l prestigioso New York Times tuvo que solicitar la ayuda del
millonario mexicano Carlos Slim; la empresa editora de The Chicago Tribune
y Los Angeles Times, así como la Hearst Corporation, dueña del San
Francisco Chronicle, han caído en bancarrota; News Corp, el poderoso grupo
multimedia de Rupert Murdoch que publica Wall Street Journal, ha
presentado pérdidas anuales de 2.500 millones de euros…
Para recortar gastos, muchas publicaciones están reduciendo su número de
páginas; el Washington Post cerró su prestigioso suplemento literario
Bookworld; el Christian Science Monitor decidió suprimir su edición de
papel y existir sólo en Internet; el Financial Times propone semanas de
tres días a sus redactores y ha cercenado drásticamente su plantilla.
Los despidos son masivos. Desde enero de 2008 se han suprimido 21.000 empleos
en los periódicos estadounidenses. En España, “entre junio de 2008 y abril de
2009, 2.221 periodistas han perdido su puesto de trabajo” (2).
La prensa escrita diaria de pago se halla al borde del precipicio y busca
desesperadamente fórmulas para sobrevivir. Algunos analistas estiman obsoleto
ese modo de información. Michael Wolf, de Newser, vaticina que el 80% de los
rotativos norteamericanos desaparecerán (3). Más pesimista, Rupert Murdoch
pronostica que, en el próximo decenio, todos los diarios dejarán de existir…
¿Qué es lo que agrava tan letalmente la vieja delicuescencia de la prensa
escrita cotidiana? Un factor coyuntural: la crisis económica global que provoca
una mengua de la publicidad y una restricción del crédito. Y que, en el momento
más inoportuno, ha venido a acrecentar los males estructurales del sector:
mercantilización de la información, adicción a la publicidad, pérdida de
credibilidad, bajón de suscriptores, competencia de la prensa gratuita,
envejecimiento de los lectores…
En América Latina se añaden a esto las necesarias reformas democráticas
emprendidas por algunos Gobiernos (Argentina, Ecuador, Bolivia, Venezuela)
contra los “latifundios mediáticos” de grupos privados en situación de
monopolio. Lo cual desencadena, contra esos Gobiernos y sus Presidentes, una
sarta de calumnias difundidas por los despechados medios de comunicación
dominantes y sus cómplices habituales (en España: el diario El País,
que de paso carga contra el Presidente José Luis Rodríguez Zapatero) (4).
La prensa diaria sigue practicando un modelo económico e industrial que no
funciona. El recurso de construir grandes grupos multimedia internacionales,
como se hizo en los años 1980 y 1990, ya no sirve frente a la proliferación de
los nuevos modos de difusión de la información y del ocio, vía Internet o los
teléfonos móviles (5).
Paradójicamente, nunca han tenido los diarios tanta audiencia como hoy. Con
Internet, el número de lectores ha crecido de manera exponencial (6). Pero la
articulación con la Red sigue siendo desdichada. Porque establece una injusticia
al obligar al lector de kiosco, el que compra el diario, a subvencionar al
lector de pantalla que lee gratuitamente la edición digital (más extensa y
amena). Y porque la publicidad en la versión de la web no cunde, al ser mucho
más barata que en la versión de papel (7). Pérdidas y ganancias no se
equilibran.
Dando palos de ciego, los rotativos buscan desesperadamente fórmulas para
afrontar el hipercambio, y sobrevivir. Siguiendo el ejemplo de iTunes, algunos
piden micropagos a sus lectores para dejarles acceder en exclusiva a las
informaciones on line (8). Rupert Murdoch decidió que, a partir de enero de
2010, exigirá pago por toda consulta del Wall Street Journal mediante
cualquier tecnología, ya sean los teléfonos Blackberry o iPhone, Twitter o el
lector electrónico Kindle. El buscador Google está pensando en una receta que le
permita cobrar por toda lectura de cualquier diario digital, y revertir una
fracción a la empresa editora.
¿Bastarán esos parches para salvar al enfermo terminal? Pocos lo creen (léase
artículo de Serge Halimi “El combate de Le Monde diplomatique“). Porque
a todo lo anterior se suma lo más preocupante: el desplome de la credibilidad.
La obsesión actual de los diarios por la inmediatez les lleva a multiplicar los
errores. La demagógica solicitud al “lector periodista” para que cuelgue en la
web del periódico su blog, sus fotos o sus vídeos, incrementa el riesgo de
difundir engaños. Y adoptar la defensa de la estrategia de la empresa como línea
editorial (cosa que hacen hoy los diarios dominantes) conduce a imponer una
lectura subjetiva, arbitraria y partidaria de la información.
Frente a los nuevos “pecados capitales” del periodismo, los ciudadanos se
sienten vulnerados en sus derechos. Saben que disponer de información fiable y
de calidad es más importante que nunca. Para ellos y para la democracia. Y se
preguntan: ¿dónde buscar la verdad? Nuestros asiduos lectores conocen (una parte
de) la respuesta: en la prensa realmente independiente y crítica; y, obviamente,
en las páginas de Le Monde diplomatique en español.