(IAR
Noticias)
14-Abril-09
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Imagen de la manifestación contra el G-20 en Londres. (Foto AFP) |
"Desde el punto de
vista ventajista del acreedor, que sabe que la Gran Burbuja Neoliberal se
acabó, el truco consiste en prevenir que los países deudores actúen para
resolver su colapso de un modo beneficioso para sus propias economías. El
objetivo es hacerse con todo lo posible, y dejar que el FMI y los bancos
centrales rescaten a los bancos ponzoñosos que han inundado a esos países
con deuda tóxica. Coge lo que puedas, mientras sea bueno. Y exige que los
deudores hagan lo que hicieron los latinoamericanos y otros países del
Tercer Mundo a partir de los 80: que pongan en almoneda su sector público y
sus empresas públicas a precios reventados."
Por Michael Hudson (*) - Revista Sin Permiso
N o se
esperaban muchas noticias de substancia de las reuniones del G-20 que
terminaron el pasado 2 de abril en Londres. Ni siquiera se había sugerido la
posibilidad de buenas noticias. Europa, China y los EEUU tenían intereses
hondamente encontrados. Los diplomáticos norteamericanos pretendían
arrastrar a los demás países hacia una situación de mayor dependencia
respecto del dólar-papel. El resto del mundo buscaba una vía para evitar dar
más producto real y más propiedad de recursos y empresas a trueque de unos
dólares convertidos en patata caliente. En casos así, lo que hay que esperar
es un desfile de rostros sonrientes y declaraciones de respeto mutuo por la
posición ajena. Y hubo tanto respeto, que lo que acordaron fue la creación
de uno o dos "grupos de estudios", sin otro fin que el de despejar
diplomáticamente balones fuera.
Las
noticias menos irrelevantes no fueron en absoluto buenas: los asistentes
acordaron cuadriplicar la dotación del FMI, llegando al billón de dólares.
Cualquier cosa que venga a robustecer la autoridad del FMI no puede ser
buena para los países que se verán forzados a someterse a sus planes de
austeridad. Porque el destino previsto para esos países será el de su
estrujamiento, a fin de sacar más dinero para pagar a los acreedores más
predatorios del mundo. Así que, en la práctica, este acuerdo del G-20
significa que los gobiernos que llevan la batuta en el mundo están
respondiendo a la actual crisis financiera con el propósito manifiesto de
"encoger" a los deudores. Para empezar: un 10% de recortes salariales en la
desdichada Letonia; Hungría, obligada a la cartilla de racionamiento; e
Islandia, sometida a una permanente servidumbre por deudas. Todo un
contraste con los EEUU, que están respondiendo a la caída con un gigantesco
programa keynesiano de gasto con déficit, a pesar de su deuda,
manifiestamente impagable, de 4 billones de dólares a los bancos centrales
extranjeros.
Las
economías postsoviéticas
De
modo que el doble rasero del sistema financiero internacional sigue vivito y
coleando, o al menos, dando coletazos a los países o en caída o sucumbidos.
Los países deudores tienen que tomar prestado un billón del FMI, no para
reflotar sus desmayadas economías, no para perseguir políticas anticíclicas
capaces de restaurar la demanda –eso sólo vale para las naciones
acreedoras—, sino para que, con la "ayuda" del FMI, pasen dineros a los
ponzoñosos bancos que hicieron en su día los irresponsables préstamos
tóxicos. (Si tóxicos son, ¿quién puso la toxina? Decir que no se trató sino
del "funcionamiento "natural" de los mercados, monta tanto como decir que
los mercados libres están hechos trizas y enfermos. ¿Es eso lo que pasa?)
En el
Parlamento ucraniano se llegó a las manos, cuando el Partido de las Regiones
bloqueó un acuerdo con el FMI para recortar el presupuesto público. ¡Y a fe
que hicieron bien! La filosofía operativa del FMI consiste en la destructiva
(en realidad, tóxica) creencia de que imponer una depresión más profunda,
con mayor desempleo, lo que obrará será la reducción de los niveles
salariales y de los niveles de vida de un modo lo suficientemente drástico
como para que se puedan pagar unas deudas que resultan ya insostenibles
gracias a la "evitación" fiscal y a la fuga de capitales practicadas por la
cleptocracia. El rescate del FMI por valor de un billón de dólares es, en
realidad, un rescate para esos grandes bancos internacionales; para que
puedan coger su dinero y correr. Pero todas las culpas se cargan sobre el
mundo del trabajo: el espíritu neomalthusiano del actual neoliberalismo.
