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22-Julio-09
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¿Cuáles son las relaciones, coincidencias, contradicciones… entre el trabajo
en una ONGD y la militancia solidaria? La primera dificultad, entre muchas,
que subyace en esta pregunta es la ambigüedad política y moral de la
cooperación al desarrollo, que hacen de ella un contenedor de objetivos,
motivaciones y prácticas muy diferentes y frecuentemente contradictorias [1].
Cuando se trabaja en una ONGD, la militancia solidaria no es algo natural,
espontáneo, sino que hay que encontrarle su lugar, al precio de
contradicciones inevitables. Ésta es la tesis central de este artículo.
Por Miguel Romero (*) -Revista
Pueblos
Para mis colegas del Equipo Técnico de ACSUR-LAS
SEGOVIAS, militantes solidarios y trabajadores de la cooperación
L a cooperación al desarrollo proclama principios solidarios ("La
política de cooperación internacional al desarrollo expresa la solidaridad del
pueblo español con los países en desarrollo y, particularmente, con los pueblos
más desfavorecidos de otras naciones", dice la Ley de 1998), pero su naturaleza
fundamental es económica: la gestión de un flujo de recursos, de "ayuda",
Norte-Sur.
Se trata de una "economía de la oferta", determinada siempre, a
corto o largo plazo, por los intereses del donante, en forma de retornos
económicos y políticos, incluyendo la propagación de su sistema de valores y la
aceptación de las jerarquías que rigen el "orden internacional". Es por ello
estructuralmente desigualitaria: en el mejor de los casos, se plantea disminuir
las desigualdades "extremas" (la "extrema pobreza"), pero acepta como naturales,
inevitables o incluso positivas las desigualdades básicas de la sociedad
capitalista. En nombre de la solidaridad, la cooperación al desarrollo difunde
la lástima. Cuando responde a motivaciones nobles, al horror ante el sufrimiento
y la miseria ajena, la lástima merece respeto. Pero no es solidaridad. La
solidaridad implica una fraternidad [2],
un compromiso con la emancipación de las y los desposeídos, una causa común en
el Norte y en Sur, una acción política.
Dentro del "contenedor-cooperación al desarrollo" pueden tener y
tienen cabida militancias solidarias, pero en situación conflictiva, en una
lucha dispar contra la corriente mercantilizadora que domina hoy la cooperación
al desarrollo. Precisamente por haber vivido esas contradicciones durante muchos
años, y tener amigas y amigos que las siguen viviendo, en organizaciones con muy
distintos perfiles ideológicos, he cuidado especialmente que las opiniones
críticas, que son también autocríticas, no oculten el respeto a quienes intentan
cada día que su trabajo sea coherente con su compromiso militante.
Del "voluntario" al "profesional"
El paso de arquetipo del "voluntario" al arquetipo del
"profesional" es una muestra significativa de la evolución de las ONGD españolas
en los últimos veinte años. El "voluntario" representó la personificación del
"compromiso social" [3]
que era considerada la forma genuina de la solidaridad, frente a la crisis del
"compromiso político" encarnado en la figura del "militante". La calidad del
voluntariado se basaba en la naturaleza moral, no "ideológica" o "política", de
su compromiso, identificado con una causa genérica ("la lucha contra la
pobreza"), no con un programa concreto, y en el carácter gratuito de sus
servicios a la organización. Y la calidad de una ONGD tenía entre sus criterios
fundamentales de medida el número de "voluntarios", que siempre debía
multiplicar el de "profesionales". Todavía hoy, en las estadísticas de las ONGD
se encuentran datos de voluntariado, pero en la realidad su influencia es
marginal y, frecuentemente, es sólo una situación previa a la consecución de
empleo.
