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(IAR
Noticias)
31-Marzo-09
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Imagen de la manifestación contra el G-20 en Londres. (Foto AFP) |
Habrá ganadores y perdedores. Pero todos buscarán ahuyentar la gran
pesadilla del cierre de la economía global.
Por Felipe de la Balze (*) - Clarín
El próximo jueves se reunirá en Londres el Grupo de los 20, que incluye a las
siete mayores potencias industriales, a China, la India y Rusia y a un grupo
selecto de diez economías emergentes, entre ellas la Argentina. Durante dicha
reunión se analizarán y acordarán cursos de acción para paliar las consecuencias
de la grave conmoción mundial. La economía mundial durante las últimas tres
décadas se caracterizó por una creciente interdependencia comercial y financiera
entre los países. Esta transformación ocurrió en consonancia con otras grandes
metamorfosis. China gradualmente se convirtió en una economía capitalista, el
Imperio Soviético se derrumbó y la India abandonó el modelo estatista que había
adoptado después de su independencia. En menos de 20 años, alrededor de 3000
millones de personas se incorporaron a la economía de mercado. Simultáneamente,
en los países avanzados, el sector financiero creció a tasas muy superiores a
las del producto bruto mundial. Menos regulaciones estatales y una intensa
innovación en materia de productos y servicios fueron las causas principales.
En los Estados Unidos, el crédito total se incrementó del 150% del PBI en 1982
al 330% en la actualidad. La formidable expansión del crédito facilitó el
incremento del comercio y la inversión, pero sus excesos no fueron ajenos a las
crisis que ocurrieron en economías emergentes mal administradas y a las fiebres
especulativas que perturbaron periódicamente a los países centrales y ahora
amenazan el funcionamiento de la economía mundial. Un preocupante telón de fondo
signará las urgentes negociaciones que se inician en Londres. La crisis ha
demostrado fehacientemente que el espectacular crecimiento de las finanzas
durante las últimas décadas no tenía la solidez pensada. La era de las finanzas
desreguladas y omnipresentes ha llegado a su fin. La economía internacional
sufre una aguda crisis de confianza. Los niveles de la producción industrial y
del comercio mundial están cayendo estrepitosamente y tardarán años en
recuperarse. Las políticas fiscales expansivas puestas en marcha van a generar
grandes déficit fiscales y sustanciales incrementos en los niveles de la deuda
pública, lo que elevará en el futuro las tasas de interés y reducirá el crédito
disponible para el sector privado y para los países endeudados.
El meollo de las negociaciones que se inician en Londres girará alrededor de los
siguientes temas.Los norteamericanos llegan a Londres apremiados por la
recesión, por una crisis inmobiliaria que aún no ha tocado fondo y preocupados
por las consecuencias del creciente endeudamiento de su sector público sobre el
futuro del dólar. Su estrategia será la de presionar a los países superavitarios
(principalmente Alemania, Japón, China y a los exportadores de petróleo) para
que incrementen sustancialmente su nivel de gasto y contribuyan a sostener la
demanda agregada mundial. Los europeos (con la excepción de los británicos) se
resistirán a aumentar los gastos, temerosos de que un déficit creciente impacte
sobre la unidad europea y el futuro del euro. Por su parte, europeos y japoneses
enfatizarán la necesidad de regular estrictamente la actividad financiera, lo
que será resistido por los representantes norteamericanos y británicos que se
mostrarán dispuestos a mejorar el marco regulatorio sin perder el margen de
maniobra necesario para mantener la preeminencia de Nueva York y de Londres en
las finanzas internacionales.
Japón y los países exportadores de petróleo no tienen, por restricciones
internas, gran capacidad para elevar sus niveles de demanda, pero están
dispuestos a prestar una porción de sus cuantiosas reservas al FMI, que serían
destinados a los países emergentes con dificultades. China, la India y las demás
economías emergentes que han ganado acceso a los mercados de los países
centrales durante las últimas décadas y acumulado cuantiosas reservas en monedas
fuertes enfrentan una situación particularmente delicada. Ven con alarma el
derrumbamiento de un modelo económico internacional que fue la llave maestra de
su prosperidad pero se resisten a encarar los altos costos económicos y
políticos que implica la reconversión hacia el mercado doméstico de sus aparatos
productivos orientados, principalmente, a la exportación. Se declararán
defensores del libre comercio. Advierten que sus grandes reservas externas están
expuestas a una potencial desvalorización del dólar y resienten que su creciente
importancia no sea reconocida en las principales instituciones financieras
multilaterales que siguen dominadas por los Estados Unidos, Japón y las
potencias europeas.
Su posición negociadora es endeble. Su propuesta inicial de crear una nueva
moneda de reserva internacional que sustituya al dólar es una expresión de
deseos que será desechada por los Estados Unidos y Europa. Finalmente el resto
de los países emergentes exportadores de materias primas (como la Argentina)
tendrán que sobrevivir la crisis utilizando sus reservas externas, solicitando
financiamiento al FMI y recurriendo al crédito privado, que será escaso. Los
grandes lineamientos de un posible compromiso se esbozarán en Londres la semana
que viene. Los Estados Unidos reducirán su déficit en cuenta corriente y
aceptarán, si quieren salvar al dólar de un grave traspié, convivir con una
recesión más severa que la prevista. Los países superavitarios aumentarán sus
gastos y contribuirán con una porción importante de sus reservas a un fondo de
reciclaje que será administrado por el FMI. China, la India y Rusia ganarán
posiciones en las instituciones multilaterales y al igual que los demás países
emergentes tendrán que conformarse con la existencia de un FMI remozado y con la
expectativa de haber ahuyentado su peor pesadilla: un cierre de la economía
mundial.
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(*)Economista y negociador internacional
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