Los
mayores beneficiarios de los préstamos del FMI a Letonia, por ejemplo, han
sido los bancos suecos que en la pasada década se dedicaron a financiar la
burbuja inmobiliaria del país, sin mover un dedo para ayudar a desarrollar
su potencial industrial. Letonia ha pagado sus importaciones exportando el
trecho de edad más apto de su fuerza de trabajo masculina, actuando como
vehículo de la fuga de capitales en Rusia y tomando en préstamo, para pagar
hipotecas, dinero denominado en divisa extranjera. Para pagar esas deudas y
no ir a la quiebra, Letonia tendrá que rebajar los salarios en el sector
público un 10%, y eso en una economía ya en plena depresión y cuyo gobierno
espera para este año un ulterior encogimiento del 12%.
Para
salvar a los bancos de pérdidas en sus negocios hipotecarios tóxicos, lo que
hace el FMI es rescatar a esos bancos y obligar al gobierno letón a exprimir
superlativamente al mundo del trabajo, así como a cobrar por la educación,
en vez de proporcionarla gratuitamente. La idea es que las familias no sólo
queden endeudadas de por vida para poder seguir viviendo bajo techo, sino
también para conseguir educación. Las tasas de alcoholismo se disparan, como
lo hicieron en la Rusia de Yeltsin en circunstancias similares, durante la
era cleptocrática de los "Harvard Boys", luego de 1996.
El
problema de insolvencia de las economías postsoviéticas no es atribuible
exclusivamente al FMI, desde luego. La Comunidad Europea trae buena parte de
responsabilidad en el asunto. Lejos de ver a las economías postsoviéticas
como pupilos que tenían que ir acoplándose a los niveles de la Europa
occidental, lo último que deseaba la UE era el desarrollo de potenciales
rivales. Deseaba consumidores: no sólo para sus exportaciones, sino, sobre
todo, para sus préstamos. Los Estados bálticos pasaron a la esfera
escandinava, mientras que los bancos austriacos se labraron esferas de
influencia en Hungría (perdiendo, dicho sea de paso, hasta los calzoncillos
en sus préstamos hipotecarios, como les sucediera a los Habsburgo y a los
Rothschild en tiempos pretéritos). Islandia fue neoliberalizada, y por
mucho, merced a tratos truhanescos organizados por bancos alemanes y tahúres
financieros británicos.
Islandia, "república bacaladera"
En
efecto, diríase que Islandia –que es en donde me hallo en el momento de
escribir estas líneas— es una suerte de (cruelísimo) experimento controlado,
llevado a cabo para comprobar hasta qué punto puede ser "financiarizada" una
economía y cuánto tiempo puede una población someterse voluntariamente a un
comportamiento financiero predatorio. Si el ataque hubiera sido militar,
habría suscitado una respuesta más alerta. El truco consiste en mantener a
la población en la ignorancia de la dinámica financiera operante y del
subyacente carácter fraudulento de las deudas con que ha sido cabalgada (con
la ayuda de su propia oligarquía local).
En el
mundo de hoy, la forma más fácil de obtener riqueza por la anticuada vía de
la "acumulación primitiva" es la manipulación financiera. Y esa es la
esencia del Consenso de Washington a la que ha venido a dar apoyo el G-20
sirviéndose del FMI en su habitual papel de capataz. La declaración del G-20
sigue la senda trazada hace seis meses por los rescates bancarios del Tesoro
y de la Reserva Federal estadounidenses. Que, en suma, consiste en lo
siguiente: resolver la crisis de la deuda con más deuda todavía. Si los
deudores no pueden pagar con lo que son capaces de ingresar, préstales lo
suficiente para que se mantengan al día en los vencimientos; y colateraliza
eso con sus propiedades, su sector público, su autonomía política, incluso
con su democracia. El objetivo es mantener al día el gasto de deuda. Y eso
sólo puede hacerse haciendo que el volumen de deuda crezca exponencialmente,
a medida que crece el interés que se añade al préstamo. Es la "magia del
interés compuesto". Es lo que hace que economías enteras se conviertan en
gigantescos esquemas Ponzi (o esquemas Madoff, como se les llama ahora).
