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Sin ganador posible en la "guerra contra el terrorismo" |
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(IAR
Noticias)
12-Abril-09
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(Foto EP) |
Le tocó esta semana al gobierno británico ser víctima de sus propios actos,
por la represión de las protestas durante la cumbre del G-20 en las que murió un
manifestante.
Por Oscar Raúl Cardoso - Clarín
Haríamos bien en poner bajo una lente de generosa amplificación la "guerra
contra el terrorismo" que nos dejó George W, Bush como legado, porque las
cosas no están bien tampoco en ese frente y no se trata ya del deterioro del
gobierno afgano, magnificado por las tropas occidentales que sirven allí, ni
las interminables conversaciones de Washington con Islamabad que nunca
alcanzan la cooperación pakistaní y ni siquiera el modo en que ayer dos
atentados arrastraron el número de víctimas a niveles no vistos en 13 meses.
Es todo esto pero también es más que la mera suma de las partes del conflicto.
Hay dos botones de muestra que, comparados entre sí habilitarían al sarcasmo,
si la situación no fuese dramática.
Veamos otro ejemplo, alejado geográficamente de Asia. El de la Inglaterra de
Gordon Brown donde la Fuerza Metropolitana Policial deberá prepararse para ser
filtrada por el tamiz de los investigadores de la Comisión Policial
Independiente de Quejas, que es el organismo de vigilar el desempeño policial.
Estas oportunidades son casi siempre letales para las carreras de los
investigados, con despidos y bajas habitualmente poco honrosas.
Es curioso pero aun así prima el sarcasmo en la opinión pública que ve en
estas investigaciones ejercicios de protección corporativa.
En el centro de esta investigación está la operación "marmita" como se llamó
al despliegue de más de cinco mil policías y agentes de seguridad para
resguardar a las autoridades que participaron de la cumbre del G-20.
Esos policías están ahora bajo la acusación de producir deliberadas encerronas
de quienes habían llegado a protestar y de repartir maltratos por doquier,
incluyendo la muerte de Ian Thompson que sucedió después que un policía
antimotines le proporcionara una golpiza con su bastón reglamentario.
Sobre el recuerdo colectivo pesa el asesinato perpetrado contra un ciudadano
brasileño cuando -el 7 de julio del 2007- la policía lo confundió con uno de
los terroristas que perpetraron los atentados múltiples de ese día. En este
caso tuvo el añadido racista de tomar la piel color oliva de la víctima como
prueba de su supuesta fe islámica. Uno podrá decir -y con razón- que los
policías ingleses estaban nerviosos por la responsabilidad y las autoridades
gubernamentales porque en las últimas semanas se toparon con versiones que
hablaban sobre un inminente ataque de la inasible organización Al Qaeda.
Pero esa misma ansiedad los hizo pecar en sentido inverso. Bob Quick fue hasta
esta semana el oficial de mayor rango a cargo de la lucha contra el terrorismo
por transitar varias veces desde su oficina hasta el 10 de Downing Street, el
despacho del primer ministro.
En cada caso llevó consigo un manojo de hojas del cual la tapa visible leía
"Secreto - Sendero". Sendero era el nombre de una operación secreta que -según
Brown- llevaba mucho tiempo en preparación.
Los primeros pasos de esta maniobra policial fueron publicitados en Internet
gracias a las fotografías periodísticas y conocidas por el común bastante
antes que aquellos que debían seguir aquel Sendero. El operativo se realizó
igual, aunque hubo que adelantar su inicio en varias horas para evitar que la
información filtrada -no demasiada en cualquier caso- operara contra el éxito
de la acción. Doce personas fueron arrestadas y Quick presentó su renuncia al
cargo que inmediatamente fue aceptada por el alcalde de Londres.
Quizá estas anécdotas nos dejen frente a una vieja verdad: "la guerra contra
el terrorismo" solo puede perderla Occidente. No hay otro ganador posible. Y
librarla es algo mucho más importante que soltarse el pelo porque se huele que
Al Qaeda está cerca, o descansar en las políticas represivas como única
solución. |
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