(IAR
Noticias)
29-Marzo-09
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Protesta en San Pablo, el año pasado, contra los ministros del G-20. (Foto
EFE) |
La reunión de las principales economías desarrolladas y emergentes para
tratar la crisis, este jueves en Londres, tendrá sólo dos actores protagónicos:
EE.UU. y China.
Por
Marcelo Cantelmi
- Clarín
F rente al páramo de un mundo que comienza a tomar conciencia del verdadero
alcance de la crisis de la economía real, la cumbre del G-20, este jueves en
Londres, difícilmente se constituya en el faro que muchos fantasean.
No será así no sólo porque aún no hay claridad sobre las formas definitivas de
este tsunami que ha destruido riqueza y creado montañas de desocupados como
nunca antes en la historia. Sino, también, porque no es ésta una era de grandes
liderazgos fundacionales; no lo es ni en los países centrales ni en la
periferia, pese a una retórica tediosa que pretende convencer de lo contrario.
Hay, a veces, épocas así. La actual viene tropezando desde antes de los '90 en
una parálisis atada al modelo de acumulación capitalista y cuya restauración,
más que modificación, está en el centro de todos los debates de esta hora.
En otra palabras, esta cumbre de desarrollados y en desarrollo no configurará un
nuevo Bretton Woods. Quizá la principal y tal vez única comparación importante
que pueda establecerse con aquella conferencia de julio de 1944 que creó, entre
otras iniciativas, el FMI y el Banco Mundial pero como herramientas
estabilizadoras, sea la importancia relativa que aún retiene la principal
potencia global, EE.UU.
Si entonces el mundo salía debilitado de la Segunda Guerra y consolidaba el
liderazgo norteamericano, hoy los estragos devienen de este enorme desastre
económico global. La diferencia es que esta vez no cristalizará el poder de
Washington sino más bien un escenario multipolar. La semejanza es que, en
valores comparativos, EE.UU. aparece golpeado y con mucho de su perfil mutado,
pero con menos daños respecto a los otros grandes jugadores de esta pesadilla y
sigue explicando más del 25% del PBI mundial.
Bastante más que especulaciones anticipan que la cumbre decidirá amplificar el
poder económico del FMI; no ampliará el voto dentro del organismo como demandan
Brasil o Rusia, y sí se crearán formas de financiamiento para emergencias
severas como la del Este Europeo cuyos países están quebrando uno tras otro. Esa
región es un barco que se ha hundido pero mantiene una cadena atada a sus
padrinos del Occidente europeo. Si no se hace algo para cortar ese vínculo
férreo, no solo los ex comunistas acabarán bajo el agua. Hay en todo el Este
europeo inversiones por 1,5 billones de euros, que son créditos librados por la
banca occidental. Esta cumbre intentará agregar formas para que ese dinero u
otro, proveniente de Asia o, incluso, los árabes petroleros, resuelva el
quebranto y salve de la noche a esos bancos.
La certeza de que no conviene esperar demasiado de esta cumbre, la dibujó con
claridad la propia administración de Barack Obama al proponer un programa
doméstico de casi un billón de dólares para absorber los activos tóxicos de los
bancos. Ahí se tiene un modelo de lo que se espera de modo global. El plan se
financia con recursos públicos y para críticos como Paul Krugman, no solo serán
desperdiciados sino que atornillarán a EE.UU. en la crisis. Una alternativa
desechada es la nacionalización de los bancos que, con el respaldo estatal
mejorarían su solvencia y podrían ser vendidos en el auge recuperándose la
inversión pública.
No es precisamente lo que pretenden los mercados, que han vuelto a descubrir al
Estado pero solo como bombero y jamás como enterrador. Esta persistencia en más
de lo mismo no oculta la noción ya señalada en estas páginas respecto a que
EE.UU. saldrá de esta crisis en uno o dos años como potencia pero no ya como
hegemón. Es la factura que la crisis le cobra a Norteamérica por la combinación
de un déficit fiscal indigerible por encima del billón de dólares cada año de la
próxima década y una deuda pública por encima de los diez billones de dólares.
Ello, además de la destrucción de empleo y riqueza en las clases media y baja;
los más de treinta millones de norteamericanos que viven bajo la línea de la
pobreza y son una explosiva demanda social en ciernes y, en fin, la tremenda
dependencia de la economía estadounidense de las potencias asiáticas que le
financian el quebranto fiscal.
No es sólo Krugman quien se toma la cabeza. El desconcierto sobre el tamaño de
la crisis y la polémica en torno a las medidas adoptadas, llega a punto tal que
William Galston, ex asesor de Bill Clinton, especuló con estas dos alternativas
oscuras: "el equipo de Obama no sabe qué es lo que se debe hacer" o "no cree que
pueda reunir la fuerza política suficiente para hacer lo que se debe hacer".
El riesgo es que en este juego de dudas, el presidente recién llegado y envuelto
en esperanzas, se desgaste como si se tratara más del culpable que de la
víctima.
Es en ese galimatías que debe colocarse la polémica que sí rodea al G-20
respecto a las propuestas de que una nueva moneda de reserva reemplace al dólar.
EE.UU. ignoró el tema cuando lo planteó Rusia, pero al tomarlo China, el mayor
acreedor de Washington, dueño de casi 900.000 millones de dólares en bonos del
tesoro norteamericano, el ministro de Economía, el jefe de la FED (el Banco
Central) y hasta el propio presidente debieron salir a cruzar el comentario de
Beijing.
No deberían adivinarse intenciones diferentes al puro realismo en el planteo
chino. Por todo lo dicho, el mundo se encamina a una multipolaridad con mayores
riesgos y efectos dominó originados en sitios imprevisibles.
En medio de sus fortalezas, la multitud de debilidades objetivas en que quedará
EE.UU. explica la necesidad de caminar hacia nuevos diseños, que tampoco es
claro si serán suficientes. Es que aunque los mercados compitan en ceguera, los
cambios lo son para todos. La propia China, si bien es la única de las cuatro
mayores economías mundiales (tercera junto a EE.UU., Japón y Alemania) que no
está en recesión, su crecimiento previsto de 6,5% puede parecer un éxito
comparado, pero es agónico y casi un desplome frente a las necesidades objetivas
de su desarrollo.
¿Qué podría evitar que una nación más pequeña de Asia, presionada para conseguir
liquidez debido a la sequía de la crisis, decida desprenderse de sus bonos
estadounidenses desatando un alud que desintegraría la moneda norteamericana? En
otras épocas esa pregunta se perdería como un delirio malintencionado. Hoy todo
parece posible. No debe haber pesadilla peor que esa y no solo para EE.UU. pero
así es de frágil el momento. Es por ello que para Beijing menos que el G-20
importa el "G-2", es decir el encuentro entre los presidentes Obama y Hu Jintao
en Londres, el diálogo en la cumbre sobre economía y seguridad entre el "imperio
occidental" y el "imperio del centro", una bilpolaridad que, los chinos por
ahora, ya dan por cierta.
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