Eso
es "equilibrio", al estilo neoliberal. Además de pagar una tasa básica de
interés exorbitantemente alta, los propietarios de vivienda tienen que pagar
un 18% especial de cargos de indexación sobre sus deudas para acompasarse a
la tasa de inflación (el índice de precios al consumo), de modo que los
acreedores no pierdan poder de compra sobre los bienes de consumo. Los
salarios de los trabajadores no están indexados, de manera que la morosidad
y las quiebras técnicas no dejan de crecer, y el país entra en quiebra, lo
que causa la mayor tasa de desempleo desde la Gran Depresión. El FMI da su
visto bueno, declarando que no halla razón alguna para que los propietarios
de vivienda no puedan honrar sus deudas.
Entretanto, la democracia está siendo asaltada por una oligarquía
financiera, cuyos intereses se han hecho cada vez más cosmopolitas y que,
por lo mismo, contempla la economía como puro objeto de saqueo predador. Se
ha acuñado un nuevo término para lo que en el Sur se conoce como "república
bananera": "república bacaladera". No pocos milmillonarios islandeses hacen
ahora como sus colegas rusos, y se van a vivir a Londres; y los gánsteres
rusos, a la recíproca, se van de visita a Islandia en invierno,
manifiestamente para disfrutar del calor de su Lago Azul volcánico. O al
menos eso es lo que dice la prensa.
"Haz
lo que yo digo y no lo que yo hago": el trato a los países deudores
La
alternativa que se deja a los países deudores es experimentar el mismo tipo
de sanciones económicas que Irán, Cuba y el Irak anterior a la invasión. Tal
vez haya pronto suficientes economías en esa situación como para que logren
instituir un área de comercio común ente ellas, posiblemente junto a
Venezuela, Colombia y Brasil. Pero, en lo que al G-20 concierne, la ayuda a
Islandia y "hacer lo correcto" no son sino una pieza de negociación en el
juego diplomático internacional. Rusia ofreció 400 mil millones de dólares
para ayudar a Islandia, pero se echó atrás (presumiblemente, cuando Gran
Bretaña le ofreció un buen pico a cambio).
El
billón de dólares del FMI no servirá para ayudar a las economías
postsoviéticas y a los países también deudores del Tercer Mundo a pagar su
deuda externa, particularmente las hipotecas inmobiliarias denominadas en
divisa extranjera. Esa práctica ha violado la Primera Ley de la prudencia
fiscal nacional: sólo está permitido contraer deudas en la misma divisa en
que se esperan los ingresos para satisfacerlas. Si lo que realmente buscaban
los banqueros centrales era proteger la estabilidad de la divisa, tendrían
que haber insistido en esa regla. Pero lo que hicieron fue actuar como
escudos de los bancos internacionales, y tan deslealmente con el bienestar
económico de sus países como sus expatriados oligarcas.
Si
vas a recomendar más raciones de este consenso, la única manera de venderlas
es hacer lo que hizo el Primer Ministro británico Gordon Brown en las
reuniones: declarar que "el Consenso de Washington está muerto". (Podría
haber salvado los fenómenos, si hubiera dicho "agonizante", pero se sirvió
del adjetivo y no del adverbio.) Sin embargo, el rescate del FMI por parte
del G-20 desmiente tal aserto. Cuando Turquía canceló el año pasado la deuda
de su préstamo, el FMI se enfrentaba a un mundo sin clientes. Nadie quería
someterse a sus destructivos "condicionamientos" y a sus políticas hostiles
al mundo del trabajo, concebidas para encoger el mercado interior en el
falso supuesto de que eso "libera" más producto para la exportación,
consumiéndose menos en el mercado nacional. En realidad, el efecto de la
austeridad es la desincentivación de la inversión interior, lo que trae
consigo desempleo. Las economías sometidas al "Consenso de Washington" del
FMI se hacen cada vez más dependientes de sus acreedores y proveedores
extranjeros.