Paradójicamente, el voluntariado ha reaparecido en escena, pero
ahora vinculado a las grandes campañas de la política-espectáculo. En un
reportaje publicado en El País [4],
Juan Verde, asesor de Obama y miembro del Comité de Estrategia de su campaña,
explica sin eufemismos la función que atribuye al voluntariado: "Es cierto que
en Estados Unidos hay una cultura muy extendida de la asociación cívica. Es el
país que más se involucra en proyectos de voluntariado del mundo. Pero creo que
eso también terminará llegando aquí, porque el potencial es enorme y porque
además, España también lo tiene. En Navidad se dona muchísimo dinero y cuando
hay una catástrofe, los españoles siempre se vuelcan. Creo que aquí no se ha
explotado aún el potencial del voluntariado porque los partidos no se han
atrevido a romper con sus viejas estructuras, y hoy por hoy, siguen insistiendo
en los militantes, pero llegará. Les necesitan. Obama no tenía fondos para hacer
su campaña y consiguió que tres millones y medio de personas le dieran dinero
gracias a los voluntarios". Esta función subalterna e instrumental de
voluntariado, orientada a proporcionar trabajo gratuito con el objetivo
prioritario de vincular la recaudación de fondos con la adhesión a una "causa"
(desde este punto de vista, un liderazgo carismático desempeña una función
mítica similar al discurso habitual sobre "la lucha contra pobreza"), conecta
bien con el modelo dominante de ONGD, pero ha perdido en el camino su contenido
moral.
La leyenda del cooperante
El sustituto moral del voluntario es ahora el "cooperante". José
María Medina, cuando era presidente de la CONGDE (Coordinadora de ONG para el
Desarrollo de España), definió así sus características: "La figura del
cooperante es la de un profesional que está contratado laboralmente por una
entidad pública o privada promotora de la cooperación (…) Un cooperante que está
contratado laboralmente tiene que rendir a la organización que lo contrata un
trabajo y desarrollar las funciones para las cuales ha sido contratado, podrá
ejercer tareas de voluntariado en su tiempo libre" [5].
El cooperante es pues un "profesional" al servicio de la
organización que lo contrata, pero a la vez funciona como una categoría
simbólica mediante la cual las ONGD valoran su propio trabajo. Así, presentando
el Estatuto del Cooperante, aprobado en abril de 2006, el entonces portavoz de
la CONGDE, Félix Fuentenebro, afirmó que "no sólo era una deuda legal, sino
también una deuda moral" [6].
A la vez, una nota de la CONGDE desarrolló el símbolo en los términos
hiperbólicos siguientes: "Es remarcable el reconocimiento, la consideración, la
atención y el respeto que la sociedad civil otorga a los y las cooperantes. El
personal cooperante compromete y expone la totalidad de su persona en su trabajo
cotidiano, convirtiéndose en muchos casos, en el ‘emisario de solidaridad’, en
el lado humano de la cooperación, en la figura que pone cara a la solidaridad y
en el encargado de proyectar la imagen solidaria de España en el exterior. Los
cooperantes, como responsables últimos -y con frecuencia principales- del modo
en que se lleva a cabo la cooperación, tienen en sus manos una parte fundamental
del éxito o fracaso de ésta" [7].
Merece la pena comentar este texto que, a mi parecer, resume todos los tópicos
de la leyenda del cooperante.
Empezando por lo más obvio, las y los cooperantes no son, ni
deben ser "responsables últimos –y con frecuencia principales– del modo en que
se lleva a cabo la cooperación". No lo son, porque la inmensa mayoría de los
fondos de la cooperación al desarrollo se gestionan sin cooperantes, sea por vía
bilateral o multilateral. Y no deben serlo porque si se entiende la cooperación
como una acción social y no simplemente como una tarea de gestión
técnico-administrativa, la responsabilidad en la identificación y en la
ejecución de los proyectos debe estar en manos de las organizaciones del Sur, y
las tareas de las y los cooperantes deberían limitarse al acompañamiento y la
colaboración técnico-administrativa.
