no puede ser fijo para siempre, sino que tiene que
modificarse en base a los acontecimientos. Pero tiene que ser mucho más estable
que el del mercado de permisos de la UE. Por este motivo, un impuesto me parece
más atractivo que el “sistema de comercio de emisiones”.
Segundo, hay que separar al que emite los gases del que paga por ello. Las
emisiones deben producirse allí donde sean más necesarias. Ese es el motivo por
el que deben incluirse las emisiones de los países en vías de desarrollo. Pero
el coste debería recaer sobre las naciones ricas, tanto porque pueden
permitírselo como porque fueron las responsables de la mayor parte de las
emisiones del pasado.
Finalmente, necesitamos desarrollar y aplicar innovaciones en todas las
tecnologías relevantes. Un informe del laboratorio de ideas Bruegel expone,
persuasivamente, que si sólo se aumentan los precios sobre las emisiones de
carbono, se reforzaría la posición de las tecnologías actuales. Necesitamos
también grandes subvenciones a la innovación.
La lucha contra el cambio climático es el reto colectivo más complejo al que
se ha enfrentado la humanidad a lo largo de su historia. El éxito exige
actuaciones costosas y coordinadas entre muchos países para enfrentar una
amenaza distante –por el bien de las personas que aún no han nacido– bajo la
inevitable incertidumbre sobre los costes que se derivarán de no actuar.
Sin embargo, hemos alcanzado un
punto en el que existe un amplio consenso sobre la naturaleza de la amenaza y
sobre la clase de políticas que tenemos que seguir para afrontarla. Es posible
que no se alcance un acuerdo en Copenhague, pero ha llegado la hora de actuar. O
lo hacemos pronto, o terminaremos descubriendo si los escépticos estaban en lo
cierto. Si no se toman medidas, como parece probable, espero que lo estén. Pero
lo dudo mucho.