Ni
los EEUU ni la Gran Bretaña se han plegado jamás a tamañas condiciones. Por
eso los EEUU nunca han permitido al equipo de asesores del FMI que pusieran
negro sobre blanco prescripción alguna para la "estabilidad" de los EEUU. El
Consenso de Washington es sólo para la exportación. ("Haz lo que yo digo y
no lo que yo hago".) El programa de estímulos del señor Obama es keynesiano,
no es un plan de austeridad, a pesar de que los EEUU son el mayor país
deudor del mundo.
Por
qué es insostenible la situación
He
aquí por qué es insostenible la situación. Lo que permitió a los bálticos y
a otros países postsoviéticos cubrir los costes que para su comercio
exterior tenían su dependencia comercial y la fuga de capitales que
experimentaban fue su burbuja inmobiliaria. La idea neoliberal de lo que es
un "equilibrio" financiero pasa por limitarse a observar trechos de corto
recorrido de las "fuerzas del mercado", demoler cualquier potencial
industrial existente, incrementar la emigración y la enfermedad y levantar
una gigantesca deuda externa sin preocuparse mayormente de las formas de
ingresar el dinero suficiente para satisfacerla. Esa burbuja del crédito
inmobiliario fue extractiva y parasitaria, no productiva. Sin embargo, el
Banco Mundial aplaude a los países bálticos como experiencias exitosas,
situándolos en lo alto de la jerarquía de las naciones en las que se hacen
"negocios fácilmente".
Basta
un hecho práctico para que se derrumbe como un castillo de naipes toda esta
teoría económica en la que se fundan el FMI y el G-20: las deudas no pueden
ser satisfechas, y no serán satisfechas. Adam Smith observó en La riqueza de
las naciones que jamás en la historia gobierno alguno había satisfecho su
deuda nacional. Lo mismo puede decirse hoy del sector público. Y eso plantea
el problema siguiente: ¿qué harán esos países deudores que no pagarán sus
deudas exteriores e interiores?
Los
acreedores saben de sobra que esas deudas no pueden satisfacerse. (Digo esto
con toda la experiencia de quien ha sido analista de las balanzas de pagos
del Tercer Mundo durante cerca de cincuenta años, primero en el banco Chase
Manhattan en los 60, luego, en los 70, en el United Nations Institute for
Training and Research [UNITAR], y luego, en los 90, en Scudder Stevens &
Clark, desde donde lancé el primer fondo de deuda soberana para el Tercer
Mundo.) Desde el punto de vista ventajista del acreedor, que sabe que la
Gran Burbuja Neoliberal se acabó, el truco consiste en prevenir que los
países deudores actúen para resolver su colapso de un modo beneficioso para
sus propias economías. El objetivo es hacerse con todo lo posible, y dejar
que el FMI y los bancos centrales rescaten a los bancos ponzoñosos que han
inundado a esos países con deuda tóxica. Coge lo que puedas, mientras sea
bueno. Y exige que los deudores hagan lo que hicieron los latinoamericanos y
otros países del Tercer Mundo a partir de los 80: que pongan en almoneda su
sector público y sus empresas públicas a precios reventados. De ese modo,
los bancos internacionales no sólo cobrarán, sino que, encima, harán nuevos
negocios prestando a los compradores de los activos en vías de privatización
(¡y en los habituales términos de deuda altamente apalancada!).
La
táctica preferida para prevenir que los países deudores actúen conforme al
propio interés es apelar a la vieja moralidad: "Una deuda es una deuda, y
debe satisfacerse". Eso es lo que dijo Herbert Hoover a propósito de las
deudas interaliadas contraídas por Gran Bretaña, Francia y otros aliados de
los EEUU en la I Guerra Mundial. Esas deudas llevaron a la Gran Depresión.
"¿Les prestamos el dinero, no?", dijo bruscamente.
Examinemos más de cerca el argumento moral. Viviendo yo en Nueva York, me
parece un modelo excelente el proporcionado por la ley estatal del traspaso
fraudulento (Law of Fraudulent Conveyance). Aprobada cuando el estado era
todavía parte de la colonia, se aprobó en respuesta a los especuladores
británicos que hacían préstamos a granjeros aldeanos, exigiéndoles la
satisfacción de la deuda justo antes de la cosecha, cuando los deudores no
podían pagar. Los tahúres procedían, entonces, a ejecuciones hipotecarias,
haciéndose de barato con las tierras. La ley neoyorquina del traspaso
fraudulento respondió a eso fijando el principio legal de que si un
acreedor realiza un préstamo sin una idea cabal, clara y razonable, del modo
en que el deudor puede satisfacer la deuda en el curso normal de sus
negocios, entonces el préstamo se considera predatorio y, por lo mismo,
írrito y nulo de pleno derecho.