Pasando a un tema más delicado, no es verdad que "el personal
cooperante compromete y expone la totalidad de su persona en su trabajo
cotidiano". Salvo casos excepcionales, el trabajo del cooperante tiene
condiciones de vida, horas de trabajo, vacaciones, incomodidades y
compensaciones… que ciertamente incorporan en muchos casos motivaciones
solidarias, pero en muchos otros son empleos, bien y a veces muy bien pagados,
sin especiales contenidos morales. Una entrega excepcional sólo se da en
situaciones extremas de "crisis humanitarias", o precisamente, cuando el
cooperante hermana su trabajo con el compromiso militante en los conflictos
sociales y políticos. Es reconfortante comprobar cómo quienes así lo hacen, y en
condiciones especialmente arriesgadas, lo cuentan con naturalidad, sin el tono
épico y patriótico (¡"proyectar la imagen solidaria de España en el exterior"!…)
del texto que comentamos. Así, Alberto Arce, que hizo una formidable labor
solidaria durante la ocupación de Gaza por las tropas israelíes a comienzos de
año, explica así su trabajo:
"No, no. Yo no soy médico. Yo soy cooperante, periodista,
responsable de comunicación y sensibilización de ONG. Mi perfil laboral es
comunicar y sensibilizar desde el mundo de la cooperación. No soy médico. Yo
estudié Ciencias Políticas. No tengo más formación sanitaria que unos cursillos
de primeros auxilios y los guantes que llevo. Lo que hacemos en las ambulancias
es que cuando un misil impacta sobre una casa o sobre cualquier lugar y se
producen heridos y muertos, pues las ambulancias inmediatamente van a
evacuarlos, y en cada ambulancia habitualmente va un conductor, un médico y un
auxiliar o un camillero, y yo hago esa función auxiliar (…). El resto del tiempo
trato de escribir, hablar, informar y comunicarme para que todo el mundo sepa lo
que está pasando aquí. Sobre todo cuando Israel ha decidido que no haya
testigos, que no haya periodistas occidentales en la Franja de Gaza, trato desde
aquí de ejercer mi rebeldía contra la decisión israelí y demostrarles que no
hace falta tener el quinto, el tercer o el segundo ejército más poderoso del
mundo para responderles, sino que cualquier simple activista, si quiere y se lo
propone, puede responder al Estado de Israel" [8].
No se puede explicar mejor la vinculación entre cooperante y militante. Una
vinculación que no entra en el campo de visión de la CONGDE.
El tecnócrata compasivo
Pero finalmente, no son las y los cooperantes quienes dirigen
las ONGD; en general, su influencia se limita, como mucho, a los proyectos en
los que participan. Las ONGD se dirigen desde organismos y equipos situados en
el país donante, en los que desempeñan un papel decisivo los "profesionales".
Aquí las relaciones entre el trabajo de cooperación y la militancia solidaria
son aún más complejas que en el "terreno".
Los problemas empiezan en el concepto mismo de "profesional". Es
obvio que el trabajo de cooperación requiere la colaboración de especialistas en
determinadas áreas: arquitectura, medicina, ingeniería, comunicación, economía,
enseñanza… Es obvio también que la formulación y gestión de proyectos debe
hacerse bien, lo cual requiere que quienes lo hacen tengan un nivel adecuado de
formación, conocimientos técnicos, experiencia, etc... Y debería ser obvio, pero
no lo es siempre, que quienes trabajan en ONGD tienen los derechos básicos
laborales y sindicales que corresponden a su cualificación y a su contrato y
deben ejercerlos sin ninguna limitación.
Pero la figura del "profesional" que se está imponiendo con
fuerza irresistible en la cooperación al desarrollo tiene otros fundamentos. A
partir del momento en que el donante decide las características esenciales de la
acción de cooperación, las personas encargadas de la ejecución-subcontrata
responden al modelo de técnicos de cultura empresarial y políticamente
disciplinados (lo que se suele calificar como "apolíticos"). Hasta ahora éste
era el perfil profesional de las empresas consultoras. Ahora ha impregnado a las
ONGD, añadiéndole un barniz asistencial (según un bobo eufemismo al uso: se
trataría de combinar la "calidad" con la "calidez"): así ha surgido el
tecnócrata compasivo, que se mueve con soltura, y sin apreciar cambios de
entorno, en las puertas giratorias que comunican empresas privadas+agencias de
cooperación públicas+ONGD.