Lo
mismo que a las economías postsoviéticas, a Islandia se le vendió una carta
de bienes neoliberales: una teoría económica basura de autodestrucción
asegurada. ¿Cuánta responsabilidad moral debería recaer –y acaso más
importante, cuánta responsabilidad jurídica— sobre el FMI y el Banco
Mundial, el Tesoro estadounidense y el Banco de Inglaterra, cuyas economías
y bancos se beneficiaron de la teoría económica tóxica del Consenso de
Washington?
Para
mí, el principio moral es que ningún país debe estar sometido a servidumbre
por deudas. Esa servidumbre es el antónimo de la autodeterminación
democrática: de la filosofía moral de la Ilustración, de acuerdo con la cual
las políticas económicas tenían que estimular el crecimiento, no el
encogimiento económico; tenían que promover una mayor igualdad económica, no
la polarización entre acreedores ricos y deudores pauperizados.
Lo
que está en cuestión es qué es de verdad un "Mercado libre". Se supone que
es un mercado en el que se puede elegir. Pero lo cierto es que los países
pierden poder discrecional de elegir su futuro económico. Se excedente
económico se ofrece como prenda colateral en tributo financiero. Sin
necesidad de los costes que acompañan a una ocupación militar, se les obliga
a renunciar a la toma de decisiones políticas por parte de representantes
elegidos democráticamente a favor de gestores financieros burocráticos, a
menudo extranjeros: los nuevos Planificadores Centrales en el mundo
neoliberal de nuestros días. Lo mejor que pueden hacer, sabiendo que el
juego terminó, es esperar a que la otra parte no se percate, y hacer lo
posible para confundir a los países deudores mientras se saca de ellos todo
lo que se puede y tan rápidamente como se puede.
¿Funcionará el truco?
Tal
vez no. Mientras se desarrollaban las reuniones del G-20, Korea se plantaba,
negándose en redondo a ser víctima de los contratos de derivados basura
vendidos por bancos extranjeros. Corea sostiene que los banqueros tienen una
responsabilidad fiduciaria con sus clientes para recomendarles préstamos que
les ayuden, no que les expolien. Hay un entendimiento tácito –que el sector
financiero el sector financiero trata de socavar con millones de dólares
gastados en publicidad— de que la banca es una utilidad pública. Se supone
que contribuye al crecimiento –al crecimiento industrial y agrícola y a la
autosuficiencia—, que no es predatoria, expoliadora y, por lo mismo,
antisocial. Así pues, las víctimas coreanas han comenzado a pleitear
judicialmente con los bancos. Según informaba el comentarista Floyd Norris
en el New York Times la semana pasada, la situación jurídica no pinta bien
para los bancos internacionales. Los tribunales nacionales siempre tienen
ventaja, y todas las naciones son soberanas y capaces de aprobar las leyes
que les plazcan. (Y como el caso de los EEUU ilustra hasta la saciedad,
tampoco es necesario que los jueces carezcan de sesgos.)
Las
economías postsoviéticas, así como las latinoamericanas, tendrían que seguir
atentamente la vía que Corea está abriendo en los tribunales
internacionales. La pesadilla de los banqueros internacionales es que esos
países puedan emprender el equivalente a acciones judiciales populares en
contra la coerción diplomática internacional ejercida contra ellos para
arrastrarlos al suicidio financiero y económico. "El Tribunal del Distrito
Central de Seúl justificó su decisión [de admitir a trámite la querella]
fundándose en el tipo de lógica que se aplicaría en los EEUU en una querella
presentada por un inversor individual inexperto contra un intermediario
financiero manipulador. El tribunal planteó la cuestión de si el contrato
era una inversión factible para la compañía y la de si los riesgos estaban
claramente explicados. El fallo del tribunal hizo también referencia al
concepto legal de "cambio de circunstancias", concluyendo que las partes
esperaban la estabilidad del tipo de cambio, que el cambio de circunstancias
era imprevisible y que las pérdidas resultarían insoportables para la
compañía".