Liberarse de esta presión es extremadamente difícil. La
creciente complejidad técnica de la ejecución de proyectos y la hipertrofia
presupuestaria en que han caído muchas ONGD, hipnotizadas por el ansia de
crecimiento, absorben por completo el tiempo de trabajo y desplazan la
militancia, cuando se tiene la voluntad de hacerla, hacia las "horas libres".
En principio, podríamos considerar que éste es un esfuerzo
importante, pero nada excepcional: así funcionan los movimientos sociales, que
están formados mayoritariamente por personas que militan después de la jornada
laboral en la que se ganan la vida; la distinción entre "voluntario" y
"militante" en términos de interés material es pura ideología posmoderna. Pero
la contradicción aparece cuando se quiere hermanar el trabajo y el compromiso
solidario, cuando se rechaza la esquizofrenia de comportarse como un(a)
tecnócrata de la cooperación en horario laboral y como un(a) militante de la
solidaridad fuera de la oficina.
La solidaridad es una compañera incómoda del trabajo de
cooperación: obliga a ser especialmente exigente no sólo en los resultados
contables, sino en las consecuencias sociales de las acciones; a trabajar
pensando en primer lugar en las personas y las organizaciones con las que
compartimos el proyecto, y no en las evaluaciones y auditorías de los donantes;
a plantearse preguntas incómodas (por ejemplo: ¿por qué a trabajo igual hay
diferencias salariales tan importantes entre el "personal local" y el "personal
expatriado", por qué los cooperantes no pagan impuestos en el país en el que
residen y cuya infraestructura y servicios, por modestos que sean,
utilizan?...); a considerar que el compromiso social y político con la gente del
Sur va más allá de la ejecución de proyectos; a asumir todos los conflictos que
genera este compromiso frente a donantes y empresas de tu propio país…
No creo que se puedan eludir por completo estas contradicciones;
al menos yo no fui capaz de hacerlo. Pero sí se debe reconocerlas, buscar cómo
afrontarlas y asumir los riesgos de la coherencia cuando se plantean conflictos
abiertos en los que hay que elegir campo.
La tecnocracia compasiva está vaciando de contenido solidario la
cooperación al desarrollo. Hay que oponerle alternativas en el discurso y en la
práctica. No faltarán ocasiones para hacerlas visibles. Por ejemplo, durante la
presidencia española de la Unión Europea, en el primer semestre del año 2010.
*****
(*) Miguel Romero es periodista y editor de la revista VIENTO SUR.
Hasta febrero de 2009 formó parte del equipo técnico de la ONGD ACSUR-LAS
SEGOVIAS.
Este artículo ha sido publicado originalmente en el nº 37 de la
Revista Pueblos, junio de 2009.
Notas
[1]
He escrito anteriormente sobre este tema. Por ejemplo, "La solidaridad de
mercado", en Luis Nieto (coord.) (2002): La ética de las ONGD y la lógica
mercantil, Icaria, Barcelona (2002)
[2]
Doménech, Antoni (2004): El eclipse de la fraternidad, Barcelona, Crítica.
[3]
Joaquín García Roca ha escrito muchos textos de referencia con este punto de
vista. Ver, por ejemplo: Solidaridad y voluntariado, Editorial Sal Terrae,
Santander, 1998.
[4]
Natalia Junquera: "El voluntario sale a escena. Los políticos descubren el
potencial ciudadano, animados por Obama y obligados por la crisis", El País,
02/03/2009.
[5]
Ver en: www.amecopress.net.
[6]
Ver en: www.canalsolidario.org
[7]
Ver: www.solidaridad.universia.es/archivos pdf/Estatuto.pdf
[8]
Ver entrevista en Radio Mundo Real:
www.radiomundial.com.ve
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