Como
segunda causa de acción judicial, Korea sostiene que los bancos
proporcionaron al acreedor otras instituciones financieras con el objeto de
apostar en contra de los propios contratos que los bancos vendían a Corea, a
fin de "proteger" los intereses de esos acreedores. Así pues, los bancos
sabían que lo que estaban vendiendo era una bomba de tiempo, y por lo mismo,
parecen culpables de conflicto de intereses. Los bancos sostienen que se
limitaban a vender bienes sin garantizar nada a "individuos informados".
Pero las partes coreanas en cuestión no estaban más informadas que los
deudores islandeses. Si un banco engaña y no proporciona explicaciones
completas, a su víctima no puede calificársela como "informada". La palabra
apropiada sería malinformada (o desinformada).
Hablando de desinformación, un asunto importante es el del alcance de la
posible conspiración entre los grandes bancos internacionales y los
banqueros y los ejecutivos nacionales para saquear sus empresas. Eso es lo
que los expoliadores de empresas [corporate raiders] han venido haciendo
para sus tenedores de obligaciones-basura desde la gran marea de Drexel
Burnham y Michael Milken en los 80. Eso convertiría a los bancos en
cómplices de un crimen. Se precisa una investigación de las pautas de
préstamo seguidas por esos bancos, incluida su colaboración en la
organización para sus clientes del lavado de dinero y la evasión fiscal en
el extranjero. No es sorprendente que el FMI y los banqueros británicos
exijan a Islandia que se apresure a hacerse a la idea y se comprometa a
pagar unas deudas astronómicas, sin tiempo siquiera para preguntarse cómo
podrán pagarlas (¡ni para investigar las pautas generales de préstamo de los
bancos acreedores!).
Teniendo esto en mente, supongo que puedo darles buenas noticias a los
políticos islandeses en lo que hace al destino de la deuda exterior e
interior de su país: ninguna nación ha pagado jamás sus deudas. Como observé
antes, eso significa que la cuestión real no es la de si serán o no pagadas,
sino la de la forma de no pagarlas. ¿Cómo se desarrollará el juego en la
esfera política, en la ideología popular y en los tribunales de justicia,
nacionales e internacionales?
La
cuestión es si Islandia consentirá que la quiebra vaya desgarrando poco a
poco su economía, con sucesivas transferencias de propiedad de los deudores
a los acreedores, de los ciudadanos islandeses a extranjeros, del dominio
público y del poder fiscal nacional a la clase financiera internacional. ¿O
acaso se percatará Islandia de adónde la lleva la matemática inherente a la
deuda, y se plantará? ¿En qué momento dirá: "No pagamos. Esas deudas son
inmorales, ineconómicas y antidemocráticas"? ¿Querrán seguir los islandeses
la lucha de la Ilustración y de la Era Progresista de la democracia social,
o se despeñarán por la alternativa, y recaerán en una servidumbre por deudas
neofeudal?
Esa
es la elección. Y es en buena medida una cuestión de tiempos. Lo ha
comprendido muy bien el sector financiero: tiempo para transferir a manos de
los banqueros e inversores tanta propiedad como sea posible. Tal es lo que
el FMI recomienda hacer a los países deudores, salvo, huelga decirlo, a los
EEUU, el mayor deudor de todos. Tal es la naturaleza ilegal de las actuales
deudas pos-burbuja.
*****
(*)Michael Hudson es ex economista de Wall Street especializado en balanza de
pagos y bienes inmobiliarios en el Chase Manhattan Bank (ahora JPMorgan
Chase & Co.), Arthur Anderson y después en el Hudson Institute. En 1990
colaboró en el establecimiento del primer fondo soberano de deuda del mundo
para Scudder Stevens & Clark. El Dr. Hudson fue asesor económico en jefe de
Dennis Kucinich en la reciente campaña primaria presidencial demócrata y ha
asesorado a los gobiernos de los EEUU, Canadá, México y Letonia, así como al
Instituto de Naciones Unidas para la Formación y la Investigación.
Distinguido profesor investigador en la Universidad de Missouri de la ciudad
de Kansas, es autor de numerosos libros, entre ellos Super Imperialism: The
Economic Strategy of American Empire.
Traducción parawww.sinpermiso.info: Ricardo Timón.
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